Usurpación británica de las Islas Malvinas


Usurpación británica de las Islas Malvinas


La Usurpación de las islas Malvinas

Ocupada en un principio por marinos franceses, las islas tomaron el nombre de Malouines que los españoles transformaron posteriormente al nombre de Malvinas y finalmente renombradas como Falklands por los ingleses.

Durante los siglos XVI a XVIII España tuvo que establecer su reclamo, ante Francia e Inglaterra, por la usurpación de su derecho de soberanía sobre las islas. Las islas, por derecho de sucesión, pasaron a pertenecer a las Provincias Unidas del Río de la Plata, luego del pronunciamiento del 25 de Mayo de 1810.

El 10 de junio de 1829, el gobierno de Bs. As. (en ese entonces el gobernador interino era Martín Rodríguez) creó la Comandancia política y militar de las Islas Malvinas designando para el cargo al alemán Luis Vernet. El Archipiélago había sido ocupado por el gobierno de Bs. As. En 1820 en virtud de considerarse heredero de las posesiones españolas del antiguo Virreinato del Río de la Plata.


Usurpación británica de las islas Malvinas


Fue durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Por orden del Restaurador, el 10 de septiembre de 1832 el Ministerio de Guerra y Marina designa provisoriamente como comandante civil y militar de las Malvinas al mayor de artillería Juan Esteban Mestivier. El oficial tiene dos años de casado con Gertrudis Sánchez, una porteña de 22 años, que está embarazada.

Quince días después, la goleta de guerra Sarandí, a las órdenes del teniente coronel de marina José María Pinedo, de 38 años, parte hacia las islas con Mestivier, su joven esposa y 25 soldados del Regimiento Patricios al mando del teniente primero José Gomila.

Pinedo, hijo y hermano de militares, ha ingresado a la marina en marzo de 1816, a la edad de 20 años, mientras el país luchaba por su independencia. Durante la guerra con Brasil, la goleta Sarandí ha sido una de las naves más heroicas bajo el mando del almirante Guillermo Brown.

Las instrucciones que lleva Pinedo, firmadas por el ministro de Guerra y Marina, Juan Ramón Balcarce, son claras: “El comandante de la goleta Sarandí guardará la mayor circunspección con los buques de guerra extranjeros, no los insultará jamás; mas en el caso de ser atropellado violentamente [...] deberá defenderse de cualquier superioridad de que fuere atacado con el mayor valor, nunca se rendirá a fuerzas superiores sin cubrirse de gloria en su gallarda resistencia […y] no podrá retirarse de las islas Malvinas mientras no le fuera orden competente para efectuarlo”.

Dos meses más tarde, los acontecimientos demostrarán que Pinedo no estaba a la altura de las instrucciones.

Año Nuevo trágico

La expedición arriba a Puerto Soledad el 7 de octubre. Pinedo sale a recorrer en su goleta las costas de las islas y regresa el 30 de diciembre, con la idea de festejar el nuevo año en tierra. El oficial se encuentra con un desastre: un ex esclavo negro que revistaba en el Regimiento Patricios, Manuel Sáenz Valiente, y seis soldados se han amotinado y asesinado al mayor Mestivier, mientras Gertrudis Sánchez daba a luz. Los insubordinados también mataron a un comerciante y a su mujer, robaron caballos y huyeron al campo. El teniente primero Gomila no sólo no intervino sino que obligó a la viuda de Mestivier a convivir con él. Con ayuda de los peones malvineros y la tripulación de un barco francés, Pinedo encarcela a los insurrectos.

Los mortificados colonos de la isla celebran el Año Nuevo quizá con la esperanza de un futuro de paz y prosperidad. Pero el drama recién comienza. El 2 de enero de 1833 llega la fragata de guerra inglesa Clio, al mando del capitán John James Onslow, de apenas 23 años de edad e hijo de un almirante de la Corona. El marino le comunica a Pinedo que tiene orden de ocupar el archipiélago en nombre de Gran Bretaña y le da plazo hasta el día siguiente para arriar la bandera argentina y retirarse.

Pinedo, quien seguramente era un lobo de mar muy prudente, considera que no tiene ninguna posibilidad de enfrentarse a la Clio. Al mañana siguiente ordena a sus hombres que embarquen y ofrece trasladar a Buenos Aires a los pobladores que quieran abandonar Puerto Soledad. La mayoría comienza a preparar su equipaje. Antes de abandonar ese territorio que le resulta tan hostil, el cauto hombre de armas redacta un documento que nombra “comandante político y militar” de las Islas Malvinas al capataz “Juan Simón”. Se trata de Jean Simon, que, además de francés, es analfabeto.

Una bandera “extranjera”

A las nueve de la mañana del 3 de enero de 1833, mientras el decidido Onslow ordena izar la bandera británica en medio de redoble de tambores, el prudente Pinedo observa la ceremonia desde la Sarandí. Antes de mediodía, un oficial inglés llega a la goleta con la enseña azul y blanca doblada, y un mensaje que expresa que las fuerzas de ocupación habían encontrado “esa bandera extranjera en territorio de Su Majestad”. A las cuatro de la tarde del día siguiente, el teniente coronel de la marina de guerra argentina ordena levar anclas y poner rumbo a Buenos Aires a toda velocidad.

En Puerto Soledad quedan apenas 26 personas: 21 hombres, tres mujeres y dos niños. A eso se reduce la población de lo que poco tiempo antes era un laborioso establecimiento ganadero.

