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Memorias de un niño peronista - Por Teodoro Boot

Memorias de un niño peronista

Por Teodoro Boot


1. Gracias a Evita

Memorias de un niño peronista - Por Teodoro Boot

Cuando no hojeaba el último Intervalo sentado en la escalera fingiendo no escuchar lo que mi tía y mi vieja secreteaban en el patio, me pasaba las tardes en la terraza tratando de divisar el avión negro que en cualquier momento traería a Perón de regreso a la patria, al poder o a donde se le cantaran los cataplines, que para eso era Perón. Lo importante era que yo me encontrara con él antes que nadie: tenía un montón de novedades del barrio para contarle.

Ya hacía meses que había decidido hacerme agente secreto peronista. No me pregunten por qué, pero fue después de descubrir que, sin darme cuenta, desde hacía mucho más tiempo había sido afectado por el virus infeccioso que transmitía el flamante Tirano Prófugo.

Eso había ocurrido antes, en otro barrio, en Villa del Parque, donde vivíamos hasta que los nervios de mi vieja no dieron para más. Imagínense: nuestra casa estaba pegada a un largo y populoso conventillo lleno de peronistas.

Por algún motivo mi vieja estaba siempre pendiente de que no supieran qué era lo que pensábamos.

Yo no sabía muy bien qué pensábamos, inquietante circunstancia que por primera vez debe haberme hecho sospechar si yo también no sería un poquito peronista..

En las últimas dos piezas del conventillo, junto a una cocina y uno de los baños, vivía un chico que iba conmigo a la escuela de la vuelta. No me acuerdo cómo se llamaba. Pongámosle Pocho.

Por entonces el mundo estaba lleno de Pochos, Juan Domingos y María Evas. Después no.

Íbamos al mismo grado, pero Pocho era más grande que yo, probablemente apenas unos meses, pero a esa edad las diferencias son muy evidentes. Pasaba que yo había entrado a la escuela “antes”. Eso decía mi vieja, pues debería haber ingresado un año más tarde.

¿Cómo había hecho mi familia para conseguir semejante excepción?

Yo estaba secretamente convencido de que había sido por medio de Evita. Mi vieja debía haberle escrito una cartita explicándole que yo era muy inteligente, que sabía leer y escribir y todo eso.

El que me enseñó a escribir fue mi abuelo, que según mi vieja era socialista de Palacios y hablaba al revés.

“Me se paró el reloj”, decía mi abuelo.

“Me se perdió la bolita lechera”, escribía yo.

Pero fíjense que ya en primero inferior yo sabía escribir con plumín, infernal artefacto que tiraba más tinta que un calamar y de cuya existencia mi hermana no tenía la más remota idea.

Que mi hermana mirara al plumín con respeto y de lejos, sin atreverse a tocarlo, me hacía sentir un privilegiado. Y ya lo decía el libro de lectura: “Los únicos privilegiados son los niños”.

El libro de lectura en ningún momento decía nada de las niñas, así que mi hermana se tenía bien merecido tener que esperar todavía unos años para saber lo que era escribir con plumín, y ni qué hablar de la pluma cucharita.

Desde luego, ni aun de haberlo querido Evita hubiera podido tener algo que ver con mi prematuro ingreso a primero inferior: para ese momento ya había muerto. Pero los niños no suelen tener una idea muy precisa del tiempo, de manera que yo estaba muy agradecido a Evita por haberme dado mi plumín de acero con portaplumas de madera y tintero involcable.

Por lo que recuerdo, tan sólo una vez le pregunté a mi vieja qué le había escrito a Evita para convencerla de que me dejara entrar a la escuela “antes”. Estuvo llorando toda la tarde y cuando mi viejo llegó del trabajo, armó un escándalo. Teníamos que mudarnos inmediatamente de ahí, de al lado de ese conventillo lleno de peronistas y lejos de la mala influencia de mi abuelo.

No volví a mencionar el tema, pero cuando Pocho me preguntó cómo era que estaba en el mismo grado que él siendo más chiquito ¿qué podía decirle, sino la verdad?

Que yo hubiera entrado a la escuela gracias a Evita me granjeó el respeto, la admiración y hasta la amistad de Pocho, que no se daba con nadie de la cuadra y era amigo sólo de los chicos del conventillo.

Con Pocho una vez salimos caminando para el lado de la plaza, pero no llegamos más allá de Joaquín V. González.

