Jesús dijo a la multitud:
"Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede.
Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.
¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?
¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?
Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo."


Decía San Agustín:
Dios escribió dos libros.
El primer libro no es la Biblia, sino la creación, la naturaleza, la vida.
Mucha gente mira la naturaleza y no piensa en Dios. Ya no nos damos cuenta de que estamos viviendo en medio del libro de Dios y de que somos una página viva de ese libro divino.
Fue el pecado, dice San Agustín, lo que nos hizo perder la mirada de la contemplación. Ya no conseguimos descubrir cómo Dios está hablando en el Libro de la Vida.

Entonces, sigue el santo, Dios escribió un «segundo libro», la Biblia.
No fue escrita para sustituir al Libro de la Vida. Al contrario. Fue escrita para ayudarnos a entender mejor el Libro de la Vida y a descubrir en ella las señales de su presencia amorosa. La Biblia nos devuelve la mirada de la contemplación y nos ayuda a descifrar el mundo y a hacer que el universo se torne nuevamente revelación de Dios, y vuelva a ser lo que es: “el Primer Libro de Dios”.

Cada uno en su región sabe cuáles son las nubes que traen lluvia y cuáles no. Cuanto más nos vamos tierra adentro, más la gente entiende esos signos, mira la naturaleza, la contempla. En la ciudad a veces es más difícil. Es también la Palabra la que nos lleva de nuevo a mirar y gozarnos de cada partícula de naturaleza que nos rodea. ¡Levantemos la vista, contemplemos!. Dejemos de mirar la pantalla, la tablet, el celular, levantemos la vista, miremos los cerros, el amanecer, la bella puesta del sol, escuchemos el sonido de pájaros que nos alegran la mañana. Jesús era un gran observador de la naturaleza y eso lo usaba para evangelizar. Se dejaba llevar por el libro de la vida como dice San Agustín: los lirios del campo, los pájaros del cielo, el sol, la lluvia, la tierra bondadosa y la tierra árida, la higuera que produce y la que no, la vid…

Y nos dice que así como contemplamos y sabemos interpretar las señales de la naturaleza, debemos aprender a interpretar las señales del cielo, su mensaje escrito en cada minuto de nuestra vida. Para ello el Espíritu Santo nos regala el don de la inteligencia. Mucho tenemos que implorar por este don, para entender el mensaje de Dios, qué debo hacer, por donde debo ir, que me dice una muerte de un ser querido, que me dice el nacimiento de un nuevo ser, que me dice esta lucha constante que debo realizar todos los días de mi vida por ganarle a mis limitaciones.
También para saber escuchar la voz de Dios que me llama a convertirme y ser feliz, a crecer como persona, a progresar , hacer un mundo más justo y más humano. No es en la comparación con los otros como llego a mejorar, es en la comparación con Él, por eso, dice la Palabra, tenemos toda la vida, de caminantes de peregrinos, para contemplar esta gracia en el camino de preparación hacia el encuentro definitivo con él. Solo pensemos que estamos ya en camino, que no es algo que llegará algún día de mi vida, ya estamos en camino y es necesario purificar todos los días un poco más mi corazón. Tomar la vida como peregrino, nos ayuda a hablar con Él, a dialogar, a escucharle, a contarle nuestras cosas, a pedirle que nos ayude en el camino, que nos de a beber el agua que da vida, que refresque nuestros pies cansados. Es un amigo que va con nosotros. ¡bendito seas buen Jesús!

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