epespad

El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

leyendas urbanas uruguayas 2da parte

EL FANTASMA DEL IPOLL

Desde Salto, Juan Mario, lector del portal, va tras los pasos del fantasma del Ipoll, el liceo más popular de esa ciudad. Crónica.


El IPOLL, es decir, el Instituto Politécnico Osimani & Llerena, es el liceo más antiguo de la ciudad de Salto, de paredes robustas, con una acogedora biblioteca perdida en su decorado en los finales del siglo XIX, y un frío y solitario observatorio astronómico.

Desde su fachada pueden divisarse claramente dos secciones: el ala izquierda de gruesas paredes azules y blancas y el ala derecha, que al igual que el centro posee grandes ventanales de vidrios verdosos y celestes. El edificio consta de tres pisos (más el observatorio ya mencionado que se halla sobre la terraza del tercero). Por encontrarse en un profundo desnivel con respecto a la vereda, la entrada principal se halla en el segundo piso, que nos conduce a un gran hall donde es posible acceder al salón de actos, bedelía, sala de profesores, escalera hacia la biblioteca o bajar unos escalones hacia la cantina. Toda la sección izquierda es el área administrativa y a la derecha están todos los salones de clases. En el primer piso, se hallan los laboratorios de física, química y biología, junto a más aulas, construidas con gradas al estilo anfiteatro. Y es justamente en uno de los laboratorios donde sucedió lo que se relata de boca en boca por nuestra ciudad.

Cuentan que a mediados de los ochenta hubo una serie de robos o, más bien, travesuras de algunos gurises que durante la noche, aprovechando el poco presupuesto para reparar correctamente los grandes ventanales, entraban al liceo franqueando fácilmente las tapas de madera compensada, a veces sólo apoyadas contra el ventanal y respaldadas con algún pesado mueble. Prueba de ello era la serie de tubos de ensayo y diverso material de laboratorio destrozado, que solía hallarse esparcido por el piso de los laboratorios.

Para mitigar esto, se dispuso una guardia policial. La misma consistía en tres policías que patrullaban los alrededores del edificio. Merced a la guardia policial, los gurises dejaron de merodear el lugar y cesaron los destrozos. Con el tiempo, se pensó que era exagerado disponer de dos oficiales para una tarea tan obsoleta. Se dispuso que fuese uno solo el encargado de dicha tarea, con la intención de que con el tiempo el incidente se olvidase y ya no fuera necesario montar guardia toda la noche. El policía de turno cumplía con sus habituales rondas en solitario todas las noches, pero al comenzar el invierno, pidió hacer las mismas desde dentro del edificio y ya no por la periferia. El pedido le fue concedido.

Un día, el oficial de turno escuchó ruidos que provenían del primer piso, mientras él se hallaba en el segundo. Baja hacia el lugar y conforme se acerca al pasillo de los laboratorios, los ruidos se escuchan con más fuerza. Al llegar al de biología, halla la puerta abierta. Pregunta en voz alta y autoritaria quién se encuentra allí. Muda respuesta. Entra con sigilo desenfundando el arma. Apenas cruza el umbral, escucha el violento cerrar de la puerta a sus espaldas y observa atónito como comienzan a volar tubos de ensayo, vasos de bohemia, mecheros, carteles y todo lo que pudiese ser lanzado. Se agachó y buscó refugio bajo una de las mesadas revestidas de azulejos blancos. Una vez allí, con los ojos cerrados soportó el ruido ensordecedor hasta que todo cesó. En ese momento, se levantó, corrió hacia la puerta, la abrió y huyó del lugar al tiempo que llamaba a la policía. Esperó en la entrada la respuesta a su llamado. El patrullero que llegó al lugar encontró al oficial aterrado en un ataque de nervios, por lo que llamaron a otro patrullero para que lo acercaran al hospital.

A la llegada del segundo patrullero uno de los oficiales se decide bajar para constatar lo sucedido. A sabiendas de lo relatado por su compañero, lo hizo con temor; vio la puerta del laboratorio abierta, el destrozo y también algo más, algo que lo hizo huir raudamente del lugar y no desear regresar por nada del mundo. Subió y le comentó esto a su compañero de patrulla, quien le creyó. Ambos se negaron a obedecer la orden que venía de la jefatura: bajar y montar guardia en la puerta del laboratorio. Ante la negativa de los mismos, en la jefatura, alguien de cargo más alto sospecha que sucede algo extraño y decide ir personalmente a poner coto al asunto. Así es que un tercer patrullero parte hacia el viejo edificio.

Cuando el sargento llega al IPOLL, le comentan que uno de los oficiales decidió bajar a ver qué sucedía, con intención de demostrar que no tenía miedo. El sargento decide bajar presuroso para alcanzar a su subordinado. Al pisar el primer piso, ve venir corriendo a su encuentro al oficial valiente, que viene disparando su arma y huyendo de una sombra oscura. El sargento desenfunda su arma y también abre fuego sobre aquella cosa, que ocupaba todo el amplio pasillo principal. Ambos trepan las escaleras y llegan desesperados a la entrada del liceo, temblorosos, agitados y blandiendo sus armas hacia el interior del edificio. A pesar de todo, nada más ocurrió.

