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Juan Moreira

Juan Moreira fue un gaucho argentino. Nació en el partido
bonaerense de La Matanza pero su fecha de nacimiento es
Juan Moreira
desconocida. Su vida estuvo llena de injusticias y se la ha considerado como representativa de las sufridas por el gaucho argentino, injusticias que lo llevarían a la muerte en abril de 1874 en Lobos.
Durante cerca de treinta años Moreira llevó una vida tranquila, dedicando su tiempo al trabajo rural hasta conseguir su propio rancho, unas cuantas cabezas de ganado vacuno y algunas hectáreas de campo que destinó a la siembra.
Era una hombre alto y fornido que tomaba poco alcohol y no frecuentaba las pulperías; tenía buenos modales y era habilidoso con la guitarra, motivo por el cual era bien visto por "la Vicenta", de quien se enamoró y con quien se casó, contando con el pleno consentimiento del padre de Vicenta, un hombre muy respetado.
El casamiento con Vicenta sería el inicio de todos sus problemas ya que el Teniente Alcalde de la zona –conocido como Don Francisco- también estaba enamorado de ella y empezó a perseguirlo acusándole de hechos injustificables. La primera multa que recibió de Don Francisco fue por la fiesta de la noche de bodas sin la autorización del Teniente Alcalde, por lo que tuvo que pagar 500 pesos.
En aquel momento Moreira le había prestado a Sardetti, el almacenero del pueblo, unos 10.000 pesos que éste usaría para la compra de frutos del país; Sardetti no devolvía lo prestado por lo que Moreira –sin documentación que lo avalara- presentó la denuncia ante el Teniente Alcalde. No se sabe con certeza si Sardetti y Don Francisco se habían puesto en acuerdo, pero Sardetti negó la deuda y Moreira fue castigado con 48 horas de "cepo" (detención) acusado de reclamar lo que no era suyo. Moreira, indignado por la situación, le juró a Sardetti una puñalada por cada mil pesos que le debía. Cumplió su promesa en un duelo a cuchillo en la propia almacén de Sardetti y a su regreso tuvo que pelear en su rancho contra Don Francisco y cuatro soldados que estaban allí para aprehenderlo. En el enfrentamiento Don Francisco y dos soldados resultaron muertos.
Fue a partir de este momento cuando empezó a ganar fama en la región. De este modo tuvo más peleas, las que siguió ganando, y muchas de las cuales eran desafíos de otros gauchos que querían probar su propia destreza. Con el tiempo empezó a trabajar como guardaespaldas de políticos a cambio de "limpiar su nombre", promesa que nunca fue cumplida.
Moreira tenía sólo un caballo bayo, un pequeño perro llamado "Cacique", un poncho, una facón (característico por la forma en C de su guardamonte) y dos trabucos. Siempre dormía a cielo abierto con su perro "Cacique" que le servía de guardián y jamás desensillaba por si tenía que escapar. Recorrió las ciudades de Navarro, Las Heras, Lobos, 25 de Mayo y pasó algún tiempo en las tolderías del Cacique Coliqueo.
En abril de 1874 el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden de Mariano Acosta, gobernador de la provincia de Buenos Aires, envía a 25 hombres que, al mando del comandante Bosch perteneciente a la policía de Buenos Aires, lo rodean en la almacén y pulpería "La Estrella", ubicada en lo que hoy es el Sanatorio Lobos en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner. Juan Moreira peleó con todas sus fuerzas pero justo cuando estaba a punto de saltar la pared que se interponía entre los policías y su caballo es herido por la bayoneta del sargento Chirino, quien le perfora el pulmón izquierdo. Sin embargo, Moreira alcanza a disparar con su trabuco por lo que Chirino pierde un ojo; Moreira cae, logra levantarse y hiere a Eulogio Varela. De esta forma, Moreira se muere después de dos vómitos de sangre y se convierte hasta estos días en uno de los personajes populares más conocidos de la Argentina.
Moreira dejó a un hijo, de igual nombre, y a su amada mujer. Los restos mortales se encuentran en el cementerio de Lobos. Sin embargo, se pueden apreciar algunos efectos personales, como dagas, y también su cráneo, en el Museo Juan Domingo Perón, sito en la misma ciudad.

