Al otro lado del espejo. (Verídica)

Al otro lado del espejo.


Siempre supe que algo extraño latía tras la luna del enorme espejo que colgaba en el descansillo de la escalinata de entrada de la vieja mansión. Nadie recordaba desde cuando estaba allí. Mi madre bromeaba a ese respecto y decía que el verdadero propietario de la mansión era el espejo porque siempre había estado allí al menos, desde que la abuela Alicia tenía uso de razón. De niña solía pararme frente a él e inmóvil miraba mi reflejo algo borroso debido a lo antiguo que era.
— Mamá, ¿a que paresco un fastasma? Solía decir con la típica lengua de trapo que tienen los niños a los 3 años.
De más mayor su visión me inquietaba porque era como no estar sola, como si aquel antiguo cachivache tuviese vida propia y me estuviera observando. Lo cierto es que llegué a cogerle miedo. Detestaba estar sola en casa con aquel maldito espejo, me daba escalofríos. Sin embargo, todo parecía estar tan solo en mi voraz imaginación.

Hace dos años, cuando cursaba el último año en la facultad de historia, cayó en mis manos uno de esos libros inclasificables pero interesantes. Era algo así como un compendio de historia, mitología y leyendas sobre los espejos. En aquel momento no lo relacioné con el viejo espejo de la escalinata, simplemente me pareció interesante y empecé a leerlo. Al principio, el libro no dejaba de ser una recopilación de los grandes mitos de la literatura; que si Alicia en el país de las maravillas, que si Narciso...pero a medida que el libro iba avanzando otro temas menos literarios y más inquietantes iban apareciendo. Anécdotas históricas, refranes, supersticiones, espejos con valores incalculables y lo que más me llamó la atención, espejos malditos. Era sorprendente ver el inmenso vademécum de espejos catalogados como malditos que estaba recogido en aquel tomo. Debía llevar como tres cuartas partes del libro leídas cuando de pronto en el apartado de espejos malditos vi una foto de un espejo idéntico al de casa.

Espejo roba almas:
Estos espejos fueron de los primeros que se fabricaron tras el descubrimiento del espejo por los técnicos italianos de Murano y datan de finales del siglo XVI. Dice la leyenda que el primer “espejo roba almas” perteneció a una “stregha” (denominación que reciben las brujas italianas) que por miedo a que se lo robaran — en aquella época casi no habían espejos y era muy codiciados — maldijo la pieza. La "stregha", a diferencia de las brujas nórdicas, es un agente del placer, una servidora del Eros, una mercenaria del amor y como tal el espejo se convertía en un arma indispensable a la hora de estar bellas para cautivar y seducir a sus victimas.

— Maldijo la pieza... ¿Y ya está? ¿Como puede dejar esto así, sin poner cuál es el maleficio? ¡Joder! Que mal rollo.

Casi hubiese sido mejor no haber leído nada. Ahora conociéndome me iba a volver loca buscando información sobre aquel horrible espejo. Y así fue. Aquella misma tarde volví a la biblioteca y pasé la tarde buscando libros sobre espejos, maldiciones y brujería sin demasiado éxito. Por la noche, de camino a casa, pensé en descolgar el maldito espejo y tratar de ver si tenía algún tipo de inscripción o algo parecido. De todos modos iba a necesitar ayuda ya que aquel “espejito” debía pesar un montón.

— Hola Mama. ¿Está Miguel en casa?
— Sí, tu hermano debe estar arriba con su ordenador, como de costumbre.
— ¡Miguel! ¡Baja a echarme una mano please!
— ¿Qué ocurre? Dijo mi hermano desde la parte alta de la casa.
—Que necesito una mano para descolgar este espejo
— ¿Y eso? Preguntó mi madre desde el hall de entrada
— Ahora os cuento mi último descubrimiento

Les expliqué a grandes rasgos lo que ponía en el libro de los espejos y mi inquietud al respecto de aquel horrible espejo en particular.

— ¿Y por una tontería que has leído en no sé que libro pretendes descolgar ese mamotreto? Además, igual no pone nada en la parte trasera. Dijo mi hermano deseando no tener que descolgar aquel pesado objeto.
— Por fa...venga...hazlo por mí.
— Esta bien, pero si es rompe la mala suerte te la quedas tú. Respondió entre risas.