A la plaza iba con mi abuelo, pero no a los juegos sino a la feria. Mi abuelo hacía la cola para comprar papas. No había papas, ni había pan, ni había un montón de cosas, secreteaban mi vieja y mi tía en el patio y poco después de la huida del Tirano Prófugo dirían todos en la radio, porque Perón y Jorge Antonio se habían robado toda la plata con los permisos de importación.

Yo no podía imaginar qué podría ser un permiso de importación, pero lo sospechaba algo terrible, porque por su culpa no había pan y las papas estaban carísimas.

Pan, lo que se dice haber, había. Con manteca y azúcar para el mate o con dulce para el café con leche. Pero no había, eso decían mi vieja y mi tía, en voz baja, para que no se enteraran los peronistas.

No sé por qué no había nunca pan en el mundo, pero siempre había en mi casa. Tal vez porque yo era un niño peronista y a los niños peronistas nunca le faltaba el pan con manteca, o porque el resto de mi familia era gorila –menos mi abuelo, que según mi vieja era socialista de Palacios–, y a los que no les faltaba el pan con manteca era a los gorilas, o porque mi abuelo iba temprano a hacer la cola a la panadería. El caso era que mientras mi vieja protestaba porque no había pan, mi viejo iba hundiendo pancitos en la olla para probar el gusto del tuco.

Pero lo que más loca volvía a mi vieja era el asunto de las papas.

–¡Aumentaron de precio y Perón dice que están más baratas! –chillaba mi vieja, ante la distraída indiferencia de mi viejo, concentrado en la lectura de un artículo de La Nación o escribiendo facturas con copias al carbónico en la Lettera 22 que tenía en casa para adelantar trabajo los fines de semana.

–¿De qué trabaja tu papá? –me preguntó un día la señorita Laura, mi maestra de primero superior.

Quedé mirándola, sin responder. ¿Cómo podía saber yo de qué trabajaba mi viejo?

–¿Qué hace? –creyó precisar la señorita Laura.

Ahí me di cuenta.

–¡Facturas! –respondí exultante.

–¡Qué rico! –exclamó la señorita Laura–. A ver cuándo traes algunas para convidar.

Era decepcionante. Si mi viejo hubiera sido un padre peronista como el General mandaba, yo habría podido llevarle a la señorita Laura una docena de medialunas. Pero ¿qué podía llevarle el hijo de un padre gorila que hacía facturas en una Lettera 22? ¿Unas hojas con copia al carbónico para comer con el mate? La señorita Laura iba a pensar que la estaba cargando y capaz me mandaba castigado a la dirección.

Por entonces, todavía no sabía que también el director, la señorita Laura y hasta la portera de la escuela leían Clarín y La Nación y murmuraban que Perón era un totalitario que había expropiado La Prensa, cerrado La Vanguardia y metido preso a Balbín para poder decir que el kilo de papas había bajado de precio. Y todos los de la cuadra, menos los del conventillo y mi abuelo, pronto hablarían de las joyas, los vestidos y las bombachas de Evita y dirían que Perón tenía diez autos, sesenta motonetas y cien pares de zapatos.

Estaban en exhibición en la residencia presidencial.

Era impresionante. ¿Qué podía hacer Perón con tantos zapatos? ¿Cuántos pies tenía?

Perón debía ser como uno de esos dioses raros que me la pasaba mirando en la Mitología Clásica Ilustrada. Con un tipo capaz de usar cien pares de zapatos, ¿cómo no iba a hacerse peronista uno, que encima había usado plumín a los cinco años gracias a Evita?

Una tarde, según se entienda, aciaga, salimos con Pocho hacia la derecha, como yendo hacia la plaza. Nos dirigíamos en realidad hacia una casa de la vereda de enfrente, la única de la cuadra que tenía televisor. Si había suerte y las celosías y los postigos estaban abiertos, podíamos ver un rato el Cisco Kid. Pero esa tarde hacía frío y los vecinos habían cerrado las ventanas, de manera que caminamos un poco más. Fue al llegar a la esquina de Joaquín V. González que miré hacia la derecha y lo vi.

Les juro que lo vi. Estoy seguro: lo vi enfrente del club. Porque a media cuadra había un club, pequeño, de barrio, con una pista de basket, que servía a la vez para baby fútbol y patinaje artístico, un buffet, una cancha de bochas y gracias.

