EL VESTUARIO

El Vestuario - RSH


Los hombres pasan más tiempo desnudos y con otros hombres que con
sus propias mujeres. Eso sucede en los vestuarios, donde desde silbar
canciones hasta reproducir una jugada, todo se hace sin ropas.




MUCHO ANTES DE QUE SE DISCUTIERA EL MATRIMONIO GAY,
ya existían hombres que convivían y dialogaban
desnudos, y pasaban más tiempo desnudos entre sí
que con mujeres. Podrán decir que el sexo y la convivencia
sin papeles entre hombres es tan vieja como la
Creación. Pero yo no estoy hablando de convivencia
ni de sexo, sino de matrimonio. El matrimonio no se
define por la convivencia ni por el sexo, sino por el
hecho de que dos adultos puedan dialogar desnudos
durante períodos prolongados sin tener sexo. En las
relaciones furtivas, tal vez los amantes intercambien
un par de palabras antes de vestirse, no mucho más;
mientras que en el vestuario los hombres hablan
desnudos durante mucho más tiempo que el que le
dedican a sus esposas estando vestidos.
El vestuario me resultaría menos desconcertante
si fuera un trámite de paso. Comprendería que los
hombres, luego de la actividad deportiva, y antes de
regresar a sus trabajos, necesitaran bañarse. Pero
lo que veo en el vestuario es que los usuarios se demoran,
desnudos, en actividades de la más diversa
índole: está el que discute de política, el que lee el diario,
el que silba, el que canta, incluso el que come, sin
cubrir sus partes pudendas.

La sola sensación de estar desnudo me
resulta incómoda. Pero en el vestuario
los hombres se desplazan como si fuera
una peatonal.


Como mis disciplinas son solitarias —correr en la
cinta, pesas, abdominales—, afortunadamente no
debo dialogar con nadie ni antes ni después de pasar
por el penoso trámite de bañarme, pero los demás
habitantes del vestuario parecen disfrutar de hallarse
desnudos entre hombres.
Y debo reconocer que nunca he visto en las filmaciones
y fotos de campos y playas nudistas, la naturalidad
de los rostros de los habitantes de los vestuarios,
mientras ensayan improvisados pasos de baile para
festejar el gol que convirtieron minutos atrás, o directamente
reproducen la jugada asumiendo poses
indecorosas.
Cuando vemos una película de cárceles, el principal
momento de terror para los hombres es el de las duchas:
los condenados, desnudos, compartiendo un
reducido espacio. Pues bien, en el vestuario yo he
visto a hombres libres demorarse en las duchas comunes
como si fuera un momento de esparcimiento.
Se les cae el jabón y lo levantan con parsimonia.
La sola sensación de estar desnudo me resulta incómoda.
Pero en el vestuario los hombres se desplazan
como si fuera una peatonal. Creo que del mismo
modo que por medio de reglamentos y carteles se
logró erradicar el cigarrillo de los espacios públicos,
deberíamos legislar límites para el comportamiento
en los vestuarios. Prohibir dialogar desnudos. Prohibir
el secado de más de tres minutos. Prohibir el
entalcado en público de las partes pudendas. Prohibir
la interpretación de canciones, ya sea por voz o
por silbido, luego de haber salido de la ducha y antes
de vestirse. Quienes deseen entregarse a cualquiera
de estos hábitos podrían concurrir a un vestuario
nudista.
Que la naturaleza de los hombres cambia radicalmente
al concurrir al vestuario puede deducirse de
una breve anécdota que me narró su protagonista.
En el club al que concurro la pileta techada está directamente
ligada a los vestuarios por medio de escaleras.
Se sale de la pileta y se ingresa al vestuario
sin tener que pasar por el exterior. En cierta ocasión,
una agraciada dama, habiendo sufrido un percance
con el corpiño de su biquini, salió de la piscina y, confundida
por el vapor y las antiparras, entró, ya con
el corpiño en la mano, al vestuario masculino. Los
hombres no dirigieron hacia ella sus miradas; como
una suerte de Lady Godiva, la dama pudo retirarse
sin sufrir asaltos, ni silbidos, ni piropos. Ni siquiera
una mirada de desconcierto. No la registraron.
—Ni siquiera levantaron la vista— me dijo al borde
de las lágrimas— ¿Tan fea soy?
Yo no le podía quitar los ojos de encima, ni siquiera
vestida. De modo que no tuve que esforzarme para
decirle la verdad:
—No sos vos, son ellos. En el vestuario no hay heterosexuales.


Fuente: Revista SH