Desde entonces la policía ha negado oficialmente todo lo sucedido, pero lo cierto es que hasta hoy no acceden a poner oficiales para vigilar siquiera el perímetro. Se cuenta que los funcionarios de limpieza no se atreven a bajar tarde en la noche por aquellos lares. Que a todos los profesores de ciencias se les exige que una vez culminada la clase, guarden todo lo utilizado en los respectivos cajones y armarios con llave y que no dejen absolutamente nada sobre las mesadas, ni siquiera un rígido mechero Bunsen. Se dice que a partir de este incidente, existe la orden de dejar todas las luces de todos los salones, pasillos y escaleras encendidas durante toda la noche, principalmente la del primer piso. Esta historia, que es bastante fiel a la memoria colectiva, tiene detalles que varían. Por ejemplo, en algunas versiones todo le sucede a un solo oficial y al lugar llega únicamente un patrullero. En otras, se dice que la historia es relatada en primera persona por un interno de la sala de psiquiatría del Hospital Regional Salto, y que, al indagar sobre dicho paciente, confirman de que efectivamente es un ex-policia. Lo cierto es que, antes de escribir esto, decidí darme una vuelta por el IPOLL. Eran las dos de la mañana de una noche muy fría y no advertí ningún sereno, ni vigilante ni policía alrededor de toda la manzana. Y efectivamente, el edificio se halla vacío con todas las luces de los salones encendidas.

leyendas urbanas uruguayas 2da parte

Fantasmas de ruta

El mundo de las leyendas urbanas está plagado de relatos extraños que tienen como escenario rutas o calles solitarias, cuyos protagonistas son generalmente caminantes misteriosos o los mismos coches que sobre ellas transitan. En Estados Unidos son tan populares que ameritan un subgénero aparte, caracterizado por apariciones fantasmagóricas o accidentes de tránsito originados por causas sobrenaturales, relatos “unidos por el símbolo de la Norteamérica moderna: el coche”, según narra el folklorista Jan Harold Brunvand. En Uruguay (particularmente en el interior), este tipo de cuentos son también comunes: hoy les ofrecemos una primera parte con tres leyendas, situadas tanto en la capital como en el interior..


La curva de la muerte

La llamada “curva de la muerte”, donde hoy está el museo oceanográfico, es conocida por albergar el relato de Alicia del Buceo, que ya narramos en este espacio y que también puede considerarse dentro de las leyendas clásicas “de ruta”. Sin embargo, el lugar fue tristemente célebre por la cantidad de accidentes de auto que allí sucedían, a tal punto que las autoridades debieron optar por eliminar la curva hace ya un tiempo. Suele contarse que los conductores, momentos antes de llegar a la zona, veían una extraña figura haciendo gestos, como si les rogara que aminorasen la velocidad. La presencia de esta silueta era un símbolo fatídico: inevitablemente los autos se estrellaban poco después de su aparición. Este espectro amigable (o de mal agüero, según se lo mire) que intenta alertar al automovilista, recuerda mucho al guardavías de Charles Dickens, uno de los cuentos de terror más populares del siglo XIX: en él, una figura fantasmal –parada sobre una tenebrosa boca de túnel- hacía exactamente estos mismos gestos antes de cada choque de tren. En el caso de la “curva de la muerte”, la silueta atenta era sustituida en muchas ocasiones por gente extraña que cruzaba la calle antes que los conductores doblaran. Con la eliminación de ese tramo, muchos años atrás, el fantasma atento –presumiblemente uno de los primeros en fallecer en la trampa de la curva- fue liberado finalmente de su cíclica e inútil tarea: advertir eternamente sobre los peligros mortales de esa ruta y estar condenado a ser desoído para siempre.




El mendigo del túnel de 8 de octubre

El túnel que une la calle 8 de octubre con 18 de julio, aquí en Montevideo, es protagonista de una narración urbana que circuló oralmente durante un extenso período de años. Cuentan que poco después que dicho túnel fuera estrenado, un mendigo en estado de ebriedad -que daba un vistazo a la nueva obra desde arriba- cayó al suelo tras perder el equilibrio. Desorientado, el hombre decidió introducirse en la boca de la novísima construcción. Lo hizo con tanta mala suerte que tomó la senda contraria, siendo atropellado por un trolebus y perdiendo la vida inmediatamente
Desde entonces, cuentan que la silueta del mendigo puede entreverse en ocasiones en medio del pasaje, cuando los buses transitan a gran velocidad. La figura desaparece momentos antes de repetir el impacto que sufriera en vida, como si intentara una y otra vez salir del túnel que lo llevó a la muerte. El relato tenía un agregado que no era menor, y que era repetido con frecuencia por madres crédulas y preocupadas: nadie que osara aventurarse a pie por un extremo del túnel lograba encontrar la vía de salida, ya que el mendigo atraía inevitablemente a los caminantes a su mismo destino fatal.




