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Estudio zoológico del ser humano: el sexo (II)

El Mono Desnudo, por Demond Morris
CAPÍTULO 2
SEXO

Estudio zoológico del ser humano: el sexo (II)


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Por consiguiente, parece plausible considerar la cópula de frente como fundamental de nuestra especie. Existen, desde luego, numerosas variaciones que no excluyen el elemento frontal: el varón encima, la mujer encima, de lado, agachados, de pie, etcétera; pero el sistema más eficaz y corrientemente empleado es el de la posición horizontal, con el varón encima de la hembra. Los investigadores americanos han calculado que, entre sus compatriotas, el 70 por ciento de la gente emplea únicamente esta posición. Incluso los que varían sus posturas siguen empleando la posición fundamental durante casi todo el tiempo. Menos de un diez por ciento adoptan posiciones para la introducción por detrás. En un estudio masivo y cultural que abarcó casi doscientas sociedades diferentes y desparramadas por todo el mundo, se llegó a la conclusión de que la cópula mediante la introducción del miembro por detrás no era práctica corriente en ninguna de las comunidades estudiadas.

Si damos este hecho por sentado, podemos terminar esta ligera digresión y volver a la cuestión original sobre la autoimitación sexual. Si la hembra de nuestra especie tenía que atraer eficazmente la atención del macho sobre su parte frontal, la evolución tenía que hacer algo para que la región frontal resultara más estimulante. Debió de haber un tiempo, en época de nuestros remotos antepasados, en que se empleó la aproximación por detrás. Supongamos que hubiésemos llegado a la fase en que la hembra incitaba sexualmente al macho desde atrás, con un par de carnosas nalgas hemisféricas (que, digámoslo de paso, no se encuentran en ninguna otra especie de primates) y con un par de brillantes labios genitales. Supongamos que el macho hubiese adquirido una fuerte sensibilidad sexual para responder a estas señales específicas. Supongamos que, llegada a este punto de su evolución, la especie se volviese cada vez más vertical y orientada de frente en sus contactos sociales. En esta situación, cabría esperar que encontrásemos alguna especie de autoimitación frontal del tipo que hemos visto en el mandril. Si observamos las regiones frontales de la hembra de nuestra especie, ¿podremos descubrir alguna estructura que sea posible remedo de la antigua exhibición genital de las nalgas hemisféricas y de los rojos labios? La respuesta aparece con la misma claridad que el propio pecho de la hembra. Los senos protuberantes y hemisféricos de la hembra son, seguramente, copia de las carnosas nalgas, y los vivos y definidos labios rojos de la boca deben de ser una réplica de los de la vulva. (Conviene recordar que, durante la excitación sexual intensa, tanto los labios de la boca como los labios genitales se hinchan y adquieren un color más intenso, de modo que no sólo se parecen, sino que cambian también de igual manera con la excitación sexual. Si el macho de nuestra especie estaba ya obligado a responder sexualmente a estas señales cuando procedían de la parte posterior de la región genital, tenía que forjarse una nueva susceptibilidad en su presencia, siempre que se reprodujesen en la parte frontal del cuerpo de la hembra. Y esto es lo que al parecer ocurrió, precisamente, al adoptar las hembras el duplicado de sus nalgas y labios genitales en el pecho y boca, respecticamente. (Inmediatamente pensamos dejar esto para más adelante, cuando tratemos de las técnicas sexuales especiales de la civilización moderna.)

Además de las importantísimas señales visuales, cierto estímulo olfativo desempeña también un papel sexual. Nuestro sentido del olfato se redujo considerablemente durante la evolución, pero durante las actividades sexuales es más eficaz y más operante de lo que normalmente pensamos. Sabemos que existen diferencias sexuales en los olores del cuerpo, y alguien ha sugerido que parte del proceso de formación de la pareja -enamoramiento- involucra una especie de impresión olfativa, una fijación sobre el olor individual específico del cuerpo del compañero. Con esto se relaciona el intrigante descubrimiento de que, en la pubertad, se produce un marcado cambio en las preferencias olfativas. Antes de la pubertad, existe una marcada predilección por los olores dulces y la fruta; en cambio, con la llegada de la madurez sexual, esta reacción se extingue y se desvía fuertemente en favor de los olores a flores, a aceite o a almizcle. Esto se aplica a ambos sexos, pero la reacción al olor almizcleño es más fuerte en el macho que en la hembra. Se sostiene que, en nuestra edad adulta, podemos detectar la presencia de almizcle incluso cuando éste está diluido a razón de una parte por ocho millones de partes de aire, y es significativo que este sustancia desempeña un papel dominante en el rastro oloroso de muchas especies de mamíferos, producido por glándulas especiales. Aunque nosotros no poseemos grandes glándulas segregadoras de olor, tenemos un gran número de glándulas pequeñas: las glándulas apocrinas. Son parecidas a las glándulas sudoríparas corrientes, pero sus reacciones poseen una proporción más alta de materia sólida. Existen en numerosas partes del cuerpo, pero se hallan particularmente concentradas en las regiones genitales y en las axilas. Los mechones de vello localizados en estas zonas funcionan, indudablemente, para mitigar el olor. Se ha sostenido que la segregación de olor en estas zonas aumenta durante la excitación sexual, pero aún no se ha hecho ningún análisis detallado de este fenómeno. Sin embargo, sabemos que la hembra de nuestra especie posee un 75 por ciento de glándulas apocrinas más que el macho, y es interesante recordar que en los encuentros sexuales de los mamíferos inferiores el macho huele a la hembra más que ésta a aquél.

La localización de nuestras zonas especiales segregadoras de olor parece ser otra adaptación más de nuestra aproximación frontal en los contactos sexuales. Esto no se sale de lo corriente en el centro genital, es una condición que tenemos en común con muchos otros mamíferos; en cambio, la concentración en las axilas es una característica mucho más peculiar. Parece ser debido a la tendencia general de nuestra especie a añadir nuevos centros de estímulo sexual en la parte anterior del cuerpo, en la relación con el incremento de los contactos sexuales cara a cara. En este caso particular, daría por resultado una mayor aproximación de la nariz del compañero a una importante zona segregadora de olor, durante la mayor parte de las actividades precopulativa y copulativa.