La verdad es que aquel espejo pesaba una barbaridad. Lo descolgamos y lo pusimos de cara a la pared para poder ver la parte trasera. Allí sólo había un papel adhesivo sucio y medio roto pegado en la madera donde con dificultad se podía leer “antigüedades cohimbres”. De pronto tanto yo como Miguel nos sentimos mal. Algo mareados, como si el esfuerzo realizado hubiese sido muy superior al real.

— A saber si eso aún existe y de existir a saber dónde puede estar. Dijo Miguel con cierto escepticismo
— Menos da una piedra. Buscaré en internet a ver si suena la flauta.

Tras colgar aquel espejo de nuevo me mentí a navegar por la red en busca de aquella casa de antigüedades. Me pasé un buen rato rebuscando entre miles de falsas pistas y referencias y al final encontré un link que pintaba medianamente bien; “Casa anticuario Cohimbres desde 1817”. Al parecer era un anticuario de valencia y al menos en apariencia todavía estaba en funcionamiento. Entré en el link y apunté el número de teléfono que aparecía en la página. En ese instante Miguel entró en la habitación.
—¿Qué tal tu búsqueda?
— Encontré el sitio. Está en valencia y parece que aún existe. Llamaré mañana por la mañana. A esta hora estará cerrado sin lugar a dudas.
A la mañana siguiente esperé que diesen las diez y llamé a aquel teléfono.

— A ver...96 453 65 87.
— Cohimbres dígame...
— Hola buenos días. Mire llamo desde Madrid porque estoy intentando averiguar los orígenes de un espejo antiguo en cuyo dorso estaba pegada una etiqueta vuestra.
—¿Cuándo se adquirió el espejo?
— No tengo ni idea pero como mínimo antes de 1935.

Si la abuela recordaba haberlo visto siempre ahí al menos podía usar el año de su nacimiento como referencia.

— ¿1935?...uufff...creo que de entonces no guardamos ningún registro. Voy a preguntar al propietario pero creo recordar que los archivos se remontan a 1950. Lo único sería que el padre del actual propietario que fue quien llevaba esto antes recordase algún dato. Lo que ocurre es que tiene noventa y un años y no sé hasta que punto...Bueno voy a hablar con Max y le digo algo. ¿Dónde puedo llamarla? ¿Y su nombre es?

Aquella mañana se me hizo eterna. No fue hasta media tarde que la mujer que me había atendido me volvió a llamar.

— ¿Puedo hablar con Verónica Aguilar?
— Si soy yo.
— Hola Verónica, soy Sandra de Cohimbres. Hemos hablado esta mañana.
— Sí, dígame.
— El propietario me comenta que no hay registros tan viejos y que aquí sólo cabría la posibilidad de mirar de preguntarle a su padre. Le voy a dar un mail para que me pase una foto del espejo y todos los datos que pueda a su respecto y en cuanto podamos le decimos algo.
— No sabe como se lo agradezco. Dígame el mail.
— Cohimbresantic@hotmail.com
— En seguida les hago llegar la foto. Gracias de nuevo.

En cuanto colgué fui a por mi cámara digital y me puse frente a aquel espejo para tomar una foto. Luego la pasé al ordenador con el fin de mandarla pero...sorpresa. Al ver la foto en el ordenador me quedé helada.

— ¿Qué coño hay dentro del espejo? Exclamé algo asustada

Amplié la imagen hasta dónde me fue posible y enfoqué nuevamente la imagen. El espejo estaba lleno e caras. Caras con expresiones de terror, con muecas dantescas, caras que se superponían, caras que a juzgar por sus peinados y atuendos no era actuales sino de épocas pasadas. Me aparté de un brinco del ordenador y caminé lentamente hacía aquel diabólico objeto. Estaba muerta de miedo.

— ¿Quiénes son esas personas, que les has hecho? ¿Qué eres exactamente? ¿Qué quieres de nosotros?... ¿Qué debería hacer? Me pregunté finalmente a mi misma.

Envié el mail al anticuario explicándole lo de las caras y pidiéndole cualquier dato que pudiese recordar. Un vez hube enviado el mail busqué en Internet librerías esotéricas en Madrid. Quizás ahí encontrase algún libro dedicado a objetos malditos. O eso, o llamaba directamente a un exorcista, o a Mulder y a Scully. Así que comí algo y me fui a la librería Mandrágora, aparentemente la más grande de Madrid capital. Pasé allí toda la tarde y tan sólo encontré un libro sobre brujería en la Italia del siglo XV y XVI dónde se hacía mención a los rituales con espejos. Me llevé el libro a casa con el fin de leerlo entero y estudiar su contenido. Devoré sus páginas durante toda la noche, apenas dormí y cuando llevaba más del ochenta por ciento del libro encontré un dato interesante.

