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¡Pará, Negro!

¡Pará, Negro!

¡Pará, Negro!





-¡Pará, Negro, pará!, le dijo el acompañante al chofer, al ver algo inusual en la banquina hacia donde se aproximaban. El Negro empezó a reducir la velocidad del camión con acoplado, sin saber bien por qué, pero seguro que debía ser algo grave. Sin embargo, no pudo detenerse donde le indicaban. Alcanzó a ver un hombre con un chico en brazos y otro más, abrazado a sus piernas.
-¿Qué pasa?- comenzó a preguntar. Su compañero apenas le contestó, mientras bajaba a toda prisa: -¡Hay un chico accidentado!- y se marchó corriendo hacia el hombre en la ruta.
En el rostro del hombre había un gesto de desesperación, pero al mismo tiempo, de un agotamiento acumulado. Se notaba adelgazado y sus ropas de trabajo revelaban el uso largo y la escasa higiene. Todo su aspecto evidenciaba que su persona no era su prioridad. Tenía en brazos a un pequeño de unos ocho años de edad, muy alterado, que exhibía un pie vendado, con una hemorragia manifiesta.
-¡Gracias! ¡Hace dos horas que estoy aquí y nadie me levanta!- dijo entre suspiros.
Ese día, a las cuatro de la mañana, Sergio, separado y a cargo de la custodia de sus cinco hijos, se levantó. Tenía que estar en Angélica a las siete, para colocar unas cerámicas. Era la primera changa que conseguía en los últimos tres meses y no se podía arriesgar a fallar.
Llamó a Damián. su hijo mayor para que le ayudara a preparar sus herramientas y un desayuno frugal. Lo llevaría junto con el de 5 años, para no sobrecargar a la abuela, quien se quedaría con los demás hasta la noche, cuando calculaba estar de vuelta.
Hasta la tarde, todo salió como esperaba. Mientras el hijo mayor cuidaba del hermanito, pudo completar más de la mitad del trabajo. Se trataba de una casa de campo, tan grande como la que el dueño tenía en la ciudad, y probablemente le daría otra changa más adelante.
-¡Cebame unos mates Dami!- lo llamó. El pequeño fue corriendo al bolso.
Sacó el calentador, puso la pava y recogió los frascos de la yerba y el azúcar, para llevárselos al padre junto con el mate. Un instante antes de la caída el padre advirtió que Damián venía corriendo por la lustrosa cerámica recién colocada y le gritó -¡Cuidado!- pero fue tarde, el pequeño no alcanzó a evitar el resbalón. Uno de los vidrios, grande y afilado como una cuchilla, le hizo un corte limpio, largo y profundo en la pierna, que inmediatamente comenzó a sangrar. Al apoyarse, también sufrió varios cortes en ambas palmas y al tocarse una oreja, también la dañó con los pequeños fragmentos. El padre contaría que vio todo rojo:
-¡Era una laguna!- decía, y sólo atinó a enredarle un pedazo de camisa vieja y salir a toda carrera con los dos chicos. Las más terribles imágenes dominaron su mente mientras los minutos se convirtieron en horas esperando en la ruta. Veía como la mancha hemorrágica no cesaba de crecer. Entonces vio que un camión con acoplado detenía su marcha unos metros más allá.
En la guardia, luego de ser atendido y de haberle explicado que, a pesar de la magnitud de la herida, la vida del menor no corría peligro, pareció relajarse un poco. En ese momento descubrió al hermanito, parado en un rincón, que silenciosamente miraba con ojos muy grandes todo lo que pasaba. Entonces lo llamó, se abrazaron y sin decir nada, rompieron a llorar.



4 comentarios - ¡Pará, Negro!

joe706
no se si sera cierto o es un cuento, pero es una garantia que la situacion es espantosa...
lczro
WTF?? no tiene moraleja, no tiene conclusion, le falta algo..