Hasta aquí, hemos estudiado las maneras en que ha sido mejorado y fomentado el comportamiento de nuestra especie en relación con el apetito sexual, a fin de que los contactos entre los miembros de la pareja hayan sido cada vez más remuneradores, fortaleciendo y manteniendo, por ende, su lazo afectivo, que ha requerido también ciertos perfeccionamientos. Consideremos un instante el sistema de los antiguos primates. Los machos adultos son sexualmente activos en todo momento, salvo cuando acaban de eyacular. El orgasmo consumativo es valioso para ellos, porque el consiguiente alivio de la tensión sexual aplaca sus impulsos sexuales durante el tiempo necesario para que su depósito de esperma vuelva a llenarse. Por otra parte, las hembras sólo son sexualmente activas durante un limitado período, centrado alrededor de su tiempo de ovulación. Durante este período, están dispuestas a recibir a los machos en todo momento. Cuantas más cópulas realicen, tanto mayor será su seguridad de conseguir una fertilización positiva. Para ellas, no hay hartazgo sexual, no hay clímax copulatorio que satisfaga y aplaque sus apremios sexuales. Mientras están en celo, no tienen tiempo para perder, deben seguir adelante a toda costa. Si experimentasen orgasmos intensos, perderían un tiempo valioso de apareamiento. Al terminar la cópula, cuando el macho eyacula y desmonta, la mona da muy pocas señales de trastorno emocional y suele marcharse como si nada hubiera pasado.

En nuestra especie, con sus parejas ligadas, la situación es completamente distinta. En primer lugar, como hay un solo macho afectado, no sería particularmente ventajoso que la hembra siguiese reaccionando sexualmente en el momento en que aquél queda sexualmente agotado. Por consiguiente, nada se opone a la existencia de un orgasmo femenino. En cambio, hay dos circunstancias que lo favorecen. Una de ellas es la enorme compensación que aporta al acto de cooperación sexual con el compañero. Como todos los otros mejoramientos de la sexualidad, contribuye a fortalecer el vínculo entre la pareja y mantener la unidad de la familia. La otra circunstancia es que aumenta considerablemente las probabilidades de fertilización. Esto se produce de una manera bastante especial, que afecta únicamente a nuestra peculiar especie. Para comprenderlo, debemos observar, una vez más, a nuestros parientes primates. Cuando una mona ha sido inseminada por el macho, puede alejarse sin temor a perder el fluido seminal, depositado en el fondo de su conducto vaginal. Por algo anda a cuatro patas. El ángulo de su conducto vaginal es, aproximadamente, horizontal. Si la hembra de nuestra especie se conmoviese tan poco por la experiencia de la cópula que fuese capaz de levantarse y marcharse inmediatamente después, la situación del conducto vaginal, durante la locomoción corriente, es casi vertical. Bajo la simple influencia de la gravedad, el fluido seminal bajaría por el conducto, perdiéndose en gran parte. La reacción que tiende a mantener a la hembra en posición horizontal, cuando el macho eyacula y cesa la cópula, constituye, pues, una gran ventaja. La violenta respuesta del orgasmo femenino, que deja a la hembra sexualmente saciada y exhausta, produce precisamente este efecto. Por tanto, es doblemente valiosa.

El hecho de que el orgasmo femenino de nuestra especie es único entre los primates, combinado con la circunstancia de que fisiológicamente es casi idéntico al del macho, sugiere que es quizás, en sentido evolucionista, una respuesta «seudomasculina». En la constitución del macho y de la hembra existen propiedades latentes que pertenecen al sexo contrario. Gracias al estudio comparativo de otros grupos de animales, sabemos que la evolución puede, en caso de necesidad, despertar una de estas cualidades latentes y traerla a primer plano (en realidad, el sexo «equivocado».) En este caso particular, sabemos que la hembra en nuestra especie ha desarrollado una sensibilidad especial al estímulo sexual del clítoris. Si recordamos que este órgano es el equivalente femenino, o la contrapartida, del pene masculino, esto parece indicar la circunstancia de que, al menos en su origen, el orgasmo femenino es un fenómeno tomado prestado del macho.

Esto puede explicar también por qué el varón tiene el pene más grande de todos los primates. No sólo es extraordinariamente largo cuando se halla en pleno estado de erección, sino que es también muy grueso en comparación con los penes de otras especies. (El del chimpancé es un simple espigón en comparación con él.) Este abultamiento del pene hace que los órganos genitales externos de la hembra estén sometidos a mayor presión durante la realización de los movimientos pelvianos. A cada empujón del pene, la región del clítoris es comprimida hacia abajo, y seguidamente, a cada retroceso, vuelve a surgir. Añádase a esto la presión rítmica ejercida sobre la región del clítoris por la región pubiana del macho que copula frontalmente, y se obtendrá un reiterado masaje del clítoris que -si se tratara de un macho- equivaldría a una masturbación.

Todo esto puede resumirse diciendo que, tanto por lo que se refiere al comportamiento estimulante como al copulativo, se ha hecho todo lo posible para aumentar la sexualidad del mono desnudo y asegurar la adecuada evolución del básico sistema de formación de la pareja en un grupo de mamíferos, sistema virtualmente desconocido en las demás especies. Pero las dificultades acarreadas por la introducción de esta nueva pareja de monos desnudos, venturosamente juntos y ayudándonos mutuamente en la crianza de los hijos, todo parece marchar por buen camino. Pero los hijos crecen y alcanzan pronto la pubertad. ¿Qué pasa entonces? Si las antiguas normas de los primates no se modifican, el macho adulto no tarda en expulsar a los jóvenes y aparearse con las jóvenes hembras. Estas se convierten entonces en parte de la unidad familiar, como hembras adicionales de cría al lado de su madre, y volvemos a encontrarnos en el punto de partida. Por otra parte, si los jóvenes machos son relegados a un estado inferior, en el borde de la sociedad, como ocurre en muchas especies de primates, la naturaleza cooperadora del grupo cazador constituido por todos los machos resultará perjudicada.

Resulta evidente que se requiere, aquí, alguna modificación adicional del sistema de crianza, una especie de exogamia. Para que sobreviva el sistema de vinculación por parejas, tanto las hijas como los hijos tienen que encontrar su complemento propio. Esto no es una exigencia fuera de lo corriente en las especies que forman parejas, y los mamíferos inferiores nos dan muchos ejemplos de ello; pero la naturaleza social de la mayoría de los primates hace que la cosa sea más difícil. En la mayoría de las especies que forman parejas, la familia se divide y se dispersa cuando crecen los jóvenes. Debido a su comportamiento social cooperativo, el mono desnudo no puede permitirse el lujo de desparramarse de esta suerte. El problema es, pues, más acuciante, pero, en el fondo, se resuelve de la misma manera. Como ocurre en todos los animales que forman parejas, los padres tienen un mutuo sentimiento de posesión. La madre «posee» sexualmente al padre, y viceversa. En cuanto los retoños, al llegar a la pubertad, empiezan a mostrar señales sexuales, se convierten en rivales sexuales: los hijos, del padre, y las hijas, de la madre. Se producirá una tendencia a apartarlos a ambos. Los hijos empezarán también a sentir la necesidad de un «territorio» hogareño propio. Los propios padres experimentaron, evidentemente, esta necesidad, al crear antes que nada un hogar familiar, y lo que pasará ahora no será más que una repetición. El hogar-base, dominado y «poseído» por la madre y el padre, no tendrá las condiciones adecuadas. Tanto el propio lugar como los individuos que viven en él llevarán una pesada carga de señales paternas, tanto primarias como asociativas. El adolescente rechazará esto automáticamente y sentirá la necesidad de establecer una nueva base para la cría. Esto es típico de los jóvenes carnívoros territoriales, pero no de los jóvenes primates, y constituye otro cambio fundamental de comportamiento que se exigirá al mono desnudo.

