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¿Por qué creo en Dios?

¿Por qué creo en Dios?

¿Por qué creo en Dios?


A menudo se afirma, y con razón, que las pruebas racionales de la existencia de Dios sólo convencen a los ya creyentes, y esto a medias. Ante ello, el autor se arriesga a proponer otras "pruebas" que se basan no en la razón sino en la propia existencia creyente. Lo hace de un modo tan personal y comprometido que resulta muy convincente.





La cuestión sobre la existencia de Dios no es una cuestión banal. Nos incumbe a todos, creyentes y no creyentes. Y nos incumbe con una realidad que va más allá de sí misma y atañe los confines de nuestro ser, allí donde se esbozan las cuestiones sobre el sentido y el destino.

Se ha escrito que las pruebas sobre la existencia de Dios tienen la singularidad de convencer a los que ya creen y de no convencer a los que no creen. Tal vez se deba a que no han atendido a sectores vitales a los que no llega la sola razón. Lo más honrado sería con­siderar que la creencia y la increen­cia nos atañen a todos, y lo mejor será dirigirse al incrédulo que está latente en nosotros y al creyente que late en el fondo del incrédulo. Todos los hombres son aquí parientes cercanos.



En este escrito tomaré una doble opción. En primer lugar, la de considerar que al comienzo la cues­tión no debe ponerse tanto en querer demostrar la existencia de Dios cuanto en mostrar hasta qué punto Dios es creíble. La segunda opción será la de hablar en primera perso­na. Es cierto que voy a hablar como teólogo. Pero el teólogo es insepa­rable de la persona. Si soy teólogo, si continúo siéndolo, es porque yo creo. Si soy teólogo es porque creo que esta fe vale verdaderamente la pena. Este "yo" del que hablo es también, en parte, el de mis lecto­res. Casi todos nos podemos encon­trar en este itinerario. Hemos nacido en la misma civilización; somos hijos de la fe cristiana y nos hallamos con no creyentes que nos hacen las mismas preguntas. Creo que el "yo" que aquí se empleará podrá ser el de cada uno de noso­tros.

Una última observación. Los pasos que voy a dar no pretenden seguir un orden estrictamente lógico. Cada uno puede seguir su propio orden. No pretendo que cada razón tenga el mismo peso. En estas materias se trata, sobre todo, de una convergencia de razones. Es posi­ble que, para alguno, tal o cual razón no sea válida.


1. CREO EN DIOS "PORQUE" HAY INCREDULOS


Es evidente que el "porque" debe de estar entre comillas. Su preten­sión es la de ampliar nuestro campo de reflexión dando a entender que no se olvida el mundo de la increen­cia.





1. Porque me demuestran que creo libremente



La existencia de ateos me mani­fiesta que hay hombres que pueden vivir sin creer en Dios. Esto me enseña que la afirmación de Dios no se puede imponer. Si no es inevi­table, soy libre. En esta situación me siento a gusto. Mi confesión de Dios es una elección, un acto de libertad. Y para mí es un acto de libertad que me libera.

Esto es importante. Acepto que muchas cosas me vengan impues­tas por coacción, incluso por coac­ción racional o lógica. Pero creo que me sería difícil de soportar que Dios me viniese impuesto así, ya que tendría la impresión de una imposición violenta.

A partir de los no creyentes experimento que mi fe es libre. Por esto puedo decir que creo "porque" hay incrédulos. Puedo desear que todos los hombres lleguen a la fe en Dios. Pero deseo también para ellos la libertad. La fe debe seguir siendo el mayor ejercicio de mi libertad.



2. Porque me fuerzan a ser crítico con mi fe



Hallo otro motivo para incorpo­rar a los incrédulos en la trayectoria de mi fe: los ateos son a menudo más exigentes que nosotros y tienen a veces una idea de Dios muy elevada. A menudo renuncian a creer por este motivo. Tal es, por ejemplo, la objeción sobre el pro­blema del mal. Su expectativa de Dios es tan exigente que no toleran que se acepte la existencia de Dios ante tal escándalo. También noso­tros tenemos conciencia de esta objeción, pero es posible que no le prestemos la suficiente atención. Nuestra tesis sobre la "permisión del mal" puede parecer llena de ambigüedades. Los no creyentes me enseñan a estar más atento y a ser más exigente en la confesión de mi fe.