Espejos malditos:
Existen numerosas referencias históricas que hacen mención a maldiciones asociadas a espejos. La mayor parte de ellas entroncan con las supersticiones y creencias populares de que los espejos son una puerta a un universo paralelo o bien a que cuando en una casa muere alguien deben cubrirse los espejos para que el alma del difunto no quede presa en ellos. También hay que recordar la superstición popular respecto a la mala suerte derivada de la rotura de un espejo o la leyenda asociada al mundo de los vampiros según la cual estos seres no poseen reflejo alguno. De todas estas supersticiones o leyendas la que más peso ha adquirido a lo largo de los años es probablemente la de cubrir los espejos cuando alguien muere. Esta leyenda en particular entronca con las múltiples referencias que existen en el imaginario italiano sobre el uso que las "streghas" (denominación que reciben las brujas italianas) hacían de los espejo; en especial con el maleficio atribuido a los espejos roba almas*.

Acto seguido busque el asterisco en los anexos.
*Espejo roba almas: los espejos roba almas surgen en Murano a finales del SXVI. Formaban parte de los primeros espejos que vieron la luz y la leyenda cuenta que las “streghas” de la zona fueron sus primeras compradoras. Para ellas el culto al cuerpo y la belleza eran la razón de ser su magia que era básicamente amorosa; de ahí que los espejos fuesen para ellas de vital importancia. Por el miedo a su robo, ya que en la época eran considerados objetos de lujo, lanzaron sobre ellos una maldición que vinculaba los espejos a la casa donde estaban quitando la vida y atrapando en su interior el alma de todo aquel que pretendiese robarlos.

— ¿Y si no lo robo pero lo saco de mi casa? Mmmmm...Esto no pinta nada bien. Porque si están asociados a una casa en cuanto trate de sacarlo el espejo interpretará que lo roban. Pero por otra parte...no siempre estuvo en nuestra casa. Si eso es así alguien debió morir al sacar el espejo de su localización original. A menos que no exista una manera o que se deshiciera el hechizo. Pero no creo que el hechizo esté desecho, si lo estuviera no creo que apareciesen las caras de la fotografía. ¿Y que ocurre cuando lo pones en otra casa? ¿Cuál es entonces “su casa”? Uuuuffff.

Me estaba poniendo enferma con aquel rompecabezas. La única cosa que aun me quedaba pendiente era hablar con el viejo anticuario. El debería acordarse de dónde salió aquel espejo, de cómo lo sacaron de donde estaba y lo que es más importante de qué pasó con los implicados en aquella transacción. Cerré el libro y me fui directa al botiquín del baño a por una aspirina. Tanto leer y darle vueltas a aquel asunto me había puesto un dolor de cabeza insoportable. Al salir de baño la curiosidad me hizo bajar las escaleras y acercarme a aquel espejo. Primero lo miré de lado desde la escalinata y luego avancé hasta ponerme frente a él. No sin un cierto temor me fui acercando hasta tocar su luna con las palmas de mis manos. En ese preciso momento recordé el mareo y el mal estar que tanto Miguel como yo sentimos al descolgarlo. Aquello debió ser un preaviso sutil que nuestro querido espejo nos estaba haciendo.

—¿Y si por desconocimiento te llegamos a sacar a la calle? ¿Y si a mi madre se le llega a ocurrir llevarte a restaurar? ¿Y si...rompo tu luna?

De pronto era incapaz de separar mis manos del espejo o de moverme. Sentí que mis fuerzas mermaban, que iba a perder el conocimiento.

—¡No lo decía en serio maldito hijo de Satán! ¡Déjame en paz!

A la tarde siguiente desperté en mi cama con mi madre sentada expectante en el orejero de la esquina.
— ¿Mamá? ¿Qué...?
— Esta mañana cuando bajé a desayunar te encontré tirada inconsciente en el suelo del rellano frente al espejo. Miguel te subió hasta el cuarto y mientras yo llamé al médico. Aparentemente no tienes nada, sólo un desvanecimiento debido quizás a la falta de sueño o el calor.
— O a nuestro queridísimo “Espejo roba almas”
— ¿De qué hablas cariño?
— Todavía no tengo la información necesaria, cuando la tenga os contaré todo pero hasta ese momento que a nadie se le ocurra acercarse a ese maldito espejo, ni para mirarse. ¿Me has oído mamá?
— Si te he oído pero... ¿y eso?
—No preguntes y hazme caso ¿vale?
— De acuerdo hija, de acuerdo.