Es quizás una desgracia que este fenómeno de la exogamia haya sido a menudo considerado como indicador de un «tabú incestuoso». Ello sugiere inmediatamente que se trata de una restricción relativamente reciente y culturalmente controlada; pero, biológicamente, debió de desarrollarse en una fase mucho más remota; de lo contrario, el típico sistema de cría de la especie no habría salido jamás del antiguo marco de los primates.

Otro rasgo afín y que parece exclusivo de nuestra especie, es la retención del himen o doncellez en la hembra. En los mamíferos inferiores, aquél se presenta como una fase embrionaria en el desarrollo del sistema genitourinario; en cambio, es conservado como parte de la neotenia del mono desnudo. Su persistencia significa que la primera cópula en la vida de la hembra tropezará con algunas dificultades. El hecho de que la evolución haya ido tan lejos en la tarea de sensibilizar a la mujer al estímulo sexual, hace que parezca extraño, a primera vista, que la dotara de algo que equivale a un elemento anticopulativo. Pero la situación no es tan contradictoria como parece. Al hacer difícil e incluso doloroso el primer intento de cópula, el himen asegura que ésta no se realice con ligereza. Sabido es que, durante la adolescencia, se pasa por un período de experimentación sexual, de «correteos» en busca de la compañía adecuada. En esta época, los jóvenes machos no tienen motivos para evitar la cópula total. Si no se forma el lazo entre la pareja, no se habrán comprometido en modo alguno y seguirán sus correrías hasta que encuentren la compañera que les conviene. En cambio, si las jóvenes hembras hicieran lo mismo, correrían grandes riesgos de quedar embarazadas y condenadas a una situación de maternidad sin la presencia de un compañero. Al frenar parcialmente esta tendencia de la hembra, el himen hace que ésta tenga que hallarse en un profundo estado emocional antes de dar el paso definitivo, un estado emocional lo bastante fuerte para hacerle vencer esta primera incomodidad física.

Conviene añadir aquí unas palabras sobre la cuestión de la monogamia y la poligamia. La creación del vínculo entre la pareja, propio de la especie en su conjunto, favorece naturalmente la monogamia, pero no la exige de manera absoluta. Si la violenta vida cinegética motiva que los machos adultos sean más escasos que las hembras, es natural que los machos supervivientes tiendan a establecer lazos con más de una hembra. Esto hará posible un aumento de la población, sin las peligrosas tensiones derivadas de la existencia de hembras «sobrantes». Si el proceso de formación de la pareja llegase a ser tan exclusivo que evitara esto, resultaría ineficaz. Sin embargo, la cosa no sería fácil, debido al instinto de posesión de las hembras afectadas y al peligro de provocar graves rivalidades sexuales entre ellas. Otro factor contrario sería la presión económica derivada de la necesidad de mantener un mayor grupo familiar con todos sus retoños. Podría existir un pequeño grado de poligamia, pero sumamente limitada. Es interesante observar que, aunque ésta existe todavía hoy en cierto número de culturas inferiores, todas las sociedades importantes (que equivalen a la inmensa mayoría de la población mundial de la especie) son monógamas. Incluso en aquellas que permiten la poligamia, ésta suele practicarse únicamente por una pequeña minoría de los varones afectados. Sería curioso especular sobre si su omisión en casi todas las culturas importantes ha constituido realmente un factor primordial en la consecución de su elevada situación presente. En todo caso, podemos concluir diciendo que, hagan lo que hagan las oscuras y atrasadas tribus actuales, la corriente principal de nuestra especie manifiesta su tendencia a constituir parejas exclusivas en su forma más extrema, es decir, en las relaciones monógamas a largo plazo.

Este es, pues, el mono desnudo en toda su erótica complejidad: una especie intensamente sexual, formadora de parejas y con muchos rasgos singulares; una complicada combinación de antecedentes primates con grandes modificaciones carnívoras. Ahora, tenemos que añadirle un tercero y último ingrediente: la civilización moderna. El cerebro aumentado, que acompañó la transformación del sencillo morador de los bosques en cazador cooperativo, empezó a interesarse en las mejoras tecnológicas. Las simples residencias tribales se convirtieron en grandes pueblos y ciudades. La era del hacha dio paso a la era espacial. Pero, ¿qué influencia han ejercido todos estos oropeles en el sistema sexual de la especie? Al parecer, muy poca. Todo ha sido demasiado rápido, demasiado súbito, para que se produjesen fundamentales avances biológicos. Cierto que, superficialmente, parecen haberse producido; pero esto es más que nada una ilusión. Detrás de la fachada de la ciudad moderna, sigue morando el viejo mono desnudo. Sólo los hombres han cambiado: en vez de «caza», decimos «trabajo»; en vez de «campo de caza», «barrio comercial»; en vez de «cubil», «hogar»; en vez de «apareamiento», «matrimonio»; en vez de «compañera», «esposa», etcétera. Ciertos estudios americanos sobre las normas sexuales contemporáneas, en comparación con las primitivas, han revelado que el equipo fisiológico y anatómico de la especie sigue empleándose con toda intensidad. Los indicios proporcionados por los restos prehistóricos, combinados con datos comparativos de otros carnívoros y de otros primates actuales, nos dan una idea de cómo debió utilizar su sexo el mono desnudo en el remoto pasado, y de cómo debió de organizar su vida sexual. Las pruebas contemporáneas nos ofrecen el mismo cuadro básico, una vez removida la capa de oscuro barniz de la moralidad pública. Como dije al principio del capítulo, fue la naturaleza biológica de la bestia la que moldeó la estructura social de la civilización, y no ésta la que moldeó aquélla.

Sin embargo, aunque el sistema básica sexual ha sido conservado en una forma bastante primitiva (no ha habido colectivización del sexo para hacer frente al aumento de las colectividades), se han introducido, en cambio, numerosos controles y restricciones de menor importancia. Estos se han hecho necesario, debido al complicado surtido de señales sexuales anatómicas y fisiológicas, y a la creciente sensibilidad a los estímulos sexuales adquirida durante nuestra evolución. Lo cierto es que todo esto había sido proyectado por su uso en unidades tribales pequeñas y compactas, no en vastas metrópolis. En las grandes ciudades, nos rozamos continuamente con centenares de estimulantes (y estimulables) desconocidos. Y esto es algo nuevo, que hay que solucionar.

