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Algo de Julio Cortazar.. un enorme

BIOGRAFIA Y ALGUNA OBRITA.....es poco pero si les gusta pueden ahondar....
(a los que les de paja la bio, vayan directamente a los cuentos, no se van a arrepentir)


Nacido en Bruselas en 1914, sus padres se trasladaron pronto a Buenos Aires. Vivió en París la mayor parte de su vida y en 1981 se nacionalizó francés, como protesta ante la dictadura militar argentina.

Estudió en la Escuela Normal de Profesores y fue profesor de Lengua y Literatura francesa en varios institutos de la provincia de Buenos Aires, y más tarde en la Universidad de Cuyo. En 1951 consiguió una beca para realizar estudios en París y ya en esta ciudad pasó a ser traductor de la UNESCO, trabajo que desempeñó toda su vida. Mantuvo un compromiso político activo en defensa de los derechos humanos.

Formó parte del Tribunal Russell II que en 1973 juzgó en Roma los crímenes llevados a cabo por las dictaduras latinoamericanas. Resultado de esta actividad fue su libro Dossier Chile: el libro negro.

Viajero impenitente e intelectual abierto, fue uno de los autores del "boom" de la Literatura latinoamericana. Estos escritores consiguieron, a través de sus encuentros literarios y conferencias en diversos foros tanto de Estados Unidos como de Europa, sus relaciones con editoriales, sus colaboraciones con la prensa europea, un reconocimiento internacional para su obra, que, sin renunciar a sus raíces culturales, se universalizó tanto en temáticas como en estilos. Así, lo que empezó siendo un lanzamiento editorial de una nueva narrativa se convirtió en una presencia renovadora constante de la literatura, debido, por supuesto, a la calidad de las obras.
Gran parte de su obra constituye un retrato, en clave surrealista, del mundo exterior, al que considera como un laberinto fantasmal del que el ser humano ha de intentar escapar. Una de sus primeras obras, Los reyes (1949), es un poema en prosa centrado en la leyenda del Minotauro. El tema del laberinto reaparece en Los premios (1960), una novela que gira alrededor del crucero que gana un grupo de jugadores en un sorteo, y que se va convirtiendo a lo largo del relato en una auténtica pesadilla.
El Cortázar de los cuentos ha creado escuela por sus propuestas sorprendentes, su estilo vanguardista y sus atmósferas fantásticas e inquietantes que retoma la de los relatos de su compatriota Jorge Luis Borges. El ritmo del lenguaje recuerda constantemente la oralidad y, por lo tanto, el origen del cuento: leídos en voz alta cobran otro significado. Lo curioso de estos relatos es que el lector siempre queda atrapado, a pesar de la alteración de la sintaxis, de la disolución de la realidad, de lo insólito, del humor o del misterio, y reconstruye o interioriza la historia como algo verosímil.
Entre las colecciones de cuentos más conocidas se encuentran Bestiario (1951), Las armas secretas (1959), uno de cuyos relatos, 'El perseguidor', se ha convertido en un referente obligado de su obra; Todos los fuegos el fuego (1966); Octaedro (1974), y Queremos tanto a Glenda (1981). Entre el relato y el ensayo imaginativo de difícil clasificación se encuentran Historias de cronopios y de famas (1962), una especie de collage extraño sobre situaciones de la vida cotidiana interpretadas de una manera chocante; La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Último round (1969). También escribió algunos poemarios como Presencia (1938), Pameos y meopas (1971) o Salvo el crepúsculo (póstumo, 1985).
Rayuela (1963), la obra que despertó la curiosidad por su autor en todo el mundo, implica al lector en un juego creativo en el que él mismo puede elegir el orden en que leerá los capítulos: lineal o alternado, siguiendo un modo poco convencional predeterminado, pero que en esta propuesta ya se sugiere la atemporalidad e incluso que el lector haga una incursión personal en el libro; con ello lo que está proponiendo es la de(s)-construcción de un texto. En esta obra, Cortázar se enfrenta al problema de expresar en forma novelada las grandes interrogantes que los filósofos se plantean en términos metafísicos.
Se trata de representar el absurdo, el caos y el problema existencial mediante una técnica nueva. El autor pretende echar abajo las formas usuales de la novela para crear ex profeso una antinovela, sin trama, sin intriga, sin descripciones ni casi cronología. Él mismo dice que quería superar el falso dualismo entre razón e intuición, materia y espíritu, acción y contemplación para alcanzar la visión de una nueva realidad, más mágica y más humana. Al final de la novela, en oposición a la novela clásica o tradicional, quedan interrogantes sin resolver, como en la vida misma: nada se cierra, todo está abierto a múltiples mundos.
Son muchas las influencias que se han encontrado en Rayuela. El carácter de que la literatura es la falsificación de un modelo inexistente o imposible, lo desarrollaron tanto Macedonio Fernández como Ramón Gómez de la Serna, y el cuestionamiento de los géneros literarios o desmontaje del propio hecho narrativo aparece en el uruguayo Felisberto Hernández. Toda esta metanovelística, por otro lado, es la desarrollada por Jorge Luis Borges, que buscaba con la literatura destruir la literatura. E incluso, preocupaciones literarias parecidas las tuvo Miguel de Cervantes al presentir la realidad como una ilusión. Estos planteamientos estéticos los llevó después a su novela 62 / modelo para armar (1968), obra que toma su nombre del capitulo 62 de Rayuela que no se lee si se sigue el orden fijado por el autor. Con una temática política sobre la situación latinoamericana y unos exiliados en París, pero con las mismas inquietudes literarias, publicó en 1973 El libro de Manuel.

Murió en París en 1984.


