Fantasmas deontológicos en el Museo de La Plata

Fantasmas deontológicos en el Museo de La Plata


En el Museo de Ciencias Naturales de La Plata escuché muchas historias buenísimas. Y aunque en términos narrativos sería más atractivo decir que las escuché de conserjes taciturnos o de empleadas de limpieza supersticiosas, lo cierto es que las oí en boca de prestigiosos investigadores científicos. Después de todo, es La Plata. La ciudad está llena de historias de números mágicos, estatuas demoníacas, significados satánicos, órdenes arquitectónicos fríamente calculados para abrir puertas infernales. Nació maldita, cuentan. En 1882, en el año de la fundación, una bruja de la localidad de Tolosa le echó una maldición a la urbe todavía por construirse. Desde entonces, la ciudad y muchos políticos bonaerenses pagan las consecuencias.

La bruja había sido contratada por el entonces Presidente de La Nación, Julio Argentino Roca, para que impidiera que el Gobernador Juan José Dardo Rocha llegara al poder ejecutivo. Cuando cayó la noche de la jornada en que se colocó la piedra fundacional, la bruja, acompañada por una decena de hombres, fue hasta el lugar y se robó unas botellas de vino y champaña que habían sido sepultadas con el propósito de que fueran desenterradas un siglo más tarde. Bebiendo y girando en el sentido contrario a las agujas del reloj, echaron sus maleficios. El rito terminó con la mujer orinando sobre la piedra de fundación de la ciudad. Así, junto a la ciudad que nació meada, también germinó la “Maldición de los Gobernadores” que, cuentan los que saben, no sólo alcanzó a Dardo Rocha sino también a Oscar Alende y Antonio Cafiero. La maldición de la bruja platense impidió por más de un siglo que los Gobernadores de la Provincia de Buenos Aires llegaran a la Presidencia de La Nación. Las malas lenguas dicen que ―después de todo― quizás no haya sido una maldición, sino una bendición.

A mediados de 1999, en la Plaza Moreno de La Plata, un grupo de entusiastas peronistas hizo una ceremonia de exorcismo para romper con el hechizo y permitir que el por entonces Gobernador Eduardo Duhalde lograra sentarse en el sillón de la Casa Rosada. En las elecciones presidenciales de 1999 fue derrotado por el luego Presidente Fernando De la Rúa. El exorcismo fracasó. Pero en enero de 2002, en medio de la crisis y con un gobierno descabezado, la Asamblea Legislativa designó a Duhalde para que ocupase la Presidencia de La Nación. ¿La maldición estaba rota? ¿O no vale si uno organiza un golpe de Estado para romper el hechizo?

Las historias de fantasmas del Museo de La Plata, pues, no son extrañas a otras historias de la ciudad. Algunos hablan de apariciones, de “sentir algo”, de “ver algo”, de “escuchar algo”. No es extraño, repito. Cuando uno pide más información, alguna conjetura, la sensatez científica se apodera de sus informantes y entonces sonríen, andan con rodeos, callan. Quizás por no pasar papelones, o quizás por cierta culpa filial. En mi opinión, más que atraer espíritus paranormales, temen atraer espíritus deontológicos.


Las películas de terror nos enseñaron muchas buenas lecciones. Las sagas de Jason Voorhees y Freddy Kruegger, por ejemplo, nos enseñaron que los adolescentes no deben fumar marihuana, tomar cerveza o mantener relaciones sexuales promiscuas en lagos apartados, pues los asesinos chiflados con armas afiladas van primero tras los adolescentes que fuman marihuana, toman cerveza y mantienen relaciones sexuales promiscuas en lagos apartados. Otras películas nos enseñaron una lección también invaluable: no está bueno tener un cementerio indio en el sótano de casa. Pueden pasar cosas raras.

El Museo de La Plata no tiene un cementerio indio en el sótano, pero sí tiene material suficiente para construir uno bien surtido. Las historias de apariciones misteriosas no tardan en relacionarse con las catacumbas del edificio, con los indios que allí vivieron y murieron, con una figura enigmática: el Cacique Inacayal.