En realidad, la introducción de restricciones culturales debió de empezar mucho antes, cuando no había aún personas extrañas. Incluso en las simples unidades tribales, los miembros de la pareja debieron de sentir la necesidad de ocultar de algún modo sus señales sexuales al transitar en público. Si la sexualidad tenía que agudizarse para mantener unida a la pareja, debieron de tomarse medidas para apaciguarla cuando sus miembros estaban separados, a fin de evitar el estímulo excesivo de terceros. En otras especies que forman parejas, pero viven en comunidad, esto se logra mediante ademanes agresivos, pero a una especie cooperativa como la nuestra le convenían métodos menos beligerantes. Aquí es donde entra en juego nuestro desarrollado cerebro. Indudablemente, el lenguaje realiza una función vital a este respecto («A mi esposo no le gustaría»), como en muchas otras facetas de la vida social; pero se requieren también otras medidas más inmediatas.

El ejemplo más palpable es la famosa proverbial hoja de la parra. Dada su posición vertical, es imposible que un mono desnudo se acerque a otro miembro de su especie sin realizar una exhibición genital. Otros primates, que andan a cuatro patas, no tienen este problema. Si quieren mostrar su aparato genital, tienen que adoptar una posición especial. Nosotros, en cambio, lo mostraríamos siempre, hiciéramos lo que hiciéramos. De ahí se infiere que la cobertura de la región genital con alguna sencilla prenda debió de ser un perfeccionamiento cultural muy primitivo. Sin duda, partiendo de aquella circunstancia, el empleo de vestidos como protección contra el frío tomó incremento al desparramarse la especie por climas menos benignos; pero, probablemente, esta fase fue muy posterior. El empleo de vestiduras antisexuales varió según las diversas condiciones culturales, extendiéndose a veces a otras señales sexuales secundarias (senos, labios) y dejando de hacerlo en otras ocasiones. En ciertos casos extremos, el aparato genital de la hembra queda, no solamente oculto, sino también completamente inaccesible. El más famoso ejemplo de esto es el cinturón de castidad, que cubría los órganos genitales y el año con una tira metálica, perforada en los sitios adecuados para dejar pasar los excrementos. Otras prácticas similares consistieron en coser el aparato genital de las jóvenes antes del matrimonio, o en asegurar los labios de aquél con grapas o anillos de metal.
En tiempos más recientes se registró el caso de un varón que practicaba orificios en los labios de la vulva de su compañera y cerraba su aparato genital después de cada cópula. Estas precauciones extraordinarias son, desde luego, muy raras; pero el menos drástico procedimiento de ocultar simplemente el aparato genital bajo una vestidura es, actualmente, casi universal.

Otro importante mejoramiento fue la realización en privado de los propios actos sexuales. No sólo se convirtió el aparato genital en una parte privada, sino también en una parte usada en privado. Esto ha dado como resultado una creciente asociación entre las actividades sexuales y el sueño. Dormir con alguien se ha convertido en sinónimo de copular con él: por esto la mayor parte de la actividad copulatoria se realiza a una hora determinada, la de acostarse, en vez de repartirse por igual durante el día.

Como ya hemos visto, los contactos cuerpo a cuerpo han llegado a adquirir tal importancia en el comportamiento sexual, que tienen que ser aplazador durante la rutina de la vida diurna. Hay que reprimir el contacto físico con extraños en nuestras atareadas y populosas comunidades. Cualquier roce accidental con el cuerpo de un desconocido va inmediatamente seguido de una disculpa, cuya
elocuencia suele ser proporcional al grado de sexualidad de la parte del cuerpo tocada. La película acelerada de una multitud discurriendo por una calle, o cruzándose en el interior de un gran edificio, revela claramente la increíble complejidad de estas continuas maniobras de «evitación de contactos corporales».

Esta restricción de los contactos con desconocidos sólo se interrumpe normalmente en condiciones de gran aglomeración o en circunstancias especiales derivadas de la categoría de ciertos individuos (por ejemplo, los peluqueros, los sastres y los médicos) que están socialmente «autorizados para tocar». El contacto con parientes y amigos íntimos está más permitido. Sus papeles sociales han quedado claramente definidos como no sexuales, y existe menor peligro.
Pero, incluso así, las cortesías de salutación se han estilizado sobremanera. El apretón de mano se ha convertido en norma rígidamente establecida. El beso de salutación ha tomado su propia forma ritual (besos recíprocos en la mejilla), que nada tiene que ver con el beso sexual en la boca.

Las posiciones del cuerpo se han «desexualizado» de varias maneras. Se evita, sobre todo, la postura sexualmente incitante de la mujer con las piernas separadas. Cuando ésta se sienta, mantiene las piernas juntas, o cruzada una encima de la otra.

Si la boca tiene que adoptar una postura que recuerde de algún modo una respuesta sexual, suele ocultarse con la mano. Las risitas sofocadas y ciertas clases de risa o de muecas son características de la fase de galanteo, y cuando se produce en circunstancias sociales vemos que, con frecuencia, se levanta una mano para cubrir la región de la boca.

En muchas civilizaciones, los varones suprimen algunos de sus rasgos sexuales secundarios, afeitándose la barba y el bigote. Las hembras se depilan las axilas. Dada su importante función de estímulo olfativo, hay que eliminar el vello de los sobacos si los vestidos corrientemente empleados dejan al descubierto esta región. El vello del pubis se oculta siempre con tanto cuidado que hace, general, innecesario aquel tratamiento, pero es interesante observar que también esta zona aparece con frecuencia afeitada en las modelos de los artistas, cuya desnudez no es sexual.

Además, se practica intensamente la desodoración del cuerpo. Este se lava y se baña con mucha mayor frecuencia de la requerida por los simples cuidados médicos o higiénicos. La sociedad suprime los olores del cuerpo y los desodorantes químicos comerciales se venden en grandes cantidades.
La mayoría de estos controles se mantienen con el sencillo e incontrovertibles subterfugio de referirse al fenómeno que restringen como «inelegante», «inconveniente» o «tosco». En cambio, raras veces se meciona o se tiene siquiera en cuenta la verdadera naturaleza antisexual de las restricciones. Se aplican también otros controles más patentes, en forma de artificiales códigos morales o de leyes sexuales. Estas varían considerablemente de una civilización a otra, pero la principal finalidad es siempre la misma: evitar la excitación sexual de los desconocidos y suprimir la interacción sexual fuera de la pareja. Para ayudar a la consecución de este fin, cosa reconocida como muy difícil incluso por los grupos más puritanos, se emplean diversas técnicas se subliminación. Por ejemplo, los deportes escolares y otras actividades físicas vigorosas son a veces fomentadas con la vana esperanza de que apaciguarán las exigencias sexuales. El cuidadoso estudio de este concepto y de su aplicación revela su indiscutible y lamentable fracaso. Los atletas no son ni más ni menos sexualmente activos que otros grupos. Lo que pierden por cansancio físico, lo ganan por aptitud física. El único método de comportamiento que parece tener alguna eficacia es el antiguo sistema del castigo y la recompensa: castigo para los excesos sexuales y recompensa para la contingencia sexual. Pero esto, desde luego, produce la represión, más que la disminución, del individuo.

