Silvina Ocampo en una habitación china


Todos los descubrimientos científicos que se convierten en buenas historias que contar no omiten, jamás, un pequeño acto de violencia. La expresión “pequeño acto de violencia” acaso no sea la adecuada, aunque de ampliarse su sentido se notará que encaja perfectamente con lo que intenta expresarse: cierto abrupto movimiento de un cuerpo en el espacio, movimiento que, como un doblez en el relato, produce ese chasquido que convierte la confusión en iluminación, la torpeza en sabiduría.

Por ejemplo, el desplome de la manzana del árbol que conduce a Isaac Newton hasta la Ley de Gravitación Universal; o el resbalón del Dr. Emmett Brown, quien, al caer del inodoro mientras intenta colgar un reloj, se golpea la cabeza y tiene una imagen del condensador de flujos, el dispositivo que permite los viajes en el tiempo; o la rana electrocutada que sobresalta a Luigi Galvani y cuyo periplo acaba en Alessandro Volta y la invención de las pilas. En esos pequeños actos de violencia, en esos sucesos imprevistos y azarosos, la historia se reescribe.

El pequeño acto de violencia que precede a esta iluminación es un libro que cae de la biblioteca. Torpeza cotidiana: uno trata de sacar un volumen de un estante alto y, junto al tomo buscado, se abalanzan contra el suelo otros diez.

Entre los libros que caen al suelo se cuenta una antología póstuma de Silvina Ocampo, escritora argentina nacida en 1903 y fallecida en 1993. No recuerdo haberla leído, a la antología; ni siquiera recuerdo haberla hojeado. Tampoco se perciben subrayados ni señales que lo indiquen. Le echo un vistazo. Contiene dos grandes secciones: cuentos y poemas.

Impavidez.

Para decirlo rápidamente: la vida es breve. No tendremos jamás el tiempo para aprender todas las cosas que acaso podríamos haber aprendido si hubiésemos seguido un camino y no otro. Aunque la tendencia contemporánea sea soslayar esta falta de preparación y alardear de que uno tiene una opinión formada acerca de todo, diré que no me gusta la poesía, que no entiendo nada de poesía (qué es clásico, qué esta trillado, qué es novedoso, qué valores se ponen en juego a la hora de evaluar sus virtudes o defectos), y que quizás no me guste porque no entiendo, o que quizás no entiendo porque no quiero que me guste. Ni siquiera puedo disimular una formación mínima, algún seminario opcional en la universidad, un curso por correspondencia, nada.

Téngase en cuenta este dato, pues es la base de la revelación inmediata: completa ignorancia.


El libro de Ocampo sigue en el suelo. Por curiosidad busco algún poema breve, antes de devolverlo al estante del que jamás debió haberse caído. Encuentro uno, “Epitafio de un náufrago”, publicado en Enumeraciones de la patria, obra de 1942; dice así:


Éste es mi primer sueño con náufragos,
no tendré que olvidarlo nunca. Oscura
es el agua en los sueños, fría y dura.
Mañana tendré miedos de presagios.

Permanezco impávido, con el mismo gesto denodado que uno ensaya cuando le cuentan un chiste pero no comprende su gracia. Estimo que si el poema fue a parar a una antología póstuma es porque los editores consideraron que se trata de un texto meritorio, que se destaca por sobre el resto o que tiene algún valor representativo de la obra como conjunto. Sólo que no tengo la competencia ―la formación adecuada, un conjunto de conocimientos sistematizados― para entender cuáles son esos méritos. Y entonces, de repente, cae la manzana de Newton y salta la rana de Galvani: acabo de resolver el misterio de la habitación china.

Se soluciona así: prestando atención al jurado, no a los participantes.

poesía


Para completar el trayecto es necesario hacer un par de paradas. La primera de ellas es en 1950, el año en que el matemático Alan Turing publicó en la revista Mind un artículo titulado “Computing machinery and intelligence”. Clásico de los estudios sobre Inteligencia Artificial (así, escrito en mayúsculas para respetar la tradición), el texto presentó un desafío: establecer un método que permitiera decidir si una máquina es capaz de “pensar”. Un poco como esa expresión sobre los perros: si ladra como perro, mueve la cola como perro y tiene cuatro patas como perro, entonces debe ser un perro. Si la máquina actúa con inteligencia, entonces debe ser inteligente. Si parece que piensa, entonces debe pensar.