Es raro, porque lo vi en ese momento, pero lo que veía, si acaso alguna vez ocurrió, tenía que haber sucedido unos meses antes. Estoy seguro. Y estuve tan seguro entonces...

Ahí, a mitad de cuadra, en la vereda del club, sobre un escenario que por momentos parecía un escenario y en otros la caja de madera de un rastrojero, inclinado hacia un grupo de niños que alzaban los brazos en su dirección, el general Perón regalaba juguetes.

–Perón es un hombre muy bueno –dije.

Pocho me miró raro. Su familia debía sospechar que nosotros pensábamos lo que pensábamos, fuera eso lo que fuese. Pero ¿cómo? Si cuando criticaba a Perón o a “la Eva”, mi vieja siempre hablaba en susurros. ¿Cómo alguien habría podido escucharla, saber que pensaba lo que pensaba? ¿Leían el pensamiento los peronistas?

–¿En tu familia no son contreras? –preguntó Pocho.

Dije que no ¿qué otra cosa? ¿O se piensan que me iba a quedar sin amigos?

Además, a cada momento estaba más y más seguro de haber visto a Perón repartiendo juguetes a los niños peronistas del barrio desde la caja de un rastrojero. Curiosamente, por más esfuerzos que hiciera la escena se desarrollaba en absoluto silencio y yo seguía sin poder identificar a nadie en el grupo de niños peronistas, ni siquiera a Pocho.

–Mi mamá es amiga de Evita –expliqué–. Ella en persona me dio el plumín y el tintero involcable. Y un beso acá.

Pocho permaneció unos segundos mirando mi mejilla con admiración.

Fue el principio del fin. Como lo oyen. Un par de días después, de la unidad básica del barrio fueron a ver a mi vieja para designarla jefa de manzana.

Mi vieja estuvo llorando hasta que mi viejo llegó del trabajo. A la mañana siguiente mi vieja, mi hermana y yo nos mudábamos a la casa de mi tía.

Mi viejo permaneció en casa, haciendo facturas, leyendo La Nación y despotricando contra Perón y la Constitución de 1949.


2. El novio del General

Evita

Estaba seguro de que Perón no sólo llegaría piloteando personalmente el avión negro sino que aterrizaría en la terraza de la casa de mi tía, espantando a los conejos que se criaban entre viejos cascos de lavarropas, guardabarros de automóviles y los canastos de alambre de botellas de vino que mi tío Rodolfo acumulaba con afán de coleccionista de objetos de arte.

Mi tío también coleccionaba linyeras, como Pablito Serún, el borracho húngaro o romano que había quedado loco en la guerra.

Lo más raro de todo era que para aterrizar en la terraza, además de esquivar a Pablito Serún y provocar una estampida de conejos, el avión tenía que ser muy chiquito, más o menos del tamaño del carrito con rulemanes con que a veces trataba de rodar por la demasiado suave pendiente de Carranza.

No me pregunten cómo haría el General para salir de adentro de un avión negro tan minúsculo. Porque Perón era un gigante y cuanto más lo veía repartiendo juguetes a los niños peronistas desde la caja de madera del rastrojero, más y más alto me parecía.

Perón tenía esas rarezas, como crecer a la vista de todos, usar cien pares de zapatos, andar en veinte motonetas al mismo tiempo, repartir juguetes sin ton ni son o volver a la patria piloteando un avión negro chiquito así, sin que se le arrugara la ropa.

Ahora puede parecer que uno era un niño muy fantasioso, pero yo no hacía más que reproducir en mi imaginación lo que escuchaba todo el día, primero susurrado a media voz para que no oyeran los peronistas del conventillo, después secreteado por mi vieja y mi tía mientras tomaban mate en el patio y finalmente en el Leoplan, la Vea y Lea y hasta los titulares del diario La Prensa.

La Prensa había retornado a manos de sus legítimos dueños y volvía a ser el faro de libertad que siempre había sido, decía mi viejo mientras seguía despotricando contra los permisos de importación y la Constitución del 49.

El Tony y el Intervalo, en cambio, nunca decían nada de Perón. Ahí los superhéroes eran el Agente secreto X-9, Mandrake, Buz Sawyer.

