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la tumba de la nieve

la tumba de la nieve

HACE muchos años vivía un hombre joven de la clase samurai que era muy famoso por su habilidad en la lucha en lo que se llamaba el estilo de yagyu. Tan experto era que ganaba enseñando, con su maestro, no menos de treinta toneles de arroz y dos “raciones” (me han dicho que varía de uno a cinco sho) al mes. Como un sho son seiscientos sesenta y seis pies cuadrados, a nuestro samurai, Rokugo Yakeiji, le iba muy bien.

El centro de su éxito estaba en Minami-wari-gesui, Hongo Yedo. Su maestro era Sudo Jirozaemon y la escuela estaba en Ishiwaraku.

Rokugo no estaba orgulloso de su habilidad de ningún modo. Era la modestia de la juventud, unida a su inteligencia, lo que había incitado a su maestro a hacer a su alumno un ayudante de maestro. La escuela era una de las mejores de Tokio, y había más de cien alumnos.

En enero los alumnos se reunían para celebrar el Año Nuevo y el séptimo día bebían nanakusa (una especie de arroz mojado en el que se mezclan siete hierbas y siete vegetales. Dicen que te libra de todas las enfermedades durante el año). Los alumnos participaban en histonas de fantasmas, cada uno intentaba contar una más alarmante que la de su compañero, hasta que el pelo de muchos estaba prácticamente de punta y era tarde por la noche. Era costumbre pasar el 7 de enero de esta forma y ellos hacían turnos eligiendo números. Se colocaban cien candiles en un cobertizo al final del jardín y cada narrador de una historia terminaba su turno llevándose uno hasta que todos habían contado una historia; esto era para desconcertar, si era posible, la jactancia del alumno que decía que no creía en fantasmas ni temía a nada.

Al final llegó el turno de Rokugo. Después de ir a buscar su candil en el final del jardín, habló como sigue:


“Amigos míos, escuchad mi historia. No es muy espantosa, pero es cierta. Hace unos tres años, cuando yo tenia diecisiete, mi padre me envió a Gifu, en la provincia de Mino. De camino llegué a un lugar llamado Nakimura sobre las diez de la noche. A las afueras del pueblo, sobre una tierra salvaje, no cultivada, vi una curiosa bola de fuego. Se movía de acá para allá sin hacer ruido, se acercaba mucho a mí y luego se alejaba otra vez, moviéndose como si estuviera buscando algo; daba vueltas sobre el mismo terreno de cuando en cuando. Estaba a unos cinco pies de la tierra; pero algunas veces iba mas baja. No diré que estaba asustado porque más tarde fui a la posada de Miyoshiya y a la cama, sin mencionar a nadie lo que había visto; pero les puedo asegurar a todos ustedes que estaba muy contento de estar en la casa. A la mañana siguiente la curiosidad se apoderó de mí. Le conté al dueño lo que había visto y él me contó una historia a cambio. Dijo: “Hace unos doscientos años se libró aquí una gran batalla y mataron al general al que vencieron. Cuando recuperaron su cuerpo en una acción rápida, descubrieron que no tenía cabeza. Los soldados pensaron que el enemigo tenía que haber robado la cabeza. Uno, que estaba más deseoso que los demás de hallar la cabeza de su señor, continuó buscándola mientras duraba la acción. Mientras buscaba le mataron. Desde aquella tarde hace doscientos años, la bola de fuego se quema todos los días después de las diez. La gente la ha llamado desde aquel día y hasta hoy Kubi sagashi no hi (cabeza de fuego buscadora). Cuando el dueño de la posada terminó de narrar esta historia, amigos míos, sentí una sensación desagradable en el corazón. Era lo primero de tipo fantasmal que había visto.”

Los alumnos estuvieron de acuerdo en que la historia era extraña. Rokugo metió los dedos en sus “geta” (zuecos) y fue a traer su candil desde el final del jardín. No había avanzado mucho cuando oyó la voz de una mujer. No estaba muy oscuro, ya que había nieve en el suelo; pero Rokugo no pudo ver a ninguna mujer. Había llegado hasta los candiles cuando oyó la voz de nuevo y, volviéndose de repente, vio a una mujer hermosa de unos dieciocho veranos. Sus ropas eran elegantes. El obi (cinturón) estaba atado en el tateyanojiri (forma de la flecha cuando está levantada como una flecha en una aljaba). El vestido estaba lleno dibujos de pino y de bambú, y su pelo estaba peinado al estilo shimada. Rokugo se quedó mirándola con asombro y admiración. Un minuto de reflexión le mostró que no podía ser una chica y que su belleza casi le había hecho olvidar que él era un samurai.

