El hotel de las travestis
Una cronista accede a la intimidad del Gondolín, el hotel del barrio de Palermo que se transformó en bastión de las travestis. Un lugar donde vivir y a la vez una escuela de la calle para las recién llegadas.

El hotel de las travestis


por Alejandra Dandan
fotos Giancarlo Ceraudo
cada vez que una nueva travesti llega al hotel Gondolín, Zoe hace dos cosas. Primero sirve un plato de comida caliente. Si la recién llegada esa noche está cansada, no sale a trabajar. Lo segundo que hace Zoe es dar un consejo: “Estate atenta si querés salir. Y cuando sientas tacos, preguntá si te acercan”.
“¿¡Tacos!?”, pregunté la primera vez. “Sí. ¡Tacos! ¡Zapatos! Taca taca taca taca”. El sonido anuncia que es la hora de vestirse para salir a trabajar a la calle. El taca taca chirriante que estalla entre los escalones y los pasillos del hotel funciona como una campana. Un llamado que se dispara todos los días, a eso de las seis de la tarde. Pero el taconeo es además para muchas la primera escala de un viaje. Una aguja filosa bajo los pies que empieza a sujetar las formas de quienes aprenden a pararse por primera vez sobre las encorsetadas líneas de una mujer. O convertirlas en otra cosa.

Travestis
sesenta travestis viven en las veinte habitaciones del hotel de palermo.



La mayoría en el gondolín son adolescentes que llegaron de los lugares más remotos.

El hotel Gondolín es ese universo de acoples nuevos sobre viejas formas que crece en un edificio de pleno corazón de Palermo. Una vieja construcción de tres plantas con veinte habitaciones cerradas, ahogantes, donde viven sesenta travestis. La mayoría son adolescentes que llegaron de los lugares más remotos para empezar a transformar sus cuerpos. Las más grandes cobijan a las recién llegadas, las albergan gratis durante un año con la única condición de que a cambio trabajen duro y ahorren todo el dinero posible para operarse el cuerpo antes de irse. En el medio, el hotel se convierte en una suerte de escuela: ellas aprenden a ser mujeres. O a entender que jamás podrán serlo.

Llamé a Zoe por primera vez un lunes, pero su celular sonaba y sonaba hasta que de pronto no sonó más. Se apagó como —empecé a entender— lo hacía ella después de cada noche de fiesta. Todo suele empezar de la misma manera: un vaso de cerveza a la noche mientras se calza los tacos azules, se saca el pulóver estirado de siempre y se acomoda un escote. Esos dobleces, el cambio de ropas, ese juego que al comienzo la divertía, ahora, a los treinta años, se le hace insoportable. Detrás de la cerveza empuja otra y luego otra, y va tragando las yerbas de un porro con cristales de cocaína y, al final, cuando no queda nada, la pasta base mala y barata que suele dejar el dealer del hotel. De inmediato cae redonda. Si no, termina de hacerlo tragándose un puñado de pastillas de Rivotril. Desde la última noche de fiesta pasaron dos días, calculé, cuando dejé de llamarla y decidí darme una vuelta por la casa. Zoe todavía dormía. La puerta del cuarto trancada por dentro la protegía del sonido fibroso de una cumbia que estallaba en el patio del hotel.

pagar
Tolucía intenta desde hace ños irse a trabajar a rancia.


Por una cama, a una travesti le cobraban lo que pagaba toda una familia por un cuarto.

Como un gran living de paredes muy altas, el patio es el verdadero corazón de la casa: cruza las conversaciones de los cuartos de abajo con los comadreos de las que hablan más fuerte en los balcones de arriba. En un rincón, un bife hierve en aceite sobre una pequeña cocina mientras varias habitantes del hotel hacen fila frente a la puerta de un baño, esperan su turno vestidas en tacos y toallas. En el extremo, una escalera conecta los tres pisos de la casa: del patio a la “pajarera”, en lo más alto, donde los últimos cuartos, con techos de chapa, alojan a las recién llegadas. Con el correr de los días, ellas irán ganando mejores espacios en los pisos de abajo, pero todo empieza ahí, como si el cielo buscara protegerlas antes de dejarlas caer al infierno.