Armas utilizadas por Moreira en sus combates (dagas y trabucos)Ambos pertenecen a Moreira y son propiedad del Museo Juan D. Perón en la ciudad de Lobos.
moreiraJuan Moreira



Fragmentos del libro Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez

MOREIRA-LEGUIZAMON EN NAVARRO

"-¡Menos boca y al suelo! -gritó Leguizamón desmontando-. Usted es un maula que ha venido a asustar con la postura y que no ha de ser capaz de nada.
En la cintura de Leguizamón se veía un revólver de grueso calibre y una daga de colosales dimensiones.
Fue esta el arma que sacó el paisano.
Moreira se echó al suelo como quien hace una cosa a disgusto, y sacó también su daga, enrollando con presteza al brazo la manta de vicuña.
Apenas el paisano se había separado una vara del caballo, cuando Leguizamón estaba sobre él, enviándole una lluvia de puñaladas.
Era aquel un espectáculo magnífico e imponente. Aquellos dos hombres se acometían de una manera frenética, enviándose la muerte en cada golpe de daga, que era parado por ambos con una destreza asombrosa.
Los ponchos, arrollados en el brazo izquierdo, estaban completamente hechos jirones por los golpes parados, pero los combatientes, igualmente diestros, igualmente fuertes, no habían logrado hacerse la menor herida.
La prolongación de la lucha empezaba a encolerizar a Leguizamón, que había cometido ya dos o tres chambonadas, y a medida que la cólera empezaba a enceguecerlo, Moreira se mostraba más tranquilo y más previsor en sus acometidas.
Los asistentes habían hecho gran campo a los dos antagonistas, sin haber entre ellos uno solo que se atreviera a separarlos, pues con aquella acción sabían que se exponían a captarse la cólera y tal vez la agresión de ambos.
Leguizamón, más viejo y menos tranquilo en el combate, empezó a fatigarse, mientras Moreira, más hábil, economizaba sus fuerzas, que no habían podido debilitar quince minutos de combate recio, que ya comenzaba a ser pesado para Leguizamón.
Aquella lucha no podía durar un minuto más; era cuestión de una puñalada parada con descuido, de un traspié, de una casualidad cualquiera.
Leguizamón empezó a retroceder, acometido de una manera ruda y decisiva.
De su poncho quedaban sólo dos pequeños jirones y su chaqueta estaba cortada en dos partes.
Moreira, cuyo poncho estaba completamente despedazado, paraba las puñaladas con su enorme sombrero de anchas alas.
Leguizamón fue retrocediendo hasta la mesa donde se hacía el escrutinio, que fue abandonada por los que la rodeaban, para evitar un golpe casual.
Allí, contra la mesa y con acción debilitada por el mueble, el gaucho cometió una imprudencia que fue hábilmente aprovechada por su adversario.
Distrajo la mano izquierda pretendiendo sacar su revólver, descuidando toda defensa, y Moreira, rápido como un relámpago, marcó una puñalada en el vientre.
Leguizamón quiso acudir a evitarla, pero Moreira dio vuelta la daga y dio con el puño tan violento golpe sobre la frente del gaucho, que lo hizo rodar por el suelo, completamente privado de sentido.
Después de este golpe maestro, era de suponerse que el vencido fuese degollado, pero Moreira, limpiando con la mano el copioso sudor que pegaba los cabellos sobre su frente, hizo dos pasos atrás y con la voz aún jadeante por la fatiga dijo a los paisanos del bando enemigo, que lo miraban asombrados:
-Pueden llevar a ese hombre a que duerma la mona y no venga aquí a hacer bochinche."