Digan lo que quieran, pero Buz Sawyer, su amigo Rosco Sweeny, el Barón Loco o la excitante Diana Chase, no tenían nada que hacer al lado de Perón, Jorge Antonio, Fanny Navarro, Juan Duarte o Román Alfredo Subiza, cuyas hazañas llegaban hasta mis oídos de niño, colmándolos de asombro. ¿Qué clase de villano podía ser mister Sparrow comparado con el capitán Ghandi? ¿Ustedes se piensan que Sparrow se iba a pasear por el Departamento de Policía de Los Ángeles con el cráneo del cuñado de Buz Sawyer metido adentro de una bolsa de arpillera?

Mister Sparrow jamás se habría animado a hacer lo que en esos mismos momentos hacía muy suelto de cuerpo el capitán Gandhi percudiendo la percepción de la realidad de todos los niños argentinos, peronistas y no peronistas.

Pero no era sólo el capitán Gandhi; mi tía y mi vieja también aportaban lo suyo, secreteando en el patio.

No puedo saber si siempre hablaban entre sí en susurros o sólo cuando yo andaba cerca, hojeando el Intervalo sentado en uno de los peldaños de la escalera, después de esperar durante horas la llegada del avión negro.

Yo debía ser el famoso moro en la costa del que oiría hablar tiempo después, pero por el momento me limitaba a hacer como que leía y fingir que no escuchaba a mi vieja susurrar:

–Parece que también con el negro ese.

Mi tía no pudo ahogar una exclamación.

–¡Pero vos viste que pedazo de hombre es! ¿Cómo harán...?

Mi vieja se estremeció.

–¡No quiero ni pensarlo! Pero se quedó varias veces a dormir en la residencia presidencial. La primera vez, en tiempos de la Eva.

–¡Pero ese hombre es incapaz de respetar nada!

–Mandó quemar las iglesias, así que imaginate si va a respetar algo.

Fue recién entonces que comprendí que hablaban de Perón. Él era quien había quemado las iglesias, la Casa del Pueblo, la sede Radical, el Jockey Club y hasta una bandera argentina para echarle la culpa a los curas, y entregado el petróleo a los norteamericanos y hasta había sido condenado por traición a la patria por un juez de la Nación, insistía el diariero Miguel, que era socialista.

Perón era, sin duda, un hombre extraordinario, fuera de lo normal, algo así como el Gargantúa del que a veces me contaba mi viejo cuando no estaba leyendo el Mitología Clásica Ilustrada o despotricando contra la Constitución del 49, un gigante capaz de los actos más inverosímiles. Recuerden que, aunque en secreto, yo era un niño peronista y estaba dispuesto a creer cualquier cosa que se dijera de Perón.

Algo extraño ocurría con él: todos –gorilas, no gorilas y peronistas– lo creían capaz de cualquier cosa, desde inventar una máquina de rayos equis para fotografiar desnuda a Gina Lollobrígida hasta espiar a las chicas de la UES mientras se cambiaban los bombachudos en el vestuario de Olivos

Pero ¿qué era eso del negro? ¿De qué pedazo de hombre hablaban?

Cuando entendí, peronista y todo, me costó creerlo: ¿era posible que Perón se encamara con el campeón mundial de los medio pesados, un negro de casi dos metros de altura?

Mi tía y mi vieja lo secreteaban de lo más serias y hasta en el bar de mi tío Rodolfo los hombres hablaban del tema. Nadie parecía creerlo seriamente, pero tampoco nadie se animaba a desmentirlo. Todos, desde mi tío Rodolfo, el Mudo y el Pelado hasta Pablito Serún y Carlitos y Alberto Culacciati, pasando por el diariero Miguel, parecían creer a Perón perfectamente capaz de eso. Y más.

¿Por qué no iba a creerlo yo también, entonces?

Debo reconocer que cuando vi en la tapa del Gráfico una foto del gigantesco negro quedé muy impresionado. Al menos comprendí por qué, con una mezcla de horror y fascinación, mi tía se preguntara “¿Cómo harán...?”

El negro se llamaba Archie Moore y llevaba más de 180 peleas ganadas, 125 de ellas por knock out. Pero además de por su impecable estilo y la contundencia de su pegada, era también famoso por su generosidad con los negros pobres de su país y del mundo. Con razón era el preferido de Evita, que se había encaprichado con él y lo invitaba a dormir en la residencia presidencial.

