El crecepelos




Mario, estaba obsesionado por su calvicie. Cada mañana se miraba en el espejo y recibía un dardo en el corazón por cada pelo que veía muerto en el lavabo o atrapado sin remisión en el peine de púas especiales para no dañar su escasa cabellera.

Aquella tarde, había comprado a una vieja un remedio garantizado al cien por cien. Mario, no solía confiar en estos productos. Había probado tantos. , pero este, le daba una corazonada.

Así, cumpliendo paso por paso el recetario de la anciana, Mario se desnudó, salió al balcón y recibió el frío húmedo de la noche invernal. Allí esperó a estar completamente bañado por la luz de la luna llena, se pintó unos círculos rojos en el pecho y se roció el cráneo con el milagroso crecepelos.
Aquella noche durmió intranquilo, a la espera del resultado, con las primeras luces del amanecer, Mario se lanzó hacia el cuarto de baño, allí se agarró con avidez al espejo y observó su rala cabellera… un asomo de decepción y humillación le abatió su corazón, se daba por vencido, un último vistazo a su bola de billar y… pero ¿que es eso oscuro que asoma por toda mi cabeza?…una pelusilla empezaba a brotar cual espuma en el baño. Con una asombrosa rapidez, la pelusilla se convirtió en pelo. Mario no cabía en sí de gozo, el pelo comenzó a crecer descontroladamente, un pelo fuerte, negro y rizado que como una planta se deslizaba cabeza abajo. Lo terrible fue cuando el pelo empezó a introducirse en los oídos, al principio le hacía cosquillas y gracias, luego al intentar quitarse esos molestos pelos, sus dedos quedaron atrapados en ellos, la presión que ejercía sobre su cráneo hizo que los ojos saltaron de sus órbitas y en ellas se alojaron matas de pelos, gritó, pero sus gritos pronto quedaron ahogados por una pelambrera que le asfixió

El espejo



Adela era una muchacha poco agraciada. Desde la infancia había soportado las burlas de sus compañeros y ya en la adolescencia, se sentía sola por su fealdad.

Jamás había conocido el amor, ni supo de amistades. Jamás salió de su boca un lamento por tener un rostro más hermoso, pero nunca entendió el porqué del rechazo que soportaba a diario.

Cuando se emancipó, alquiló una pequeña casa en el campo para no tener que soportar las miradas de sus vecinos. La casa tenía un hermoso y antiguo espejo ovalado en la habitación, que evitaba mirar para no ver su rostro reflejado en él.

Cierta noche mientras dormía, escuchó unos susurros provenientes del espejo.

-¿Quién anda ahí?-preguntó angustiada.

Ni una sola respuesta, sólo un halo dorado que emergía del espejo. Se plantó frente a él y observó a una hermosa mujer, vestida con su mismo atuendo.

¿Quién eres?-dijo.

-Soy el reflejo de tu alma pura. Si quieres ser como la imagen que ves reflejada en mí, sólo tendrás que atravesarme.

Durante unos instantes dudó, pero pudo más la curiosidad y atravesó el umbral.

Una vez estuvo al otro lado, llegó a una oscura habitación llena de cristales rotos y decenas de personas con los rostros desgarrados y ensangrentados.

Ahogó un gemido y golpeó el cristal con todas sus fuerzas.

Una grave voz resonó en la estancia.

-Necia ¿Acaso creíste lo que dije? Por tu absurda decisión estarás confinada en este lugar por siempre, hasta que pierdas el juicio como ellos. Me alimento de almas puras -contestó con ironía sin dejar de reír grotescamente.

Adela recorrió la habitación y observó con horror como decenas de ojos enloquecidos y ensangrentados, se clavaban en su rostro y gritando con toda su furia, tomó entre sus manos un afiladísimo cristal para rasgarse la cara de lado a lado, mientras a sus pies crecía un cálido charco de sangre.