El andante

En las cercanías de la ciudad de Bella Unión, departamento de Artigas, un relato corre de boca en boca desde la época de auge del gran ingenio azucarero CALNU. En los accesos al lugar había una curva muy peligrosa, causa de muchísimos accidentes. Uno de ellos, trágico por sus características, acabó con la vida de un inversor de la cooperativa que llegaba desde Montevideo.

Quienes viajan por esa vía en estos tiempos se topan a veces con un extraño caminante, que se dirige hacia CALNU y en ocasiones hace dedo: viste traje antiguo, usa sombrero y lleva una maleta. Cuando un conductor atento accede a llevarlo, extrañado ante una indumentaria tan poco común, el atildado señor comenta que es un inversor importante que se dirige hacia su trabajo. Al llegar a destino los choferes suelen ser víctimas de un ataque de nervios cuando su ocasional copiloto, con perfecta cortesía , emite un “gracias” frío y penetrante y se desvanece del coche como por arte de magia.

leyendas

La gemela de Pocitos

Una noche calurosa de noviembre a principios de los años ‘70, un joven se hallaba estudiando en su apartamento de Pocitos, en Bulevar España casi la Rambla. Mientras repasaba sus lecturas junto a un compañero de estudios, tocan a la puerta. El reloj marcaba las 12 en punto, una hora inusual para recibir visitas, por lo que el dueño de casa quedó extrañado.

A través del visor de la puerta, sin embargo, aguardaba un niña de siete u ocho años, de rostro dulce y aspecto inocente, llevando un vaso vacío entre sus manos. Luego que el joven abriera la puerta sin dudar, la niña le pidió en tono suave un poco de leche. Ella aguardó en la puerta durante unos segundos, mientras el dueño de casa llenaba el vaso, agradeciendo posteriormente y retirándose.

A la noche siguiente, el estudiante volvió a reunirse con su amigo para continuar con los estudios. Al caer la medianoche la puerta volvió a sonar con puntualidad implacable, preludio de la aparición de la niña de la noche anterior, que se repitió en esta ocasión con la exactitud de un calco. Llevaba el mismo atuendo, un vestido blanco con puntillas, y volvió a pedir un vaso con leche con muchísima amabilidad. El joven sintió esta vez un cierto cosquilleo incómodo, pero apenado ante la situación la invitó a pasar. Al verla sentada en un sillón de su hogar, con expresión desamparada, el estudiante se animó a preguntar el por qué de sus visitas tan tardías.


Con total simpleza, la niña respondió que vivía un piso más arriba pero que allí, por cierto, no tenían leche. Terminó el vaso, aclaró que debía retirarse y abandonó el lugar una vez más. Al día siguiente, el joven decidió comprar un par de botellas de leche y llevarlas directamente a la niña misteriosa y nocturna que vivía en el piso de arriba.
Eran 2 apartamentos por planta, por lo que al tocar el timbre del primero una mujer le explicó que probara en la puerta de al lado, donde vivía una niña de características similares. En el segundo apartamento atendió una chica de unos 12 años, muy parecida a su cordial visitante nocturna. Al ser preguntada al respecto negó tener una hermana, pero el joven, convencido de las semejanzas e instigado por lo sucedido en las tres noches anteriores, volvió a insistir. La pequeña comenzó a ponerse nerviosa y llamó a su madre. Cuando el joven explicó la situación, la reacción no pudo ser más inesperada: la mujer se abrazó a su hija y comenzó a llorar del mismo modo. Le pidió al estudiante que aguardara unos segundos y volvió a introducirse en la casa. Cuando regresó, tenía una fotografía entre las manos: en ella, podía verse a la mujer un hombre y dos niñitas exactamente iguales. El joven reconoció al instante el rostro y se sobresaltó al ver el vestido blanco con puntillas. Sólo tardó un instante en recomponer las piezas del puzzle, y pudo anticipar el relato de la mujer. El mismo día en que habían sacado la foto, la niña del vestido blanco -la visitante de la medianoche- había muerto, dejando a su familia inundada de tristeza.


