Jesús dijo a sus discípulos: "Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.
Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo.
¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!"


Estar preparados. En cualquier momento puede llegar el Señor.

Ceñidos a la cintura es amarrar una tela o cinturón o cuerda alrededor del traje de tela para no entorpecer los movimientos del cuerpo. Es estar ágiles, prontos, dispuestos. A veces los cristianos, arrancamos en “tercera”, nos cuesta ser ágiles. El mundo, sus pompas, sus discípulos, son rápidos y ágiles, están siempre dispuestos a mostrarnos algo nuevo, son creativos para ganar nuestra atención, son modernos para hablarnos, nos presentan estrellitas de colores o espejitos que “compramos” con facilidad. A nosotros los seguidores de Cristo nos cuesta ser ágiles, no usamos nuestra creatividad, somos aute referenciales, cuando se nos pide algo damos vueltas y vueltas, programamos tanto que cuando terminamos de hacerlo, el mundo nos lleva por delante. Y en nuestra vida personal pasa lo mismo. No somos ágiles para defender nuestra fe, para dar testimonio de Cristo, nos estorbamos el paso con tanta “ropa” a la que olvidamos ceñir para ser más rápidos y dispuestos.

Con las lámparas encendidas, dice el Señor. La lámpara necesitaba el aceite y mantenerla siempre con aceite para que no se apague. ¡El lío cuando se apagaba! No había forma de iluminar absolutamente nada. Ese aceite para nuestra vida de gracia es la oración, las buenas acciones, el sacrificio, el cumplir las bienaventuranzas, el leer la Palabra, comulgar con ella y vivir en consecuencia, es la conversión permanente y profunda del corazón y de los sentimientos, es sentarse a los pies de Jesús para aprender de Él, es la vida en comunidad compartiendo la carga del hermano y también sus alegrías. Es la sonrisa que siembra esperanza, es el amor, fundamentalmente es el amor que se da y con que nos damos.
El Señor llamará a la puerta, nunca la violentará. Siempre llamará. Y cuando nos encuentre ceñidos e iluminados, se sentará con nosotros, ¡nos servirá! Seremos honrados con su visita, con su presencia exclusiva. Ya no habrán terceros, estaremos cara a cara con Él, seremos tu a tu, y nada, pero nada nos hará más felices.
Que estemos siempre dispuestos y con nuestras lámparas encendidas. No sabemos el día ni la hora. Que esto nos ayude a vivir con intensidad y pasión cada momento de nuestro día, ágiles para Dios y aumentando el aceite de nuestra lámpara.
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