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La política como alimento de una sociedad.

La política como alimento de una sociedad.

El ser humano por naturaleza debate sus ideas. Unos nos diferenciamos de otros en la manera de plantearlas. Mientras hay quienes buscan imponerse, en algunos casos alzando la voz innecesariamente, otros con violencia, unos, quizás los más peligrosos de todos, buscan imponer sus ideas y sus propósitos a través del ejercicio del poder. Otros expresamos y esperamos a ver los resultados, y lo hacemos como un grillo, sin estridencias pero con constancia. Si ha leído cualquiera de las otras cosas que he escrito recientemente o a asistido a alguna sesión que se me permita llevar a cabo, notará que sólo busco plantear la duda desde mi experiencia para que sea usted quien llegue a sus propias y muy personales conclusiones. Al final del día en el mundo habrá tantas opiniones con respecto a un tema como experiencias relacionadas haya con el mismo.

Del debate de esas ideas nace la política. Desde la época romana o incluso antes, se han creado espacios y redes para debatir y buscar soluciones para una mejor sociedad. Del resultado de estos debates nacen leyes que regulan la conducta. Leyes que sabemos son necesarias porque muchas veces no tenemos presente ese viejo adagio que reza que nuestras libertades acaban donde empiezan las de los demás. Hasta aquí todo bien, el sistema de democracias y de participaciones de los pueblos en esos debates funcionan al menos en teoría. El problema en la práctica es que muchas veces quienes adoptan la política como medio de vida, acaban olvidando en el camino a los electores que los colocaron allí, por quienes deberían trabajar, defendiendo sus intereses para, en cambio, defender los propios. Aquella frase de “no me den dinero, pónganme donde haya” no está tan lejos de la cultura y ética actuales.

Este servidor, posiblemente al igual usted, que está tomándose un tiempo que agradezco para leer esto, desarrolló su pensamiento crítico en medio de la revolución bolivariana. ¿Menuda tarea ésta no? Durante años, el desayuno, el almuerzo y la cena en muchos hogares y lugares de trabajo era la política. Lo que hizo el presidente o lo que no hizo, lo que hicieron los gobiernos anteriores o lo que no hicieron. Más recientemente el disparate que dijo la noche anterior, tomaron el lugar del clima, el tráfico o el deporte como herramientas para romper el hielo, cada vez con más cautela gracias a la mascota preferida de los gobiernos populistas. El chivo. El chivo expiatorio del que, sobre todo en la administración pública, depende un ascenso, aumento de sueldo o la carrera misma. Recuerdo con mucho cariño, por qué no, a una familia que jocosamente se insultaba diciéndose copeyano o adeco.

Durante años hemos asistido al repugnante comportamiento característico de los gobiernos populistas de regalar los peces antes de enseñar a pescar. De un gobierno que prefiere mantener un pueblo ignorante que si, sabe leer y escribir, pero que carece de pensamiento crítico sobre todo a la hora de ejercer su derecho al voto que, más que un derecho, para mí es un deber y una obligación como ciudadano. Y la ausencia del pensamiento crítico poco tiene que ver con la inteligencia, por favor no confunda mis palabras, son dos cosas muy diferentes. A mi juicio, este tipo de pensamiento, y usted me dirá, amigo lector, si tengo la razón, nace de la experimentación de realidades como comentaba al principio de este artículo, no de la inteligencia ni del grado académico alcanzado. No he tenido problemas con quien defiende un gobierno si desde su propia realidad se encuentra mejor con éste que con el anterior. Mis problemas empiezan cuando estos defensores están peor.

Como seres humanos nos acabamos adaptando a todo y cuando los cambios son graduales dejan de ser perceptibles. Hace algunos años un buen amigo me dio a conocer una interesante teoría acerca de esto. Permítame entonces desarrollarla de la mejor manera posible. Este amigo, que espero esté leyendo esto me explicaba que si usted toma una rana y la coloca en un olla con agua fría y lleva este conjunto a fuego muy bajo, el agua irremediablemente, dentro de un lapso determinado de tiempo hervirá, con la rana adentro sin que ésta se percate de lo compleja de su situación. En cambio, si usted lanza el animalito al agua hirviendo, éste tendrá una reacción completamente diferente. Imagíneselo, por favor no lo haga, no cometa ese acto de crueldad, cómase mejor un pollo frito… Si consigue pollo.

La política entonces juega el papel del agua que se va calentando muy poco a poco, y como ciudadanos, a veces no nos damos cuenta sino hasta que somos sacudidos por las burbujas. Pensará usted que sigo hablando de Venezuela y en parte es cierto, pero se sorprendería lo parecidas que son estas realidades en el que es mi país de acogida en mi proceso migratorio. Me permito hablar de él con todo el tacto del que pueda hacer uso y le ruego, por favor, que me disculpe si hiero alguna susceptibilidad o si siente que de alguna manera le he de faltar el respeto con mi propia realidad. Si es usted un fanático político de esos que gritan y les da taquicardia a la hora de expresar sus ideas o conocer planteamientos contrarios a los suyos, le agradezco la compañía que me ha hecho hasta ahora, pero con todo el dolor de mi alma le voy a pedir que se vaya y lea otra cosa más agradable para usted. Si como yo, cree que la tolerancia y el respeto son pilares fundamentales de toda sociedad por favor continúe y acompáñeme con sus comentarios.

El país desde el que escribo hace gala de un par de índices macroeconómicos que ya quisieran unos cuantos territorios del denominado primer mundo presumir. Un crecimiento sostenido de la economía en los últimos años cercano al 6% y un índice de inflación general que tiende recurrentemente a cero, en un pequeños país caribeño que comparte isla con un Estado que lejos de coadyuvar al desarrollo, históricamente ha representado un lastre (mis disculpas a los haitianos trabajadores que conozco y respeto), hacen tanto ruido como la contracción de más de 5% y la inflación mayor al 200% de mi natal Venezuela.