***


Hasta hace diez años, el Gondolín era un hotel barato de pasajeros tradicionales: comerciantes de paso por Buenos Aires y algunas familias. El edificio estaba a cargo de un matrimonio. Él ponía orden a los gritos y a principio de mes ella golpeaba las puertas de los cuartos de los que se atrasaban en el pago. Cuando la primera zona roja de Buenos Aires estaba apenas a unas cuadras de ahí, sobre la calle Godoy Cruz, un día golpeó la puerta una travesti de Rosario. La mayor parte de los hoteles no las recibían, pero el encargado del Gondolín la aceptó convencido de que podía ser un gran negocio: instaló a la rosarina en la pajarera y por una cama le cobró lo que pagaba toda una familia por un cuarto. Detrás de la rosarina, llegó una travesti más y luego, otra.

Para el hotel era un negocio redondo: cada una pagaba lo mismo que cuatro de los antiguos pasajeros. Al edificio se le caían las paredes, las bombitas quemadas colgaban de los cables de luz, pero el encargado no arreglaba nada. Como en los cuentos de hadas, al final, la avaricia le tendió una trampa: las travestis pagaban tanto dinero que él primero llenó la pajarera, luego ocupó las cinco piezas del segundo piso y siguió llenando el hotel de arriba abajo. Era 1998. En Buenos Aires se discutía el nuevo Código de Contravenciones en el que por primera vez se hablaba de la despenalización de la prostitución callejera. Zoe ya estaba en el hotel. Como imantada por ese espíritu de época, salió con algunas compañeras a protestar a la Defensoría del Pueblo y a la municipalidad por las malas condiciones de la casa. Días más tarde, el encargado levantó la voz para quejarse por algún asunto, pero las huéspedes esta vez lo pararon en seco:
—¡No le vamos a pagar más!
Golpearon las manos, gritaron y se amotinaron. El matrimonio de encargados dejó rápidamente el hotel. Y aunque les cortaron el gas y la luz, las travestis tomaron la casa.

***


En el cuarto de Zoe, las sandalias asoman entre la ropa. Cuando ella finalmente se despierta, días después de aquel lunes en el que intentamos hablar con ella, completa el relato de la historia del hotel:
—Una mañana —dice, apoyada en la cama— llegó la Prefectura con la policía y se quedaron doce horas. El dueño había hecho una denuncia como que nosotras le habíamos usurpado el lugar, pero usurpar es cuando vos te metés, y nosotras no nos habíamos metido, ¡vivíamos acá! En ese tiempo ya de por sí no podías salir ni a la esquina porque la policía te llevaba. Lo peor es cuando además te entran a tu casa, pateando puertas, sacándote desnuda, diciéndote: “Tirate al piso, tirate abajo” y apuntándote con armas. Nos golpearon, nos robaron. En ese por una cama, a una travesti le cobraban lo que pagaba toda una familia por un cuarto. tiempo había una chica que tenía HIV. Tenía toda su medicación, no la pudo tomar ese día ni al otro día ni al otro, porque la policía le agarró todas las pastillas, le abrieron los envases y las tiraron al piso.

Zoe se calza un jean, zapatillas, y sale. Las zapatillas son gigantes y rosas, con pintas plateadas. “Te voy a presentar a Lucía”, dice, y vamos pisos abajo. Lucía le regaló las zapatillas a Zoe hace un tiempo, porque sí o porque seguramente le debía algo. Ése es uno de los códigos de hierro del hotel: la circulación constante de bienes y de dinero, aunque nadie habla de deudas o cuentas pendientes. El dinero simplemente viene y va. Los regalos circulan. La posesión de la plata determina roles, espacios y también las lides de la prostitución. Zoe, por ejemplo, pudo haberle presentado un cliente a Lucía y Lucía pudo haberle devuelto esa gentileza con el regalo. Nadie lo sabe. Y de eso no se habla. Los regalos están en todos lados: hasta es regalo el dinero que Zoe a lo mejor recibe cuando le presenta un cliente a las pupilas de la casa.

travas
el hotel tiene tres plantas. las más nuevas se alojan arriba, en la llamada “pajarera”. las históricas tienen los cuartos de abajo.