Se colocan un hombre y una computadora en una habitación, ocultos de la vista de un interrogador. Este interrogador, a través de las respuestas que ensayen la máquina y el hombre a sus preguntas, deberá determinar, sin verlos, quién es máquina y quién es humano. Si este interrogador, este juez, es incapaz de diferenciar a la máquina del humano, entonces se habrá demostrado la inteligencia del aparato en ciernes (probablemente, de demostrar tal cosa, habrá que dejar de usar la palabra “aparato” para no dañar su sensibilidad). En esto consiste, a vuelo de pájaro, el Test de Turing.

La siguiente parada es en 1980. Ese año, el filósofo John Searle presentó una de las más célebres respuestas al Test de Turing: el experimento de la habitación china.

Hay una persona en una habitación cerrada. Le pasan por debajo de la puerta una serie de preguntas en chino. El hombre no habla chino, pero recibe también un manual de instrucciones (por ejemplo, un diccionario chino-castellano) donde se explica que a determinado símbolo debe responder con otro determinado símbolo. El hombre, siguiendo las instrucciones, responde las preguntas en chino y las devuelve por debajo de la puerta. ¿Esto quiere decir que el hombre entiende chino? ¿O además de la sintaxis debe considerarse la semántica? ¿Alcanza para entender chino con un manual que diga: “Si entran tales y cuales caracteres por debajo de la puerta, debes responderle con estos otros”? Si el test consiste en descubrir si esta persona encerrada en la habitación entiende el chino, ¿es suficiente con que responda las preguntas que le tiran por debajo de la puerta siguiendo las indicaciones de un manual de instrucciones?

La última parada es en 1924, el año en que el poeta Tristan Tzara publica sus Siete manifiestos dadá. Allí puede leerse, bajo el título “Para hacer un poema dadaísta”:


Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte unos tras otro.
Copie concienzudamente en el orden que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.


Y entonces volvemos al libro de Ocampo que se cayó del estante de la biblioteca. Supongamos que colocamos en la habitación china a Silvina Ocampo y a una computadora cargada con uno de esos programas que generan poesías instantáneas (éste, por ejemplo, lo cual no es tan diferente al método de cortar palabras, meterlas en una bolsa y sacudirla). Del otro lado de la puerta colocamos a un juez, para que determine qué poema fue escrito por Silvina Ocampo y qué poema fue escrito por una computadora (o por una bolsa sacudida). El experimento es interesante porque toda la tensión, toda la expectativa, parece depositada en descubrir qué hay detrás de la puerta, y sin embargo se pasa por alto el papel del juez: la formación de la persona que debe determinar si estamos frente a la obra de un ser humano o de una máquina.

Las noticias sobre el mundo del arte contemporáneo parecen regadas de anécdotas donde alguien (generalmente el personal de limpieza de algún museo) arroja al tacho una costosa obra de arte por considerarla basura. Luego de que han vaciado el cenicero alguien les pega el grito para avisarles que eso que han vaciado está valuado en millones de dólares; y luego, el artista pierde el sueño tratando de figurarse si logrará hacer una réplica. Al poner su foco en la obra y en el artista, estas historias suelen evadir el papel de aquel que arrojó la obra al tacho de basura: se evade que esa persona carecía del conocimiento para reconocer a una obra como tal. Carecía de la formación para decir: esto es una obra de arte, no es basura.

El primer paso para que el experimento funcione, entonces, es que el interrogador hable chino. O en todo caso, que quien deba señalar las virtudes entre un poema de Ocampo y un poema de una bolsa sacudida posea los conocimientos adecuados para trazar una diferencia que la sociedad ha dado por válida. Caso contrario, cuando las respuestas pasen por debajo de la puerta, ambas se convertirán en bollos de papel rumbo al tacho de basura donde se fermenta el arte contemporáneo. O ambas se enmarcarán y enviarán al museo.

Digámoslo así: para sostener que si ladra como perro y mueve la cola como perro entonces debe ser un perro, antes tenemos que haber aprendido qué es un perro. O qué es un poema. O una obra de arte. O el chino.