Acto seguido me incorporé y aunque todavía me sentía débil bajé hasta la planta baja —tratando de ni tan siquiera mirar al espejo — fui a la cocina, abrí la nevera, cogí algo de embutido y un pedazo de pan y me dirigí al salón con el fin de llamar al anticuario.

—Cohimbres dígame.
— Buenas tardes, ¿podría hablar con Sandra?
— Sí, soy yo misma.
— Hola Sandra. Soy Verónica Aguilar que llamé ayer para preguntar sobre un espejo antiguo.
— Si ya recuerdo. Un segundo que le paso con Max que le contará lo que ha podido averiguar.

La espera se me hizo eterna. Que manía tenían ahora en todos lados de dejarte a la espera con esas horribles musiquillas de fondo. Me daban dolor de cabeza.

¾ Buenas tardes soy Max.
— Hola buenas tardes, mi nombre es Verónica Aguilar y llamé ayer respecto a un viejo espejo.
— Si lo sé. Mandó usted la foto por mail y una foto así de extraña no pasa desapercibida. ¿Qué es lo que se ve dentro del espejo?
— Esperaba que usted o su padre me lo pudiesen decir...al natural no se ve nada pero al hacerle la foto...
— Ayer por la noche le pregunté a mi padre acerca del espejo en cuestión. Primero, pensé que ni tan siquiera sabía de que le hablaba pero cuando vio la foto su cara se trasformó y adopto una expresión de terror que jamás había visto. Se puso muy alterado y me preguntó de dónde la había sacado. Le conté toda la historia y cuando acabé me dijo muy nervioso que ese espejo era el mismísimo diablo.
— ¿Y?
— Cuando conseguí que se tranquilizara me contó que el tan sólo lo había visto dos veces; una de muy niño colgado en la antigua casa que mis bisabuelos tenían Venecia y la segunda y última vez fue en 1929 con trece años cuando su padre llevó el espejo a Valencia para venderlo. Me dijo que el espejo llegó completamente tapado y que jamás lo vio destapado mientras estuvo en la tienda. Que lo vendieron a un precio bastante bajo y que se compró a través de una fotografía y el documento original donde constaban la fecha de fabricación y el origen.
—¿Y esa fotografía era como la mía?
— No lo sé, no me habló de ella.
— ¿Dijo algo respecto a cómo sacó su padre el espejo de la casa, o si después de sacarlo hubo algún suceso fuera de la normal?
— Sólo me dijo que si quería saber más sobre el espejo que debería recurrir a los archivos de la diócesis de Santa Maria del Sufragio en Venecia, en la vía Asseggiano. Que buscase entre los casos catalogados como “brujería y exorcismo” de finales del siglo XVI. Bueno y añadió otro dato. Me dijo que no hay que mirarse en ese espejo que lo cubra desde un sitio dónde el no pueda verla, que ese espejo tiene ojos y oídos.
— No se imagina lo útil que ha sido hablar con usted. Dígale a su padre que si recuerda algo más que no dude en llamarme a cualquier hora del día.
— ¿Puedo preguntarle qué ocurre exactamente con ese espejo?
— ¿No lo ha explicado su padre nada al respecto?
— No. Estaba tan asustado que tuve que arrancarle las palabras.
— Digamos que es un objeto maldito, con vida propia y lo que trato de averiguar no es tanto cómo deshacerme de él, tal y como hizo su bisabuelo, sino cómo destruirlo. No quiero que pueda hacer daño a nadie más.
— Entiendo. ¿Pero realmente cree en maleficios y esas cosas en pleno siglo XXI?
— Sólo creo en lo que veo y lo de ese espejo no pertenece a este mundo, se lo puedo asegurar. Gracias de nuevo y si recuerdan algo más ya saben dónde estoy.
— Por cierto, al final cuando yo ya me iba añadió algo más y aunque yo no le encuentro demasiado sentido quizás usted sí. Dijo algo así como “Solamente un altro specchio romperà la maledizione”
— Sentido tiene mucho pero de fácil no tiene nada. Gracias de todos modos.
— De nada y suerte.