En el cuarto de Lucía primero hay una puerta de rejas, y luego, la de madera. Ella es la rubia glamorosa, la chica de las paredes rococó, la lady con plumas que transformó el cuarto en altares gigantes donde cuelga la imagen de una Marylin. Hace años que intenta ir a trabajar a Francia, como muchas de las compañeras del hotel. Tiene el documento en orden, pero entre los antecedentes conserva dos causas penales por prostitución; así, no consigue el pasaporte. Un abogado le prometió sacarle las causas de encima, pero mientras tanto la espera hace de Buenos Aires una cárcel. Durante el día, pasea sin ropas contra la ventana del cuarto al estilo de las chicas de las marquesinas de Ámsterdam. Atraviesa la pieza sin camiseta mientras se agarra los dos globos inmensos que tiene alojados en el lugar de las tetas. Cada tarde, a unos metros de la ventana, estaciona un coche blanco. El conductor mira hacia adentro, detrás del vidrio donde Lucía pasa.
—Uy, ¡mirá a ese tipo! —dice una de sus compañeras.
Lucía ni siquiera lo mira.
—Dejalo —dice—. ¡Si es una mariquita!
¡Encima se hace la novia para que yo la atienda gratis!

***


Sexo


La fachada externa del Gondolín parece haber sobrevivido a una guerra. Las ocho ventanas del frente se enciman unas sobre otras. En la ventana más alta está Cristal, la dueña de las cuatro gatas de la casa: Sofía, Luna, Serafina y Estrellita. A Cristal le encanta pasar el día asomada con los rulos al viento mientras despliega silbidos desinhibidos a los varones del barrio. La ventana de abajo es de Tamara, la cocinera del hotel. Llegó a Buenos Aires desde Salta, donde vendió su peluquería tras la muerte de su madre. Tolucía dos los mediodías es posible verla en los pasillos de la casa: vocea las ofertas de un menú de plato único y caliente, por unos diez pesos la porción. Al lado, está el cuarto de La Marcia, una de las rosarinas, ocupante desde los días de la toma. En la planta baja, están Lucía y Zoe. La puerta de entrada es sólo eso: una puerta de chapa blanca cerrada con llave. No hay timbres ni letreros. Ni nada que indique el nombre del hotel. Cuando alguien llega, sucede como en las casas antiguas: un grito, y una voz en cadena que va atravesándolo todo, como un gran eco, de pieza en pieza, del patio a la pajarera.

Un martes, antes de las ocho de la mañana, fui a buscar a Zoe porque habíamos quedado en un encuentro temprano. El programa de los martes suele ser movidito porque las más jóvenes, en especial las recién llegadas, van a hacerse exámenes de tuberculosis a un hospital.
Las más viejas les aconsejan que además vean a un ginecólogo o a un clínico. Muchas crecen aplicándose inyecciones de hormonas o recurren a aceites para agigantarse las curvas o afinarse los pelos, mientras sueñan que eso también les cambiará la voz.

A las ocho de la mañana del martes, entonces, las que van al hospital se preparan en la puerta del hotel, en fila, listas para salir de a cuatro arriba de un taxi. Por si acaso, ese día, antes de acercame, volví a llamar a Zoe.
—¿Vamos?
—No.
—¿Qué pasó?
—Osvaldo se dio vuelta con el paco.

Zoe es un nombre de guerra. Ella llegó a Buenos Aires hace quince años, cuando aún tenía dieciséis. Las dos primeras noches las pasó durmiendo en una plaza. Había salido de Salta en busca de esa tierra prometida a la que solía emigrar la mayor parte de quienes conocía. En su casa, el padre no estaba nunca porque trabajaba en el campo y la madre, de origen indígena, se las arreglaba como podía con varios trabajos a la vez. Zoe cada tanto salía a poner el cuerpo por ella para defenderla a los golpes cuando se le burlaban por ser india. Cierta vez también puso el cuerpo, pero en esa ocasión se embadurnó la cara con las pinturas de su madre. Le sacó la cartera, agarró las sombras de los ojos, se pintó y siguió con los labios. Así, se metió en un saloncito de la casa, una tarde, a la hora del mate, con toda la familia reunida por ahí. A partir de ese momento empezó a hacerlo con frecuencia. Dice que quería una reacción de su madre, un reto, un gesto, pero la mujer nunca dijo nada. El padre tampoco, pero desde entonces no pudo llamarla más ni por el nombre de varón ni por su nuevo nombre de mujer.