Parece evidente que el anormal crecimiento de nuestras comunidades exigirá algunas medidas de esta clase para contrarrestar el creciente peligro social de un enorme aumento de actividades sexuales fuera de la pareja. Pero el mono desnudo, como primate de acentuada sexualidad, se resiste contra este tratamiento. Su naturaleza biológica se rebela sin cesar. En cuanto se aplican controles artificiales en un sentido, surgen inmediatamente las contramedidas. Esto conduce, a menudo, a unas situaciones ridículamente contradictorias.

La hembra se cubre los senos, y seguidamente acentúa su forma con un sostén. Este artificioso estimulante sexual puede ser almohadillado o hinchable, de forma que no solamente rehaga la forma oculta, sino que también la realce y la aumente, imitando de esta suerte la hinchazón de los senos que se produce durante la excitación sexual. En algunos casos, las hembras que tienen los senos flácidos llegan al extremo de acudir a la cirugía estética, sometiéndolos a inyecciones subcutáneas de cera para lograr efectos parecidos, pero más permanentes.

Los añadidos sexuales se aplican también a otras partes del cuerpo: sirvan de ejemplo las hombreras de los trajes de los varones y los polisones de las hembras. En ciertas civilizaciones actuales, las mujeres flacas pueden adquirir sostenes para las nalgas o «postizos para el trasero». La costumbre de llevar zapatos de tacón alto aumenta la oscilación de la región glútea durante la locomoción, al alterar la posición normal de la marcha.

En diversas épocas se ha empleado el almohadillado de las caderas, y las curvas de éstas y del pecho pueden también exagerarse con el uso de cinturones ceñidos. A causa de esto, se ha preconizado la cintura estrecha de la hembra y se ha practicado muchísimo la presión del corsé sobre esta región. Esta tendencia alcanzó su punto culminante hace un siglo, con los «talles de avispa», época en la cual llegaron algunas mujeres al extremo de hacerse extraer quirúrgicamente las costillas inferiores para aumentar el efecto.

El generalizado empleo del lápiz de labios, el colorete y el perfume, para aumentar el estímulo de los labios, del rubor y del olor del cuerpo, respectivamente, presenta mayores contradicciones. La hembra que mediante el lavado suprime sistemáticamente su propio olor biológico, lo reemplaza a continuación con perfumes comerciales sexy, que, en realidad, no son más que formas diluidas de los productos de las glándulas olorosas de otras especies de mamíferos totalmente diferentes.

Si tenemos en cuenta todas las restricciones sexuales y sus contrapartidas artificiales, no podemos dejar de pensar que sería mucho más fácil volver al punto de partida. ¿Por qué refrigerar una habitación, si después encendemos fuego en ella? Como antes he indicado, la razón de las restricciones es bastante justa: se trata de evitar un estímulo sexual desenfrenado que rompa los lazos entre las parejas. Pero, ¿por qué no una total restricción en público? ¿Por qué no limitar las exhibiciones sexuales, tanto biológicas como artificiales, en los momentos de intimidad entre los componentes de la pareja? Esto se contesta, en parte, diciendo que es precisamente nuestro alto nivel de sexualidad el que exige una constante expresión y un constante desahogo. Se llegó a él para mantener unida a la pareja, y ahora resulta que, en la estimulante atmósfera de una sociedad compleja, sirve para crear continuamente situaciones ajenas a tal pareja. Pero esto es sólo una parte de la respuesta. El sexo se emplea también por motivos de conveniencia, maniobra muy corriente en otras especies de primates. Si una mona quiere acercarse a un macho agresivo con fines no sexuales, realiza a veces una exhibición sexual, no porque quiera copular con él, sino porque, obrando así, despertará su impulso sexual lo suficiente para eliminar su agresión. Estas formas de comportamiento se denominan actividades remotivadoras. La hembra emplea el estímulo sexual para remotivar al macho y conseguir, de esta manera, una ventaja no sexual. Trucos parecidos son empleados también por nuestra especie. Gran parte de los estímulos sexuales artificiales tienden a este fin. Al hacerse atractivos a los miembros del sexo contrario, los individuos pueden reducir eficazmente los antagonismos con otros miembros del grupo social.

Desde luego, tratándose de una especie en que los individuos están atados por parejas, esta estrategia tiene sus peligros. El estímulo no debe ir demasiado lejos. Aceptando las básicas restricciones sexuales impuestas por la civilización, es posible dar claras señales de que «no estoy disponible para la cópula» y, al propio tiempo, dar otras señales que digan: «no obstante, soy muy sexual». Estas últimas cumplirán su misión de reducir el antagonismo, mientras que las primeras evitarán que las cosas salgan de su cauce. De esta manera, uno sabe nadar y guardar la ropa.

Esto podría dar muy buenos resultados, pero, desgraciadamente, juegan otras influencias. El mecanismo de apareamiento no es perfecto. Tuvo que ser injertado en el primitivo sistema de los primates, y éste sigue manifestándose. Si algo sale mal en la situación de la pareja, vuelven a surgir los antiguos impulsos del primate. Añádase a esto que otro fruto importante de la evolución ha sido la extensión de la curiosidad infantil a la fase adulta, y veremos claramente que la situación puede hacerse peligrosa.

El sistema estuvo obviamente encaminado a funcionar en una situación donde la hembra producía una copiosa familia infantil y el macho estaba siempre cazando con otros machos. Aunque esto ha persistido en lo esencial, dos circunstancias han cambiado. Existe una tendencia a limitar artificialmente el número de retoños. Esto significa que la hembra emparejada no dará un pleno rendimiento familiar y será más abordable, sexualmente, durante la ausencia de su compañero. Y existe también, en muchas mujeres, una propensión a sumarse al grupo de cazadores. Naturalmente, la caza ha sido actualmente sustituida por «el trabajo», y los machos que marchan hoy día a trabajar están expuestos a encontrarse en grupos heterosexuales, en vez de las antiguas partidas cinegéticas. Esto significa que el lazo entre la pareja tiene que aguantar tirones por ambas partes. Y, con excesiva frecuencia, acaba por romperse. (Recordemos aquí que, según las estadísticas americanas, un 26 por ciento de las hembras casadas y un 50 por ciento de los varones casados han realizado cópulas extramatrimoniales antes de llegar a los cuarenta años.) Sin embargo, muchas veces el lazo original es lo bastante fuerte para resistir durante estas actividades externas, o para reafirmarse cuando éstas han pasado. Sólo en un pequeño porcentaje de casos se produce una ruptura completa y definitiva.