Colgué y seguí repitiendo mentalmente esa última frase “Solamente un altro specchio romperà la maledizione”. Si sólo otro espejo podía romper la maldición aquello iba a ser bastante complicado. No parecía fácil hallar un espejo igual y si aquella familia acostumbrada a buscar piezas de anticuario no lo había conseguido ¿porqué iba a lograrlo yo? Pero… ¿Un espejo igual? La frase no decía eso, la frase tan sólo decía otro espejo.
En cualquier caso lo primero era cubrirlo. No estaba dispuesta a correr más riesgos y la posibilidad de que aquel espejo fue de algún modo consciente de mis intenciones no me daba demasiada tranquilidad. Ahora sí que iba a necesitar toda la ayuda posible. Por otra parte tenía que averiguar el teléfono de la diócesis de Santa Maria del Sufragio en Venecia. Esperaba que por teléfono me pudiesen decir lo necesario; si tenía que ir hasta allí iba a ser un poco más complicado. Subí las escaleras en busca de Miguel.

— ¿Miguel? ¿Miguel dónde andas?
— Estoy en el ático. ¿Qué ocurre?
— Necesito que me eches una mano.
— ¿Para? Estoy liado.
— Baja y te cuento, es importante.
— Okey...ya voy. Mira que estas pesadita últimamente.

Antes de hacer nada tenía que contarle toda la historia. Miguel al igual que mi madre tan sólo sabía que estaba investigando sobre los orígenes de aquel espejo pero lo que no imaginaba era todo lo que había ido descubriendo con posterioridad. Ahora debía contarle todo. Era bueno que supiese con que nos estábamos enfrentando y que me ayudase a pensar cómo acabar con aquello. Le saqué fuera de la casa por prudencia y le conté todo.

— ¿Me estás hablando de este espejo? ¿Va en serio?
— Miguel, no bromeo. Te pido que me creas. Ya sé que para este tipo de cosas eres muy escéptico pero te juro que no es un cuento, ni imaginaciones mías. Es real...muy real.
— ¿Y qué pretendes hacer? ¿Un exorcismo? Dijo Miguel entre risas.
— ¡Miguel joder! No es para hacer bromitas...el tema es muy serio.
— ¡Vale, vale! ¿Y que vamos a hacer?
— Por lo pronto taparlo para que no pueda hacer daño a nadie. Ah y cuidado,...este espejo ve y oye todo. Ni se te ocurra decir nada de esto dentro de la casa y evita mirarle. Si queremos taparlo deberos hacerlo desde arriba y ser rápidos. ¿Ha vuelto mamá del centro?
— Creo que no. ¿Por?
— Esperaremos a que venga y le contaré todo. Una vez empecemos con esto hay que estar muy atentos y no cometer ningún error. Imagina por un momento que entra cuando estamos a media faena y el espejo la ataca a ella. O que lo ve cubierto y lo destapa.
— Está bien peque...por una vez y sin que sirva de precedente te haré caso.

Miguel sabía que cuando estaba hablando en serio de algo me sacaba de mis casillas que me llamara peque. Era como dar por sentado que el ser la hermana menor me convertía automáticamente en menos capaz, inteligente o algo parecido. Pero esta vez estaba tan preocupada que ni me inmuté.

Al cabo de media hora mamá entró por la puerta. Sin dejar ni que se sacara la chaqueta la llevamos de nuevo al exterior.

— ¿Pero qué pasa? ¿Os habéis vuelto locos o qué? Nos decía mientras la arrastrábamos uno de cada brazo

Nuevamente conté todo lo que sabía respecto a aquella antigüedad.

— Ahora entiendo porqué la abuela Carla solía santiguarse cada vez que pasaba frente al espejo. Posiblemente sabría algo. Yo siempre pensé que era un ritual sin más, nunca lo achaqué a un objeto en particular.
— ¿Quieres decir que ella sabía que el espejo estaba maldito? Pregunté algo sorprendida
— Quizás, o simplemente notaba que tenía algo extraño.
— ¿Y la abuela? ¿Sabes si ha comentado algo alguna vez?
— Pues que yo recuerde no y ahora después del alzheimer no sé si será capaz de recordar nada. Si quieres yo voy a ir mañana a verla a la residencia. Puedo probar a ver que dice.
— Me parece bien. Yo mañana me ocuparé de la diócesis. A ver si consigo averiguar algo más.
— ¿Y yo peque que quieres que haga?
— Primero no llamarme peque y luego podrías buscar algún libro sobre espejos y maleficios en las librerías de viejo del centro. En las esotéricas ya busqué yo y nada de nada. Quizás en las librerías de viejo encuentres algo.
— Oído cocina. Mañana me pongo a ello.
— Bueno, nos estamos olvidando de lo primero, hay que tapar a ese hijo de su madre.
— ¿Desde arriba no? Preguntó Miguel
— Tu y yo descolgamos la manta desde arriba y tu mamá esperas a nuestra señal en el salón y luego subes y con precinto pegas los extremos de la manta al cuadro. Esperemos que funcione.
— Coged una de las mantas de mi cama, son más grandes. ¿Sabes dónde están Vero?
— En el armario del pasillo ¿no?
— Exacto

