Hola taringueros, se que es largo..pero lo hice con el corazón. Son muchas cosas las que me están pasando, así que espero que les guste

Cuento propio..

La princesa rana.

propio

Había una vez, una rana. Si, así como lo leen, una ranita, común y corriente.

Esta ranita vivía en un estanque en uno de los jardines de un gran palacio. No era la más bonita, ni la mejor cazadora de insectos, pero todos los animales la conocían por su gran corazón. Si una de sus compañeras no cazaba una noche, ella compartía su comida, si alguna no tenía donde dormir, ella compartía su casita. Siempre estaba para ayudar, y nunca le había hecho daño a nadie.

Un buen día, el príncipe dueño del castillo decidió dar un paseo por su jardín. Fue entonces cuando al pasar por el estanque se encontró con la ranita. Nunca había visto una así. Y como lo venció la curiosidad se acercó más y más.

La rana no era desconfiada y no huyó como otros animalitos, ella pensaba que como no hacía daño a nadie, nadie le haría daño a ella.
El príncipe pensó que nunca había visto una rana tan curiosa. Tenía unos ojos grandes y oscuros, pero que parecían felices. Su piel era verde, pero un verde bonito, que brillaba con la luz del sol.

Tanto le gustó la rana que se la llevo a su palacio. Ésta no tenía idea de a dónde iba, pero se dejó llevar, confiada de que nada le pasaría. Además de que el príncipe le parecía el humano más hermoso que había visto.

Así pasaron los días, el príncipe la alimentaba y la cuidaba, y ella se enamoraba de él cada vez más. Esto la entristecía porque sabía que jamás podrían estar juntos.

Una noche en la que se sentía especialmente triste se le apareció una lucecita. La rana, curiosa, se le acercó y pronto descubrió que se trataba de algo mágico.

La luz le habló, le dijo que por haber tenido siempre un gran corazón le concedería un deseo, lo que más anhelara su corazón.
La ranita no dudó, e inmediatamente le pidió que la convirtiera en humana, para poder estar con su príncipe para siempre. Aunque lo esperaba, la lucecita no se lo cumplió de inmediato, ya que antes le advirtió que no era prudente, dejar todo por los caprichos del corazón. A la rana no le importó, ella estaba segura de su príncipe, sabía que la amaría como ella a él.

Viendo que no cambiaría de opinión, la lucecita le advirtió, que si el príncipe la lastimaba ella volvería a ser una rana del estanque. Porque no podía permitir que un corazón tan puro se perdiera por el dolor.

La ranita aceptó, tan segura estaba, que no le importaba nada más.

Meses más tarde y convertida en una hermosa mujer, cumplía su deseo de casarse con el príncipe. Nada podía hacerla más feliz. Todo era perfecto, y el amor que el príncipe le entregaba hacía que su belleza se multiplicara.

Así pasaron los años, hasta un día en el que todo cambió. Su príncipe la miraba diferente, la trataba diferente, le hablaba diferente. Ella pensaba que podía ser por todas las preocupaciones que tenía, por lo que cada día intentaba darle más y mas amor. Pero él la rechazaba, y cada vez hacía viajes de caza más largos, o visitaba reinos que antes no le interesaban. Ella casi nunca lo veia y estaba empezando a sentir ese dolor del que le había advertido su lucecita. Tenía miedo de convertirse en rana nuevamente, y perderlo todo; por lo que negaba esa tristeza, se decía que todo estaba bien, e ignoraba las pequeñas manchitas verdosas que habían empezado a salirle, llevándola nuevamente a su condicion de rana. Fingía no ver que su tamaño habia disminuído, o que a veces saltaba en lugar de caminar. No quería perder a su príncipe.

Un día se apareció en su castillo una princesa de un reino lejano del que ella había oído hablar, pero que nunca había visitado. Pensando que tendría una nueva amiga se vistió con sus mejores ropas y salio a recibirla.

Terrible fue su sorpresa cuando esta princesa le dijo, que su príncipe y ella se habían enamorado y que pensaban casarse en su reino lejano. La princesita sintió un inmenso dolor atravesándole todo su cuerpo, y haciendo uso de sus últimas fuerzas le grito a aquella intrusa que se marchara de su castillo. Ella lo hizo, riéndose y saboreando su victoria.

Cuando el príncipe volvió, encontró a la princesita desvanecida en el suelo, se asustó y la ayudó a reaccionar. Cuando lo hizo, entre lágrimas y dolor le contó lo que había pasado, esperando que todo se tratase de una cruel broma.

El príncipe no lo negó, admitió que era cierto, pero que no pensaba casarse con ella, le juró y perjuró que no amaba a la cruel princesa, sino que había caído bajo un hechizo que lo había llevado a actuar así.