No obstante, si dejáramos las cosas así, exageramos el caso a favor del lazo entre la pareja. Este puede, casi siempre, sobrevivir a la curiosidad sexual, pero no es lo bastante fuerte para suprimirla. Aunque el poderoso ligamen sexual mantiene unida a la pareja, no elimina su interés por las actividades sexuales externas. Y si los apareamientos externos chocan tan violentamente con el vínculo de unión de la pareja, hay que encontrarles un sustituto menos perjudicial. La solución ha sido el voyeurismo, en su más amplio sentido, el cual se practica en gran escala. En este sentido estricto, el voyeurismo significa la obtención de excitación sexual mediante la contemplación de la cópula de otros individuos; pero puede ampliarse lógicamente hasta incluir toda clase de interés en la actividad sexual, sin participar en ella. Casi todo el mundo se dedica a esta práctica, mirando, leyendo o escuchando. La mayor parte del material de la televisión, de la radio, del cine, del teatro y de la novela tiende a satisfacer esta demanda. Las revistas, los diarios y las conversaciones contribuyen también a ello. Se ha convertido en una industria importante. Pero, en realidad, y a pesar de tanta alharaca, el observador sexual no hace nunca nada. Todo se realiza por poderes.

Tan copiosa es la demanda, que tuvimos que inventar una categoría especial de ejecutantes -actores y actrices- que fingen los episodios sexuales para que nosotros podamos contemplarlos. Cortejan y se casan, e inmediatamente asumen nuevos papeles, para cortejar y casarse otra vez. De esta manera, se aumenta copiosamente el material del voyeur.

Si observamos la mayoría de las especies animales, llegaremos a la conclusión de que esta actividad contempladora es biológicamente anormal. Sin embargo, es relativamente inofensiva e incluso puede ayudar a nuestra especie, porque satisface en cierto grado las insistentes exigencias de nuestra curiosidad sexual, sin incitar a los individuos a contraer nuevas relaciones sexuales que podrían amenazar el lazo entre la pareja.

La prostitución actúa de manera parecida. En ésta hay, naturalmente, una unión real, pero, en su forma típica, queda absolutamente limitada a la fase copulativa. La primera fase de galanteo e incluso las actividades precopulatorias se reducen al mínimo. Son éstas las etapas en que empieza la formación de la pareja, y son debidamente suprimidas. Si el varón satisface su deseo de novedad sexual copulando con una prostituta, puede dañar el lazo que le une a su pareja, pero menos que si acude a una aventura amorosa romántica no copulativa.

Otra forma de actividad sexual que hay que examinar es el desarrollo de la fijación homosexual. La función primordial del comportamiento sexual es la reproducción de la especie, y es evidente que esto no puede lograrse con la formación de parejas homosexuales. Aquí conviene hacer una sutil distinción. Biológicamente hablando, no hay nada fuera de lo corriente en los actos homosexuales de seudocópula. Muchas especies los practican, en numerosas circunstancias. Pero, desde el punto de vista de la reproducción, la formación de un lazo homosexual es inconveniente, ya que no puede conducir a la producción de retoños y estropea la posible función reproductora de los adultos. Para comprenderlo, echaremos un vistazo a otras especies.

He explicado ya cómo puede una hembra emplear señales sexuales para remotivar a un macho agresivo. Excitándole sexualmente, elimina su antagonismo y evita ser atacada por él. El macho inferior puede valerse de un truco semejante. Los jóvenes monos machos adoptan a menudo posturas femeninas sexualmente excitantes, y son montados por machos dominantes que, de otro modo, les habrían atacado. Las hembras dominantes pueden montar, de igual manera, a otras hembras inferiores. Esta utilización de una línea sexual en situaciones no sexuales llegó a ser fenómeno corriente en el escenario social de los primates, y ha resultado sumamente valiosa para ayudar a mantener la armonía y la organización del grupo. Como estas otras especies de primates no están sometidas a un intenso proceso de formación de parejas, no corren los riesgos que podrían derivarse, a largo plazo, de los apareamientos homosexuales. La cosa sirve sólo para resolver problemas inmediatos de dominio y no origina relaciones homosexuales duraderas.

El comportamiento homosexual se presenta también en ocasiones en que el objeto sexual ideal (un miembro del sexo contrario) resulta inalcanzable. Esto ocurre en muchos grupos de animales: un miembro del mismo sexo es empleado como sucedáneo, como «mal menor», en la actividad sexual. Es frecuente que, en un aislamiento total, los animales recurran a medidas extremas o intenten copular con objetos inanimados, o se masturben. Sabemos, por ejemplo, que ciertos carnívoros en cautividad han copulado con los recipientes de su comida. Los monos adquieren con frecuencia hábitos masturbatorios, y este caso ha sido también registrado entre leones. De la misma manera, animales encerrados con otros de especie diferente intentan copular con ellos. Pero estas actividades cesan casi siempre cuando el estímulo biológicamente correcto -un miembro del sexo contrario- aparece en escena.

Situaciones parecidas se producen con gran frecuencia en nuestra propia especie, y las relaciones son casi las mismas. Cuando los machos o las hembras, por el motivo que sea, no encuentran acceso sexual a los individuos del sexo contrario, buscan otro desahogo a sus impulsos. A veces, acuden a otros miembros de su propio sexo; otras veces, llegan a valerse de miembros de otras especie; otras, se masturban. Minuciosos estudios americanos de comportamiento sexual revelan que, en su sociedad, un 13 por ciento de las hembras y un 37 por ciento de los varones, han realizado, antes de los cuarenta y cinco años, contactos sexuales productores de orgasmo. Los contactos sexuales con otras especies de animales son mucho más raros (porque, naturalmente, éstas no ofrecen el adecuado estímulo sexual), y sólo se han registrado en el 3,6 por ciento de las hembras y en el 8 por ciento de los varones. La masturbación, aunque carece de «estímulo del compañero», es, empero, tan fácil de iniciar que se produce con mayor frecuencia. Se calcula que un 58 por ciento de las hembras y un 92 por ciento de los varones se masturban en alguna época de su vida.

Si todas estas actividades inútiles, desde el punto de vista de la reproducción, pueden realizarse sin menguar la potencia procreadora a lo largo de los individuos afectados, habrá que concluir que son inofensivas. En realidad, pueden ser biológicamente ventajosas, porque pueden contribuir a evitar frustraciones sexuales capaces de originar diversas perturbaciones sociales. Pero en el momento en que dan origen a fijaciones sexuales, crean un verdadero problema. Como ya hemos visto , existe en nuestra especie una fuerte tendencia a «enamorarse», a crear un poderoso vínculo con el objeto de nuestra atención sexual. Este fenómeno de fijación sexuales produce el importantísimo compañerismo a largo plazo, tan vital para las prolongadas exigencias familiares.
La fijación empezará a actuar en cuanto se establezcan serios contactos sexuales, y sus consecuencias son evidentes. Los primeros objetos a los que dirigimos nuestras atenciones sexuales están expuestos a convertirse en los objetos. La fijación es un fenómeno asociativo. Ciertos estímulos clave, presentes en el momento del goce sexual, quedan íntimamente vinculados a este goce, y, al poco tiempo, la acción sexual no puede producirse sin la presencia de estos estímulos vitales. Si las presiones sociales nos impulsan a experimentar nuestros primeros goces sexuales en contexturas homosexuales o masturbatorias, es probable que ciertos elementos presentes en estas ocasiones asuman un enorme significado sexual de tipo duradero. (Las formas más raras de fetichismo se originan también así.)