Sin embargo, nadie decía que Evita se encamara con el campeón mundial. El que lo hacía era Perón.

Parece que eso empezó a pasar la segunda vez que vino, cuando Evita ya había muerto y Perón todavía no había empezado a consolarse con las adolescentes que le presentaba Jorge Antonio.

Una tarde, mi vieja bajó la voz mientras pasábamos por la puerta de un lujoso chalet en un barrio de Buenos Aires lleno de árboles y enormes caserones.

–Acá le traía las chicas Jorge Antonio –susurró mi vieja.

Mi tía echó una rápida mirada de reojo en dirección a la casa y apuró el paso.

–¿Y la Eva no decía nada? Porque mirá que era brava...

–Fue después de lo del cáncer. El que te jedi no le podía aguantar el olor.

El que te jedi era Perón, claro.

–Desalmado –murmuró mi tía.

–Una por día le traía Jorge Antonio.

Jorge Antonio era el de los permisos de importación. Por entonces estaba preso en la cárcel de Ushuaia. La habían abierto especialmente para él.

Lo de los permisos de importación debía ser un asunto muy grave.

–¿Pero no era que se había empezado a acostar con el negro?

–También –dijo mi vieja.

Mi tía se apantalló, súbitamente acalorada.

–¡Qué barbaridad!

Perón se había empezado a encamar con Archie Moore recién después de que el campeón viniera por segunda vez. Había estado antes, cuando vivía Evita, para hacer siete peleas en una de las cuales, no bien empezó el primer round, durmió de un cazote a Alberto Lovell, campeón argentino y sudamericano de los pesos pesados.

La segunda vez, entretenido con Perón, apenas si hizo dos peleas. En la primera le ganó a Rinaldi Ansaloni por knock out en el cuarto round. En la segunda, mandó varias veces a la lona al uruguayo Dogomar Martínez, pero sin poder noquearlo. Es que había que bancarse a Perón en la catrera.

Un día le pregunté a mi viejo, que había sido boxeador, recibía todas las semanas Mundo Deportivo, era admirador de Eduardo Lausse y Cirilo Gil y odiaba a Gatica, por fanfarrón, comebollos y peronista.

Mi viejo seguía haciendo anotaciones en una vieja publicación de la Universidad de Buenos Aires. “Conozcamos Nuestra Constitución”. Año del Libertador General San Martín.

–Papá ¿quién es Archie Moore?

Mi viejo hizo unos garabatos y sin levantar la vista de la Constitución del 49 contestó.

–Un gran boxeador. Campeón mundial de los medio pesados.

–¿Un medio pesado es menos que un pesado?

–Claro.

–¿Y es verdad que era el novio de Perón?

Recién entonces me miró durante unos segundos, sin decir palabra. Creo que estaba sorprendido. Finalmente volvió al folleto y leyó:

–En el artículo 38, donde decía “La propiedad es inviolable y ningún habitante de la confederación puede ser privado de ella sino en virtud de sentencia fundada en ley”, dice ahora: “La propiedad privada tiene una función social y en consecuencia estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común”.

Volvió a mirarme.

–Cualquier atentado contra la propiedad es un atentado contra la libertad.

Lo interpreté como un sí.

3. Aislados del mundo

memorias

El Perón hindú, las joyas de Eva y un viaje al Palacio Unzué

Mi tío Rodolfo estaba indignado. Perón nos aisló del mundo, insistía ante la sonrisa irónica de mi tío Polo y el fastidio de mi viejo, para quien la Constitución de 1949 era un liberticidio lo suficientemente grave como para no inventarle más delitos a Perón. Cualquier otro reproche distraería la atención de lo importante. Con lo de la Constitución, el IAPI y los permisos de importación era más que suficiente. Y ni qué hablar de la suma del poder público: “¡Es traición a la patria!”, broncaba mi viejo.

En cuanto a mi tío Polo, “Vos sabés que Polo es peronista”, había susurrado mi tía en el patio. Mi vieja no se santiguó porque había sido bautizada recién a los 19 años, para casarse, pero le faltó poco.

La omisión de tan importante sacramento era en parte debida a que era la menor de un montón de hermanos, huérfanos tempranamente, que se habían criado a sí mismos a la bartola. Todos varones -la única otra mujer era mi tía, apenas dos años mayor que mi vieja-, no tenían tiempo de catequizar a la hermanita menor. Además, y esto no era asunto sin importancia, mi tío Aníbal, el mayor de los hermanos de mi vieja, era espiritista. De la Escuela Científica Basilio.