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Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le daba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes de que llegáramos a comprometernos. Entrábamos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetir sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor llenos de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas.
No necesitábamos ganarlos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene sólo la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Como no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban nuestros dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no daba la impresión de los departamentos que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita , y cuando estuve de
vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
- Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
- ¿Estás seguro?
Asentí.
- Entonces - dijo recogiendo las agujas - tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en retomar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de la cómoda y nos mirábamos con tristeza.
- No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido del otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ven tajas. La limpieza se simplificó tanto que aún levantándonos tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados.
Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensábamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar al tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradillo de papel para que viese algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta.
Irene me decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer al cobertor. Nuestros dormitorios tenían al living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
A parte de eso estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y en el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay mucho ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos mirábamos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuertes pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancelé y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
- Han tomado esta parte - dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? - le pregunté inútilmente.
- No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Bestiario

Entre la última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y los besos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza del teléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atender y dijo algo al oído de su madre. Se miraron entre ellas y después las dos a Isabel, que pensó en la jaula rota y las cuentas de dividir y un poco en la rabia de misia Lucera por tocarle el timbre a la vuelta de la escuela. No estaba tan inquieta, su madre e Inés miraban como más allá de ellas, casi tomándola como pretexto ; pero la miraban.
- A mí, créeme que no me gusta que vaya - dijo Inés.- No tanto por el tigre, después de todo cuidan bien ese aspecto. Pero la casa tan triste, y ese chico sólo para jugar con ella...
- A mí tampoco me gusta - dijo la madre, e Isabel supo como desde un tobogán que la mandarían a lo de Funes a pasar el verano. Se tiró en la noticia, en la enorme ola verde, lo de Funes, lo de Funes, claro que ella mandaban. No les gustaba ,pero convenía. Bronquios delicados, Mar del Plata carísma, difícil manejarse con una chica consentida, boba, conducta regular con lo buen que es la señorita Tania, sueño inquieto y juguetes por todos lados, preguntas, botones, rodillas sucias. Sintió miedo, delicia, olor de sauces y la u de Funes se le mezclaba con el arroz con leche, tan tarde y a dormir, ya mismo a la cama.
Acostada, sin luz, llena de besos y miradas tristes de Inés y su madre, no bien decididas pero ya decididas del todo a mandarla. Antes vivía la llegada en break, el primer ayuno, la alegría de Nino cazador de cucarachas, Nino sapo, Nino pescado un recuerdo de tres años atrás, Nino mostrándole unas figuritas puestas con engrudo en un álbum , y diciéndole grave : "Este es un sapo y éste un pes - ca -do". Ahora Nino en el parque esperándola con la red de mariposas, y las manos blandas de Rema las vio que nacían de la oscuridad, estaba con los ojos abiertos y en vez de las cara de Nino zás las manos de Rema, la menor de los Funes. "Tía Rema me quiere tanto", y los ojos de Nino se hacían grandes y mojados, otra vez vio a Nino desgajarse flotando en el aire confuso del dormitorio, mirándola contento. Nino pescado. Se durmió queriendo que la semana pasara esa misma noche, y las despedidas, el viaje en tren., la legua en break, el portón, los eucaliptos del camino de entrada. Antes de dormirse tuvo un momento de horror cuando pensó que podía estar soñando.
Estirándose de golpe dio con los pies en los barrotes de bronce, le dolieron a través de las colchas, y en el comedor grande se oía hablar a su madre y a Inés, equipaje, ver al médico por lo de la erupciones, aceite de bacalao y hamamelis virgínica. No era un sueño, no era un sueño.
No era un sueño. La llevaron a Constitución una mañana ventosa, con banderitas en los puestos ambulantes de la plaza, torta en el Tren Mixto y gran entrada en el andén. Número catorce. La besaron tanto entre Inés y su madre que le quedó la cara como caminada, blanda y oliendo a rouge y polvo rachel de Coty., húmeda alrededor de la boca, un asco que el viento le sacó de un manotazo. No tenía miedo de viajar sola porque era una chica grande, con nada menos que veinte pesos en la cartera, Compañía Sansinena de Carnes Congeladas metiéndose por la ventanilla con un olor dulzón, el Riachuelo amarillo e Isabel repuesta ya del llanto forzado, contenta, muerta de miedo, activa en el ejercicio pleno de su asiento, su ventanilla, viajera casi única en un pedazo de coche donde se podía probar todos los lugares y verse en los espejitos. Pensó una o dos veces en su madre, en Inés -ya estarían en el 97, saliendo de Constitución-, leyó prohibido fumar, prohibido escupir, capacidad 42 pasajeros sentados, pasaban por Banfield a toda carrera, ¡vuuuúm! campo más campo más campo mezclado con el gusto del milkibar y las pastilla de mentol. Inés le había aconsejado que fuera tejiendo la mañanita de lana verde., de manera que Isabel la llevaba en lo más escondido de su maletín, pobre Inés con cada idea tan pava.
En la estación le vino un poco de miedo, porque si el break... Pero estaba Ahí, con don Nicanor florido y respetuoso, niña de aquí y niña de allá, si el viaje bueno, si doña Elisa siempre guapa, claro que había llovido - Oh andar del break, vaivén para traerle el entero acuario de su anterior venida a los Horneros. Todo más a menudo, más de cristal y rosa, sin el tigre entonces, con don Nicanor menso canoso, apenas tres años atrás. Nino un sapo, Nino un pescado, y las manos de Rema que daban deseos de llorar y sentirlas eternamente contra su cabeza, en una caricia casi de muerte y de vainillas con crema, las dos mejores
cosas de la vida.