El joven, aterrado, pidió disculpas y volvió al apartamento. Llamó a su compañero de estudios, le contó la historia y le pidió que lo acompañara esa noche. Cuando llegó, ambos se dedicaron a la lectura sin olvidar por un momento la marcha inevitable del reloj hacia la medianoche. A las doce en punto la puerta sonó como de costumbre, pero potenciada por el clima enrarecido pareció resonar más fuerte que nunca. El estudiante, conociendo la historia macabra que se escondía detrás de su visitante, prefirió mirar por el visor antes de decidirse a abrir. Del otro lado, sin embargo, no había nadie. Abrió la puerta inquieto y halló a sus pies el vaso, el mismo que la niña llevaba día tras día, sólo que esta vez podía ver un papel enrollado dentro. Al desdoblarlo, el joven pudo leer una simple palabra: “¡Gracias!”. De tanto en tanto, incluso hoy en día, algunos habitantes del edificio se sobresaltan cuando sienten el timbre a medianoche y se enfrentan a la presencia amigable de una niñita de blanco, que recorre los pasillos culminando un paseo inconcluso de 35 años atrás.

urbanas

Fantasmas de ruta 2

Llega la segunda entrega de nuestra edición de Fantasmas de ruta, que en la edición anterior incluía las leyendas de “la curva de la muerte”, “el mendigo de 8 de octubre” y “el andante”. En esta ocasión continuamos con una serie de relatos cortos, que tienen relación no sólo con las rutas sino también con los rieles que cruzan el país.

La dama del puente

A fines de los años ’40, la localidad de Vergara, ubicada entre Treinta y Tres y Cerro Largo, distaba mucho de ser el centro arrocero de exportación en que se convertiría luego; por aquella época, era más un pueblo que una ciudad, con unos cuantos cientos de habitantes. La población se había originado a orillas del Parao, un arroyo – o más bien un río de llanura- agreste y con muchos bañados. Quiso el infortunio que culminando la década del ’40 el Parao fuera testigo de una desgracia que sacudió al pueblo: una mujer, que paseaba sobre el puente ferroviario que cruzaba las aguas, fue atropellada por un tren que hacía su ruta a un horario desacostumbrado.
Al tiempo de este suceso, los pobladores que vivían cerca del puente comenzaron a escucharen forma cíclica los ruidos de la tragedia. Todas las noches, a la distancia, se repetían los ecos amortiguados de los sonidos de aquella noche: el traqueteo del tren, los gritos, el murmullo de la gente y la ambulancia improvisada. Durante años, a través de la repetición sonora del accidente, los habitantes de la zona debieron revivir el impacto de la tragedia que había conmocionado a la tranquila población de Vergara. Aunque en la noche no pudiera percibirse un solo movimiento, la mujer del puente recordaba su propia desgracia a través de la recreación de los sonidos que precedieron y continuaron a su propia muerte.

Las tragedias ocurridas en puentes, muy comunes en el interior del país, dejan de tanto en tanto sus propias historias de fantasmas y regresos. El relato del espectro femenino que recorre el lugar donde perdió la vida se repite en más de una localidad. En el puente de la Barra de Santa Lucía, a altas horas de la madrugada, el ocasional peatón podrá sentir la presencia de otros transeúntes caminando a su lado, una pequeña multitud conformada por quienes fallecieron en los accidentes de la zona.
Estas entidades no se visualizan jamás, excepto por la aparición de una mujer joven con un vestido ligero. Con el rostro desenfocado, ligeramente borroso, la dama de Santa Lucía acompaña a quien cruza el puente de punta a punta y a una prudente distancia. Una vez cumplido el objetivo, la figura se desvanece, como si su tarea fuera oficiar de custodio a quienes cruzan el puente a horas poco seguras, las mismas en que la joven encontró la muerte.



Los zapatos cambiados

En una plaza céntrica de Montevideo, hace algunas décadas, ocurrió un accidente que terminó con la vida de un joven de buena posición económica. El hombre regresaba de una fiesta, con unas copas de más, y estrelló el auto al tomar una curva demasiado pronunciada, muriendo en el acto.
El lugar comenzó a llenarse de curiosos rápidamente, por lo que la policía, intentando mantener el control, realizó un vallado de seguridad, salió en busca del forense y dejó a un agente a cargo del cuerpo. El policía, que era de origen humilde, vio las ropas carísimas del finado y no tuvo mejor idea que realizar un cambiazo de zapatos. Le quitó al joven muerto sus finísimos mocasines y los sustituyó por su calzado, consistente en un par de gastadísimos y maltratados zapatos viejos. Al regresar, los demás agentes se sorprendieron al ver al conductor del coche con una ropa tan refinada y un calzado tan estrafalario, completamente roto, pese a lo cual decidieron no mencionar el caso. Las operaciones de rutina culminaron, el asunto quedó en la interna y el policía pudo volver al hogar con sus zapatos lustrosos y recién adquiridos.
Ese mismo día, guardó el calzado en el ropero y se fue a dormir, pasando una noche intranquila. A la mañana siguiente, cuando el agente abrió la puerta del placard con el objetivo de ponerse sus zapatos nuevos, vio algo que jamás hubiera imaginado: donde antes estaban los relucientes mocasines del finado se encontraban los zapatos viejos, gastados y rotos que el día anterior había puesto en los pies del joven fallecido. La historia va más allá de este final de tuerca, agregando que el policía sufrió un shock y terminó sus días hospitalizado en un manicomio.
El relato del muerto que regresa por la noche a recuperar lo que le fue robado, que circula en formato ADUA desde hace un tiempo, cambia ligeramente los detalles y las características del accidente pero no olvida mencionar nunca el par de zapatos recuperado desde la tumba.

buenas

La decapitada del Timote

Molles del TImote, una localidad del departamento de Florida, solía ser en las primeras décadas del siglo XX una zona calma y con características eminentemente rurales: mucho campo, pocos pobladores y una ausencia casi completa de construcciones.