Debía ser algo tan malo como ser peronista, porque mi vieja y mi tía también bajaban la voz para decir “Basilio”.

Pero no crean que mi tío Rodolfo tenía una idea muy precisa de lo que era el mundo, y sospecho que tampoco tenía la menor idea de qué podía significar “aislado”, pero ese era el tema de conversación del Pelado, el Mudo y Carlitos y Alberto Culacciati, en base al invalorable aporte del diariero Miguel, que era socialista de Palacios, igual que mi abuelo, pero distinto. O debía tratarse de otro Palacios, porque al ver pasar alguna escuadrilla de aviones a chorro, Miguel no los saludaba gritando “¡Viva Perón!”, como me había enseñado a hacer mi abuelo.

-Don Remigio -lo increpó mi vieja-, le tengo dicho que no le enseñe esas cosas a los chicos, que después van y las repiten por ahí.

-Me se olvidó -replicaba mi abuelo con su angelical sonrisa.

“Tu suegro también es peronista”, había susurrado una tarde mi tía.

“Don Remigio es socialista de Palacios”, la cortó mi vieja. “Lo que pasa es que no entiende porque es gallego”.

A diferencia del de mi abuelo, el Palacios del diariero Miguel era otro que decía que Perón nos había aislado del mundo. Pero no se quedaba conforme con eso: ese año era embajador en Montevideo y acababa de presentar un proyecto para prohibir los partidos de fútbol. Como lo oyen. Desde que las hinchadas de Argentina y Uruguay se habían agarrado a las trompadas en el estadio Centenario, como quien dice, en la jeta misma del embajador, Palacios había decidido que el fútbol era nocivo para la hermandad internacional y sudamericana.

“¡Y tiene razón!”, decía a los gritos el diariero Miguel mientras comía su especial de crudo y queso con el consabido vaso de clarete.

El clarete era un vino tinto al que mi tío Rodolfo le agregaba agua, pero todos le decían “clarete”.

Cuando en el Pacto de Potsdam los imperialismos soviético, inglés y norteamericano decidieron que la sede del campeonato mundial de fútbol en 1950 fuera Brasil y no Argentina, a Perón se le subió la mostaza, retiró la selección argentina de los campeonatos mundiales y rompió relaciones con el gobierno de Brasil, encabezado por Gaspar Dutra.

Perón había tenido razón en enojarse, insistían los peronistas: la selección argentina había ganado todos los campeonatos sudamericanos desde 1930. Su desplazamiento sólo podía deberse al resentimiento de los imperialismos que querían repartirse el mundo.

Ocurrió que del campeonato de 1950 tampoco había participado el seleccionado de la India. A los imperialismos les parecía antiestético que los futbolistas indios jugaran descalzos y, en sintonía con Perón, el Pandit Jawaharlal Nehru había decidido retirar a su país del torneo mundial.

A diferencia de Perón, el Pandit Nehru no rompió relaciones con el gobierno de Gaspar Dutra, pero daba igual: para el diariero Miguel era una prueba irrefutable de que tanto Perón como Nehru eran nazis.

Las desquiciadas ideas del diariero Miguel no llegaban en forma directa a la mesa familiar de los domingos; lo hacían a través de mi tío Rodolfo, alterando a mi viejo, que no sólo odiaba que se criticara a Perón por cualquier cosa, siendo que su crimen era el de traición a la patria, sino que admiraba profundamente al Pandit Nehru y a su maestro, el Mahatma Gandhi.

El Mahatma Gandhi no tenía nada que ver con el Capitán Gandhi que en ese momento recorría los pasillos del Departamento de Policía como si fuera el Fantasma de la Ópera aterrorizando a las estrellas del cine nacional con el cráneo putrefacto de Juan Duarte.

Cuando los gritos entre mi viejo y mi tío Rodolfo cesaban un instante, mi tío Polo se limitaba lacónicamente a murmurar “Perón, Perón, tenés razón”.

Además de sobresaltar a mi viejo, violentado en su sentido de la racionalidad más elemental, se trataba de una afirmación ciertamente peligrosa: todos los peronistas estaban en cana y la cárcel de Ushuaia había sido reabierta por la Marina de Guerra tan sólo para meter preso a Jorge Antonio, el de los permisos de importación.