Le dieron un cuarto arriba, entero para ella, lindísimo. Un cuarto para grande (idea de Nino, todo rulos negros y ojos, bonito en su mono azul ; claro que de tarde Luis lo hacía vestir muy bien, de gris pizarra con corbata colorada) dentro de otro cuarto chiquito con un cardenal enorme y salvaje. El baño quedaba a dos puertas (pero internas, de modo que se podía ir sin averiguar antes dónde estaba el tigre), lleno de canillas y metales, aunque a Isabel no la engañaban fácil y ya en el baño se notaba bien el campo, las cosas no eran tan perfectas como en un baño de ciudad. Olía a viejo, la segunda mañana encontró un bicho de humedad paseando por el lavabo. Lo tocó apenas, se hizo una bolita temerosa, perdió pie y se fue por el agujero gorboteante.
Querida mamá tomo la pluma para - Comían en el comedor de cristales , donde se estaba más fresco. El Nene se quejaba a cada momento del calor, Luis no decía nada pero poco a poco se le veía brotar el agua en la frente y la barba. Solamente Rema estaba tranquila, pasaba los platos despacio y siempre como si la comida fuera de cumpleaños, un poco solemne y emocionante. (Isabel aprendía en secreto su manera de trinchar, de dirigir a las sirvientitas). Luis casi siempre leía, los puños en las sienes y el libro apoyado en un sifón. Rema le tocaba el brazo antes de pasarle el plato, y a veces el Nene lo interrumpía y lo llamaba filósofo. A Isabel le dolía que Luis fuera filósofo, no por eso sino por el Nene tenía pretexto para burlarse y decírselo.
Comían así : Luis en la cabecera, Rema y Nino en un lado, el Nene e Isabel del otro , de manera que había un grande en la punta y a los lados un chico y un grande. Cuando Nino quería decirle algo de veras le daba con el zapato en la canilla. Una vez Isabel gritó y el Nene se puso furioso y le dijo malcriada.
Rema se quedó mirándola, hasta que Isabel se consoló en su mirada y la sopa juliana.
Mamita, antes de ir a comer es como en todos los otros momentos, hay que fijarse si - Casi siempre era Rema la que iba a ver si se podía pasar al comedor de cristales. Al segundo día vino al living grande y les dijo que esperaran. Pasó un rato largo hasta que un peón avisó que el tigre estaba en el jardín de los tréboles, entonces Rema tomó a los chicos de la mano y entraron todos a comer. Esta mañana las papas estuvieron resecas, aunque solamente el Nene y Nino protestaron.
Vos me dijiste que no debo andar haciendo - Porque Rema parecía detener, con su tersa bondad, toda pregunta. Estaba tan bien que no era necesario preocuparse por lo de las piezas. Una casa grandísima, y en el pero de los casos había que no entrar en una habitación ; nunca más de una, de modo que no importaba. A los dos días Isabel se habituó igual que Nino. Jugaban de la mañana a la noche en el bosque de sauces, y si no se en el bosque de sauces le quedaba el jardín de los tréboles, el parque de las hamacas y las costra del arroyo. En la casa era lo mismo, tenían sus dormitorios, el corredor del medio, la biblioteca de abajo salvo un jueves en que no se pudo ir ala biblioteca) y el comedor de cristales. Al estudio de Luis no iban porque Luis leía todo el tiempo, a veces llamaba a su hijo y le daba libros con figuras ; pero Nino los sacaba de ahí, se iban a mirarlos al living o al jardín de enfrente. No entraban nunca en el estudio del Nene porque tenían miedo de sus rabias. Rema les dijo que era mejor así, se los dijo como advirtiéndoles ; ellos ya sabían leer en sus silencios.
Al fin y al cabo era un vida triste. Isabel se preguntó una noche por qué los Funes la habrían invitado a veranear. Le faltó edad para comprender que no era por ella sino por Nino, un juguete estival para alegrar a Nino. Sólo alcanzaba a advertir la casa triste, que Rema estaba como cansada, que apenas llovía y las cosas tenían, sin embargo, algo de húmedo y abandonado. Después de unos días se habituó al orden de la casa, a la no difícil disciplina de aquel verano en Los Horneros. Nino empezaba a comprender el microscopio que le regalar Luis, pasaron una semana espléndida criando bichos en una batea con agua estancada y hojas de cala, poniendo gotas en la placa de vidrio para mirar los microbios. "Son larvas de mosquito, con ese microscopio no van a ver microbios", les decía Luis desde su sonrisa un poco quemada y lejana. Ellos no podían creer que ese rebullente horror no fuese un microbio. Rema les trajo un caleidoscopio que guardaba en su armario, pero siempre les gustó más descubrir microbios y numerarles las patas. Isabel llevaba una libreta con los apuntes de los experimentos, combinaba la biología con la química y la preparación de un botiquín. Hicieron el botiquín en el cuarto de Nino, después de requisar la casa para proveerse de cosas. Isabel se lo dijo a Luis : "Queremos de todo : cosas.". Luis les dio pastillas de Andreu, algodón rosado, un tubo de ensayo. El Nene, una bolsa de goma y un frasco de píldoras verdes con la etiqueta raspada. Rema fue a ver el botiquín, leyó el inventario en la libreta, y les dijo que estaban aprendiendo cosas útiles. A ella o a Nino (que siempre se excitaba y quería lucirse delante de Rema) se le ocurrió montar un herbario. Como esta mañana se podía ir al jardín de los tréboles, anduvieron sacando muestras y a la noche tenían el piso de sus dormitorios lleno de hojas y flores sobre papeles, casi no quedaba donde pisar. Antes de dormirse, Isabel apuntó : "Hoja número 74 : verde, forma de corazón, con pintitas marrones". La fastidiaba un poco que casi todas las hojas fueran verdes, casi todas lisas, casi todas lanceoladas.
El día que salieron a cazar las hormigas, vio a los peones de la estancia. Al capataz y al mayordomo los conocía bien porque iban con las noticias a la casta. Pero estos otros peones, más jóvenes, estaban ahí del lado de los galpones con un aire de siesta, bostezando a ratos y mirando jugar a los niños. Uno le dijo a Nino : "Pa que vaj a juntar tó esos bichos", y le dió con dos dedos en la cabeza, entre los rulos. Isabel hubiera querido que Nino se enojara, que demostrase ser el hijo del patrón. Ya estaba con la botella hirviendo de hormigas y en la costa del arroyo dieron con un enorme cascarudo y lo tiraron también adentro para ver. La idea del formicario la habían sacado del Tesoro de la Juventud, y Luis les prestó un largo y profundo cofre de cristal.. Cuando se iban, llevándolo entre los dos, Isabel le oyó decirle a Rema : "Mejor que se estén así quietos en casa". También le pareció que Rema suspiraba. Se acordó antes dormirse, a la hora de las caras en la oscuridad, lo vio otra vez al Nene saliendo a fumar al porche, delgado y canturreando, a Rema que le levaba el café y él que tomaba la taza equivocándose, tan torpe que apretó los dedos de Rema al tomar la taza, Isabel había visto desde el comedor que Rema tiraba la mano atrás y el Nene salvaba apenas la taza de caerse, y se reían con la confusión. Mejor hormigas negras que coloradas : más grandes, más feroces. Soltar después un montón de coloradas, seguir la guerra detrás del vidrio, bien seguros. Salvo que no se pelearan. Dos hormigueros, uno en cada esquina de la caja de vidrio. Se consolarían estudiando las distintas costumbres, con una libreta especial para cada clase de hormigas. Pero casi seguro que se pelearían, guerra sin cuartel para mirar por los vidrios, y una sola libreta.