MOREIRA-JUAN CORDOBA

"Córdoba sonrió socarronamente, y levantando del mostrador la copa, que llevó a la altura de los labios con ademán despreciativo, replicó acentuando las palabras que pronunciaba:
-Yo no soy Leguizamón, compadre, ni hombre a quien han de correr con la vaina o asustar con la parada, y ya sabe quién es Juan Córdoba.
-Vaya a la maula, so zonzo de porra -dijo Moreira, prorrumpiendo en una estruendosa carcajada-, que usted no vale la pena ni de que le dé un talerazo.
Córdoba no se inmutó; o no conocía a Moreira o tenía demasiada fe en su coraje y en su vista, que así provocaba al terrible gaucho.
Al oír sus palabras soberbias, echó atrás el pie derecho, se separó del mostrador, y arrojando el contenido de la copa, que fue a bañar la cara de Moreira, desnudó enseguida su facón.
Al sentir sobre su cara el contenido de la copa, Moreira tembló violentamente, como si lo hubieran puesto al contacto de una pila eléctrica.
De sus ojos brotaron rayos, sus labios se movieron lívidos, y todas aquellas expresiones de la ira más expresiva se tradujeron en un rugido poderoso que se asemejaba a todo sonido, menos al de la voz humana; desnudó su daga, aquella terrible daga, y se precipitó sobre Córdoba, tremendo, con una violencia indescriptible.
Al llegar a su adversario, bajó un poco la cabeza, llevó el antebrazo izquierdo a la altura de la boca, y se tendió en una larga puñalada.
Córdoba acudió a pararla con increíble presteza, pero el brazo de Moreira era tan fuerte, la puñalada llevaba tal violencia, que Córdoba no pudo volcar aquel brazo de acero, y la daga penetró en su vientre, deteniéndose en la columna vertebral, donde se incrustó.
Era tal la violencia de aquel golpe, era tal la fuerza de aquel brazo que lo había dado, que al querer Moreira retirar la daga de la herida, atrajo sobre sí el moribundo cuerpo de Córdoba, teniendo que detenerlo con el brazo izquierdo para que no le cayera encima y dar más facilidad a la salida de la daga.
No se sabía qué era más admirable, si la fuerza muscular de Moreira o el temple de aquella arma soberana.
Tan rápida fue la escena, tan violenta la acometida de Moreira, que cuando los paisanos pudieron darse cuenta de lo que pasaba, el cuerpo de Córdoba había sido rechazado por Moreira al desclavar la daga, yendo a caer contra la pipa donde había estado sentado y desde donde había provocado el lance.
Al caer Córdoba, Moreira se le fue encima con la daga levantada y en actitud de volver a herir, pero al llegar a su adversario caído, sus instintos caballerescos tuvieron más poder que la ira que lo dominaba, pero ya tarde, porque aquel desgraciado había dejado de existir, sin poder pronunciar una sola palabra."