A Osvaldo lo conoció en Buenos Aires, apenas llegó, en la calle. Lo recogió como recogió a su perra Negrita hace doce años. O como hace con los borrachos que caen todas las noches en la vereda del hotel: Zoe los tapa con una frazada y les acerca una caja de vino barato para protegerles el sueño. Hace un tiempo, Osvaldo empezó a quedarse en el hotel. Aunque el reglamento de hierro de la casa prohíbe la permanencia de varones por tiempo completo, como parte de una férrea defensa de género, él consiguió romper la norma. El hotel lo acogió porque en pocos meses el sida le hizo perder cincuenta kilos y la pasta base suele dejarlo dado vuelta.

Zoe lo sostiene, aunque estuvo a punto de matarlo dos veces. La primera, se le tiró encima con un cuchillo, dispuesta a partirlo en dos partes. La punta del cuchillo terminó dando contra una pecera y las astillas del vidrio le estallaron a ella en la cara. La segunda vez fue la noche anterior.
—¡Vamos! —dijo mientras bajaba las escalares corriendo, las manos en los bolsillos, escote de día, enormes lentes oscuros.
En la calle buscó un taxi. Desesperada.
Uno se detuvo. El conductor se despidió de su acompañante: otra travesti que bajaba del auto arrojando besos al aire.

—¿Tenés cambio de 50 pesos? —preguntó Zoe al conductor, y se subió sin darle tiempo a responder. El coche dejó la calle Aráoz al 900, camino a Barrio Norte, en dirección al Hospital Fernández. “Hace cinco años que Osvaldo está enganchado con la pasta base —contó ella—. Está arruinado, es portador de HIV y yo lo estoy ayudando, pero ayer ya se sentía por demás remal. Cuando fuma está bárbaro, pero deja de fumar y le agarra diarrea, vómitos, se caga, se mea, todo mal. Por eso lo llevé a internarlo”.

Zoe lo llevó al hospital; los médicos lo mejoraron un poco con suero, pero lo mandaron de nuevo al hotel. Como en las noches de fiesta, cuando él llegó Zoe se tomó un vaso de cerveza y tres pastillas de Rivotril. —¡¿Qué vas a hacer con tu vida?! —le disparó a Osvaldo.

Él dijo lo que podía decir: que no iba a hacer nada. Que en cuanto se pusiera mejor iba a volver a empastarse.Zoe se arrojó sobre Osvaldo, so bre sus 42 kilos raquíticos, le apretóel cuello con toda su fuerza hasta que se puso azul. Una amiga entró a la pieza justo en ese momento y se lo sacó de las manos. Zoe le puso un billete de veinte pesos en el bolsillo y lo mandó de nuevo al hospital en un taxi. Horas más tarde, en el taxi, camino al Fernández, se preguntaba si Osvaldo estaría en el hospital. ¿Habrá llegado?

***


Mientras tanto, el patio estaba a pleno. En el Gondolín, todo el tiempo hay gente llegando. Una inmigrante de Salta, la pasante alemana de una ONG, estudiantes de psicología o una cámara. Las visitas ponen lo que sucede en estudio, investigando. Anormalizándolo.
Cierta vez, llegó la quiosquera de la cuadra con la noticia de que una encuestadora daba vueltas por el barrio. “¿Les molesta la presencia de las travestis?”, indagaba en las preguntas. La supuesta responsable de la encuesta era una estudiante de sociología, y había pasado casa por casa. “¡Llamemos a Marta!”, dijo alguien. Marta es la vecina de al lado, una abogada de polleras largas, anteojos muy gruesos y enormes. Durante años, mantuvo muy malos tratos con las vecinas. Levantó una medianera, no habló, hizo protestas y hasta un juicio que terminó en una mediación. La vecina mejoró los modales y las habitantes del hotel se comprometieron a bajar el volumen de la casa los días de fiesta. Pero las cosas no cambiaron hasta que un día Marta perdió —literalmente— a su madre. La señora era una mujer muy anciana afectada por la falta de memoria. Zoe organizó a los vecinos hasta que la encontraron. Marta ahora es parte de los aliados.

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la escalera que recorre los tres pisos del gondolín balconea sobre el pati o entral.


Apareció al instante en el patio del hotel. “A mí no me preguntaron nada de nada”, dijo. Las ocupantes de la casa la observaban reunidas alrededor, autoconvocadas en asamblea. En tanto, alguien llamó a una activista y otra a una diputada, parte de una red de contactos urgentes, tan necesarios en esa cornisa por la que se mueven y sobreviven las habitantes del hotel.