Porque la vida del cacique tehuelche Modesto Inacayal está llena de enigmas. Pero también lo está su muerte. Nació en 1835, en el norte de la Patagonia, y falleció el 24 de septiembre de 1888, en algún lugar del Museo de La Plata. Resistió por años la Campaña del Desierto, la ofensiva militar que encabezó el General Roca antes de plantarle gualichos a Dardo Rocha, hasta que se entregó en 1884. Fue trasladado de aquí para allá, hasta que finalmente el Perito Francisco Moreno ―que no olvidaba la hospitalidad de Inacayal en sus viajes por la Patagonia― intercedió para sacarlo de la prisión de la Isla Martín García y llevarlo al Museo de La Plata. Inacayal terminó sus días como portero del Museo.

O dicho de otra manera: Inacayal terminó sus días como cosa muerta en exhibición en el Museo. Pero antes, fue portero.

indigenas


Toda buena historia de fantasmas necesita algún misterio revelado. Pero también necesita alguna trama ligeramente confiable que corra en paralelo a la historia principal o que al menos corrobore los mojones: es esa línea ambigua que une los mojones certificados lo que convierte una simple historia en una historia que merece ser contada.

Algunos relatos sobre la muerte del Cacique Inacayal pretenden echar sombras sobre la vida del Perito Moreno, de la misma forma en que los malos historiadores pretenden que las personas de determinada época estén muchos pasos adelante de dicha época. En ese manual de corrección política que es Los mitos de la historia argentina 2, el historiador Felipe Pigna cuenta con desdén cómo las mujeres de la “alta sociedad” concurrían a la “Entrega de indios”, la repartija de prisioneros de la Campaña del Desierto que se organizaba en el Hotel de los Inmigrantes. Hombres, mujeres, niños, todos eran puestos a disposición de las clases acomodadas de Buenos Aires.

Escribió Pigna:


Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas,cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar. [...]
En otro artículo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de la “beneficencia”, encargas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias.

La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia.
Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por su familia.


Ya lo comenté en el caso de Ota Benga, y lo reitero: es una desfachatez medir las acciones de los hombres por fuera de su sociedad y su época. Cuando yo iba a la escuela, me enseñaron que la Campaña del Desierto había llevado el Progreso (así, con mayúsculas) a todo el país a pesar de los salvajes que atacaban y asesinaban familias patriotas. ¿Y entonces qué? ¿Soy un cretino por no haberme puesto de pie y gritar que no, que Roca era un asesino y que los indios eran unos pobres hippies ecologistas bondadosos que fueron masacrados para que usted y yo podamos ir a esquiar? ¿Soy un cretino porque en Bariloche nunca pintarrajeé el monumento de Roca ni dejé graffitis con faltas de ortografía acusándolo de “asecino de las raises” (sic)? ¿Soy un cretino por no haber estado un paso adelante de mi época?

Un historiador de verdad, Steve J. Stern, a quien también cité en el caso de Benga (me estoy quedando sin ideas), escribió en relación a los conquistadores españoles del siglo XVI: “Al fin y al cabo, muy pocos individuos van por delante de los valores de su época. Denunciar a unos pocos individuos que no han estado por encima de su tiempo es un ejercicio que pierde de vista el problema central: simplemente condena elecciones por carecer de una visión transhistórica que escapa a la mayoría de nosotros”.

Lo mismo puede decirse del destino de los cuerpos de los indios del Museo de La Plata: aunque haya fantasmas revoloteando, casi ninguno de nosotros está por fuera de su época. Y no está bien evaluar las acciones de los hombres por fuera de su época. No es que la época justifique cualquier tropelía, pero mucho de lo que se adjudica a la maldad forma parte de las costumbres aceptadas de época: lo que una sociedad específica cree correcto y legítimo.

Y en esa época, en esta parte del mundo, a los indios se los ponía en exhibición en los museos.

roca
Cacique Modesto Incayal, 1885


Hay varias versiones de la muerte de Inacayal. La más conocida pertenece a Clemente Onelli, por entonces secretario de Moreno y luego director del Zoológico de Buenos Aires. Dice que Inacayal “presintió” su muerte, “se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo”. Horas después, falleció.