La tranquilidad de la pequeña localidad se vio conmovida en aquella época por un crimen pasional, protagonizado por una pareja que, como suele suceder en los pueblos chicos, era muy conocida entre los habitantes del lugar. Su flamante casamiento, fresco en el recuerdo de los concurrentes de Molles de Timote, poco hacía prever los sucesos que impactaron al pueblo poco después.

Una noche, el esposo descubrió que su mujer lo engañaba con otro joven del pueblo, con el que se carteaba con frecuencia; haciendo honor a su fama de hombre temperamental, el hombre esperó a la mujer hirviendo de rabia y celos. Cuando cruzó el umbral no pudo contenerse y, tras obtener la confesión de su esposa, le decapitó a golpes de pala, ciego de ira. Más tarde, al comprender cabalmente lo que había hecho, el asesino intentó ocultar las evidencias del crimen monstruoso. Pudo encargarse de la cabeza de la finada -un objeto maniobrable por su tamaño- al enterrarla sin dificultades en el fondo de la casa: el cuerpo, sin embargo, requería un trabajo más arduo. Desesperado, envolvió con cuerdas a aquel peso muerto que había sido su esposa y le ató piedras para que actuaran a modo de lastre. Cargó el fardo hasta el arroyo Los Molles, que corre en esa localidad, y arrojó el cuerpo al agua con la esperanza de que se hundiera para siempre. La forma en que la difunta esposa delató el crimen de su marido, sin embargo, fue mucho más escalofriante de lo que hubiera podido imaginar el propio asesino.

Desde las épocas de aquel fatídico día hasta nuestra época, la decapitada del Timote emerge del agua en una forma poco convencional. Quien cabalgue de noche por la zona y desee cruzar el arroyo Los Molles en forma segura, no debe nunca mirar hacia atrás: cuando los cascos de los caballos tocan el agua, la mujer sin cabeza se sube suavemente a las ancas del animal y acompaña al jinete hasta llegar a la otra orilla. Allí, la decapitada desciende silenciosamente y desaparece en la superficie calma de Los Molles, sin hacer un solo ruido ni dañar al valiente que le permite gentilmente compartir el caballo en ese breve trecho. Quienes osan mirar hacia atrás por curiosidad, sin embargo, sucumben al terror y comparten el trágico destino de la mujer sin cabeza, condenada a yacer eternamente en el lecho del arroyo.

En la localidad circulan relatos oscuros sobre los hombres y mujeres que, como en el mito griego de la Medusa (también víctima de la decapitación), fueron conducidos a la perdición por ceder a la curiosidad, por tentarse en un trágico instante y observar aquello que les está vedado. Estos cuentos, que corren de boca en boca, suelen funcionar a modo de advertencia para los jinetes que se acercan a las aguas del arroyo entre el anochecer y el alba, desafiando los escalofríos que produce el recuerdo de la decapitada del Timote.

muy

La tumba del arroyo Toledo

A principios del siglo XIX, la zona del arroyo Toledo disfrutaba una calma impensada en estos días, a pesar de que sus aguas, entre Montevideo y Canelones, siguen guardando cierto encanto rural. Por aquellos tiempos, al costado del arroyo, vivía un estanciero que se dedicaba al tráfico y comercio de esclavos llegados de África.

Los esclavos, mercancía legal en aquel tiempo, solían recorrer encadenados un largo trecho a la vera del arroyo, haciendo el camino entre dos haciendas. Durante el recorrido arduo, los negros caminaban bajo los rayos del sol y la mirada atenta de un capataz blanco, que solía someterlos a destratos de acuerdo a los cambios en su temperamento.

En uno de esos recorridos viajaba un esclavo que llevaba sobre su cuerpo más grilletes de los demás. Se trataba de un personaje particularmente rebelde, que había tenido problemas con sus patrones en más de una ocasión a causa de su naturaleza conflictiva. Durante uno de esos largos “paseos”, cuando la siniestra comitiva iba a la altura de lo que hoy es el kilómetro 6 del Camino del Andaluz, el capataz golpeó con violencia a una joven esclava que caminaba con excesiva lentitud para su gusto.