El capitán Onslow parte en la fragata Clio el 14 de enero, luego de encomendar la custodia del pabellón inglés a William Dickson, un irlandés encargado del almacén de víveres del poblado. La misión de Dickson es enarbolar la bandera los días domingo y cuando se presenten naves extranjeras, incluidas las argentinas.

Indulgencia militar

Cuando la Sarandí llega a Buenos Aires y Pinedo informa al gobierno, las autoridades ordenan una investigación y se forma un tribunal militar. Al concluir el proceso, la sentencia se cumple el 8 de febrero de 1833. El negro Sáenz Valiente, asesino de Mestivier, es fusilado en la Plaza de Marte (actual Plaza San Martín, en Retiro) después de amputársele la mano derecha. Sus seis cómplices también terminan acribillados contra el paredón. Los siete cadáveres son colgados durante cuatro horas. Otros dos soldados, que habían profanado el cadáver de Mestivier, fueron condenados a recibir cien y doscientos palos tras los muros del cuartel.

El tribunal militar es mucho más benigno con el teniente primero José Gomila, a quien le correspondía el mando de la tropa y tenía atribuciones de vicegobernador de las Malvinas. Lo condena a dos años con media paga en algún fortín de la provincia de Buenos Aires “a su elección”.

El teniente coronel José María Pinedo declara que sus oficiales y toda la tripulación, “exceptuando uno, eran ingleses”, que sus instrucciones “le prohibían hacer fuego a ningún buque de guerra extranjero” y que él era quien “tenía que romper el fuego con una nación en paz y amistad con la República Argentina”.

El tribunal que lo juzga es indulgente. Lo condena a una suspensión de cuatro meses sin goce de sueldo, le prohíbe estar al mando de buques y lo destina al Ejército de tierra. Pero en 1834, ante la falta de oficiales, es reincorporado a la Marina y destinado a tareas de vigilancia en el Río de la Plata. Y en la Armada termina su carrera tranquilamente a pesar de sus reiteradas conductas poco honorables. Siempre logra “zafar” gracias al prestigio de su valeroso hermano Agustín, quien en 1833 encabezó la llamada Revolución de los Restauradores y en 1835 había sido designado ministro de Guerra por Rosas.

Pinedo fallece tranquilamente en Buenos Aires en 1885, a los 90 años. A lo largo del tiempo, los cronistas oficiales irán arreglando de a poco los detalles de su “gesta” y justificarán su cobarde inacción en las Islas Malvinas. En 1890, la Marina de Guerra compra en los astilleros británicos de Yarrow una torpedera de 39 metros de eslora y la bautiza con su nombre. Y en 1938 también rebautiza como Pinedo a un viejo barreminas adquirido en Alemania.

Su hermano Agustín no tiene tanta suerte. El 3 de febrero de 1852 muere de insolación durante la batalla de Caseros.

Islas Malvinas


Reclamos de Argentina

A partir de ese momento, los reclamos diplomáticos argentinos se sucedieron ante el gobierno británico y, en el siglo XX, ante las Naciones Unidas y la Organización de los Estados Americanos. Argentina nunca dejó prescribir sus derechos soberanos.

El invasor británico

Esta historia de atropellos no quedó limitada a lo ocurrido en las Islas Malvinas. La voracidad imperialista se plasmó en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Luego de consumada la usurpación de las islas en 1833, Gran Bretaña realizó un nuevo intento de avanzar contra la Argentina continental, en 1845, en la recordada Vuelta de Obligado.

Reclamos ante las NACIONES UNIDAS

Desde la usurpación de 1833, la Argentina ha reclamado sostenidamente la restitución de lo propio, tanto a nivel bilateral, regional como a nivel global. A mediados del Siglo XX, ya creadas las Naciones Unidas, la lucha por alcanzar la independencia de los poderes imperiales dio impulso al proceso de descolonización en el llamado tercer mundo.

En este contexto, en 1965 se produjo un hito importante cuando la Asamblea General de la ONU adoptó la Resolución 2065, que reconoce la existencia de una disputa de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, a la que denominó “Cuestión de las Islas Malvinas”.

A través de esta resolución, la Argentina y Gran Bretaña son instadas a negociar una solución pacífica y definitiva. Esta Resolución reconoce que se trata de un caso especial al cual no resulta aplicable el principio de la libre determinación por cuanto, a diferencia de los casos “clásicos” de colonialismo, en la Cuestión de las Islas Malvinas no existe “pueblo” sojuzgado, sometido o explotado por una potencia colonial.
Lo que efectivamente existe es un territorio ocupado por una potencia extranjera, en violación de la integridad territorial de un Estado.

El Comité Especial de Descolonización ha reiterado anualmente hasta la actualidad el mismo llamamiento. Desde 1966, en cumplimiento de este mandato de la comunidad internacional, se llevaron adelante negociaciones bilaterales por más de diez años y hay que señalar que el Reino Unido negoció sobre la cuestión de las Islas Malvinas durante esos años, a pesar de que hoy pretenda escudarse para no hacerlo en la presunta voluntad de la población –de ciudadanía británica— por ellos mismos trasplantada a las Islas.

Tal vez sea importante destacar que a medida que las expectativas por la explotación de hidrocarburos se fortalecieron, se afianzó el interés imperial en mantener el control sobre las Islas e ignorar el mandato de las Naciones Unidas, que rige sobre el conflicto desde 1965.