MOREIRA-LA PARTIDA DE NAVARRO


"Está bueno -repuso Moreira-; para que usted no me tome por tapadera de nadie, le diré que Juan Moreira soy yo y que he venido para pelearlos y para probarles que son unas maulas.
El capitán quedó helado de asombro ante tan brusca declaración: le parecía imposible que aquel hombre tuviera la audacia de ir a provocar la partida en la misma puerta del juzgado.
Antes que pudiera rehacerse; antes que atinara a desenvainar el sable, Moreira, aprovechando su estupor, incitó con las espuelas su brioso corcel y se fue sobre el capitán con tan violenta pechada que lo hizo caer del caballo, que salió de allí a escape, dejando a su jinete enredado en el sable y pugnando por levantarse.
Moreira revolvió su caballo y dio frente a la partida, que ya estaba completamente dominada.
Los cuatro soldados de Navarro habían salvado el bulto, poniéndose a larga distancia.
-¡Fuego, fuego sobre el bandido! -gritó el capitán que había logrado levantarse algo dolorido-. ¡Mátenlo, mátenlo! -y cayó sobre él con increíble denuedo, sable en mano.
Algunos de los soldados, más animosos y retemplados por la voz de su capitán, tendieron la carabina e hicieron fuego, pero con esa torpeza del paisano que apoya la culata en la paleta del caballo y hace fuego al acaso, creyendo que para hacer efecto basta solo la detonación, defecto que tienen muchos soldados de nuestra caballería de línea.
Moreira soltó una poderosa carcajada, se puso la rienda entre los dientes y apareció armado de sus dos trabucos de bronce, que había sacado de la cintura con increíble rapidez.
-¡A él, cobardes! -gritó desesperadamente el capitán, sin poder encontrar con su sable a Moreira, por la inquietud que éste con las espuelas imponía al overo bayo.
Los soldados cayeron sable en mano, teniendo que distraer mucho su atención en los caballos clásicos calificados de patrias que no caminaban, sino cediendo al rebenque.
Entonces se sintió un estampido poderoso, el doble estampido de los terribles trabucos que Moreira había disparado a un tiempo, al verse cargar por los soldados.
Cuando se hubo disipado la espesa nube de humo producido por aquellos dos disparos, se pudo ver el espantoso estrago que éstos habían causado.
Dos soldados se revolcaban en el suelo, presa de horribles convulsiones, tres disparaban completamente acobardados, mientras los restantes pugnaban por contener los asustados caballos.
El capitán estaba consternado: aquello era vergonzoso e increíble; a otro ataque de Moreira iba a quedar completamente solo y era preciso ganarle el tiempo.
Moreira, entretanto, volvía a cargar sus trabucos, operación que hacía con gran rapidez, pues llevaba los cartuchos hechos y no tenía más que colocarlos en la boca de los trabucos, donde los hacía calzar dando un golpe con las culatas en las encabezadas de plata del lomillo; de modo que, cuando el capitán animó con la palabra a los cinco hombres que le quedaban y los hizo cargar sobre Moreira, éste estaba con sus dos trabucos armados, espiando la oportunidad del disparo.
Cuatro de los soldados cargaron al frente, mientras el quinto remoloneaba, haciéndose el que no podía avanzar el caballo, y el terrible estampido de los trabucos de Moreira se dejó sentir por segunda vez, sembrando la muerte y el espanto entre los enemigos, que esta vez abandonaron por completo el campo, heridos unos y en dispersión los otros.
El capitán no se pudo conformar con aquel resultado: trémulo de vergüenza, cargó sobre el gaucho, que reía estruendosamente de la partida dispersa.
Ya había Moreira vuelto a colocar en su cintura los dos trabucos, y miraba a aquel joven con una mezcla de compasión y de burla.
Cuando éste lo cargó, dispuesto a morir, pues no tenía otra esperanza, Moreira hizo dar al caballo un salto para ponerse fuera de alcance y dijo al joven:
-Puede retirarse, capitán sin partida; con usted no tengo resentimiento, porque lo han mandado y no tiene la culpa de nada. Váyase y lleve el parte.
Avergonzado el joven con esta nueva sátira, cargó de nuevo al gaucho, dispuesto a morir o a concluir con aquel hombre formidable, cosa imposible por cierto.
El paisano desmontó entonces, enrolló la manta de vicuña en el poderoso brazo y sacó aquella terrible daga que tanto estrago había hecho ya.
Los espectadores temblaron; vieron que aquel duelo iba a ser mortal para el joven, pero ninguno de ellos se atrevió a ayudarlo con un ademán o con una palabra.
Moreira estaba sereno y sonriente: abría los brazos mostrando al joven su hercúleo pecho, como incitándolo a herir.
Cuando aquél se tendía en una estocada, Moreira la evitaba con el brazo de la manta, con una limpieza maestra, y se contentaba con marcar sobre la cabeza del joven un golpe con el cabo de la daga, que podía ser una puñalada mortal, demostrando con esto al joven que no quería herirlo y que entonces, como él decía, estaba peleando de puro vicio.
-¡Mátame, mátame de una vez! -gritaba el joven dominado por la ira-. Mátame porque, si yo puedo, te voy a atravesar el corazón.
-No quiero, mocito -replicaba el gaucho-. Usted le hace falta a la familia y no hay necesidad de que yo lo carnee por un disgusto tan al ñudo.
Aquella escena no podía prolongarse más, Moreira estaba ya fatigado y podía venir algún refuerzo inesperado que pudiera hacerle perder todas las ventajas que había obtenido.
Así lo comprendió el gaucho y determinó concluir aquel combate desigual, sin hacer daño alguno a aquel joven que había cumplido su deber tan lindamente.
Ofreció de nuevo, como cebo, su pecho descubierto, y el joven se precipitó a él, con increíble brío, tirándole una estocada de muerte.
El gaucho, que había adelantado intencionalmente el pie izquierdo, paró el golpe hábilmente, y con una precisión matemática echó al joven una zancadilla que lo hizo caer al suelo de espaldas, quedando completamente a merced de su adversario.
Moreira se precipitó sobre él rápidamente y le arrebató el sable.
Los paisanos que habían presenciado la lucha volvieron el rostro, pálidos y conmovidos, pensando que el gaucho iba a hacer lo que se estila en estos casos: degollar a su adversario, pues estaban muy lejos de apreciar aquel espíritu caballeresco hasta la exageración.
El gaucho arrancó el sable de manos del capitán, diciéndole un único "dispense, amigo" y lo arrojó lo más lejos que le fue posible; le pegó un ponchazo en la cabeza, como quien hace un cariño, y se dirigió al caballo que, montado por el perro, se había detenido al otro extremo de la plaza, habituado a aquellas situaciones."