Tengo la impresión de que mientras los creyentes insisten sobre la existencia de Dios los no creyentes suelen preguntarse sobre la naturaleza de Dios. El no creyen­te me invita a tener una idea de Dios menos fácil; más que pedirme demostraciones de la existencia de Dios me pide que le muestre y le pruebe con hechos en qué Dios creo.



3. Porque me revelan que en mí hay algo de incrédulo



Existe una tercera realidad que me enseñan los no creyentes. Su presencia me revela que en mí existe también el incrédulo. Es cierto que se da la división entre creyentes y no creyentes. Pero esta distinción es, a veces, demasiado cómoda. La frontera entre fe e increencia pasa por dentro de cada uno. Hay incrédulos que se pregun­tan a veces: "¿y si fuera verdad?". Algo semejante sucede a creyentes. Esto prueba que todos los hombres se parecen. Y, como creyente, aprendo a no ser un hombre arro­gante, sin lisuras y fanático. No olvidemos que Sto. Tomás decía que la existencia de Dios no es evidente con la evidencia propia del mundo de los objetos.

En todo hombre se da la duda y la fe. Yo diría incluso que la duda y la fe hacen honor a dos dimensiones que existen en nosotros. A su manera hacen también honor a Dios. Y es que, no lo olvidemos, nuestro Dios se ofrece a nosotros en esta fragilidad. Se niega a violentarnos y a anular nuestra liber­tad. La grandeza de Dios consiste en haber creado un ser que pueda decirle sí o no.

San Pedro nos asegura: "Hacéis bien en prestar atención a la palabra como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despun­te el día y se levante en vuestros corazones el Lucero de la mañana" (2 P 1,19). La fe se ofrece al corazón y a la inteligencia del hombre que somos. Es como la vigilante lám­para que brilla en nuestras iglesias; se levanta desde la profundidad de nuestra noche; se ofrece para que vivamos de ella; se ofrece como razón de vida. Así, el no creyente, me estimula sin cesar para que mi fe permanezca despierta, brillante, de modo que no cese de reanimaría continuamente; a veces, paradóji­camente, a partir del fuego de los no creyentes.





II. CREO EN DIOS "PORQUE" HE NACIDO EN UN HOGAR CRISTIANO



Pienso que esto es así para casi todos nosotros. Si fuese norteafri­cano o asiático sería ahora musulmán o budista. Salvo en casos de conversión, sucede como si heredá­semos la fe en la que hemos nacido.

Esto parece ser una objeción a la fe. Por ello he puesto entre comillas el "porque".

Reconociendo la dificultad que crea lo que acabo de admitir, puedo decir en verdad que yo he "asumi­do" esta fe que he recibido. He descubierto que la fe cristiana merece ser creída. Sin negar el valor de otras religiones, creo en la excelencia de la rama judeo-cristia­na.

Y la razón es ésta. Se ofrecen al hombre dos grandes posibilidades. Por una parte la religión, la cual implica el riesgo de elevar a Dios a una cumbre tan exclusiva que no haya lugar para el hombre. Por otra parte se ofrece al hombre el huma­nismo, que es una afirmación tal del hombre que comporta el riesgo de denegar al hombre toda apertura a la trascendencia. El hombre queda como encerrado en el hombre.

Personalmente no me siento en ninguna de las dos posiciones exclusivas, aunque me encontraría bien en las dos dimensiones. En esta situación, el cristianismo me aparece como la religión que consigue ser a la vez una afirma­ción radical de Dios y una afirma­ción radical del hombre. Jesucristo se entrega plenamente a Dios y plenamente al hombre; es total­mente religioso, filial y totalmente humano, fraterno. Apasionado por la causa de Dios y apasionado por la causa del hombre.

Ver así reunidas las dos aspira­ciones fundamentales me parece una intuición tan genial que seguramente es para mí la razón prin­cipal de mi fe cristiana.

Yo descubro en esta posición genial del cristianismo un signo impresionante. Esta disposición es tanto más genial cuanto no se trata del fruto de un raciocinio sino que es el resultado del comportamiento de un hombre, Jesús, que ha podido vivir así. Hay aquí un signo de verdad, ya que el hombre está intrínsecamente tentado por posi­ciones maniqueas exclusivistas y dualistas.

