Escribo, no Trabajo en Mc Donalds



Escribo, no Trabajo en Mc Donalds


No sé si será algo relacionado con la edad o qué, pero me parece que el Suplemento Sí de Clarín viene cada vez más sonso. Tengo la sospecha de que se trata de una manía típica de los medios gráficos, que es asignarle a sus lectores el nivel intelectual de un corcho. Mucho peor tratándose de adolescentes. Cuando le pego un vistazo al Sí tengo la impresión de estar leyendo un suplemento escrito para amebas en estado de coma.

Y no me digan que todos los adolescentes son amebas en estado de coma, porque no me lo creo.

Entiendo que los “lectores jóvenes” no son fáciles para ninguna publicación. Sin embargo, sé por experiencia que entre los “lectores jóvenes” no hay más infradotados que entre los “lectores culturales”, los “lectores académicos” o los “lectores literarios” (por llamarlos de alguna manera). Que los hay, los hay, pero no todos los lectores son idiotas.

Creerlo, suponer que es así, significa que uno, que escribe, está haciendo mal su trabajo. Y digo esto con las manos en la investigación: malos lectores hay muchos, pero malos escritores hay muchos más.


Pensaba en todo esto hace unas semanas, al toparme de casualidad con una entrevista, en el Sí, con una tal Laura Meradi, escritora, 25 años, que acaba de publicar un libro llamado Alta rotación. El trabajo precario de los jóvenes (Tusquets). ¿De qué se trata el libro? En el diario La Capital, de Rosario, lo describen así:


Laura Meradi vivió una temporada en el infierno. Se hizo invisible ante miles de clientes. En bares, supermercados, financieras, call centers y locales de comida rápida. Laura tenía una ventaja sobre el resto de sus compañeros, sabía que era provisorio, más allá de la precariedad laboral. Ella formaba parte de la escena, pero a la vez era como una cámara testigo que registraba todo. Estaba escribiendo un libro: Alta rotación.

No voy a hablar del libro, porque no lo leí, ni de los dotes literarios de la autora, porque no los conozco y, aún cuando los conociera, tampoco sabría qué decir. No es mi campo de estudio, como decimos los tipos listos cuando no sabemos qué decir.

Pero sí me gustaría hacer un comentario sobre una línea de la entrevista con la que me topé en el Sí, pues quizá esa línea sí guarde alguna relación con mi campo de estudio. O al menos me mosquea lo suficiente como para convertirla en mi campo de estudio.


―¿Te pesaba saber que vos estabas de paso y que ellos no?
―Todo el tiempo me pasaba que me decía: “Yo no tengo que estar acá, me quiero ir a mi casa a escribir”. Pensaba: “¿Cómo puede ser que ellos estén todos los días de su vida haciendo algo que no tienen ganas?”. Los veía como condenados.

Por lo ya expresado, no confío demasiado en los criterios para sintetizar una respuesta de una publicación orientada a amebas en estado en coma; quizás la autora mantuvo un soliloquio de tres horas y, tras la edición, quedó eso (nótese que la edición es espantosa: “Todo el tiempo me pasaba que me decía” bien pudo resolverse en: “Todo el tiempo me decía”). Pero sí confío en que la idea se mantuvo. Que esta chica, en el mostrador de McDonald’s, pensaba en que no tenía que estar ahí mientras miraba a los otros empleados; que los veía como condenados, que quería ir a su casa a escribir.

Que estaba en el infierno, en un trabajo de mierda, sirviendo hamburguesas y llenándose el pelo de grasa. Pero también sabía que era “provisorio”, que pronto saldría del fango y ascendería al cielo de los cielos: su casa, donde se sentaría a escribir.


Literatura



Por una suma de azares que ni siquiera sé cómo explicar, escribo. Lo hago todos los días (todos, literalmente), desde hace tantos años que ya ni me imagino cómo hacer algo diferente. Escribo montones de cosas. Algunas son más técnicas y quedan restringidas a un pequeño grupo de colegas y burócratas; otras tienen una jerga más abierta y son leídas cada semana, o cada mes, por unos cuantos millares de personas; otras simplemente pagan las cuentas y no tengo idea de quién las lee y con qué propósito. Aunque escribo, no soy escritor. Nunca anotaría en un certificado: “Profesión: escritor”. No sueño con ser escritor, ni me veo escribiendo las cosas que se supone que escriben los escritores (¿qué será? ¿cuentos, novelas, poesías?). De hecho, creo que ni siquiera me agradan demasiado los escritores. Escribo porque es parte de mi trabajo y porque a veces es más fácil hacer las cosas que no hacerlas. Escribo porque las circunstancias se dieron de una manera y no de otra. Escribo porque es lo que me tocó.