MOREIRA-EL PATO PICASO

"El Pato picaso salió afuera, y detrás de él algunos paisanos tratando de contenerlo, pero toda tentativa fue inútil, aquel hombre se acercó hasta la manta donde estaba Moreira, y tocándolo en el hombro le habló así:
-Me han dicho, don, que usted es bueno, y como yo soy el Pato picaso, quiero probar si las mentas que trae son legítimas o si son cuentos.
Moreira, estaba despierto y había escuchado cuanto se habló en la pulpería, se había enrollado en la mano la lonja del rebenque, dispuesto a usar sólo esa arma.
Miró, pues, al gaucho que así se atrevía a turbar su reposo, y bostezó perezosamente, como si no hubiera escuchado lo que le había dicho.
-¡Que se pare, don! -repitió el Pato sacando la daga y rayando la punta sobre la espalda de Moreira, que continuaba echado de barriga-. Le he dicho que se pare para hacerle pagar el piso, porque el hombre que la echa de guapo ha de ser para pararse dondequiera y con quien lo invite.
-Perdone, don -respondió Moreira socarronamente-; usted está con don Pepe y no sabe lo que dice; cuando se le pase, hablaremos.
-El que está con don Pepe y en pepe es usted, so maula, y ahora mismo le voy a abrir un ojal en la jeta para que aprenda a ser mejor hablado -dijo el famoso Pato picaso atropellando a Moreira con la daga baja y en actitud de herir.
Moreira estuvo en pie con increíble velocidad, paró la puñalada que le tiró el Pato y lo sentó en el suelo de un golpe con el rebenque.
-Esto es para enseñarle a no meterse con quien no conoce -le dijo dándole con el pie-, y ustedes -agregó, dirigiéndose a los paisanos-, pueden llevar a ese guapo.
Los paisanos levantaron al Pato y lo entraron a la pulpería, donde empezaron a curarle como Dios los ayudó, la larga herida que tenía sobre la frente.
El golpe dado por Moreira, con el pesado cabo de plata del rebenque, había sido terrible, que acusaba la poderosa fuerza muscular del paisano.
El hueso frontal estaba roto en una extensión de ocho centímetros y el cuero que lo cubría completamente deshecho y hundido, mezclándose al cabello y las partículas de hueso.
Para salvar al Pato picaso habría sido necesario que un cirujano le hubiese extraído aquellos huesos, para impedir que cayeran en la masa cerebral produciéndole la muerte.
Los paisanos le mojaron la herida con caña y le ataron la cabeza, poniéndole un pañuelo empapado en aquella bebida, pero todo fue inútil.
Aquel hombre no volvió del desmayo ocasionado por el golpe, desmayo eterno, pues su cuerpo se fue enfriando poco a poco hasta que a la madrugada era cadáver."

