Una polémica siempre vigente.


Machismo y Feminismo

machismo


Para ciertas leyes todas las personas son iguales, pero es bien sabido que muchos se creen con más derechos que otros que no tienen su mismo sexo, raza, religión, instrucción o condición social. Cuando de sexo se trata se habla entonces de posiciones machistas y feministas.

Hay hombres que defienden el feminismo y mujeres que defienden el machismo. Estrictamente hablando, entonces, quienes se enfrentan no son hombres y mujeres, sino machistas y feministas.

Frecuentemente con gran sacrificio puede el hombre prescindir de una mujer, y la mujer de un hombre, pero pocos están dispuestos a ello porque hay que pagar el alto precio de la soledad. Pero cuando el amor, el dinero, los acuerdos familiares o lo que fuese unen a un hombre con una mujer, algunas veces ninguno de ambos podrá evitar satisfacer sus impulsos de dominio, en algunos más exacerbados que en otros. Cuando el hombre percibe el dominio de la mujer, compensa su situación con el machismo, y cuando la mujer percibe que el hombre intenta dominarla degradándola, busca una compensación con el feminismo.

El machismo y el feminismo son, en el fondo, una sobrevaloración de la condición masculina y femenina respectivamente, pero que no son el resultado de haber convivido en pareja, sino de cómo cada uno fue educado.



Machismo.- La tradicional ideología machista viene de muy lejos. Al considerarse el sexo ‘fuerte’ el hombre es el dueño de la mujer, quien así queda reducida a un virtual objeto moldeado por los caprichos masculinos. La diada masculino-femenino se transforma en la diada musculones-masculonas.

El machista tiende a creer que el dominio del hombre sobre la mujer es algo natural y por tanto inevitable, pero en realidad se trata de una pauta cultural y por lo tanto variable. En la época victoriana el hombre dominaba y la mujer obedecía sin chistar, cuestión que varió sustancialmente en las últimas décadas. Existen ciertas sub-culturas chinas donde las mujeres viven en sus cabañas y son dueñas de ellas, mientras que los hombres deambulan por el bosque y de vez en cuando tocan a la puerta de alguna mujer, quien decidirá si ese hombre sigue afuera, entra por una sola noche o lo elige como marido, incluso con la prerrogativa de echarlo si considera que no cumple sus obligaciones maritales como ella quiere. Si uno se pone a penar, perdón, a pensar, no hay mucha diferencia con lo que ocurre en nuestra actual civilización occidental.

En uno de los relatos de su libro “Espantapájaros”, Oliverio Girondo decía que poco le importa si la mujer era linda o fea, sucia o limpia, alegre o triste. Lo único que no le perdona es no saber volar, y si no saben hacerlo, pierden el tiempo en pretender seducirlo. Por ello se enamoró de una tal María Luisa: “desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras y sus quehaceres”.

Alguien dijo alguna vez que el machismo está perfectamente reflejado en el mismo lenguaje: un zorro es un héroe justiciero, un perro el mejor amigo, un aventurero alguien osado y valiente, un ambicioso alguien visionario, un hombre público alguien importante, un hombre de la vida un tipo con experiencia, un atorrante alguien simpático y pícaro, y un rápido alguien despierto e inteligente. En cambio, una zorra, una perra, una aventurera, una ambiciosa, una mujer pública, una mujer de la vida, una atorranta, y una rápida es siempre una prostituta.

Machismo y feminismo también afectan a los científicos, humanos al fin. Sigmund Freud, varón él, propuso que todo pasaba por tener o no tener pene, y que los párvulos fantaseaban con que no tenerlo los hacía inferiores. En compensación Melanie Klein, mujer ella, armó a la mujer proponiendo la fantasía de la vagina dentada.

Otros planteos procuraron ser algo más objetivos. Si pensamos como Adler, deberemos ver en el machismo el eterno afán de dominio. Desde Jung, en cambio, podría pensarse el machismo como un modo de compensar o equilibrar el lado femenino que todo hombre lleva escondido. Y, en una línea similar, si pensamos desde Freud, el hombre es machista porque con ello intenta tapar o reprimir sus impulsos femeninos. Efectivamente, el machismo no es incompatible con la homosexualidad masculina latente, como lo prueba el famoso dicho "se aferró al lavatorio y se la aguantó como un hombre".

Las generalizaciones sobre las mujeres, típicas del machismo, suelen ser producto de las experiencias que se hayan tenido con ellas, especialmente las que ocurrieron a temprana edad. El haber sido despreciado por una mujer importante puede tener un efecto traumático que luego llevará a la persona a odiar y criticar a todo el género mediante una apresurada generalización, y de la misoginia al machismo hay un solo paso.

Es probable –y entiéndase que se trata de una mera conjetura- que parte del impulso machista derive de la situación de desvalimiento infantil, donde el hombre debía depender para todo de su madre. Ya desde bebé el hombre aprende que, si está desprotegido, es una mujer quien lo protegerá o lo abandonará, y no otro hombre. Ellas tienen el poder de otorgar la vida o la muerte, la felicidad o la desdicha, y esta idea persiste en la mente masculina porque a diferencia de la niña, por naturaleza tiende más a dominar que a ser dominado, con lo cual se resiste al poder femenino mediante una compensación llamada ‘machismo’.