He expresado mis razones perso­nales para creer en el Dios de los cristianos. Así he asumido la fe que recibí, y esta reasunción es un modo de conversión.

El camino de hallar la fe por sí mismo es posible, pero no es el único camino. Decía Sartre: "Yo no soy lo que he hecho de mí; soy lo que he hecho a partir de lo que han hecho de mí". Es cierto; el hombre no es una libertad absoluta, sobre él pesa toda una herencia cultural y biológica. El hombre es una libertad en situación que puede retomar su propia herencia.

Es necesario despedir al mito de la "tabla rasa". Esta no existe. Nadie nace sin un bagaje (Ricoeur) y no hay por qué lamentarlo (Gadamer).

Cuando uno nace cristiano rea­sume la fe recibida y se re-encuen­tra en el mismo sentido en el que el convertido se encuentra. Se habla con facilidad del incrédulo que se convierte en creyente. ¿No se podría hablar también del creyente que se convierte en creyente?.





III. CREO EN DIOS "PORQUE" HE NACIDO EN UN HOGAR CREYENTE



Esta razón de creer no está muy lejos de la expuesta anteriormente. Sin embargo, ofrece contornos lo bastante específicos como para justificar la distinción. Concreta­mente: se puede haber nacido en un medio sociológicamente cristiano sin que esta relación al cristianismo vaya más allá de una mera pertenencia superficial. La situación de la que ahora trato es la de un hogar en el que existe una fe viva explí­citamente orientada hacia Dios, y que por lo mismo se contra distin­gue muy claramente del ateísmo.

Como en el precedente aparta­do debo reconocer un hecho. Admito que si hubiese nacido en una familia atea probablemente hoy sería ateo.

Entonces, ¿cómo comprender la verdad personal de mi fe?. También aquí diré que creo haber asumido como valor personal esta fe; aun­que, a diferencia de un convertido, la he reasumido en mi propio terre­no. He asimilado esta fe creyente porque he descubierto que hay un particular sentido en el hecho de creer en Dios. Percibo en la cuestión sobre Dios un modo de propo­ner un discurso que es profunda­mente dador de sentido. Proponer la cuestión acerca de Dios es pre­guntarme por el sentido último de mi existencia. Es proponerme el sentido del sentido.

Es verdad que el amor, el trabajo, el servicio, la belleza, no necesitan ser confirmadas por Dios para tener un sentido. Pero mi convic­ción es la de que el sentido siempre requerirá tener un sentido. En el fondo, el sentido tiene necesidad de ser preservado; tiene incluso nece­sidad de ser salvado.

Creo que aquí se halla la entraña de la pregunta religiosa. Si Dios no es una cerrazón sino una llamada hacia más arriba y más lejos, enton­ces es muy razonable que dirija mi interrogante en esta dirección y que empiece a percibir cierta respuesta. Porque hay ciertas preguntas que conllevan en sí mismas una res­puesta.

Pascal reconocía el problema con el que nos hallamos. Escribe que la religión cristiana tiene algo de asombroso. En seguida capta la posible objeción: "afirmas esto porque has nacido en ella". Reconoce el valor de esta dificultad, y no obstante concluye: "pero aunque haya nacido en ella sigo hallándo­la así".

La observación de Pascal es esclarecedora. Si uno ha nacido en un ámbito creyente puede cuestionarse la autonomía de su propia fe. Es una fantasía el creer en un nacimiento culturalmente "inma­culado". Es olvidar, una vez más, que todos hemos nacido en un lugar determinado y que hemos sido precedidos por una determinada concepción de la existencia. Ac­tualmente, en antropología, lejos de considerar esta situación como una desgracia, se la descubre como una suerte. Se nos dice que somos seres de una cultura, enraizados en una tradición. Se trata de las con­diciones de nuestra identidad, de nuestra libertad. Esta antropología sigue un camino inverso al del racionalismo que cree que absolu­tamente todo debe de ser descubier­to por uno mismo y por la propia razón.

El hombre está preocupado por salvar su identidad. Pero hoy se descubre que vivir la propia identidad supone también vivir el propio nacimiento. El hombre, ser cultural, es un "ser que ha nacido".

Lo quiera o no, el hombre es precedido por respuestas. Esto es particularmente cierto en la cues­tión religiosa. Pero uno puede interrogar estas respuestas, las puede someter a prueba, puede cuestionarías.