Podría esperarse que estos hechos fuesen más perturbadores de lo que son en realidad, pero, en la mayoría de los casos, dos cosas ayudan a evitarlo. En primer lugar, estamos bien equipados con una serie de reacciones instintivas a las señales sexuales características del sexo contrario; por consiguiente, no es probable que experimentemos fuertes reacciones emotivas ante cualquier objeto que carezca de estas señales. En segundo lugar, nuestras primeras experiencias sexuales tienen carácter de ensayo. Empezamos enamorándonos y desganándonos con gran frecuencia y muy fácilmente. Es como si el proceso de la fijación total anduviera rezagado en relación con los otros sucesos sexuales. Durante esta fase de «búsqueda» desarrollamos un gran número de «fijaciones» poco importantes, cada una de las cuales es contrarrestada por la siguiente, hasta que llegamos indefectiblemente a un punto en que somos susceptibles de una fijación importante. En general, cuando llega este momento hemos experimentado una variedad de estímulos sexuales suficientes para inclinarnos hacia los biológicamente adecuados, y entonces, el apareamiento se produce como un fenómeno normal heterosexual.

Tal vez comprenderemos esto más fácilmente si lo comparáramos con la situación que sea producida en algunas de las otras especies. Por ejemplo, las aves coloniales que forman parejas emigran a los lugares de cría, donde construirán sus nidos. Los jóvenes pájaros sin pareja, que vuelan como adultos por primera vez, sienten la necesidad, a semejanza de los más viejos, de establecerse en un terreno y de formar parejas de cría. Esto se hace sin pérdida de tiempo, poco después de la llegada. Los jóvenes pájaros escogerán su pareja guiándose por sus señales sexuales. Después de cortejar a la compañera, sus intentos sexuales se limitarán a este individuo en particular. Esto se produce gracias a un proceso de fijación sexual. En el curso del galanteo para la formación de la pareja, las claves sexuales instintivas (comunes a todos los miembros de cada sexo y de cada especie) tienen que quedar vinculadas a ciertos factores únicos de identificación individual. Sólo de esta manera, el proceso de fijación puede limitar las reacciones sexuales de cada pájaro a su compañero. Todo esto tiene que hacerse rápidamente, porque la temporada de cría es muy breve. Si, al principio de esta fase, todos los miembros de un solo sexo fuesen experimentalmente trasladados de la colonia, sin duda se establecerían numerosos lazos homosexuales, al tratar desesperadamente los pájaros de encontrar lo más parecido a una pareja que tuviera a su alcance.

En nuestra propia especie, el proceso es mucho más lento. Nosotros no tenemos que actuar contra el límite de una breve temporada de cría. Esto nos da tiempo para explorar y «divertirnos». Aunque nos encontremos en un medio de segregación sexual durante considerables períodos de nuestra adolescencia, no por esto establecemos lazos homosexuales automáticos y permanentes. Si fuésemos como las aves coloniales, ningún adolescente podría salir de un pensionado de varones (o de otra parecida organización unisexual) con la esperanza de crear jamás un lazo heterosexual. En realidad, el proceso no es tan perjudicial. En la mayoría de los casos, el grabado queda únicamente esbozado y puede borrarse con facilidad mediante ulteriores y más fuertes impresiones.

Sin embargo, en algunos casos, el daño es más permanente. Acusados trazos asociativos se habrán ligado firmemente con la expresión sexual y ya no se podrá prescindir de ellos en ulteriores situaciones de formación de lazos. La inferioridad de las básicas señales sexuales ofrecidas por un compañero del mismo sexo no será suficiente para superar las asociaciones de fijación positiva. En seguida se nos ocurre preguntar por qué ha de exponerse una sociedad a tales peligros. La respuesta parece radicar en la necesidad de prolongar lo más posible la fase educacional para satisfacer las enormemente especializadas y complicadas exigencias tecnológicas de la cultura. Si los varones y las hembras jóvenes estableciesen unidades familiares en cuanto estuviesen biológicamente preparados para ello, se perdería una enorme cantidad de instrucción en potencia. Por consiguiente, se les somete a fuertes presiones para evitarlo. Desgraciadamente, por muchas que sean las restricciones culturales, éstas no evitarán el desarrollo del sistema sexual, y , si éste no puede seguir el rumbo acostumbrado, buscará y encontrará algún otro.

Hay otro factor independiente, pero importante, que puede influir en las tendencias homosexuales. Si en el ambiente familiar los retoños se ven sometidos a una madre varonil y dominadora, o a un padre débil y afeminado, esto puede acarrearles una considerable confusión. Las características de comportamiento actuarán en un sentido, y las anatómicas en otro. Si al llegar a la madurez sexual los hijos buscan compañeros que tengan las cualidades de comportamiento (más que las anatómicas) de la madre, están expuestos a elegirlos más entre los varones que entre las hembras. Las hijas corren un riesgo similar, pero a la inversa. Lo malo de los problemas sexuales de esta clase es que el prolongado período de dependencia infantil crea un contacto tan grande entre las generaciones, que los desórdenes se transmiten una y otra vez. El padre afeminado que hemos mencionado tuvo, probablemente, que presenciar anomalías sexuales en las relaciones de sus propios padres, y así sucesivamente. Los problemas de esta clase se transmiten de una generación a otra durante largo tiempo, hasta que desaparecen o hasta que se hacen tan agudos que se resuelven por sí solos al impedir totalmente la procreación.

Como zoólogo, no puedo discutir las «peculiaridades» sexuales según la moral corriente. Sólo puedo aplicar una especie de moralidad zoológica, en términos de éxito o fracaso en la reproducción. Si ciertos hábitos sexuales impiden el éxito reproductor, podemos calificarlos sinceramente de biológicamente inadecuados. Grupos tales como los de los monjes, monjas, solterones y solteronas, y homosexuales permanentes, son todos ellos anómalos desde el punto de vista de la reproducción. La sociedad los cría, y ellos se niegan a devolverle el favor. De la misma manera, podemos decir que un homosexual activo no es más anómalo que un monje desde aquel punto de vista. E igualmente se puede afirmar que ninguna práctica sexual, por muy asquerosa u obscena que parezca a los miembros de una civilización particular, puede ser biológicamente criticada, mientras no impida el éxito reproductivo general. Si los más chocantes refinamientos del acto sexual contribuyen a asegurar que se producirá la fertilización entre los miembros de una pareja, o que se fortalecerán los lazos de la misma, entonces ha cumplido su misión reproductora y es, biológicamente, tan aceptable como la costumbre sexual más «limpia» y aprobada por todos.