El negro, ciego de furia, no pudo tolerar el abuso: levantó sus cadenas y grilletes, se acercó por detrás a su patrón y lo estranguló con los propios hierros. Tras cometer el asesinato, el esclavo pudo ver en un pantallazo el futuro que lo esperaba: la tortura, el confinamiento y probablemente una muerte dolorosa. No lo pensó dos veces. Corrió hasta un promontorio de rocas altas, con los brazos y cadenas en alto, y se zambulló en un ojo de agua que se forma en esa parte del Arroyo Toledo.

Tanto sus compañeros como los empleados del estanciero esperaron ver resurgir su figura en la superficie del arroyo. El negro, quizá resistiéndose a una perspectiva de vida entre grilletes –o por el propio peso de las cadenas- no volvió a salir a la superficie.

El curso del arroyo ha cambiado bastante en estos doscientos años, pero tanto las altas rocas como el ojo de agua siguen estando allí, desafiando el paso del tiempo. Hasta hace no tanto tiempo, los jóvenes más aventureros solían arrojarse desde el peñón hasta la superficie, jugando a sumergirse en lo más hondo.

Desde el siglo XIX, la leyenda narra que quienes se zambullen en las profundidades del arroyo logran ver una sombra humana. Si prestan suficiente atención, pueden oír el ruido amortiguado de unas cadenas, las mismas que la memoria de un hombre hace sonar desde hace casi doscientos años, como símbolo de una muerte liberadora y preferible mil veces a una vida entre cadenas.

uruguayas

El exorcismo del Daymán

El curioso exorcismo a una muchacha endemoniada en tierras uruguayas

Culminamos nuestro ciclo de leyendas urbanas -quizá definitiva, quizá temporalmente- con un último relato del interior del país. En este caso el protagonista de una posesión diabólica no es Damian, como en el cine, sino el río Daymán, testigo de un caso criollo. Traemos este relato nuevamente gracias a la colaboración del escritor Diego Moraes, aprovechando la reciente edición de su "Bestiario del Salto Oriental", editado por la Intendencia de Salto.

Días pasados, releyendo viejos documentos históricos a propósito de supersticiones, mitos y creencias de los habitantes de la Banda Oriental, di, casi al azar, con la crónica de un curioso exorcismo que entiendo no carecería de cierto interés en cualquier antología de los horrores de Salto. Las circunstancias exactas que rodearon estos acontecimientos son muy confusas; sin embargo, según las versiones más autorizadas, el evento habría tenido lugar hacia el año 1894 en un sitio sobre la costa del Río Daymán, no demasiado lejano al lugar en que ahora se encuentran las famosas Termas que ostentan ese mismo nombre.

La protagonista de la historia fue una muchacha mestiza, aún no completamente desarrollada -digamos seis o siete años- que vivía en una casita de la zona. Se llamaba L*** y había nacido en el Brasil, más precisamente en Rio Grande do Sul, sitio desde el que poco tiempo atrás había emigrado junto a su madre. Un buen día, y luego de haber convalecido de dolor toda una noche sin causa aparente, L*** comenzó a ejecutar algunas acciones extrañas y a ser víctima de accidentes ciertamente estrafalarios. Los parientes, amigos y vecinos que fueron testigos de estos prodigios, alucinados y asombrados en su imaginación, llegaron a la certidumbre irrefutable de que, verdaderamente, la muchacha "tenía a Mandinga en el cuerpo".

En ocasiones, L*** padecía de unos violentos ataques durante los que se comportaba casi como un animal. Comenzaba a gritar, a semejanza de un chancho que están carneando, y clamaba a viva voz que alguien había venido a llevársela a un paraje terrorífico. Se retorcía como una histérica, gemía como una desquiciada y lloraba escandalosamente. En estos accesos, la joven se estiraba completamente en la cama, y tiesa como estaba, parecía que la arrastraban de las piernas, escurriéndose del reposo. Uno y hasta dos hombres de campo muy forzudos no eran lo suficientemente poderosos como para sujetarla; por esta razón, y a pedido de la propia aterrada madre de la criatura, se convino en amarrarle las muñecas a la cabecera de la cama con unas sábanas.

Otras veces, y aún cuando segundos antes se encontrara apaciblemente tomando mate y conversando con su gente, la joven se transformaba de súbito, y comenzaba a proferir insultos soeces a todos los que se atrevían a dirigirle la palabra o a mirarla con atención. Se arañaba, afirmando que no era ella, sino otro ser invisible quien le clavaba las uñas. Golpeaba con recias patadas las puertas, las paredes, los muebles y las ventanas de la casa, y hasta se orinaba o defecaba en los rincones. También articulaba unos silbidos muy penetrantes, que parecían provenir de lo profundo del bosque circundante. Otra costumbre extravagante de la poseída era la de salir intempestivamente a los fondos de la casa y desde allí arrojar piedras al aire con tan milagrosa habilidad que las piedras retornaban al mismo lugar del que habían partido.