Otra versión sostiene que cuando Inacayal se desnudó para hacer su ritual, en las flamantes escalinatas custodiadas por los esmilodontes, lo tiraron escalera abajo porque era terrible que el salvaje se desnudara en público. Otros dicen que corrió hacia el Bosque desnudándose de sus atavíos de hombre blanco y luego apareció muerto. Otra versión dice que Inacayal se suicidó porque no soportaba convivir con los huesos en exposición de otros indios.

Entre los huesos en exposición estaban los de su mujer, que había fallecido un año antes. Además de su mujer, poco antes habían muerto Margarita (la hija del cacique Foyel) y Tafa (una india de Tierra del Fuego). Seis años después de que falleciera Inacayal, murió un joven yamana de 23 años llamado Maishkenzis. El esqueleto de Maishkenzis estuvo en exposición hasta mediados de 2006 en una vitrina de la sala de Antropología Física.

Los huesos de Inacayal estuvieron en exhibición hasta la década de 1940. Luego fueron quitados del aparador y devueltos a sus descendientes. Hace unos pocos años, en los depósitos del Museo, bajo los números de catálogo 5443 y 5434, se encontraron el cuero cabelludo y el cerebro del cacique.

Entonces, la historia: que los indios fueron llevados a las catacumbas del Museo para que, cuando murieran, sus esqueletos fueran descarnados y puestos en exhibición en una vitrina; que el Perito Moreno tenía planeado de antemano pelar los huesos de los indios y ponerlos en el aparador. El problema con estos planteos es su aire revelador: como si se estuviera sacando el velo a una gran conspiración. ¡Claro que fueron llevados al museo con ese propósito! Eran las prácticas consensuadas en los círculos científicos del siglo XIX: los restos de los primitivos se estudiaban y luego se ponían en exhibición en la sala de Antropología Física. Ese era el paradigma científico del siglo XIX evolucionista: la historia era una línea, y las diferentes sociedades eran diferentes paradas que llegaban hasta la máxima expresión cultural de la historia del hombre, la Europa industrial. No había diferencias entre pelar los huesos del portero del Museo y desenterrar algunos del Paleolítico. Ambos representaban estadios evolutivos anteriores, y ambos podían ponerse en exhibición en un museo. No había nada “malo” en ello.

Uno, como miembro de esta sociedad, puede poner todos los reparos que quiera; puede fundar una ONG, quejarse, pedir indemnizaciones, pintarrajearle el monumento a Roca y putearlo con faltas de ortografía. Pero lo que no puede hacer es acusar a alguien de ser parte de su tiempo.

Eso es lo que hacen los malos historiadores. Y en la televisión hay muchos.


Fuente:http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/archives/2009/04/fantasmas_deontologicos_en_el_museo_de_la_plata.html#more


9 comentarios - Fantasmas deontológicos en el Museo de La Plata

@politox23
a favoritos, despues con mas tiempo lo leo
@pepi0
da para reflexionar no?, nosotros seriamos un estadio superior al de la sociedad del Perito Moreno?, no se, es dificil no decir \"que aberracion!!!\", pero desde que supuesta \"evolucion\" lo podemos criticar?...
buen post!
@nailuj34
la primer foto no es del museo
@midnerely
me quede pensando, y hago esto

me salgo de mi pedestal , me siento un ratito por cerca de los mortales, es decir cerca de la cuestion y de esta pequeña sociedad capitalista taringuera y comento


nadie de alla (si de alla de ese post famoso de la gente que tiene cultura general) se pregunto de quienes eran los restos oseos?

tiene razon pepi0, basicamente somos los mismos con otras ropas

y pal colmo, nos sentimos orgullosos de visitar museos por que nos hace parecer inteligentes!
@pepi0
y si no es esa, cual es la funcion de los museos?
juntar tierra?
@Mitos_platenses
Vi que los restos de Inacayal no habían sido devueltos por completo ya que algunas partes del cuerpo se habían perdido, pero me parece que luego las encontraron. Yo armé un blog con este tipo de historias extrañas de La Plata... por si te interesa pasar, te dejo el link http://misteriosdelaplata.blogspot.com/