A Rema no le gustaba espiarlos, a veces pasaba delante de los dormitorios y los veía con los formicarios al lado de la ventana, apasionados e importantes . Nino era especial para señalar en seguida las nuevas galerías, e Isabel ampliaba el plano trazado con tinta a doble página. Por consejo de Luis terminaron aceptando hormigas negras solamente, y el formicario ya era enorme, las hormigas parecían furiosas y trabajaban hasta la noche, cavando y removiendo con mil órdenes y evoluciones, avisado frotar de antenas y patas, repentinos arranques de furor o vehemencia, concentraciones y desbandes sin causa visible. Isabel ya no sabía que apuntar, dejó poco a poco la libreta, dejó poco a poco la libreta y se pasaban estudiando y olvidándose los descubrimientos. Nino empezaba a querer volver al jardín, aludía a las hamacas y a los petisos. Isabel lo despreciaba un poco. El formicario valía más que todo Los Horneros, y a ella le encantaba pensar que las hormigas iban y venían sin miedo a ningún tigre, a veces le daba por imaginarse un tigrecito chico como una goma de borrar, rondando las galerías del formicario ; tal vez por eso los desbandes, las concentraciones. Y le gustaba repetir el mundo grande en el de cristal, ahora que se sentía un poco presa, ahora que estaba prohibido bajar al comedor hasta que Rema les avisara.
Acercó la nariz a uno de los libros, de pronto atenta porque le gustaba que ella consideraran ; oyó a Rema detenerse en la puerta, callar, mirarla. Esas cosas las oía con tan nítida claridad cuando era Rema.
- ¿Por qué así sola ?
- Nino se fue a las hamacas. Me parece que ésta debe ser una reina, es grandísima.
El delantal de Rema se reflejaba en el vidrio. Isabel le vio una mano levemente alzada, con el reflejo en el vidrio parecía como si estuviera dentro del formicario, de pronto pensó en la misma mano dándole la taza de café al Nene, pero ahora eran las hormigas que le andaban por los dedos, las hormigas en vez de la taza y la mano del Nene apretándole las yemas.
- Saque la mano, Rema - pidió
- ¿La mano ?
- Ahora está bien. El reflejo asusta a las hormigas.
- Ah. Ya se puede bajar al comedor.
- Después. ¿El Nene está enojado con Ud., Rema ?.
La mano pasó sobre el vidrio como un pájaro por una ventana.
A Isabel le pareció que las hormigas se espantaban de veras, que huían de reflejo. Ahora ya no se veía nada, Rema se había ido, andaba por el corredor como escapando de algo. Isabel sintió miedo de su pregunta, un miedo sordo y sin sentido, quizá no de la pregunta como se verla irse así a Rema, del vidrio otra vez límpido donde las galerías desembocaban y se torcían como crispados dedos dentro de la tierra.
Una tarde hubo siesta, sandía, pelota a paleta en la red que miraba al arroyo, y Nino estuvo espléndido sacando tiros que parecían perdidos y subiéndose al techo por la glicina para desenganchar la pelota metida entre dos tejas. Vino un peoncito del lado de los sauces y los acompañó a jugar, pero era lerdo y se le iban los tiros. Isabel olía hojas de aguaribay y en un momento, al devolver con un revés una pelota insidiosa que Nino le mandaba baja, sintió como muy adentro la felicidad del verano.
Por primera vez entendía su presencia en Los Horneros, las vacaciones , Nino. Pensó en el formicario, allá arriba, y era una cosa muerta y rezumante, un horror de patas buscando salir, un aire vaciado y venenoso. Golpeó la pelota con rabia, con alegría, cortó un tallo de aguaribay con los dientes y lo escupió asqueada, feliz, por fin de veras bajo el sol del campo.
Los vidrios cayeron como granizo. Era en el estudio del Nene. Lo vieron asomarse en mangas de camisa, con los anchos anteojos negros.
- ¡Mocosos de porquería !
El peoncito escapaba. Nino se puso al lado de Isabel, ella lo sintió temblar con el mismo viento que los sauces.
- Fue sin querer, tío.
- De veras, Nene, fué sin querer.
Ya no estaba.
Le había pedido a Rema que se llevara el formicario y Rema se lo prometió. Después charlando mientras la ayudaba a colgar su ropa y a ponerse el piyama, se olvidaron. Isabel sintió la cercanía de las hormigas cuando Rema le apagó la luz y se fue por el corredor a darle las buenas noches a Nino todavía lloroso y dolido, pero no se animó a llamarla de nuevo, Rema hubiera pensado que era una chiquilina. Se propuso dormir en seguida, y se desveló como nunca. Cuando fue el momento de las caras en la oscuridad, vio a su madre y a Inés mirándose con un sonriente aire de cómplices y poniéndose unos guantes de fosforescente amarillo. Vio a Nino llorando, a su madre y a Inés con los guantes que ahora eran gorros violeta que les giraban y giraban en la cabeza, a Nino con ojos enormes y huecos - tal vez por haber llorado tanto - y previó que ahora vería a Rema y a Luis, deseaba verlos y no al Nene, pro vio al Nene sin los anteojos, con la misma cara contraía que tenía cuando empezó a pegarle a Nino y Nino se iba echando atrás hasta quedar contra la pared y lo miraba como esperando que eso concluyera, y el Nene volvía a cruzarle la cara con un bofetón suelto y blando que sonaba a mojado, hasta que Rema se puso delante y él se rió con la cara casi tocando la de Rema, y entonces se oyó volver a Luis y decir desde lejos que ya podían ir al comedor de adentro.Todo tan rápido, todo porque Nino estaba ahí y Rema vino a decirles que no se movieran del living hasta que Luis verificara en qué pieza estaba el tigre, y se quedó con ellos mirándolos jugar a las damas. Nino ganaba y Rema lo elogió, entonces Nino se puso tan contento que le pasó los brazos por el talle y quiso besarla. Rema se había inclinándose riéndose, y Nino la besaba en los ojos y la nariz, los dos se reían y también Isabel, estaban tan contentos jugando así. No vieron acercarse al Nene, cuando estuvo al lado arrancó a Nino de un tirón, le dijo algo del pelotazo al vidrio de su cuarto y empezó a pegar, miraba a Rema cuando pegaba, parecía furioso contra Rema y ella lo desafió un momento con los ojos, Isabel asustada la vio que lo encaraba y se ponía delante para proteger a Nino. Toda la cena fue un disimulo, una mentira, Luis creía que Nino lloraba por un porrazo, el nene miraba a Rema como mandándola que se callara, Isabel lo veía ahora con la boca dura y hermosa, de labios rojísimos; en la tiniebla los labios eran todavía más escarlata, se le veía un brillo de dientes naciendo apenas. De los dientes salió una nube esponjosa, un triángulo verde, Isabel parpadeaba para borrar las imágenes y otra vez salieron Inés y su madre con guantes amarillos ; las miró un momento y pensó en el formicario: eso estaba ahí y no se veía ; los guantes amarillos no estaban y ella los veía en cambio como a pleno sol. Le pareció casi curioso, no podía hacer salir el formicario, más bien lo alcanzaba como un peso, un pedazo de espacio denso y vivo. Tanto lo sintió que se puso a buscar los fósforos, la vela de noche. El formicario saltó de la nada envuelto en penumbra oscilante. Isabel se acercaba llevando la vela. Pobres hormigas, iban a creer que era el sol que salía. Cuando pudo mirar uno de los lados, tuvo miedo ; en plena oscuridad las hormigas habían estado trabajando. Las vio ir y venir, bullentes, en un silencio tan visible, tan palpable. Trabajan allí adentro, como si no hubieran perdido todavía la esperanza de salir.