Dicho esto, debo ahora señalar que existe una importante excepción a la regla. La moralidad biológica que acabo de esbozar deja de aplicarse en el caso de una superpoblación. Cuando ésta se produce, se invierten las normas. Por estudios realizados sobre otras especies en estado de superpoblación experimental, sabemos que llega un momento en que el aumento de densidad de población alcanza un punto extremo en el que se destruye toda la estructura social. Los animales contraen enfermedades, matan a sus pequeños, luchan con saña y se mutilan ellos mismos. Ninguna secuencia de comportamiento puede desarrollarse como es debido. Todo se fragmenta. En definitiva, son tantas las muertes, que la densidad de población vuelve a alcanzar un bajo nivel y puede empezar de nuevo la cría; pero no antes de que acontezca una conmoción catastrófica. Si en tal situación hubiese podido instaurarse algún medio anticonceptivo controlado, en cuanto se manifiestan los primeros síntomas de superpoblación se habría podido evitar el caos. En estas condiciones (grave superpoblación, sin señales de alivio en un futuro inmediato), los procedimientos sexuales anticonceptivos deberían estudiarse bajo una nueva luz.

Nuestra especie se encamina rápidamente hacia tal situación. Hemos llegado a un punto en que debemos dejar de sentirnos satisfechos. La solución es evidente: reducir el ritmo de la natalidad, sin poner obstáculos a la estructura social existente; evitar un aumento en cantidad, sin impedir un aumento en calidad. La necesidad de unas técnicas anticonceptivas salta a la vista; pero no debemos permitir que rompan la básica unidad familiar. En realidad, este riesgo sería muy pequeño. Se han expresado temores de que el uso generalizado de anticonceptivos perfeccionados conducirá a una promiscuidad desenfrenada; pero esto es muy poco probable: la poderosa tendencia de la especie a formar parejas cuidará de evitarlo. Pueden producirse dificultades si muchas parejas emplean los anticonceptivos hasta el punto de no procrear un solo hijo. Estas parejas exigirán mucho de sus lazos, y éstos pueden romperse por un exceso de tensión. Tales individuos constituirán una gran amenaza para las parejas que intenten constituir familias. Pero estas reducciones extremas son innecesarias. Si cada familia procrease solamente dos hijos, los padres se limitarían a reproducir su propio número y no habría aumento de población. Y si tomamos en consideración los accidentes y las muertes prematuras, el término medio de hijos podría ser incluso ligeramente superior al indicado, sin conducir por ello a un ulterior aumento de la población y, en definitiva, a la catástrofe de la especie.

Lo malo es que como fenómeno sexual, los anticonceptivos mecánicos y químicos son algo fundamental nuevo, y necesitaremos algún tiempo para saber exactamente la clase de repercusiones que habrán de tener en la estructura sexual fundamental de la sociedad después de que lo hayan experimentado un gran número de generaciones y se hayan desarrollado gradualmente nuevas tradiciones a partir de las antiguas. Pueden causar distorsiones o quebrantamientos indirectos e imprevistos en el sistema socio-sexual. Es algo que sólo el tiempo podrá decirnos. Pero, ocurra lo que ocurra, sino se aplica el control de la natalidad, la alternativa será mucho peor.

Teniendo en cuenta este problema de superpoblación, podría argüirse que la necesidad de reducir drásticamente el índice de reproducción destruye todas las críticas biológicas que pueden hacerse a las categorías no reproductoras, tales como frailes y monjas, solteronas y solterones empedernidos, y homosexual permanentes. Esto es cierto desde el exclusivo punto de vista de la reproducción, pero no resuelve otros problemas sociales con los que, en ciertos casos, tendrán que enfrentarse, aislados en su especial papel minoritario. Sin embargo, mientras sean miembros bien adaptados y valiosos de la sociedad, al margen de la esfera procreadora, su no contribución al aumento explosivo de la población puede considerarse altamente beneficioso.

Echando ahora una mirada retrospectiva a todo el escenario sexual, podemos observar que nuestra especie ha permanecido mucho más fiel a sus fundamentales impulsos biológicos de lo que habríamos podido imaginar en un principio. Su sistema sexual de primate, con modificaciones de carnívoro, ha sobrevivido con notable éxito a todos los fanáticos avances tecnológicos. Si tomamos un grupo de veinte familiar suburbanas y lo colocamos en un medio primitivo subtropical, donde los machos tengan que salir de caza para obtener comida, la estructura sexual de esta nueva tribu requerirá muy pocas modificaciones, o acaso ninguna. En realidad, lo que ha ocurrido en todos los pueblos grandes o ciudades ha sido que los individuos que moran en ellos se han especializado en sus técnicas de caza (de trabajo), pero han conservado su sistema sociosexual más o menos en su forma primitiva. Los inventos de la ciencia ficción sobre criaderos de niños, actividades sexuales colectivizadas, esterilización selectiva y división del trabajo controlado por el Estado en las funciones procreadoras, no han llegado a materializarse. El mono del espacio sigue llevando en la cartera el retrato de su mujer y sus hijos, mientras navega a toda velocidad con rumbo a la Luna. Sólo en el campo de una limitación general de la natalidad, podemos presenciar ahora el primer ataque serio a nuestro antiquísimo sistema sexual por las fuerzas de la civilización moderna. Gracias a la ciencia médica, a la cirugía y a la higiene hemos alcanzado la cúspide de un éxito increíble en materia de crianza. Hemos practicado el control de la muerte, y ahora debemos equilibrarlo con el control de la natalidad. Cualquiera diría que nos vemos abocados a cambiar por fin, durante el próximo siglo o algo más, todos nuestros hábitos sexuales. Pero, si lo hacemos no será porque éstos hayan fracasado, sino porque su éxito habrá sido excesivo.

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12 comentarios - Estudio zoológico del ser humano: el sexo (II)

maxximo
parece interesante. a fav y lo leo cuando tenga tiempo
Inggenio
No lei el post porque ya lei ese libro.¡Es excelente! y es cierto, ese libro no se edita más desde el año 1995. Es una pena que no se conserve este tipo de literatura sólo porque la gente se cansó de leer.
Por otro lado, el capitulo de sexo ES uno de los más interesantes, pero a mi me ayudó mucho toda la parte que menciona los gestos y actitudes que conservamos de animales en nuestras interacciones sociales.
Otro día paso y dejo puntos
Qw3rty
ni en pedo leo todo eso
Tarod
Esta muy bueno el texto!!!
Me re colgue leyendo, mejor regreso al estudio de la Fisicoquimica porque si llego a desaprobar voy aperder cualquier utilidad biologica porqeu le la corto