Otro rasgo extraño de la historia es que esta endemoniada, antes de haber entrado en este estado, no hablaba sino su lengua natal, el portugués. No obstante, desde que iniciaron los ataques, la muchacha comenzó a expresarse con tal corrección el castellano como si fuera una nativa, al punto que ni siquiera por el acento pudiera distinguirse del habla de los hijos del país, circunstancia que provocó la perplejidad de los vecinos.

La situación de L*** empeoraba cada vez, y entonces llegó un momento en que la familia de la niña se vio obligada a tomar cartas en el asunto. Se decidió, entonces, convocar a un exorcista. Sin embargo, y diferencia de lo que nos tienen acostumbrados los argumentos de las series televisivas, este ritual no fue llevado a cabo por un sacerdote de la Iglesia Católica, sino por el contrario, por un curandero popular. Pocos datos hay sobre este oscuro personaje, salvo que se trataba de un viejo con fama de brujo y de hechicero, y que ya tenía alguna experiencia en los métodos del magnetismo animal. Aunque también es cierto que, pese a su condición profana, las figuras y los instrumentos de que se valía para sus conjuros eran los mismos que se esgrimen en la liturgia cristiana: también el exorcista, además de brebajes y conjuros, portaba un crucifijo, rociaba agua bendita e invocaba el glorioso nombre de Dios.

Pese a tantas previsiones, el exorcismo culminó en un rotundo fracaso. Ya desde el principio, la endemoniada manifestó toda serie de irreverencias hacia los poderes de su sanador. Por ejemplo, el exorcista recitaba oraciones y le decía cosas tales como: "Clama, hija mía: Dios conmigo y el Diablo al Infierno", y la joven, enfurecida, respondía insultante: "El Diablo conmigo y Dios a la p ". En tales contratiempos, y como todo recurso, el exorcista la rociaba con más agua bendita y rezaba cada vez en tono más solemne. Por supuesto que, por momentos, el exorcismo parecía dar algún resultado, pues la muchacha cesaba de maldecir y no realizaba tantas extravagancias, pero el mal pronto volvía a exacerbarse. Y L***, conforme pasaban los días, estaba cada vez peor. Hacia el final, al borde de la locura, no hacía sino cubrirse el rostro con las manos o con las sábanas, y mientras sujetaba fuertemente las manos de una vieja, como buscando terrenal consuelo, manifestaba su malestar y su espanto con penetrantes gemidos. Un atardecer, luego de una larga sesión de espiritismo que había abarcado toda la noche y el día anterior, L*** finalmente murió.

Una vez fallecida la desventurada criatura, la casa en la que fue llevado a cabo el ritual adquirió una fama siniestra. Se decía del edificio -como del Teatro Larrañaga o del Museo de Bellas Artes- que fuerzas oscuras y misteriosas habían asentado allí su dominio infernal. Según hemos llegado a saber, este lugar fue, en repetidas ocasiones, escenario de apariciones de fantasmas, voces pavorosas, ayes fatídicos, luces que vagan solitarias, ruidos subterráneos y otras proposiciones infames por el estilo. Los antiguos vecinos del Daymán solían referirse a este sitio con mucho respeto, como si se tratara de un lugar de culto, aunque, temerosos, preferían no frecuentarlo demasiado. Hoy en día, y para beneplácito de los espantadizos, esta casa ya no existe; fue demolida, y en el lugar en que se encontraba fue edificado un lujoso hotel que hace las delicias de los turistas más exigentes.

leyendas urbanas uruguayas 2da parte

La Sirena del Río Uruguay

Pariente lejano de la sirena mitológica, un ser solitario y grotesco asoma de tanto en tanto en la superficie del río Uruguay.


El mito de la sirena del Río Uruguay es una de esas clásicas leyendas que desde tiempos inmemoriales seduce la imaginación de los hombres de todo el litoral oeste del país, e incluso de aquellos que habitan todavía más hacia el sur de la República, pues es evidente que la famosa sirena del Río de la Plata, sobre la que misteriosamente refieren algunos pescadores montevideanos, no es sino la mismísima ninfa de aguas dulces en una de sus excursiones más alejadas. Con todo, es probable que en ningún otro sitio como en Salto esta leyenda posea tantas anécdotas y testimonios que den prueba de su existencia.

Pese al ostensible nombre de esta bestia, la sirena del Río Uruguay es un animal que apenas recuerda a su congénere de la mitología clásica.