Ya conocía yo las marcadas disparidades económicas en la misma zona metropolitana de la capital, producto de tantos recorridos hechos antes de radicarme por más tiempo. Ésta es una ciudad en las que en los lados contrarios de una misma calle se puede encontrar un residencial de alto poder adquisitivo a la derecha y un barrio de gente muy humilde a la izquierda o viceversa. El movimiento entre estratos sociales es acrobático, he aquí la primera similitud y diferencia con Venezuela. En ambos países hay enormes diferencias y carencias pero al comparar las capitales, la evidencia encontrada es que en Caracas, el asunto es más gradual al momento de desplazarse por las calles.

Ambos países en la actualidad carecen de alternabilidad política en el poder, desde más o menos la misma cantidad de años. Esa similitud, al igual que en el punto anterior, tiene una marcada diferencia, que radica en que mientras en Venezuela el culto político es hacia una sola persona y un “legado” que ha tardado mucho más de lo esperado en diluirse, en la isla el culto es hacia un partido político que alterna sus caras pero que obra de la misma manera. No cuestiono, y no es mi intención hacerlo, su pasado reciente. Hay evidencias palpables en cualquier lado al que uno observe de cambios positivos, al menos en infraestructura y modo de vida en relación a los últimos años de la anterior hegemonía. Sin embargo, las cosas no caminan tan bien como declara el gobierno, tampoco tan mal como alude la oposición. Igual que en cualquier otro país.

Algo que definitivamente diferencia a los países es la disposición por parte del Estado de recursos económicos. Aquí no hay petróleo como en Venezuela y gracias a cielo que esto es así. Y usted se preguntará querido lector paciente por qué digo semejante cosa si el petróleo es una fuente exitosa de ingresos para los países que lo han explotado con responsabilidad. Sencillo, justamente por eso. Si usted quiere ser populista, necesita dinero. Mucho dinero. Entonces si éste no es suyo, si usted no tiene una gallina que ponga huevos de oro o, mejor dicho una empresa petrolera bajo su total control que los pone negros, estará obligado a hacer algunas cosas bien en su gestión. El dinero saldrá de fuentes privadas, interesadas en que usted gobierne, para usted, pero también para ellos.

Venezuela, cuando arreaba vacas muy gordas, recibía ingresos económicos sustentados en un barril de petróleo a 100 dólares, entonces, no era necesario que grupos de interés aportaran a la gobernabilidad, por el contrario, eran un estorbo y fueron arrazados del mapa. En cualquier otro país de similares características pero sin oro negro, por el contrario, el partido de gobierno necesita estos intereses para financiar campañas absurdamente costosas. Según algunas fuentes, en la campaña electoral a celebrarse en el mes de mayo, el partido de gobierno está gastando diariamente alrededor de 305.000 dólares diarios, monedas más, monedas menos. En un país que reporta un población de poco más de 10 millones de habitantes, saque usted sus propias cuentas.

Ahora bien, la sensación de desagrado se agudiza cuando las cosas que observo, repito como siempre, desde mi propia realidad, son grandes caravanas con costosos vehículos rotulados hasta donde no se ve con la imagen de los candidatos. Se observan grandes tarimas y mucho alcohol gratis. Gratis para quienes asisten pero con algo se paga todo esto. Cosas que, en definitiva, como dice el ciudadano Presidente de la República, “no se pueden ocultar”. En el país no existe aún una normativa que obligue a los partidos políticos a reportar el origen y el uso de los fondos utilizados durante la campaña y por lo que parece, está muy lejos.

Observo en ambos países, también con desagrado la flacidez que se evidencia en casos asociados al narcotráfico, al menos desde al año 2015. Esto a mi juicio ha convertido al narcotraficante en una especie de superhéroe popular en los estratos más bajos de la sociedad. En algunas mentes jóvenes, esponjosas, con principios frágiles por diversas razones de la vida, éste delincuente ha sustituido al deportista como modelo a seguir. Es el narcotraficante, muchas veces el benefactor del barrio, el que arregla la cancha, el que hace las mejores fiestas, tiene la mejor casa, donde nunca falta la luz ni siquiera para los aires acondicionados, el mejor carro y las mejores mujeres. Bueno las que están mas buenas, no las mejores. Preguntele a Escobar y a Guzmán por ejemplo. Esto, en las mentes maleables de adolecentes que han sido abandonados por uno o dos de sus padres, a veces por irresponsabilidad del padre, a veces para cumplir el sueño americano de la madre, es una amenaza que se ampara y fortalece en la impunidad.

Cabe entonces, hasta que exista una norma que permita la transparencia en la ejecución de fondos, preguntarse de donde provienen los mismos. De donde saca el partido de gobierno semejantes cifras, en caso de ser ciertas, para una campaña política inmaterial, porque si me dijeran que está sustentada en el mejoramiento real de los problemas del ciudadano sin privilegios especiales como usted y como yo, lo consideraría igual populismo, pero algo quedaría. Si en mis observaciones, evidenciara una mejora real en la calidad de la salud, la educación, la economía y la seguridad no estaría usted leyendo esto ahora.

Por último lo invito a usted a que busque información sobre los fondos administrados por los funcionarios públicos que usted eligió y que elegirá. Fondos que se administran con total discrecionalidad y ausencia de rendición de cuentas. Esto quizás le abra los ojos con respecto al hambre desmesurada de poder que muestran algunos candidatos y le permita a su vez ejercer su derecho al voto, en cualquier país en el que se encuentre con una perspectiva más amplia.

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