Este primer día del año suele estar absorbido por el inicio del año nuevo, por los festejos de Nochevieja y el cansancio que conllevan.

Pero para nosotros, los que formamos la Iglesia, además, el primer día del año tiene un doble motivo de celebración: la Jornada Mundial de la Paz, y la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Los santos padres de la Iglesia oriental aplicaron a María el título «Theotokos» (portadora de Dios) ya en el siglo III. En Occidente, María fue venerada como «Dei Genitrix» (Madre de Dios). La fiesta del 1 de enero es la fiesta mariana más antigua en la liturgia romana, y merece que le demos la mayor importancia.

San Pablo decía a los Gálatas: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción». Desde el día de Navidad estamos celebrando que Dios ha enviado su Hijo al mundo, que Hijo de Dios está presente y cercano a nosotros.

Y hoy, ocho días después, celebramos a la mujer que hizo posible que el Hijo de Dios naciese entre nosotros: la Virgen María, a quien hoy celebramos como Madre de Dios.

San Juan nos recordará que «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros», y ello gracias a que María, por su fe, aceptó ser la Madre de Dios.

El Papa Benedicto XVI ha publicado hace poco la exhortación Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, donde dice refiriéndose a María: «Deseo llamar la atención sobre la familiaridad de María con la Palabra de Dios. Esto resplandece con particular brillo en el Magníficat (...) En este maravilloso cántico de fe, la Virgen alaba al Señor con su misma Palabra (...)

Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios (...) Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada».

La familiaridad de María con la Palabra de Dios hace posible su “SÍ”, y que esa Palabra se haga carne en ella. Y esa familiaridad se va intensificando cada vez más: «Virgen de la escucha, vive en plena sintonía con la Palabra divina; conserva en su corazón los acontecimientos de su Hijo».

«María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Por eso desde antiguo la Iglesia celebra a María con este título: Madre de Dios, porque «No se puede pensar en la encarnación del Verbo sin tener en cuenta la libertad de esta joven mujer, que con su consentimiento coopera de modo decisivo a la entrada del Eterno en el tiempo». Gracias a María, “hemos recibido el ser hijos por adopción, ya no somos esclavos sino hijos”de Dios.

Pero María también «es la figura de la Iglesia a la escucha de la Palabra de Dios, que en ella se hace carne. María es también símbolo de la apertura a Dios y a los demás; escucha activa, que interioriza, asimila, y en la que la Palabra se convierte en forma de vida».

Celebrar a María como Madre de Dios ha de significar también para nosotros el deseo de “ser madres”. Como dice el Papa en Verbum Domini, «contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida».

Estamos llamados a tener esa familiaridad con la Palabra, a hablar y pensar con la Palabra, de modo que, como en María, la Palabra de Dios se convierta en nuestras palabras, y nuestras palabras nazcan de la Palabra de Dios... en definitiva, a que la Palabra se encarne en nuestra vida.

Y esto es posible, porque como dice el Papa, «San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si en cuanto a la carne sólo existe una Madre de Cristo, en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos».

Deseemos “ser madres” como María para que la Palabra se convierta en nuestra forma de vida, porque «todo lo que le sucedió a María puede sucedernos ahora a cualquiera de nosotros en la escucha de la Palabra y en la celebración de los sacramentos».