Acaso sea porque no soy escritor, acaso sea porque simplemente escribo, que nunca, ni una vez, sentí “placer” al sentarme a escribir. Supongo que es más divertido escribir alguna anécdota para este blog que escribir un informe para algún oscuro instituto universitario. Y sin embargo, la palabra “placer” no califica; ni siquiera la palabra “ganas”. Si no tuviese que hacerlo, no lo haría. Y si tengo que hacerlo, es porque simplemente la vida siguió este rumbo y no otro. Jamás pensaría: ¡quiero ir a mi casa a escribir! Iría porque tengo que hacerlo, no porque quiero hacerlo.

―¿Qué querés hacer? ―me preguntó hace unos días IC, que justo acababa de dejar su trabajo de escribir en el que estuvo diecisiete años.

―Nada.

―¿Nada?

―Nada. Mirar la tele, dormir, salir a dar un paseo. Quiero ser Hugh Grant en About a boy, esa película en la que su papá había escrito un villancico navideño y entonces vivía de regalías y no tenía que trabajar. No quiero trabajar. No quiero hacer nada.

Por supuesto que la gente hace cosas que no tiene ganas de hacer todos los días. Eso se llama “vida”. Hacemos cosas que no queremos, estamos en lugares que no queremos y tenemos ganas de estar en otro lado haciendo algo completamente diferente.

Entonces hojeo el Sí, con mala cara, y me encuentro a esta escritora de 25 años (¿dónde se recibe uno de “escritor”? ¿qué diferencia al aspirante y al profesional?) diciendo que no tenía que estar ahí, entre los condenados, entre quienes hacen todos los días algo que no tienen ganas.

Primero pensé: ¡Bienvenida a mi mundo! Luego lo repensé: ¡Momento! ¿Ahora una escritora de 25 años va a ponderar sobre el “trabajo precario de los jóvenes” poniéndose en una hipotética posición ajena?

Quizás me haya perdido algo en el camino, ¿pero hay trabajo más precario que ser un escritor de 25 años?


escritor


Hace unos días, en el Diario Crítica, un artículo preguntaba ―o afirmaba― desde el título: “De qué viven los escritores”. El cálculo es interesante: el 10% del precio de tapa de un libro va para el autor. El resto se lo reparten editoriales, librerías, distribuidores y demás. Las novelas nacionales tienen una tirada promedio de 2000 ó 3000 ejemplares. Si el libro sale $50 y por un milagro vendió 2000 ejemplares, el autor recibirá $10.000. Suponiendo que le llevó un año escribirlo, y que pasará un año hasta un nuevo libro, sus ingresos serán de $830 mensuales. Y no sé si $830 le alcanzarán para vivir con mucha holgura, a menos de que el escritor tenga pretensiones absurdas como cenar todos los días.

“La mayoría de los escritores ―dice el artículo― trabajan como periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas, libreros, dan talleres literarios y/o clases en la universidad. Pero también hay otros que se dedican a asuntos distantes de la literatura: entre los narradores nacionales hubo remiseros, vendedores ambulantes, cadetes, repositores de supermercado y fumigadores”.

Supongo que un “escritor” es una persona que escribe textos de ficción, y que “escribir” se relaciona con ese campo difuso llamado “literatura”: ser “escritor” significa “escribir literatura”. La definición es pésima, pero como dije: que uno escriba no quiere decir que sea escritor.

En otro lado propuse ya que la condición epistemológica de la producción científico-académica es la generación de nuevos lenguajes, y que estos nuevos lenguajes no pueden circular socialmente más que a través del soporte material del texto escrito. La actividad científico-académica consiste, en gran parte, en producir textos. En escribir. Pero también se dedican a eso los periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas y demás. Escriben. Viven de escribir. Les pagan por escribir.

Y no es que ganarse la vida como científico, académico, profesor universitario, periodista, traductor, corrector, etc., sea mucho más fácil que vivir de escritor. El periodista chileno Juan Pablo Meneses, que no tiene 25 años sino que ya anda por los 40, observó: “Cada vez con más frecuencia me preguntan: ¿conviene ser un periodista freelance? Y siempre, irremediablemente, aunque sea en la cafetería de una ciudad helada o en una playa tibia, digo claramente que no. No conviene, amigo. Y lo digo seriamente”.