Casi siempre era el capataz el que avisaba de los movimientos del tigre ; Luis le tenía la mayor confianza y como se pasaba casi todo el día trabajando en su estudio, no salía nunca no dejaba moverse a los que venían del piso alto hasta que don Roberto mandaba su informe. Pero también tenían que confiar entre ellos. Rema, ocupada en los quehaceres de adentro, sabía bien lo que pasaba en la planta alta y arriba. Otras veces nada, pero sin don Roberto los encontraba afuera les marcaba el paradero del tigre y ellos volvían a avisar. A Nino le creían todo, a Isabel menos porque era nueva y podía equivocarse. Después, como andaba siempre con Nino pegado a sus polleras, terminaron creyéndole lo mismo. Eso, de mañana y tarde ; por la noche era el Nene quien salía a verificar si los perros estaban atados o sin no habían quedado rescoldo cerca de las casas. Isabel vio que llevaba el revólver y a veces un bastón con puño de plata.
A Rema no quería preguntarle porque Rema parecía encontrar en eso algo tan obvio y necesario; preguntarle hubiera sido pasar por tonta, y ella cuidaba su orgullo delante de otra mujer. Nino era fácil, hablaba y refería. Todo tan claro y evidente cuando él lo explicaba. Sólo por la noche, si quería repetirse esa claridad
y esa evidencia, Isabel se deba cuenta de que la razones importantes continuaban faltando. Aprendió pronto lo que de veras importaba : verificar previamente si de veras se podía salir de la casa o bajar al comedor de cristales, al estudio de Luis, a la biblioteca. "Hay que fiar en don Roberto", había dicho Rema.
También en ella y en Nino. A Luis no le preguntaba porque pocas veces sabía. Al Nene que sabía siempre, no le preguntó jamás. Y así todo era fácil, la vida se organizaba para Isabel con algunas obligaciones más del lado de los movimientos, y en algunas menos del lado de la ropa , de las comidas, la hora de dormir. Un veraneo de veras, como debería ser el año entero.
... verte pronto. Ellos están bien. Con Nino tenemos un formicario y jugamos y llevamos un herbario muy grande. Rema te manda beso, está bien. Yo la encuentro triste, lo mismo a Luis que es muy bueno. Yo creo que Luis tiene algo, y eso que estudia tanto. Rema me dio unos pañuelos de colores preciosos, a Inés le van a gustar. Mamá esto es lindo y yo me divierto con Nino y don Roberto, es el capataz y nos dice cuando podemos salir y adónde, una tarde casi se equivoca y nos manda a la costa del arroyo, en eso vino un peón a decir que no, vieras qué afligido estaba don Roberto y después Rema, lo alcanzó a Nino y lo estuvo besando, y a mí me apretó tanto. Luis anduvo diciendo que la casa no era
para chicos, y Nino le preguntó quiénes eran los chicos y se rieron, hasta el Nene se reía. Don Roberto es el capataz.
Si vinieras a buscarme te quedarías unos días y podrías estar con Rema y alegrarla. Yo creo que ella....
Pero decirle a su madre que Rema lloraba de noche, que la había oído llorar pasando por el corredor a pasos titubeantes, pararse en la puerta de Nino, seguir, bajar la escalera (se estaría secando los ojos) y la voz de Luis, lejana : "¿Qué tenés Rema ? ¿No estás bien ?", un silencio, toda la casa como una inmensa oreja, después de un murmullo y otra vez la voz de Luis : "Es un miserable, un miserable...", casi como comprobando fríamente un hecho, una filiación, tal vez un destino.
...está un poco enferma, le haría bien que vinieras y las acompañaras. Tengo que mostrarte el herbario y unas piedras del arroyo que me trajeron los peones. Decile a Inés...
Era una noche como le gustaba a ella, con bichos, humedad, pan recalentado y flan de sémola con pasas de corinto. Todo el tiempo ladraban los perros sobre las costa del arroyo, un mamboretá enorme se plantó de un vuelo en el mantel y Nino fue a buscar una lupa, lo taparon con un vaso ancho y lo hicieron
rabiar para que mostrase los colores de las alas.
- Tirá ese bicho - pidió Rema-. Les tengo un asco.
- Es un buen ejemplar - admitió Luis-. Miren como sigue mi mano con los ojos. El único insecto que gira la cabeza.
- Qué maldita noche - dijo el Nene detrás de su diario.
Isabel hubiera querido decapitar al mamboretá , darle un tijeretazo y ver qué pasaba.
- Dejalo dentro del vaso - pidió Nino-. Mañana lo podríamos meter en el formicario y estudiarlo.
El calor subía, a las diez y media no se respiraba. Los chicos se quedaron con Rema en el comedir de adentro, los hombres estaban en sus estudios. Nino fue el primero en decir que tenía sueño.
- Subí solo, yo voy después de verte. Arriba está todo bien.
- Y Rema lo ceñía por la cintura, con un gesto que a él le gustaba tanto.
-¿Nos contás un cuento, tía Rema ?
- Otra noche.
Se quedaron solas, con el mamboretá que las miraba. Vino Luis a darles las buenas noches, murmuró algo sobre la hora en que los chicos debían irse a la cama, Rema les sonrió al besarlo.
- Oso gruñón - dijo, e Isabel inclinada sobre el vaso del mamboretá pensó que nunca había visto a Rema besando al Nene y a un mamboretá de un verde tan verde. Le movía un poco el vaso y el mamboretá rabiaba. Rema se acercó para pedirle que fuera a dormir.
- Tirá ese bicho, es horrible..
- Mañana, Rema.
Le pidió que subiera a darle las buenas noches. El Nene tenía entornada la puerta de su estudio y estaba paseándose en mangas de camisa, con el cuello suelto. Le silbó al pasar.
- Me voy a dormir, Nene.
- Oíme: decíle a Rema que me haga una limonada bien fresca y me la traiga aquí. Después subís no más a tu cuarto.
Claro que iba a subir a su cuarto, no veía por qué tenía él que mandárselo. Volvió al comedor para decirle a Rema, vio que vacilaba.
- No subás todavía. Voy a hacer la limonada y se la llevás vos misma.
- El dijo que ...
- Por favor.
Isabel se sentó al lado de la mesa. Por favor. Había nubes de bichos girando bajo la lámpara de carburo, se hubiera quedando horas mirando la nada y repitiendo : Por favor, por favor. Rema, Rema. Cuánto la quería, y esa voz de tristeza sin fondo, sin razón posible, la voz de la tristeza. Por favor. Rema, Rema... Un calor de fiebre le ganaba la cara, un deseo de tirarse a los pies de Rema, de dejarse llevar en los brazos por Rema, una voluntad de morirse mirándola y que Rema le tuviera lástima, le pasara finos dedos frescos por el pelo, por los párpados...
Ahora le alcanzaba una jarra verde llena de limones partidos y hielo.
- Llevásela...
- Rema ...
Le pareció que temblaba, que se ponía de espaldas a la mesa para que ella no le viese los ojos.
- Ya tiré el mamboretá, Rema.