***


Los espacios cerrados son los lugares más difíciles de la casa. Los cuartos, la intimidad. Las veinte habitaciones encierran todo tipo de historias, pero en conjunto diseñan una topografía con la organización del lugar. Así como las más nuevas se instalaban en la pajarera, otros cuartos permanecen ocupados por ocho habitantes históricas: las únicas que no dejan el hotel. La mayoría llegó en los primeros tiempos. Son como el comité de organización política y administrativa de la casa. Además de Zoe, está Lucía con su vida encadenada a un pasaporte; Cristal, con los gatos; la Marcia, una
de las rosarinas y La Chichi, con fama de dura, que pasó años a cargo de una organización de las trabajadoras de las zonas rojas en Europa. Entre las ocho, estuvo Renata, una brasileña que durante años vivió con HIV. Natasha, una ex catequista y Marixa, la más anciana de la casa. Es una de las primeras travestis que taconearon la Buenos Aires de los años sesenta.

Desde los días de la toma, ellas llevan adelante el hotel. Pusieron las reglas y, aunque llegaron en distintos momentos, se establecieron como un colectivo que regula el uso del espacio y la recolección del dinero para pagar servicios. Y las relaciones con el mundo exterior. Tejen redes políticas para articular acciones o deciden incluso cómo tutelar a las jóvenes.

En el mundo de las travestis, la prostitución es un asunto complicado. Por un lado, aparece como una poderosa, y casi exclusiva, herramienta de supervivencia económica, pero además es una enorme arma de inclusión: en ese escenario de transformación de los cuerpos, la prostitución también es un modo en el que las pupilas aprenden a afirmar sus nuevas identidades ante la mirada de los otros, de las habitantes de la casa, y también ante la mirada de un varón. En ese juego aparecen las humoradas constantes, el desaire de Lucía a ese hombre del auto. La burla que de alguna manera parece protegerlas y desarmar la sordidez de lo que en otros espacios se lee sólo como comercio del cuerpo.

Marixa es, de alguna manera, instructora de las jóvenes. Sin un pulmón, la cara demacrada y los años pesándole en el cuerpo, se tira en una cama iluminada por rojos de motel. En los estantes se ven muchas alcancías. Hay un gato Garfield que le regaló Gabriela, alguien que dejó el hotel hace tiempo y a la que Marixa alguna vez le dijo lo que mucho antes le habían dicho a ella: “Vos ponete una meta, que Buenos Aires da para mucho. Comprate una alcancía y empezá a juntar dinero; no bajes de los cien pesos por día como para tener una base. Vos hacés cien pesos, y los guardás. Después hacés un poco más para tus gastos, y ese día ya estás conforme”.

Al lado de esa alcancía, está la de Lucy. Estuvo sólo veinte días en la casa, pero con los consejos ganó tanto dinero que se hizo las prótesis, consiguió un pasaje para irse a Roma y ahora llama cada tanto. Muy cerca, sobrevive un búho oscuro. “Como ya había de todo —dice Marixa— ese búho lo elegí para mí: soy una persona que no puede guardar nada de plata. Antes, sí; pero ahora, no: hago guardar a las demás, pero yo ya no puedo. Como ya hice todo lo que quise hacer, ahora descanso”.

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En el piso de arriba suele haber una puerta siempre cerrada. Un día la crucé. Adentro estaba Juli, con el cuerpo bajo las sábanas, envuelto de lado a lado por unas vendas. Los ojos negros eran lo único con lo que podía comunicarse. Alrededor, dormían sus compañeras en dos camas marineras. Pero en un momento, al ver el pedido desesperado de sus ojos, una de ellas saltó de la cama, la tomó por los brazos e intentó sentarla como si fuera una inválida. Bajo las sábanas, el cuerpo de Juli aguantó un poco erguido, pero enseguida volvió a deslizarse.

La última vez que llamó al cirujano no hizo falta que le dijera demasiado. Juli ya había ahorrado dinero para las dos operaciones que él le había aconsejado: unos 1.400 dólares para pagar la cirugía de sus pechos con unos 110 centímetros de contorno y la lipoaspiración del abdomen. Un sábado a las once de la mañana entró a la sala de operaciones de una clínica privada. Le pusieron suero, anestesia y la bañaron en iodo. A las cuatro y media de la tarde se despertó en medio de una pesadilla: el cirujano le estiraba con fuerza la piel del tórax, levantándola como una cáscara. Cuando todo terminó, el médico ató una faja tirante en torno del pecho. Juli respiró hondo y casi enseguida sintió que empezaba a asfixiarse como si las nuevas tetas le provocaran un ataque de pánico.