MOREIRA-NAVARRO Y LA PARTIDA DE 25 DE MAYO

"Los soldados se habían detenido un poco atrás dominados por la situación, y esperaban que Navarro les indicase lo que habían de hacer, aunque ellos hubieran preferido disparar.
-¿Es usted Juan Moreira? -preguntó el sargento al paisano, examinando a Moreira con una mirada rápida y sumamente penetrante.
-¿Qué dice, don? -contestó éste, clavando sus negros ojos en los del sargento y revolviendo el caballo de manera de no presentar ninguno de los flancos.- Ese tal soy yo, para lo que guste mandar.
-Pues, amigo, dispense -agregó Navarro-; pero traigo orden del Juez de Paz de prenderlo y, con su permiso -concluyó, queriendo echar mano a la rienda del overo-, sígame.
Un relámpago de soberbia brilló en la pupila del gaucho, que recogió la rienda del overo haciéndolo retroceder, y con altanería suprema dijo:
-Vamos por partes, amigo, que yo no soy mancarrón para que me hagan parar a mano, ni soy candil para que así nomás me prendan.
-Es inútil hacer resistencia -dijo Navarro con gran calma-; me han mandado que lo prenda y tengo que cumplir la orden sin remedio, conque dése preso.
-¡Y qué facilidad, canejo! -respondió Moreira sonriendo-; ni mi tata que fuera para hablar así -y con gran arrogancia sacó uno de los trabucos.
-¡A él! -gritó Navarro sacando su sable-. ¡Cuidado de no matarlo, que he de llevar vivo a este maula! -Y todos cargaron a una.
Moreira tendió el brazo al montón de milicos y disparó su arma terrible, partiendo en seguida a toda la carrera del overo.
-¡Que no se vaya! -gritó de nuevo Navarro, lanzándose sobre Moreira al débil galope del patria, sin fijarse que el disparo del trabuco le había volteado un hombre.
La huida de Moreira era con el objeto de guardar el arma, descargarla y sacar el otro trabuco, sin dar lugar a que lo hirieran.
Así es que unos segundos después se le vio volver las bridas y dirigirse de nuevo al grupo de soldados, que habían quedado atónitos, sobre quienes disparó el otro trabuco, postrando en tierra a otro de los soldados, mortalmente herido.
El resto de la partida, comprendiendo que iba a suceder lo de siempre y que era inútil luchar contra aquel hombre, se puso en precipitada fuga, abandonando a Navarro, que galopaba enfurecido hacia el encuentro del gaucho, luchando con la impotencia del patria y con la indignación que le causara la fuga de los soldados.
Moreira esperaba tranquilo la acometida, con la daga en la mano, pues la partida era ya igual y tenía ciega fe en el desenlace de la lucha.
Navarro, además, venía pésimamente montado, y ésta era una ventaja enorme que el paisano apreciaba en su importante valor.
Los paisanos que se habían metido en la pulpería, temiendo ser víctimas de algún tiro mal dirigido, empezaron a salir a ver la lucha de arma blanca.
Navarro llegó a donde estaba Moreira, amenazando un terrible corte a la cabeza; pero éste encabritó su caballo, que era una seda en la boca, y evitó el golpe, ganando al sargento el costado izquierdo, por donde lo acometió recio, hiriéndole el caballo bajo la paleta para entorpecer sus movimientos.
Cuentan que aquélla fue la lucha en que más astucia desplegó Moreira; no quería matar al sargento, pero sí hacerle ver su inmensa superioridad.
Navarro era un hombre bravo hasta la exageración, había comprometido su amor propio, y estaba decidido a prender a Moreira o morir a sus manos.
Se cubría en el ataque admirablemente bien, atendiendo a la defensa con gran tino, pero luchaba con un enemigo ágil y bien montado a quien no podía encontrar con los golpes de su sable, teniendo que distraer la mitad de su atención en su caballo flaco y despaletado.
Moreira reía ruidosamente a cada golpe que evitaba, ya con el poncho, ya levantando en la rienda a su overo, que giraba en las patas como un trompo.
Sobre la cabezada de su apero se veía al Cacique enfurecido, que tomaba parte en la lucha con sus ladridos desesperados y su ademán hostil.
Moreira, atendiendo, más que a la propia, a la fatiga de su caballo, preparó su golpe favorito, y cuando menos lo esperaba Navarro, hundió sobre su frente la terrible daga, que penetró hasta el hueso, produciéndole una herida de más de tres centímetros, por la que empezó a salir abundante sangre, que enceguecía al sargento al caer sobre los párpados.
Navarro soltó una enérgica maldición y cayó de nuevo sobre Moreira desesperadamente, con un golpe supremo, pero Moreira evitó el hachazo, bandeando a su vez el brazo derecho de su adversario, con una puñalada hasta la S.
Al sentirse herido Navarro de una manera que le inutilizaba el brazo abandonó la rienda del caballo y tomó el sable con la mano izquierda.
-¡Ah, hijo del país! -exclamó Moreira entusiasmado con aquel rasgo de valor-. ¡Así me gusta un tirano! -y sin dar tiempo a Navarro a hacer uso de su sable, se lo arrancó de la mano con un movimiento vigoroso, diciéndole al mismo tiempo:
-Con Dios, mozo lindo; yo no sé matar hombres guapos -y volvió su caballo al lado derecho, en momentos que el patria venía al suelo, arrastrando en su caída al desventurado sargento.
Moreira se retiró algunos pasos, echó pie a tierra y, después de arrojar el sable y guardar su daga, se acercó a Navarro, que había quedado exánime.
Levantó al herido y, haciéndose ayudar por los asombrados testigos de aquella lucha, lo condujo al interior de la pulpería, donde lo reconoció con prolijidad.
Navarro estaba desvanecido por la pérdida de sangre, pero sus heridas no eran mortales.
Moreira las lavó con caña, perfectamente; hizo un prolijo vendaje en la frente con el pañuelo que llevaba al cuello y metió en la herida del brazo el terrible tarugo de trapo quemado que usan los paisanos para estancar la sangre en las heridas calificadas de puñaladas.
Concluida esta curación, abrió la boca de Navarro y con la suya propia le echó adentro un trago de caña para entonarlo.
En seguida se sentó al lado del catre y se puso a mirar al sargento con una verdadera expresión de cariño.
Era el valor subyugado por el valor. Si Navarro, después de sus promesas, se hubiera batido flojamente, Moreira lo hubiera muerto o se habría burlado de él de una manera sangrienta; pero Navarro se había batido como un valiente, había sido vencido con bravura, y Moreira se había sentido cautivado.
Ya hemos dicho que el valor es la prenda que más se estima entre los paisanos."