Se duerme mal con el calor pegajoso y tanto zumbar de mosquitos. Dos veces estuvo a punto de levantarse, salir al corredor o ir al baño a mojarse las muñecas y la cara. Pero oía andar a alguien, abajo, alguien se paseaba de un lado al otro del comedor, llegaba al pie de la escalera, volvía... No eran los pasos oscuros y espaciados de Luis, no era el andar de Rema.
Cuánto calor tenía esa noche el Nene, cómo se habría bebido a sorbos la limonada. Isabel lo veía bebiendo de la jarra, las manos sosteniendo la jarra verde con rodajas amarillas oscilando en el agua bajo la lámpara ; pero a la vez estaba segura de que el Nene no había bebido la limonada, que estaba aún mirando la jarra que ella le llevara hasta le mesa como alguien que mora una perversidad infinita. No quería pensar en la sonrisa del Nene, su hasta la puerta como para asomarse al comedor, su retorno lento.
- Ella tenía que traérmela. A vos te dije que subieras a tu cuarto.
Y no ocurrírsele más que una respuesta tan idiota :
- Está bien fresca, Nene.
Y la jarra verde como el mamboretá.
Nino se levantó el primero y le propuso ir a buscar caracoles al arroyo. Isabel caso no había dormido, recordaba salones con flores, campanillas, corredores de clínica, hermanas de caridad, termómetros en bocales con bicloruro, imágenes de primera comunión, Inés, la bicicleta rota, el tren Mixto, el disfraz de gitana de los ocho años. Entre todo eso, como delgado aire entre hojas de álbum, se veía despierta , pensando en tantas cosas que no eran flores, campanillas, corredores de clínica. Se levantó de mala gana, se lavó duramente las orejas. Nino dijo que eran las diez y que el tire estaba en la sala del piano, de modo que podía irse en seguida al arroyo. Bajaron juntos, saludando apenas a Luis y al Nene que leían con las puertas abiertas. Los caracoles quedaban en la costa sobre los trigales. Nino anduvo quejándose de la distracción de Isabel, la trató de mala compañera y de que no ayudaba a formar la colección. Ella lo veía de repente tan chico, tan un muchachito entre sus caracoles y su hojas.
Volvió la primera, cuando en la casa izaban la bandera para el almuerzo. Don Roberto venía de inspeccionar e Isabel le preguntó como siempre. Ya Nino se acercaba despacio, cargando la caja de los caracoles y los rastrillos, Isabel lo ayudó a dejar los rastrillos en el porch y entraron juntos. Rema estaba ahí,
blanca y callada. Nino le puso un caracol azul en la mano..
- Para vos, el más lindo.
El Nene ya comía, con el diario al lado, a Isabel le quedaba apenas sitio para apoyar el brazo. Luis vino el último de su cuarto, contento como siempre a mediodía. Comieron, Nino hablaba de los caracoles, los huevos de caracoles en las cañas, la colección por tamaños o colores. Él los mataría solo, porque a Isabel le daba pena, los pondría a secar contra una chapa de cinc. Después vino el café y Luis los miró con la pregunta usual, entonces Isabel se levantó la primera para buscar a don Roberto, aunque don Roberto ya le había dicho antes. Dio vuelta al porch y cuando entró otra vez, Rema y Nino tenían las cabezas juntas sobre los caracoles, estaban como en una fotografía de familia, solamente Luis la miró y ella dijo : "Está en el estudio del Nene", se quedó viendo como el Nene alzaba los hombros, fastidiado, y Rema que tocaba un caracol con la punta del dedo, tan delicadamente que también su dedo tenía algo de caracol. Después Rema se levantó para ir a buscar más azúcar, e Isabel fue detrás de ella charlando hasta que volvieron riendo por una broma que habían cambiado en la antecocina. Como a Luis le faltaba tabaco y mandó a Nino a su estudio, Isabel lo desafió a que encontraba primero los cigarrillos y salieron juntos. Ganó Nino, volvieron corriendo y empujándose, casi chocan con el Nene que se iba a leer el diario a la biblioteca, quejándose por no poder usar su estudio. Isabel se acercó a mirar los caracoles, y Luis esperando que le encendiera como siempre el cigarrillo la vio perdida, estudiando los caracoles que empezaban despacio a asomar y moverse, mirando de pronto a Rema, pero saliéndose de ella como una ráfaga, y obsesionada por los caracoles, tanto que no se movió al primer alarido del Nene, todos corrían ya y ella estaba sobre los caracoles como si no oyera el grito ahogado del Nene, los golpes de Luis en la puerta de la biblioteca, don Roberto que
entraba con perros, y Luis repitiendo: "¡Pero si estaba en el estudio de él ! ¡Ella dijo que estaba en el estudio de él !", inclinada sobre los caracoles esbeltos como dedos, quizá como los dedos de Rema, o era la mano de Rema que le tomaba el hombro, le hacía alzar la cabeza para mirarla, para estarla mirando una eternidad, rota por su llanto feroz contra la pollera de Rema, su alterada alegría, y Rema pasándole la mano por el pelo, calmándola con un suave apretar de dedos y un murmullo contra su oído, un balbucear como de gratitud, de innombrable aquiescencia.