El hombre más bien interroga respuestas que responde a pregun­tas. Al fin y al cabo las preguntas, ¿no nacen precisamente a causa de la presencia de respuestas?.

El hombre no entra en la vida con capacidad de responderlo todo. Tiene necesidad de claves. Por mi parte, pienso que la mayoría de las claves que propone el cristianismo permiten descifrar el sentido último de la vida al hombre que yo soy. Y sobre todo, estas claves no sólo me permiten descifrar; me permiten vivir.





IV. CREO EN DIOS PORQUE EXISTE JESUCRISTO



Se comprenderá que no ponga el "porque" entre comillas.

Yo creo en la divinidad de Jesús, pero me fijo ahora sólo en su humanidad.

Hace dos mil años vivió en esta tierra un hombre humanamente digno de fe. Esta afirmación me parece indiscutible. Este hombre ha creído en Dios y me impresiona.

Jesús, que no aparece como un inquieto en busca de compensacio­nes, ha hablado de Dios serenamen­te.

Para mí, Jesús es motivo de fe. Por una parte ha dado todas las garantías de una existencia humana serena y comprometida, ha estado muy cercano a la tierra, ha afirmado al hombre de modo absoluto, y por otra parte ha confirmado la dimen­sión trascendente del hombre.

Me interesa que él hable de Dios, a pesar de la condena de los sumos sacerdotes y a pesar del antitesti­monio de los portadores de la ortodoxia.

El Dios del que Jesús da testimo­nio no es banal. Ama a los peca­dores y comparte su mesa con escándalo de los fariseos. Devuelve toda su dignidad a la mujer que debía ser lapidada. Trata con la samaritana, una hereje. Acepta la invitación del publicano y lo elogia a pesar de su mala reputación. No tiene en cuenta el sábado cuando se trata de salvar a la persona. Purifica el templo, lugar sagrado por excelencia. Este Jesús es el que va a preferir a los pobres sin que esto suponga ningún resentimiento contra los ricos y poderosos, a los que sabe decir lo que quiere en el tiempo apropiado.

Jesús ha mostrado una conducta revolucionaria en el plano religioso que ha conmocionado a sus con­temporáneos.

Pero veamos nuestras propias reacciones. En el fondo, el Dios que anuncia Jesús no es el Dios que esperamos, no es el Dios de nues­tros fantasmas e infantilismos; tampoco es el Dios de nuestras dignas filosofías.

Jesús no ha estado al abrigo de la inquietud y el combate interior que atraviesa a todo hombre al verse descalificado por aquellos que tienen el derecho y el depósito de la ortodoxia.

Jesús pasa por la angustia del huerto de los olivos; da un terrible grito en la cruz donde sufre la tentación de verse abandonado por Dios.

En esta imagen que Jesús dio de Dios es donde realmente se puede hallar a Dios. Al final de esta agonía, el Dios al que Jesús anuncia manifiesta que es el verdadero Dios y da la razón a Jesús contra sus perseguidores.

He aquí por qué creo en Dios a causa de Jesucristo, o mejor dicho, gracias a Jesucristo.

El cree en este Dios hasta el fin, contra todas las evidencias. El combate la vida humana con singular veracidad y esto no le separa de su fe en Dios. Una fe que no es trivial. Una fe que lo tiene todo a favor porque lo tienen todo en contra.





V. CREO EN DIOS PORQUE ESTA FE ME CONSTRUYE



Encuentro en la fe en Dios una dimensión fundamental y radical de mi existencia. Sé que la fe puede aparecer a algunos como un com­ponente extraño que viene como desde fuera de nuestra humanidad, como algo impuesto.

Personalmente creo que este análisis es inexacto, incluso desde una perspectiva antropológica. Pienso que se trata de una dimen­sión coherente con otros compor­tamientos humanos que, desde un punto de vista fenomenológico, podría considerarse como inma­nente a nuestra humanitas.