Así que agarramos la manta por los extremos y contamos en silencio hasta tres. En cuanto la manta tapó el espejo Miguel silbó para avisar a mamá. Entonces mamá salió del salón subió las escaleras y precintó cuidadosamente las esquinas hasta que la manta quedó bien sujeta.

— Mañana más. Ahora con vuestro permiso me voy a pegar una ducha y a comer algo.
— ¿Y eso es seguro? Preguntó Miguel
— Esperemos.

A la mañana siguiente inicié mis pesquisas acerca de la diócesis. Lo cierto es que no me costó demasiado encontrar el teléfono.

— Pronto
—¿Diócesis de Santa Maria del Sufragio?
—Si, mi dica. Desidera?
— Parla spagnolo?
— Si, hablo algo di spagnolo. Que posso fare por usted?
— Vera, tengo en mi poder un antiguo espejo Italiano del SXVI y según su antiguo propietario en los registros de esta diócesis puede haber información sobre los procesos de brujería asociados a este tipo de espejos.
— ¿Brujería? ¿ specchios?...ma..¿Qué está buscando?
— Averiguar cómo puedo deshacerme de un antiguo espejo roba almas fabricado en Murano en el siglo XVI.
— ¡Specchio ruba animas! Fa una eternità che non sentía parlare di questo. ¿Tiene uno en il suo poder?
— Si, por desgracia.
— É fantastico! Non sabe come quería estar lí.
— Agradezco su entusiasmo pero verá…yo lo que querría saber es cómo acabar con él…”eliminare”
— ¿Eliminare? Ma… ¡Cosa dice!... ¿No hablará en serio? É una obra di arte, non puo eliminare.

En ese preciso instante comprendí que más allá de la dificultad del idioma jamás lograría que aquel hombre me entendiese. Lo que para mí era una amenaza y algo a destruir para el era una obra de arte. Así que sin pensarlo dos veces colgué el teléfono.

Aquel mediodía Miguel y yo lo pasamos enterrados entre viejos libros de esoterismo, brujería, supersticiones y leyendas urbanas. Fue cuando ya empezaban a flaquearnos las fuerzas y el sueño se iba haciendo presa de nuestros cuerpos cuando una especie de melodía extraña llamó nuestra atención. Era como una melodía muy suave, algo así como una mezcla entre un pitido y un sonido rítmico. Ambos nos miramos extrañados por aquel sonido.

— ¿Oyes eso? Preguntó Miguel
— ¿Qué puede emitir ese extraño sonido?
— Ni idea. Espera voy a ver.
— Vale.

No pasó ni un minuto cuando desde el hall de la casa Miguel exclamó con voz alarmada.
— ¡Vero ven! ¡Date prisa!
Salí corriendo por el pasillo hacia el hall. El sonido era cada vez más intenso y empecé a ver extrañas luces reflejándose en las paredes del pasillo. Luces de varios tonos que se movían de un lado a otro como si tuviesen vida propia. Miguel estaba allí inmóvil mirando hacia el espejo con la cara desencajada. Me acerqué a él y miré al espejo. A pesar de seguir cubierto el espejo había empezado a emitir sonidos y luces que parecían debilitar el tejido de aquella manta. Era como si gracias a aquellas luces la manta se hubiese ido volviendo cada vez más transparente y ahora dejaba entrever el reflejo de la luna de aquel diabólico objeto y en ella las caras que aquella fotografía había logrado captar. Sin pensarlo demasiado agarré a Miguel por el brazo y le arrastré al exterior de la mansión.
— Miguel, esto se nos va de la manos .El espejo ya conoce nuestras intenciones y o hacemos algo o será el quien lo haga.
— ¿Pero qué coño quieres hacer? ¿Acaso sabes lo que hay que hacer?
— No. Sólo se me ocurre una cosa. El viejo anticuario dijo algo que quizás…
— ¿El qué Vero?
— ¿Qué significa para ti “Solamente un altro specchio romperà la maledizione”?
— ¿Sólo otro espejo romperá el hechizo?
—Sí, literalmente es eso pero… ¿Cómo te imaginas que eso pudiese realizarse?
— ¿Es eso lo único que tienes peque?
— ¿Tienes tu acaso algo mejor? ¿O cerramos la mansión para siempre y ponemos fuera un cartel donde se lea “no entrar espejo embrujado suelto”?
— Me alegra ver que conservas tu sentido del humor. Bueno… ¿y qué propones?
— ¿Tenemos algún otro espejo grande?
— Que yo sepa…
— ¿Y en casa de algún vecino, conocido, amigo cercano? ¡Piensa Miguel, piensa y rápido por Dios!
— ¡Joder, no me pongas nervioso! ¡Nunca he funcionado bien bajo presión!
— A mi no se me ocurre nadie.
— ¡Creo que ya lo tengo! En la casa de costura del barrio donde mama lleva los pantalones para que le hagan los bajos. En una modista tiene que haber un espejo grande.
— Tiene lógica, vamos.