Los permisos de importación eran una nueva prueba de que Perón nos había aislado del mundo: uno no podía importar libremente lo que se le cantara; había que pedir permiso.

Los permisos los daba Perón, en persona, decía el diariero Miguel. Y los recibía Jorge Antonio, que se llenaba los bolsillos de guita.

-Se la reparten con Perón -insistía mi tío Rodolfo- ¿o de dónde creen que sacó todos esos autos y motocicletas? ¡Son coimas! ¡Coimas!

Mi tío Rodolfo hablaba de las riquezas acumuladas por Perón y Eva Perón que en ese momento, por orden de Lonardi, eran exhibidas con gran despliegue en el Palacio Unzué. Ya saben, las joyas, los sombreros y los vestidos de Eva, y los autos, las motocicletas y los cien pares de zapatos de Perón.

El Palacio Unzué había sido la casa donde Perón vivió siendo presidente. En ese tiempo no se usaba que el presidente viviera en Olivos, fuera de la capital. Como su nombre lo indica, la Quinta de Olivos era la casa de fin de semana de los presidentes, aunque después de la muerte de Eva fue preparada como campo de deportes de la rama femenina de la UES.

A Perón le gustaba espiar a las chicas estudiantes cuando se cambiaban en el vestuario, comentaban en tono cómplice el Mudo, el Pelado y Carlitos y Alberto Culacciati, eternamente acodados en el mostrador del bar de mi tío.

Una tarde, mi hermana, mi primo -que apenas si sabía caminar y andaba de bombachudos, como las chicas de la UES- y yo, arrastrados por mi vieja y mi tía, vestidas de prolijos trajes sastre, salimos en procesión hacia el Palacio Unzué a ver las joyas de “la Eva”. Había una cola tan larga que llegaba hasta la puerta de avenida Libertador, de manera que mi vieja y mi tía desistieron de su idea, nos tomamos un colectivo y fuimos todos muy contentos a pasear al zoológico.

Aunque lo habían usado anteriormente otros presidentes, el Palacio Unzué parecía haber sido hecho especialmente para un gigante como Perón, a quien me resultaba imposible concebir metido adentro de una casa de tamaño normal.

Recuerdo el palacio, alzándose en la loma en medio de un bosque de árboles, como un castillo habitado por el fabuloso Gargantúa, pero no conservo más que una imagen difusa, como si hubiera estado a medias velado por la bruma. Y nunca más volví a verlo. Ni yo, ni yo ni nadie: pocos meses después fue demolido para no dejar en pie nada que pudiera remotamente evocar a la aciaga década peronista y, mucho menos, a Eva Perón.

En la larga cola había algunos hombres, que debían ser abogados, escribanos o doctores, gente de traje y sombrero orión. Pero la mayoría eran mujeres. Algunas parloteaban entre sí, compartiendo su indignación a los gritos. Otras iban con las sirvientas de uniforme, con delantalcitos blancos, para que vieran a quiénes le habían dado el voto. Pero la enorme mayoría permanecía en silencio o cuchicheaban entre sí, en voz muy baja, como mi vieja y mi tía, asistiendo al acontecimiento con excitado asombro, admiradas del lujo y la fastuosidad de los palacios que habían sabido construir los millonarios del granero del mundo y, a la vez, notoriamente resentidas de que los jerarcas del régimen depuesto hubieran compartido ese estilo de vida.

-Acá murió la Eva -susurró mi vieja apenas llegamos a la puerta de Libertador.

Miré instantáneamente hacia el hermoso edificio y recorrí con la vista la larga cola de mujeres que serpenteaba a lo largo del camino. Algunas permanecían tan serias, silenciosas y reconcentradas que no pude más que preguntarme cuántas de ellas no estarían ahí en secreto homenaje a la memoria de Evita.

Las personas decentes iban a tener que esmerarse mucho para que los peronistas se olvidaran de la Abanderada de los Humildes.

En cuanto a Perón, estaba apenas ahí nomás, a tiro de avión negro, como quien dice. Igual que el ogro que me asustaba desde el troquel central de mi librito de cuentos.

Por lo visto, todavía seguiríamos mucho tiempo aislados del mundo.

Fuente: Revista Zoom
www.revistazoom.com.ar

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