Este poder femenino continúa vigente toda la vida regulando los impulsos del hombre. Como pareja, por ejemplo, cuando establece los cronogramas de la relación: cuándo conocerse, cuándo hablar, cuándo tirarse un lance, cuando ir a la cama, etc. Para cada etapa ella fija un tiempo y le organiza gran parte de su vida, y de allí la sorda queja del machista.

En términos económicos, el hombre es el vendedor: debe venderse a sí mismo como un producto apetecible, mientras que la mujer es la compradora: lo elegirá si el producto la satisface. Según el machismo (y no necesariamente lo que ocurre en la realidad), el hombre cree estar eligiendo aunque en realidad lo único que hace es aceptar ser elegido o resignarse. Conciente de estos pensamientos masculinos, la mujer debe calmar la furia machista haciéndole creer que es él quien manda, quien elige y quien decide los destinos del mundo, cuando en realidad, son ellas quienes encarnan el poder sobre los destinos de la especie (“la mano que mece la cuna es la que mueve el mundo”, dicen los ingleses), apoyándose sobre el razonamiento transitivo “si el jefe domina el mundo y yo domino al jefe, por lo tanto yo domino al mundo”. Y esto en el caso que la mujer sea lo suficientemente poco inteligente como para proponerse dominar el mundo, tarea vana si las hay.

Y por si todo esto fuera poco, quienes transmiten las ideologías machistas o feministas son las mismas mujeres, las primeras educadoras del hombre, decidiendo (aunque no siempre con éxito) si su descendiente será machista o feminista.

Un ejemplo extremo de machismo es el hombre golpeador, si golpea porque necesita descargar sus impulsos de dominio, pero puede ocurrir que su conducta no sea producto del machismo sino que golpeando necesita comprobar cuánto lo aman, o tal vez para satisfacer los deseos masoquistas escondidos de su cónyuge. En el extremo opuesto está el complaciente en todo, que supone que lo amarán por ello, cuando su aquiescencia sólo podría garantizar que lo elegirán, no que lo amarán.



Feminismo.- El hombre machista busca dominar a la mujer, pero la mujer feminista no busca dominar al hombre (de hecho, ya lo domina de muchas y sutiles maneras, como podría pensar a regañadientes el machista): simplemente no quiere ser dominada por él.

Fue así que las mujeres presentaron su queja: para no ser sojuzgadas por ellos, exigieron sus mismos privilegios y atacaron duramente la discriminación de los varones. Empezaron a trabajar, a fumar, a ocupar puestos de gerente, a intervenir más activamente en política (Chile y Argentina tienen presidencias femeninas) y a ser más independientes en su vida laboral, profesional y sentimental, sin hablar de despertar en algunos casos cierto lesbianismo dormido. En una palabra intentaron, y en parte lo lograron, avanzar sobre el territorio tradicionalmente reservado a la condición masculina: al equipararse con el hombre dejaba de tener sentido el dominio masculino. Después de todo, la mujer no es menos que el hombre en cuanto a capacidades y desempeños. Una de las más avanzadas civilizaciones de la antigüedad, los minoicos, fue gobernada por mujeres, aunque no le pusieron ese nombre por lo de las minas.

Hasta hubo hombres que fomentaron estos ideales. Tal el caso de John Stuart Mill quien, además de ser un economista clásico y un lógico que planteó los famosos métodos que llevan su nombre para determinar la causas de las cosas, fue también un político que en pleno siglo XIX propuso una ley de la igualdad de los sexos: hombres y mujeres debían tener los mismos derechos, y entre ellos, el derecho a decidir con quien contraer matrimonio.

Quizá su vida personal nos procure una clave: estuvo años de novio esperando a que los padres de su prometida se murieran, porque no la dejaban casarse. Mientras tanto, ocupó su tiempo en diseñar los famosos métodos para averiguar la causa de las cosas, quizá con la esperanza de encontrar la razón de tan ridícula prohibición parental.

La presión machista y el avance del feminismo dejó tan sensibilizada a la mujer, que puede llegar a interpretar cualquier cosa que diga el hombre como machismo. Si un hombre dice a una mujer que maneje mejor, ésta le puede replicar que es un machista, pero el hombre no dijo “las mujeres manejan mal”, que fue lo que ella interpretó equivocadamente. Si le hubiese dicho que maneje mejor a un hijo, nadie lo hubiera tildado de machista, sino a lo sumo de padre hinchapelotas.

El autor de estas líneas tiene algo de machista y algo de feminista, pero es también partidario de moderar estas diferencias, simplemente para hacer del mundo un lugar más habitable. Por ello, esta nota no podría ser nunca totalmente objetiva: allí aparece el machista, allá el feminista. Lo que se ha intentado fue una explicación del porqué del machismo y el feminismo, seguramente incompleta, pero no una justificación moral de estas actitudes.



Fuente: http://www.igooh.com/notas/machismo-y-feminismo/