Entramos en la modista y sin apenas mediar palabra Miguel descolgó el espejo que tenía dentro del vestidor.

— ¡Es una urgencia, enseguida se lo devolvemos! Exclamó Miguel ante la cara de desconcierto de aquella buena mujer.

Corrimos con aquel espejo a cuestas hasta la entrada de casa y una vez allí Miguel lo apoyó en el césped y me miró en busca de instrucciones.

— No tengo ni idea ¿vale? pero la lógica me dice que lo suyo sería enfrentar un espejo con el otro cuando el maldito esté en pleno funcionamiento. Es decir, algo así como que al reflejarse en otro espejo su propio hechizo se vuelva contra él. ¿Tiene eso sentido?
— Bueno, no suena del todo mal. Seguro que en Harry Potter funcionaría pero…Vero, esto es real y ¿qué pasa si no funciona?
— Tienes razón pero… ¿se te ocurre algo mejor?
— De acuerdo, pero yo digo cómo vamos a proceder. ¿Vale Vero?
— De acuerdo.
— Tú sube la escalera sin mirar al espejo y ponte arriba. Cuando yo te diga “ya” descubres el espejo dejando que la manta caiga. Pase lo que pase no mires hacia abajo. Sólo si yo te lo digo puedes abrir los ojos. Si pasados unos minutos no oyes nada sigue subiendo y sal por el balcón del segundo piso. ¿Vale?
—¿Y tú que vas a hacer?
— Yo sostendré el espejo. Por la cuenta que me trae me resguardaré detrás de él y procuraré no abrir los ojos.
— No dejes de hablarme. Así al menos sabré que sigues bien. Y si ves que no funciona me avisas, sales de la casa y yo saldré por arriba. ¿Vale Miguel? Prométemelo.
— Te lo prometo peque.

No era un gran plan y la mera idea de volver a entrar ahí me daba pavor pero tampoco podía pensar en una solución mejor que aquella. Así que entré en la casa mirando a todos lados menos al maldito espejo de marras. Subí la escalinata y me puse justo encima de él. Sentía unas ganas increíbles de mirar pero sabía que no debía hacerlo. De ello dependía mi vida y la de Miguel. Agarré la manta y la dejé caer mientras avisaba a Miguel para que entrase en la casa. Pese a tener los ojos cerrados la luz que aquel espejo emanaba era tan fuerte que me costaba no abrirlos, sentía como si me quemasen los párpados y alguna que otra lágrima resbalaba por mis mejillas.

— ¡Miguel!, ¿cómo vas?
— ¡Voy avanzando, que no es poco! ¡Tranquila!

El ruido era ahora ensordecedor. Un pitido agudo acompañado de ráfagas intermitentes de distorsiones cómo las que emite un televisor sin sintonizar habían suplido la melodía inicial. El estruendo era tan fuerte que a Miguel le empezaron a sangrar los oídos.

— ¡Tápate los oídos peque, me temo que esto sólo ha hecho que empezar!
— ¡Date prisa por favor!
— ¡Te aseguro que por la cuenta que me trae eso intento! No te imaginas el campo de fuerza que el espejo está haciendo sobre mí.