MOREIRA (juan blanco) CONTRA EL TENIENTE ALCAIDE

"-Usted se va a retirar de aquí en el acto -dijo ya completamente sulfurado el teniente alcalde, avanzando hacia Blanco-, o lo meto al cepo del cogote.
El incidente había tomado entonces un aspecto formidable. El teniente alcalde era guapo y caprichoso. En el baile había mucha gente y, para conservar las ínfulas de justicia y hombre bravo, estaba dispuesto a cumplir su amenaza si aquel hombre no se retiraba sobre tablas.
Blanco miró al teniente alcalde, que estaba dominado por la ira que salía a sus ojos, paseó en seguida la vista por todos los que estaban presentes y soltó una carcajada tan espontánea, tan cosquillosa, que los demás paisanos rieron también a pesar de la ira del teniente alcalde.
Este se puso densamente pálido, sacó un revólver de la cintura y apuntando con él a Blanco, hasta apoyárselo sobre la frente, le dijo:
-O sale usted afuera, para no volver más, o me entrega sus armas dándose preso.
Un estremecimiento poderoso recorrió el cuerpo de los testigos de este lance, pues sabían que el teniente era hombre de cumplir al pie de la letra lo que había dicho.
Juan Blanco se levantó lentamente de la silla y, sin quitar su mirada de la mirada de su adversario, le respondió de esta manera:
-Yo he jurado no matar sino amenazado de muerte, cuando me obligan a defender la vida y para salvarla no tengo más remedio que matar, sin embargo, esta noche me copo a mí mismo la banca, y quiero ser indulgente con usted, a pesar de ser justicia, retírese y no me moleste.
El teniente alcalde dio un gran tacazo en el suelo, y apoyando la boca de la pistola sobre la frente de aquel hombre, que no se movió, gritó:
-¡Marche, canejo! Marche, le digo, o le hago volar el mate con la basura de porra que tiene adentro.
Blanco no hizo el menor ademán de sacar las armas que llevaba en la cintura, pero con una rapidez imponderable metió el brazo izquierdo, desviando de sobre su frente el arma del teniente alcalde, y le dio en la cabeza tan recio puñetazo, que lo lanzó como un fardo de lana hasta los pies del acordionista.
En seguida se precipitó sobre él, le arrancó de la mano el revólver, y lo hizo volar por la puerta a una gran distancia.
Los circunstantes quedaron helados, confesando, con la atónita mirada, que nunca habían visto un hombre tan guapo y tan limpio para dar una cachetada.
-¡Toquen la música, maulas! -gritó Blanco, después de haber empujado hasta un rincón el cuerpo del teniente alcalde-; toquen la música para que no se enfríe la gente -y salió con la paisana, causa de la querella, al compás de la música que se apresuraron a ejecutar los del acordeón y la guitarra.
Antes de que terminara la pieza que se bailaba, el teniente alcalde se había repuesto completamente de los efectos del moquete y enceguecido por la ira y la venganza se había lanzado sobre Blanco, cuchillo en mano, quien apenas tuvo tiempo de meter el brazo y evitar la primera puñalada.
Blanco, sereno siempre, siempre sonriente, dio un salto atrás, descolgó del cabo de la daga su rebenque, que llevaba allí sujeto, y esperó, enrollando la lonja en la mano.
El teniente alcalde acometió de nuevo, pero con desgracia, porque el cabo del rebenque de Blanco encontró su mano derecha y el cuchillo saltó a dos varas de distancia.
En seguida Blanco desenrolló de su mano la lonja, tomó el rebenque por el cabo y dio al justicia tan tremenda rebenqueadura, que no tuvo fin hasta que aquel hombre sintió su brazo completamente fatigado.
El teniente alcalde quedó inmóvil y en un estado repugnante: su rostro se veía surcado por una cantidad de fajas cárdenas que había impreso en él la lonja del rebenque, y por entre el cuello de la camisa se veían asomar algunos vestigios de sangre amoratada y espesa.
Aquel hombre había quedado humillado y la fama de Juan Blanco había llegado al pináculo de toda ponderación fantástica.
A pesar de que él quiso hacer seguir el baile y la parranda, la gente estaba tan impresionada que poco a poco fue abandonando aquel recinto y montando a caballo.
Juan Blanco se despidió de la paisanita y de los dueños de la casa, a quienes pidió amablemente disculpas."