La princesita, desesperada por no convertirse nuevamente en rana le creyó, y aún con todo el dolor que sentía en su corazón se dispuso a perdonarlo y volver a ser felices como una vez habían sido.

Pero la duda siempre estaba presente, cada vez que el príncipe salía a cazar, o cuando visitaba a sus obreros para pedirles la renta, la princesita dudaba, desconfiaba, y eso la estaba volviendo a lastimar.

Tanto dolor sentía que una noche volvió a aparecérsele la misteriosa lucecita. En susurros le dijo que se diera cuenta, que nada volvería a ser igual, y que ella debía volver a su estanque, para curar sus heridas y volver a enamorarse de alguien que si la mereciera, pero la princesa no escuchaba, no quería escuchar, no queria perder lo que había sido la fuente de su felicidad. La princesa amaba a su príncipe, no quería perderlo nunca. Además el príncipe decía que la amaba, entonces, por qué marcharse? Ella no era tonta, si su amor le hubiera dicho que no quería verla más, ella se habría vuelto a su viejo estanque, lo habría dejado ser feliz con la malvada princesa.

La lucecita entonces le pidió, que una noche, cuando el príncipe no estuviera, la esperara despierta en la torre más alta del castillo.
Pasaron un par de semanas y finalmente el príncipe se marchó a cazar. Por lo tanto la princesa subió a la torre más alta y esperó.
Cerca de la medianoche la luz apareció, y le dijo que lo que iba a hacer era por su bien, porque no quería que el dolor que ella guardaba la terminara matando. En ese instante la convirtió en una tetera de plata.

La princesa no entendía que estaba sucediendo, pero tampoco podía hablar, asi que confió en la lucecita y se dejó llevar.
A la mañana siguiente despertó en un castillo que no conocía, al principio se asustó, pero recordó que era una tetera, y que nadie podía hacerle daño. Así que no presintió nada cuando la llenaron de agua y finas hierbas para preparar una infusión, ni presintio nada malo cuando la llevaron hasta una mesita hermosamente labrada, junto con dos tazas y el azúcar para endulzar.

Solo hasta que vió a aparecer a su príncipe se dió cuenta de lo que estaba sucediendo, pero no había nada que ella pudiera hacer. Así que los vió, a él y a la malvada princesa sentarse, beber, reír y besarse frente a sus narices. El le había mentido, no había dejado de verla, y evidentemente sí sentía algo por ella. Todos esos regalos, esos mimos y esas miradas dulces habían sido una gran mentira.

La princesa no aguanto más el dolor, ya no era sólo interno, ahora era físico. Sentía cada hueso de su cuerpo latir y estremecerse, sentía que el pecho le iba a estallar. No podía más. En ese momento apareció su luz, ya no brillaba como antes, porque se sentía triste, no había querido causar tanto dolor en la princesa, pero era por su bien. Sin que se diera cuenta, la princesa apareció en su castillo, rota, destruida, ya no tenía el brillo que habían tenido sus ojos una vez. Quería desaparecer, quería morir y que nadie lo supiera. No podía seguir soportando ese dolor. No podía ser cierto, su príncipe..cómo había podido?

Escribió algunas palabras en una hoja y se entregó a ese dolor que la llamaba, ya no le importaba convertirse en rana, ya no le importaba nada.

Algunos días después, el príncipe apareció en su castillo, cargado de regalos y objetos hermosos para su princesa. Al encontrar la morada vacía se preocupó, pero su princesa nunca lo dejaría por lo tanto no se asustó demasiado y se dispuso a esperarla, creyendo que estaría dando un paseo por el jardín.

Al caer la noche el príncipe ya no sabía que hacer, estaba preocupado. La buscó en cada torre, en cada recoveco, pero fue en vano. No sabía que había pasado. Sólo se dió cuenta cuando encontró su vestido en el suelo y el papel que había escrito para él.

Al leerlo enloqueció, y cayó en la cuenta del terrible error que había cometido. Su princesa se había ido, por su culpa, por su egoísmo, por su falta de decisión. Se prometió a sí mismo que la encontraría, y que remediaría todo el mal que había hecho, que nunca dejaría de buscar.

Y así fue, busco en ciudades, en pueblos, en bosques y en selvas. Cruzó el mar, buscó en continentes enteros, no la encontraba pero no se daría por vencido. Tarde se había dado cuenta de lo que había perdido. Y todo eso sin saber, ni sospechar, que su princesa, ahora rana, estaba en el jardín de su castillo,en el estanque de donde había salido. Y que a pesar de todo el daño que le había causado, estaba esperándolo, quietita en su roca, día tras día, dispuesta a perdonarlo y volver a vivir feliz.

Por si les queda alguna duda, en el papel que había enloquecido al príncipe solo había cuatro palabras, que demostraban el amor y la bondad de la princesa, nunca egoísta, nunca malvada.
En el papel se leía: "que seas muy feliz."


saludos!