Les cuento que en este negocio se paga poco, mal y tarde. Que no hay contrato fijo (hasta los periodistas de redacciones cada vez tienen menos contratos en blanco). Que se vive de lo que se produce (con el terrible peligro de mercantilizar tu vida). Que trabajar sin horarios equivale, finalmente, a estar todo el tiempo conectado. Y a los nuevos, que se creyeron eso de que la era digital —con tecnología al alcance de cualquier mano— democratizó los medios, les recuerdo la frase base de la economía de hoy: el grande se come al chico. Y el periodista independiente, por mucho trabajo que tenga, siempre será el insignificante dentro de un océano de tiburones. Les advierto que no sólo van a tener que escribir, sino que deberán aprender a buscar temas, producir historias, vender artículos, financiar reportajes, negociar una buena paga, y además cobrarla. Y para cobrarla no sólo deberán tener paciencia (algunos, especialmente en Latinoamérica, llegan a tardar más de un año en cancelarte), sino que también deben tener una adecuada cuenta de banco, facturas internacionales (el freelance suele trabajar para varios países) y hasta un código swift para los reembolsos en otras monedas.
Les recuerdo que todas esas actividades juntas (las periodísticas y administrativas), las deberán hacer por lo menos una vez a la semana: no hay en toda habla hispana un medio que te pague un trabajo con lo suficiente para vivir un mes. Les agrego que la mayoría de la gente trabaja con horario de oficina, así que por las tardes se sentirán solos. Que las cuentas llegan cada 30 días, y que no te esperan. Les digo que en muchos casos serán tratados con la óptica del inmigrante ilegal: si no te gusta, te jodes.

El año pasado, en El Interpretador hicieron una “encuesta a escritores argentinos contemporáneos”, cuya primera pregunta consistía en si vivían de la literatura, qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida, qué otros trabajos han hecho. La mayor parte decía que no, que no vivía de la literatura (pero pronto “literatura” se mezclaba con “escritura”). La respuesta que más me gustó es del escritor Martín Kohan: “Podría decir que vivo de la literatura, sólo ensayando una definición ampliada de lo que es literatura. Por lo pronto, una que presuponga que escribir sobre libros es literatura, o que dar clases de teoría literaria es literatura, o que dar talleres de lectura sobre textos literarios es literatura. Ahora bien, si lo que se quiere saber es si me gano la vida con lo que recibo en concepto de derechos de autor por los libros que escribí, la respuesta es no”.

Hay algo sospechoso en las respuestas. No conozco (ni personalmente, ni de nombre) a la mayoría de quienes responden, pero sé que muchos otros no tienen un kiosquito o un almacén para generar los ingresos que les permiten pagar los impuestos, el almuerzo, las zapatillas y el teléfono. Viven de lo que escriben, aunque en muchas de sus respuestas (titubeantes, ¿culposas?) salta a la vista que aún cuando alguien tenga el suficiente nombre como para que vayan a preguntarle si vive de su escritura, el trabajo de escribir es un trabajo precario. Quiero decir: percibido como precario por quienes lo ejercen.

La escritura como oficio o profesión, en la forma que adquiera, es cualquier cosa excepto estable, no-precaria.

Yo vivo de lo que escribo. Sé que no me convertiré en uno de los primeros turistas espaciales del planeta, pero sí alcanza para el café, la Coca Cola, el techo, la prepaga, las pastillas de la presión, los caprichos y los caprichos de las chicas del momento que después ni me saludan por el cumpleaños. Sin embargo, cada cosa que describe Meneses es cierta. Escribir es un trabajo precario, ya sea para el novelista o el investigador del Conicet, para quien se ocupa en un diario importante o en uno pequeño, para el autor fantasma o el redactor de gacetillas. En general la “seguridad jurídico-legal” debe armársela uno mismo: contratar medicina prepaga, hacer aportes jubilatorios, tributos impositivos, etc., y obviamente ni sueñen con vacaciones pagas, aguinaldos, seguros o ridiculeces así. No sé si la definición de “trabajo precario” tiene más de un sentido, pero la mayor parte de quienes viven de escribir (que son la menor parte de quienes quisieran hacerlo) están en peor situación jurídico-laboral que cualquier pibe de un mostrador de McDonald’s. Si “precariedad laboral” quiere decir que uno no sabe si en tres o cuatro meses podrá pagar las cuotas de la batidora eléctrica, entonces nada hay más precario que exclamar: “¡Quiero ir a mi casa a escribir!”.