De pronto, aquel sonido agudo cesó y se empezó a oír un crujido estremecedor y de forma casi entrelazada se podían escuchar voces de todo tipo. Voces cercanas, lejanas, jóvenes, viejas, de hombres y mujeres…
— ¿Qué está pasando Miguel?
— Sé y oigo lo mismo que tú peque. Quiero imaginar que el enfrentar ambos espejos está dando resultado y las almas atrapadas en el se están liberando. De hecho la presión que el espejo ejercía sobre mí ha remetido.
— ¡Cuanto daría por poder abrir los ojos!
— ¡Ni se te ocurra!
— Lo sé, lo sé, tranquilo.
— ¿Cómo sabremos que todo ha terminado?
— ¿Intuición?
— ¡Joder…vaya respuesta!
— No tengo una mejor, lo siento
— Está bien pero esta vez deja que la intuición sea la mía. ¿Vale?
— Vale.

Entonces se generó un silencio casi sepulcral. No se oían ni tan siquiera nuestras respiraciones; era como si se hubiese creado el vacío. Tanto Miguel como yo permanecimos en silencio intentando agudizar nuestro oído. ¿Se habría acabado todo o por el contrario aquello era tan sólo una estrategia para hacernos abrir los ojos? Creí que el corazón me iba a estallar; latía tan fuerte y tan rápido que sus pulsaciones se hacían tácitas incluso en mi cuello.

— ¿Crees que ha acabado? Pregunté con la voz temblorosa
— Todavía no te muevas. Esperaremos un momento y luego abriré los ojos. Pero sólo yo. Si todo está en orden los abres tú pero, si no te contesto, o te digo que huyas, vete escaleras arriba y sal por la ventana sin mirar atrás. ¿Vale Vero?
— Pero no voy a dejarte…
— ¡Vero joder! Te vas y punto. Si el puto espejo acaba con los dos todo esto no habrá valido de nada. ¿Lo harás?
— De acuerdo, lo haré.

En aquel preciso instante Miguel abrió lentamente los ojos y un suspiro lleno de emoción contenida y sorpresa emanó de sus labios. Sus ojos se llenaron de lágrimas y con un hilo de voz entrecortado y casi inaudible susurró:

—Vero…abre los ojos…esto es...

Abrí los ojos a toda prisa y la respiración se congeló en mi garganta. No recuerdo haber visto un espectáculo de tanta belleza en toda mi vida. La estancia se hallaba repleta de destellos de mil colores que parecían danzar por la habitación y a su paso impregnaban las paredes y los suelos dejando tras de si una estela luminosa. Al la vez un suave aroma a tomillo y lavanda embriagaba el aire que respirábamos. De fondo se podían oír susurros de voces que a nuestro entender debieron pertenecer alguna vez a seres humanos. Miré al suelo y vi las lunas de ambos espejos hechas añicos y a mi hermano sujetando un marco de madera vacío.
— ¿Estas bien Miguel?
— Eso creo. Salvo por un ligero zumbido en los oídos todo parece en su sitio.
—¿Qué se supone que son esas luces? Pregunté en voz baja con miedo a romper aquella visión casi celestial.
— ¿Almas? No lo sé Vero, pero si cada una de esas luces es lo que parece creo que hemos conseguido romper el hechizo.
— ¿Y a dónde se supone que van? ¿Van a quedarse aquí?
— Creo que ahora eso es lo de menos. Lo importante es que esta pesadilla se ha acabado y tú y yo estamos vivos para contarlo.

Atónitos por el hermoso espectáculo permanecimos todavía un buen rato inmóviles. Poco a poco aquellas luces fueron palideciendo y las voces acallándose y confundiéndose en el mundanal ruido que entraba por las ventanas desde la calle.

—Será mejor que no contemos esto a nadie. No van a creernos y como poco nos tomarían por locos. Dijo mi hermano recuperando lentamente la sobriedad característica de su voz.
— Tienes razón Miguel, como casi siempre. ¿Sabes algo?
— ¿Qué?
— Que estoy encantada de tenerte por hermano.
— Y yo a ti peque…y yo a ti.

Cuando llegó mamá a casa tras estar con la abuela en la residencia ya no quedaba ningún rastro ni de los espejos, ni de las luces; así que nos limitamos a contarle lo sucedido. Aunque en aquel momento la información que pudiera darnos ya no era demasiado necesaria le pregunté a mamá si la abuela había sido capaz de recordar algo respecto al espejo.

— No fui capaz de que me contase nada pero en cuanto le mencioné el espejo la expresión de su cara cambió. Fue como si hubiese visto al mismísimo Diablo.
Por fin podíamos volver a la tranquilidad de nuestras vidas y olvidarnos de espejos y maldiciones, pensé. Aunque he de reconocer que desde entonces cada vez que me miro en un espejo ya nada es igual. Desde ese día siento aún con más fuerza que antes que alguien me observa desde el otro lado.