Una diferencia notoria proviene de las apreciaciones fisonómicas de cada una de estas especies. Las sirenas de la antigüedad helénica fueron seres de forma híbrida, que de la cintura para arriba asemejaban unas hermosísimas doncellas de largas cabelleras y de formas voluptuosas, mientras que de la cintura para abajo eran unos peces gigantescos. En cambio, la sirena del Río Uruguay no es un mero complemento entre una especie humana y otra animal, sino tal vez un híbrido indeterminado entre ambos términos. Se sabe que tiene extremidades, pero éstas no son los tiernos brazos de una náyade, sino unas especies de tentáculos provistos de largas garras y de aletas. Hay también consenso en que tiene abundantes cabellos, pero éstos no son finos y delicados, sino verduzcos y pinchudos como si se tratara de un puñado de bigotes de surubí. Sus ojos son amarillos y saltones, como los de un sapo, y no toleran la luz. El conjunto del monstruo da la impresión de un axolote enorme, pero cuyas facciones evocan, lejanamente, rasgos humanos. Su piel, brutalmente salpicada de erupciones, es de un color gris piedra que le permite un camuflaje sin igual en las oscurecidas aguas del río.

Otra diferencia importante es que al tiempo que las sirenas sobre las que nos refieren los relatos de la mitología y la epopeya clásica siempre avanzan en grupos, verdaderos harenes fantásticos de seductoras marinas, la sirena del Río Uruguay, en cambio, es un ente tristemente solitario. Es probable que se trate del último espécimen de su raza. La pobre criatura vaga de aquí para allá, desamparada, sin otra compañía que la corriente del río y la ocasional cercanía de otros peces que el azar de las aventuras pone en su camino.

Pero tal vez la principal diferencia entre la especie helénica y la sirena del Río Uruguay -a quienes conviene reconocer, sin embargo, como parientes muy lejanas-, es la absoluta disparidad entre sus respectivos comportamientos en relación a los humanos. Las sirenas de la antigüedad clásica encontraban singular deleite en provocar la desgracia y la muerte de los hombres. Sus hermosas melodías y sus hipnóticos cantos atraían la atención de los navegantes, que descuidaban el curso de sus naves y las estrellaban así contra los arrecifes, pereciendo toda la tripulación en las aguas. Por el contrario, la sirena del Río Uruguay es un ser absolutamente pacífico, y más que bonachón, casi inocente, que nunca ha causado y es previsible que no causará jamás daño a nadie.

Puesto que, como se dijo, se trata de un ser solitario en extremo, posee, eso sí, una gran curiosidad. Pero es de un carácter tan arisco y huraño que toda vez que se acerca a un humano, y es percibida por éste, la sirena se zambulle de súbito en las aguas y huye despavorida, como si la sola idea de ser contemplada por los ojos de la gente le provocara un estremecimiento más poderoso que su osadía de mostrarse.

Desde que los practicantes de la religión afro-umbandista instalaron en la playa Las Cavas una bellísima escultura de Ie-Manjá, los avistamientos más frecuentes de la sirena en la ciudad de Salto se produjeron precisamente en esa zona del Río Uruguay. Muchos de los devotos de esta diosa, que habitualmente se acercan a la costa del río a realizar sus rituales y a presentar sus ofrendas de flores, velas y animales, juran haber divisado más de una vez a la "Madre de las Aguas" saltando a lo lejos, o a veces también paseando en una barca, vestida con sus conocidos atuendos de colores blanco y turquesa, su silueta recortándose en el espejo de plata de la luna. Estas visiones me fueron confirmadas también por algunos de los muchachos del cuerpo de Guardavidas de la Intendencia que en las épocas del verano custodian las playas salteñas. Hacia el atardecer, cuando van a recoger las boyas de seguridad, se ven a menudo espantados por el súbito borbollón de agua que, en su torpe desplazamiento por debajo de la chalana, produce la sirena al pasar.

Igualmente, los marineros de la Prefectura, hastiados de caminar y de vigilar con sus binoculares toda la costa del Salto, fueron testigos de sus fugaces apariciones.

Fuera de estos registros recientes, hubo una época en la que los avistamientos más frecuentes de la sirena del Río Uruguay se realizaron en el puerto de la ciudad. Tal vez por esta razón, quienes están en mejores condiciones de proporcionar datos fidedignos sobre la existencia de este apacible monstruo acuático, sean los habituales pescadores que noche tras noche van allí a tirar sus plomadas. También los pescadores de río adentro, que rastrillan la zona portuaria con sus embarcaciones y sus redes, se ven de ordinario sorprendidos por la visita de este curioso engendro.

En ocasiones, las personas que hacia el atardecer regresan de Concordia en la lancha, pudieron observar también de qué simpática manera acompañaba la sirena el surco blanco de agua que el motor produce en el río, asomando la cabeza y hundiéndose en forma reiterada. Otras zonas de avistamientos frecuentes de la sirena del Río Uruguay en Salto son las rocas del Ayuí, las cuevas de San Antonio y las compuertas de la Represa de Salto Grande, sitio en el que no es por cierto infrecuente advertir a este fantástico animal, saltando alegremente junto a los dorados en los torbellinos de agua.

leyendas


si te gusta tambien te puede gustar
leyendas uruguayas 1ra parte

2 comentarios - leyendas urbanas uruguayas 2da parte