Si me preguntan, alentaría a cualquiera que quiera vivir de la escritura, pero también alentaría a cualquiera que quiera dedicarse a la albañilería, la danza, la otorrinolaringología, la venta ambulante o las tareas contables. A quienes quieren escribir y recibir una paga decente por ello, les recordaría algo que Charles Bukowski anotó en su novela Hollywood: “Los abogados, los médicos y los fontaneros, ellos eran los que ganaban todo el dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos”.

Pero también agregaría algo que Bukowski anotó en el mismo libro: “Tres cosas necesitaba un hombre: fe, práctica y suerte”.

Fe, práctica y suerte. Suena bastante simple.

Y de hecho, lo es.


Fuente:http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/archives/2009/04/yo_escribo_no_trabajo_en_mcdonalds.html




11 comentarios - Escribo, no Trabajo en Mc Donalds

@celestezul
buen post loco, realmente es una cagada que para para vivr bien tenga mas valor un ñlaburo pedorro depediente de una multinacional con mucha guita que algo que dependa de un desarrollo mas personal.
son pocos los escritores, los directores de cine, los dibujsntes, los artistas all fin, que tienen para tirar manteca al techo gracias a lo que hacen, yde hecho ni la mitad son tan buenos como para decir \"lo que tiene lo gano con el talento\", por lo general es una cuestionn de contactos y manejos. no es lo que vale.
conjozco muchos que no viven del arte, pero tampoco gastan su energis rn slimentar a una empresa. Cultivan su alimento, viven en comunidad con otras personaes en iguales condiciones, no tienen que pagar luz ni agua, y organizan ferias y exposiciones independientes par< que los que se interesen vena sus obras. si, capaz viven como el orto, pero no les falta nunca comida, ni techo, NI CULTURA.
pero quien no quiere la manteca para tirar al techo?

+10
@marianoo80
Muy bueno che, la verdad es que ni siquiera se por que lo lei... pero me gusto
@vomito
“Tres cosas necesitaba un hombre: fe, práctica y suerte”.
de las tres me kedo con suerte...las otras dos son relativas,puedes saber mucho,y no tener nada...puedes tener fe,y no tener nada...pero joder tienes suerte,y lo tienes todo.... alto post amigo+10
@patricio8008
Llego tarde pero no me importa, es para agradecerte claridad y calidad, y también para contarte mi experiencia-tango. Si tengo la suerte de que seas medianamente obsesivo, seguramente releés tus posts.

Hace 8 años que vivo "precariamente" de escribir. Siempre me gustó hacerlo, pero dentro de una línea ajena a la ficción, exponiendo conceptos metodológicos y describiendo procesos.

En el 2000 pudimos armamos un "kiosquito" digital con otro sujeto y desde entonces encaminé mi forma de trabajo.

Actualmente debería irme mucho mejor de lo que me está yendo, ya que el kiosquito es muy conocido (no tanto como este glorioso antro) y porque ya mucho de lo que escribí anda dando vueltas en distintas páginas y blogs. Incluso aquí hay gente que ha posteado trabajos míos aunque yo nunca hice otra cosa que comentar posts de otros y nunca salté a decir "Hey, eso lo hice yo".

Lo cierto es que por haber delegado y por haber confiado toda la gestión técnica y administrativa en el otro sujeto, éste a la primera oportunidad tomó por asalto el control administrativo del kiosquito y me está sometiendo a una relación societaria que resulta muchísimo peor que trabajar en una multinacional. Si no fuera por este error mío de inteligencia interpersonal - no haber previsto la traición, haber confiado por encima de las dudas razonables - hoy estaría feliz de vivir de escribir y crear.

A pesar de todo, y como ya tengo 49, creo que voy a seguir apostando a escribir, no porque sea buen escritor - que no lo soy - sino porque confío en que puedo hacerlo con la suficiente habilidad como para que el contenido se pueda considerar en el nivel de las ideas sin que el de las palabras sea un obstáculo serio.

Te sigo leyendo. Saludos desde las sierras de Córdoba (y puntetes)
@luk__metal_slayer
aguante las amburgesas o hamburgesas no me acuerdo como era
@Sir_Colo
Muy bien escrito aunque esté o no de acuerdo con todo. Pero entretenido y distinto de lo que se encuentra por acá. Muy bueno y mi diez hoy van para acá.