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Patria

Esa tierra sobre los ojos
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
donde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centrofowards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías,jefes, contrajefes, trucos,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en pelea,
si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
Liquidación forzosa, que remata hasta lo último.

Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se lleva sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres negros que viven un carnaval de negros,
qué quiniela hermanito, en Boedo, en La Boca,
en Palermo, en Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de La Pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de mentira.
Te quiero país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir mañana
porque ya basta con ser flojo ahora.
Me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quebrando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio con tus calles
cubierto de carteles peronistas, te quiero,
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

Julio Cortázar
en "Razones de la Cólera", París, 1956.


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LAS PALABRAS

Texto inédito de Julio Cortázar

En su texto "Julio ese vigía", Vicente Zito Lema hace referencia a un encuentro en el centro cultural de La Villa de Madrid en 1981, donde Julio Cortázar brindó una charla memorable sobre el valor de las palabras. Este acto, que contó con el auspicio del Ayuntamiento de Madrid, recordaba el quinto aniversario del golpe militar en Argentina; tiempo más tarde fue considerado como uno de los eventos emblemáticos de la resistencia democrática en el exilio. Hubo dos hechos afortunados para nosotros: que alguien haya tenido la feliz idea de grabar la conferencia de Cortázar y que Carlos laquinandi, un bahiense que participó de la organización, catorce años después, nos hiciera llegar la transcripción que hoy reproducimos por primera vez en Argentina.