Tomemos el término "fe" sin darle por el momento una conno­tación religiosa. ¿Puede vivirse sin fe?. Se puede vivir sin fe religio­sa; pero no se puede vivir sin ningún tipo de fe. La palabra latina fides es la raíz de palabras como "con­fianza", "confidencia"., Algo semejante se podría decir del tér­mino latino credere, que ha dado lugar a “creer”, "crédito"... y que se halla en muchas expresiones coloquiales. Si estos términos pasan a nuestro vocabulario cotidiano es porque expresan y representan una dimensión "natural" de nuestra existencia. Se trata de una dimen­sión que nos constituye y sin la cual nos resultaría difícil comprender­nos. En realidad el creer es tan inherente al hombre como, el pensar, amar, trabajar... Es un compor­tamiento que permite este descen­tramiento de sí mismo que es indispensable para vivir con los demás. Desde aquí la fe en Dios me aparece como una actitud digna del hombre ya que dice algo importan­te acerca del hombre. El creyente no tiene el deber de justificarse con­tinuamente como si sólo el no creyente viviese en la actitud sen­sata.

A menudo se hace la objeción de que la fe crea su objeto para satis­facer un deseo o una insatisfacción; pienso que la fe no crea su "objeto" (Dios) sino que lo descubre. La fe me aparece como una actitud que desvela algo oculto, que descubre. Transformando la célebre fórmula de Freud diría que la fe no es una "ilusión" sino una "alusión". Una alusión a algo muy discreto que percibimos en ciertos momentos como un eco dentro de nosotros mismos y que la fe nos desvela y nos revela. La fe es como una capacidad de descubrimiento a la que ninguna de mis otras capacidades puede llegar.

Aun cuando se habla de deseo o de necesidad, no veo en ello algo sospechoso a priori. El deseo de amar o el deseo de comprender no convierten a estos dos realidades en vacías. Esta necesidad o este deseo más bien manifiestan una realidad que sólo espera ser investida. En este sentido no dudaría en conside­rar a la fe como inventiva: descu­bre, encuentra. La fe revela en el hombre una dimensión propia.

La fe señala la existencia de una "alteridad". Indica la existencia posible de una alteridad radical, de este otro que buscamos en los demás, pero que a la larga se desgasta en mí y en los otros. El "otro" aquí tiene un nombre: el Otro, el Otro del hombre, el Otro de los hombres. No es bueno que los hombres estén solos. La fe desvela en mí un eco. Es decir, un acorde. Un acorde profundo que precisamente por eso es difícil de expresar.

No puedo creer que mi ser profundo se engañe tan radicalmente que en este caso haya inven­tado pura y simplemente su objeto. "El ser habla", afirma Hidegger. Mi ser habla, y seguramente ésta sea la mejor manera de entrar en la verdad; mejor, a veces, que a través de la simple razón. Es cierto que puedo equivocarme en las repre­sentaciones, perfiles y denomina­ciones. Es posible que me pueda engañar. Pero no fundamentalmen­te.

A menudo existen caricaturas y falsas representaciones que pueden conducir al rechazo o al no reco­nocimiento. Pero mi ser profundo habla, tiene su elocuencia. La fe tiene su elocuencia, como la tienen en mí otras voces.

Este derecho de la fe a expresar algo verdadero sobre el hombre, a decirle una verdad sobre sí mismo, lo encuentro tan incontestable como el derecho que tienen otras dimensiones existentes en nosotros y que pueden decimos algo sobre nosotros mismos. Este es el derecho a la fe y su capacidad de desvelar algo propio.

No se trata de caer en el fideísmo. El uso de la razón es, también aquí, incuestionable si se quiere hallar apoyo. El logos conserva sus dere­chos y deberes imprescriptibles. Pero existe una circulación del logos, hay diversos logos o sentidos, y me parece indiscutible el derecho de la fe a ser uno de ellos, con tal de que la fe se mantenga en su propio ámbito y se deje interrogar por otros logos.

Así como la gramática no es capaz de hablar de electrones, tampoco la ciencia física es capaz de hablar de fe; aunque sí puede hacerle preguntas pertinentes.

Es claro que cada realidad debe ser detectada por una capacidad adecuada. ¿Por qué debería ser de otro modo cuando tratamos de la fe?.

Nuestras dificultades en este terreno seguramente no hacen más que señalar que precisamente aquí se trata de algo tan profundo que es difícil hablar de ello con clari­dad. Pero cuando nos inclinamos sobre el brocal de nuestro propio pozo, del pozo de nuestro ser profundo, escuchamos el débil ruido de una presencia, o de una palabra que no se asemeja a otra alguna.