MOREIRA CONTRA RICO ROMERO

"Los adversarios empezaron a jugar y durante unos diez minutos todo siguió en la mayor armonía. Parecía que el interés del juego había alejado todo mal pensamiento.
Blanco no pudo prescindir de sus malas mañas; en el primer descuido de Romero corrió el taco hacia los palos, volteándolos a todos.
-¡Ah, puerco tramposo! -gritó Romero encendido de cólera-. ¡Esto es robar la plata! -y tomando una de las bolas del billar la lanzó al pecho de Blanco, produciendo un ruido seco y obligándolo a llevar la mano al pecho y lanzar una potente maldición.
Rápido como el pensamiento, Romero se lanzó sobre Blanco enarbolando el taco y tirando un golpe a la cabeza que apenas pudo Blanco parar.
La lucha se trabó bárbara y encarnizada, sin que ninguno de ellos hubiera echado mano a la cintura en busca de la daga.
Blanco era más alto que Romero y parecía más vigoroso; así que cuando éste se lanzó sobre aquél, Blanco abrió los brazos arriba, presentándole libre la cintura, a la que se prendió Romero como si quisiera voltearlo al suelo para concluir con él.
Entonces Blanco se agachó sobre su espalda y le arrancó rápidamente la daga, dándole en seguida un puñetazo en la cabeza que lo hizo caer sin sentido.
-Tanto amoló esta maula -dijo, dándole con el pie-, que al fin me obligó a hacerle el gusto. No te degüello de asco.
Romero volvió en sí inmediatamente, se levantó rápido y buscó en vano en su cintura la daga, que le quitara Juan Blanco.
-¡Demen un arma, demen un arma, canejo! -gritó enfurecido, mirando a los paisanos que estaban mudos de asombro ante lo que había pasado-. ¡Un cuchillo! -vociferó, lanzándose sobre el paisano que estaba más inmediato, y tratando de arrancarle la daga que éste le rehusó, no queriendo comprometerse.
-¡Tome el cuchillo, maula! -le gritó entonces Blanco, tirándole a los pies la daga que le quitara de la cintura, y enrollando la manta en el brazo izquierdo.
Rico Romero se precipitó sobre su arma, que blandió en su mano vigorosa, y acometió a Blanco con la cabeza baja, marcando una terrible puñalada. Blanco evitó el golpe con asombrosa limpieza, y golpeó con el plano de su daga la cabeza de Romero, diciéndole:
-¡No se asuste, maula!
Romero, desesperado, y conociendo que era imposible llegar con el puñal al pecho de aquel hombre cuya vista era asombrosa, tomó rápidamente de sobre el billar otra bola que lanzó vigorosamente y que fue a estrellarse en el pecho de Blanco.
Detrás de la bola acometió Romero con suma rapidez, tirando una puñalada con todo el largo de su brazo. Fue aquélla la última puñalada que debía tirar en su vida.
Blanco no se había turbado, a pesar del segundo golpe de bola recibido en el pecho; envolvió en su manta la puñalada que le tirara Romero y se tiró a fondo, rápido y poderoso.
Su daga penetró entre la tercera y cuarta costilla, yéndose a clavar en la espina dorsal y atravesando en su trayecto el corazón, de manera que Rico cayó al suelo sin pronunciar una palabra. La muerte había sido instantánea.
Aquella puñalada había sido tirada con tal vigor, con tal fuerza muscular, que cuando Juan Blanco quiso sacar la daga de la herida, tuvo que apoyar una rodilla sobre el pecho del cadáver y dar un violento tirón de la daga con ambas manos.
Y era tan rica la hoja de aquella arma, que en la punta no se veía la menor lastimadura a pesar de haberse enterrado por lo menos medio centímetro en la columna vertebral.
Juan Blanco limpió su daga en el saco del cadáver y paseó al guardarla una mirada indagadora sobre los paisanos asombrados.
Ninguno de ellos dijo una sola palabra: estaban completamente dominados por el terror y el asombro. Juan había vuelto a tomar, para ellos, proporciones colosales, pues Rico Romero era un hombre reconocido por guapo y a quien no había valido ni aun el haber madrugado a su contrario.
-Una copa, amigo, para mojar la garganta -dijo Blanco al pulpero-, y otra para que esta gente vaya enjuagando el jabón que tiene."

Fuentes:

[http://www.biblioteca.clarin.com

http://www.infolobos.com.ar

http://es.wikipedia.org

4 comentarios - Juan Moreira

francoe
porqué se habrá tomado como parametro?

será porque estaba en bs as?

porque leyendo la reseña veo que su historia no tiene mucho de particular.

me queda la duda..

buen post.
8patomanson
YO SOY DE NAVARROOOO!! NO AVANZO NADA.. HAY LA MISMA TECNOLOGIA QUE HABIAN CUANDO ESTABA JUAN MOREIRA! JAJAJAJ NO DE ENCERIO!