Tomado de www.revistavox

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer corno piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas corno monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuales son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. ¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que deberia ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por valido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. Hoy, en que tanto en España como en muchos países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso adelante eni la búsqueda de nuestro futuro. Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de vida, del estado, de la sociedad y del individuo basado en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual. Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manejo de servirse de los mismo conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar de su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas altamente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado sus capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, corno derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo. Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para asentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución Francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de Napoleón Bonaparte y de las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, si, y es necesario y hermoso que así sea; pero ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira? Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo escuchaba desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los aliados y de los nazis. Recuerdo, con asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: Aquí Alemania, defensora de la cultura». Si, ustedes me han oído bien, sobre todo ustedes los mas jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de historia. Cada noche la voz repetía l

10 comentarios - Algo de Julio Cortazar.. un enorme

matiaslaporte
No lo leí, tampoco me interesa Cortazar, sinceramente, pero tomá 10: pocas veces se

ven aportes de cultura (y me refiero a poner algo, no a decir "acá tienen libros&quot.
matiaslaporte
Leí de él Casa Tomada (vi que lo posteaste) y Señorita Cora.

Señorita Cora lo recomiendo, léanlo, es muy bueno, más en la forma por la que está

escrita, ya que la historia, en sí, no vale nada.
greenspirit
leanse un tal lucas! se van a cagar de risa
otto_loco
un tal lucas; la tan conocida rayuela; bestiario; casa tomada; todos los fuegos, el

fuego... Este Belga tan Argentino..........

Si, es un grande.......

Aprovechen de su literatura que nada se pierde...

Y a vos, chugo.. te dejo un 10

kowal
Dos de los mejores cuentos de Cortazar:





La noche boca arriba






Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;

le llamaban la guerra florida.







A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la

calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía

guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría

con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del

centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la

máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco

le chicoteaba los pantalones.



Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con

brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del

trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico

y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas

por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como

correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas

empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente.

Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las

luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la

mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque

perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.



Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de

debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo

alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no

parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y

seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su

derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea

que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia

próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas.

"Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado...";

Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con

guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña

farmacia de barrio.



La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda

donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los

efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo

casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o

dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala

suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no

parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos

rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte.

Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta

un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó

estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a

hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa

grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las

enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del

estómago se habría sentido muy bien, casi contento.



Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda

puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien

de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de

mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre

de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano

derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.







Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores.

Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las

marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio

vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los

aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de

hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva,

cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.



Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño

algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había

participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de

piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo

agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños

abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin

estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar

ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido

no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como

él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo

seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir,

llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada

instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera

querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en

tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y

saltó desesperado hacia adelante.



-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto,

amigazo.



Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala.

Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última

visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas.

Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha

agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando

despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse

despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos,

respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que

pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara

anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta

un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y

cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la

fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve

como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes;

como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor;

y quedarse.



Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un

trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco.

El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba

a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a

manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo,

de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el

sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.



Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante

embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque

arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La

calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas

y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el

torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el

silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera

luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano

que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los

pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los

labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy

Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los

tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad

del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado

con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo

profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas,

quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros

que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza

continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su

número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.



Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se

incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El

olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi

sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces

y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga

lo atrapó desde atrás.



-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé

del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.



Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció

deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo

protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era

grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla.

Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas

que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua

mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las

formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener

tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se

vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa

iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir

que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y

el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le

dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada,

había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él

hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe

brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido

casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo

roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un



alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría

alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo

despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la

frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas

pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.



Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse,

pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la

garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas

direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas

en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas

helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón

buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora

estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como

filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían

traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.



Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un

quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su

cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en

sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños

del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las

mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente,

con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo.

Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la

carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable

y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó

antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de

los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en

los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su

lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre

boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los

portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes

mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo

llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva

que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo

nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y

danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente

olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin

en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si

le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.



Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra

blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían

callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen

traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de

los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez

que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado

pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo

protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa

hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era

más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la

botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez

negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones

rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía,

abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una

luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente

se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso

protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo

subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto

estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra

roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que

arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última

esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que

lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza

abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del

sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a

cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba

despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los

sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad

asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme

insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño

también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un

cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados

entre las hogueras.





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Axolotl





Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del

Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus

oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.



El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de

pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St.

Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era

amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro

edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los

tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los

acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé

una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.



En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son

formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género

amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros

rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado

ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que

continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre

español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se

diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.



No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des

Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de

los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro

que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque

desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente

perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella

primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se

amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino)

piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la

cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban.

Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras

silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una

situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un

cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal

lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola

de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por

el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me

obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en

uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios

como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida

pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto

áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba

el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente

triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con

una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano

triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente

una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza,

donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral,

una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez

o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces

una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el

musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas

avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen

dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.



Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los

axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y

el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las

branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación

(algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz

de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo

me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me

mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los

ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera

de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver

mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto

de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de

sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su

dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba

vértigo.



Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe

el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un

mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a

nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó

que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las

manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo

creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de

oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.



Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una

metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé

conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a

una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y

sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos».

Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas.

Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se

enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían,

captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres

humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo.

Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía

innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes.

Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras

aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba

su hora?



Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del

guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con

los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado.

No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en

un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como

si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba

inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba

la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos

indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.



Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al

inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi

cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua.

Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo

había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que

alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un

mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que

padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los

axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de

extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos

trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin

pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin

transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara

contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces

mi cara se apartó y yo comprendí.



Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue

en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino.

Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el

esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora

instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su

pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo

era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de

creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de

hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas

insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando

moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que

también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también

en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados

al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.



Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo

vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto

por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude

pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se

sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están

cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su

vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah,

sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy

definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl

piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto

alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta

soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir

sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.


otto_loco
comparto con kowal, y adhiero "casa tomada"

y no olviden "historia de cronopios y famas"



saludos
tigresf
www.juliocortazar.com.ar

Pasen, disfruten, lean, bajen
dementor7
Un post de hace 8 años. EL primer Copy Paste de Taringa..