Juli tenía dinero para un postoperatorio cómodo en un hotel de lujo, pero prefirió volver al Gondolín. La querida Marlene Wayar, una dirigente de la comunidad trans y antigua habitante de la casa, suele explicarlo más o menos del mismo modo: “La vida acá más que prepararnos para el mundo, nos permite construir un mundo paralelo, un mundo donde las raras no somos nosotras, sino el resto”.

Desde los días de la toma, el hotel nunca tuvo los papeles en regla. Los verdaderos dueños iniciaron un juicio de desalojo que hasta ahora no avanzó porque no se pusieron de acuerdo. En esas condiciones, el desalojo es un fantasma constante. Para evitarlo, el grupo de las ocho intenta darle forma a una asociación civil y sigue tejiendo estrategias de contacto con otras organizaciones. Aunque esas redes no les dan cobertura legal, al menos legitiman su presencia. Se enrolaron con la políticas de salud; los viernes a la noche reparten preservativos en la zona roja de los bosques de Palermo. O el día del Orgullo Gay suman una carroza del hotel a la marcha. La organización de la vida doméstica también tiene sus cosas.

“Me pasó como a las otras chicas: vine a Buenos aires para tener un cuerpo bello”.

—¡¡Solange!! ¡¡Solange!! —se oye de pronto, en cualquier momento. Y Solange aparece. Es la todoterreno de la casa. Odia trabajar en la calle, nunca se pinta, usa el pelo atado con rodete y, como es gordita, suele andar con pantalones enormes de gimnasia. Solange nació en un pueblo salteño, lejos de todas las capitales, y donde alguna vez se imaginó que era la única habitante del planeta en sus condiciones. Llegó a Buenos Aires hace años, limpia casas y cumple horario reglamentario en el hotel: de lunes a lunes entra a las 9 de la mañana y se va a las 6 de la tarde, excepto los jueves, día de franco. A la mañana, asea los espacios comunes. A la tarde, hace mandados y luego se dedica a lidiar con la belleza de las chicas. “A mí me pasó como a la mayoría —dice—. Vine a Buenos Aires con las intenciones de tener un cuerpo bello, la cara bella y otras cosas. La prostitución no la hice en mis pagos, la hice acá, por el tema de tener esa meta. Todo porque primero comenzás con la confusión de querer ser mujer, porque después, cuando estás en la situación de empezar a ser mujer, te das cuenta de que mujer no podés ser. Que mujer no vas a ser, que obviamente tenés que aceptar lo que sos, que sos travesti”.
—¿Y qué es eso?
—Eso: que no sos hombre ni mujer, sos travesti.

De pitos y de tetas se habla en todos los cuartos, pero Fabiana no participa. Ella apareció una noche en la zona roja de Palermo. Estaba sola, con ropas de jean y aire setentista. Desembarcó en Buenos Aires después de varios días de un viaje a dedo desde Zapala, donde era una de las únicas dos travestis del pueblo. Ya había recorrido buena parte del país. Cavó minas en San Juan; trabajó de obrero en Ushuaia y fue Carmela en un prostíbulo de La Pampa. En Zapala vivía en un trailer al costado de la ruta, y soñaba poner un puesto de comidas al paso con el nombre de Bagdag Café. “Yo me crié con los milicos, ¿me entendés? —dice—. Si vos ves a las travestis de ahora, están todas liberadas, pero yo vengo llena de telarañas: mi viejo, que ya murió, hubiese querido tener un hijo narcotraficante, chorro, violador, pedófilo, pero no puto y menos, travesti. Mi vieja, no: toda la onda”. La Mochilera, como le dicen, duerme en uno de los uartos más altos.

Palermo



En mi última visita, hay carteles escritos a mano en los corredores del hotel. Los pegó Zoe: anotó los gastos generales de la luz y del gas, sumó todo y dividió la cuenta en sesenta partes iguales, unos treinta y dos pesos por cabeza. A la noche, cae dormida. Y duerme dos días más. El teléfono suena y suena y no suena más.
“Ptsss... Ptsss...”, escucho en la puerta. Es Cristal que vuelve a salvarme·

Fuente: Nota de la Revista SH sacada del Fan de FB