VI. CREO EN DIOS PORQUE ES QUIEN ES



El hombre ha buscado a menudo a Dios en el cosmos, y este es un camino aceptable; pero Dios no puede reducirse a ser el gran relo­jero del mundo y esta indagación no nos manifiesta cercano su rostro. Durante mucho tiempo se le ha bus­cado en argumentos y razonamien­tos; este procedimiento no es absur­do, pero raramente es convincente.

Supuesto que, según la fe cristia­na, somos templo de Dios, ¿no será también un camino auténtico el interrogar a nuestro ser profundo?. No temamos la realidad que hay en nosotros y escuchar en el fondo un soplo tenue pero casi palpable.

La Escritura me aparece como un gran libro de historias que Dios nos narra. Creo en Dios porque esta historia que El nos narra se entre­teje con mi propia historia, viene a aportarme un hilo, de tal modo que así puedo encontrarme y construirme a mí mismo. Insisto sobre el término "historia" porque Dios no me llega como una "sustancia" ni como Alguien inmóvil. Tomando el paradigma del camino de Emaús, Dios me aparece como Alguien que me acompaña, Alguien que se hilvana en mi historia, siguiendo el ritmo mismo de mi propia historia y de mi propia andadura. Sin turbar mi itinerario sino respetando las sinuosidades de mi ruta y las curvas de mi camino.

Un dios como Moloch estaría oprimiendo mi historia y mi ser; si así fuese, creo que yo hubiese tomado los caminos de la increen­cia y del rechazo. Pero un Dios de la historia es totalmente distinto. Es un Dios que respeta el tiempo, respeta mi tiempo. No está aquí de una sola vez y de modo inexorable sino que permite lo olvidemos y lo desconozcamos un tiempo. Acoge los altibajos de mi existencia y mis propios ritmos. Un Dios histórico - y éste es uno de los rasgos de nuestra tradición judeo-cristiana - es un Dios que, como un amigo, sabe cuándo es el momento opor­tuno y cuándo no lo es. Es un Dios que sabe adaptarse y comprender. En la historia veo una presencia de Dios de carácter más flexible, más acogedora de lo que soy.



Creo que esta categoría de his­toria es de capital importancia. Quien dice historia, dice que no todo está dictado o decidido de antemano. La realidad se va hacien­do en un recorrido, en un trayecto. Tendré el tiempo de respirar junto al pozo (samaritana), tendré el derecho de equivocarme (Pedro), tendré el derecho de luchar y permanecer ante El (Jacob) tendré el derecho de discutir (Job), y también el de gritar en el borde de mi sufrimiento (Jesús). Como también tendré, en otras circuns­tancias, el tiempo y el derecho de introducir otros acentos: el del amor, la felicidad y la alegría (María en el Magnificar).

De esta manera Dios no me viene dado de una vez, sino a medida que me voy construyendo a mí mismo. Desde esta perspectiva he com­prendido que la principal razón está en saber quién me acompaña y cómo lo hace. Sin negar la impor­tancia del problema sobre la exis­tencia de Dios creo que la cuestión sobre el "si existe" está precedida por la cuestión sobre el "qué es".

Creo que cuando se ha descubier­to así el lugar de Dios en la propia vida, Dios se hace creíble. Se convierte en una de las realidades de mi existencia, sin duda la mayor, pero una "solamente". Dios ha creado en nosotros la urdimbre de la tela. A nosotros toca enhebrar la trama.

7 comentarios - ¿Por qué creo en Dios?

@Lincey -1
¿porq creo en dios?

R: pq sos un pelotudo
@Peluca-pelusa -1
interesante, ojala abiese mas crellentes como el que escribio esto, eso aria pensar a mas personas el porque creer y porque no
@VTacius +4
Peluca-pelusa dijo:interesante, ojala abiese mas crellentes como el que escribio esto, eso aria pensar a mas personas el porque creer y porque no


Posiblemente, porque con más como tú, huirían horrorizados por tu ortohrafía.
Digo, comerte un par de tildes esta bien, pasa, pero lo que tu haces si debería ser delito contra el idioma, a veces creo que lo hacen con intención.

Respecto al texto es lamentable que existan personas que crean que adornando falacias con elocuentes palabras las volverán verdad. En serio es lamentable, todos lo expresado ya esta ampliamenta refutado