“No, no es una mujer real, es un fantasma. ¡Qué oportunidad para mí para distinguirme delante de todos mis amigos!”

Dicho esto, desenvainó su espada, templada por el famoso Moriye Shinkai, y con un corte hacia abajo partió a cabeza, el cuerpo y todo en dos mitades.

Él corno, cogió el candil y lo llevó de nuevo a la habitación donde estaban esperándole los alumnos; allí Contó la historia y les rogó que fueran a ver el fantasma. Todos los jóvenes se miraron unos a otros, ninguno de ellos era aficionado a los fantasmas en lo que se puede llamar la vida real. Ninguno quería aventurarse, pero Yamamoto Jonosuke, con más valentía que el resto, dijo: “Yo iré” y se fue corriendo. Tan pronto como los otros alumnos vieron esto, todos ellos fueron también al jardín con valentía.

Cuando llegaron al lugar donde se suponía que yacía muerto el fantasma, sólo encontraron los restos de un muñeco de nieve que ellos mismos habían hecho durante el día; estaba cortado en dos mitades desde la cabeza hasta los pies, exactamente igual que lo había descrito Rokugo. Todos se rieron. Varios de los samurais jóvenes se enfadaron, porque pensaban que Rokugo les estaba poniendo en ridícu¬lo; pero cuando regresaron a la casa pronto vieron que Rokugo no había sido frívolo. Lo encontraron sentado con un aire de gran arrogancia y pensando que sus alumnos verían ahora qué espadachín más hábil era en realidad.

Sin embargo, ellos miraron a Rokugo con desprecio y se dirigieron a él así:

“Realmente hemos visto una prueba extraordinaria de tu habilidad. ¡Incluso el niño pequeño que tira una piedra a un perro hubiera tenido más valor para hacer lo que hiciste!”

Rokugo se enfadó y les llamó insolentes. Perdió los estribos hasta tal punto que por un momento su mano voló a la empuñadura de su espada e incluso amenazo de muerte a uno o dos de ellos.

Los samurais se disculparon por su rudeza, pero añadieron:

“Tu fantasma es sólo un muñeco de nieve que nosotros mismos hicimos esta mañana. Por eso te dijimos que un niño no tendría miedo al atacarle.”

Ante esta información Rokugo quedó confuso, y él a su vez se disculpó por su genio. No obstante, dijo que no podía entender cómo era posible que confundiera a un muñeco de nieve con un fantasma femenino. Perplejo y asombrado, rogó a sus amigos que no contaran a nadie más el asunto, sino que se lo guardaran para ellos mismos. Inmediatamente después dijo adiós y se marchó de la casa.

No nevó más, pero la nieve yacía espesa sobre el suelo.

Rokugo había bebido una buena cantidad de sake, y sus pasos no eran seguros según iba de camino a casa hacia Warigesui.

Cuando pasó cerca de las puertas del templo Korinji se dio cuenta de que una mujer cruzaba más rápida los terrenos del templo de lo que él podía comprender. Se apoyó contra la verja para observarla. Iba despeinada y desaliñada. Pronto llegó un hombre corriendo detrás de ella con un cuchillo de carnicero en la mano y le gritó cuando la alcanzó:

“¡Mujer malvada! Has sido infiel a tu pobre marido y te mataré por ello, porque yo soy su amigo. ”

La apuñaló cinco o seis veces y luego se fue. Rokugo, volviendo a tomar el camino hacia su casa, pensaba en qué buen hombre tenía que ser el que había matado a la esposa infiel. A las mujeres malas es justo que se las recompense con la muerte, pensaba.

Sin embargo, Rokugo no había ido muy lejos cuando, para asombro suyo, se encontró cara a cara con la mujer a la que acaba de ver cómo mataban. Ella le estaba mirando con ojos enojados y le dijo:

“¿Cómo un samurai valiente puede observar un asesinato tan cruel como el que acaba de ver y divertirse ante la visión?”

“No me hable como si yo fuera su marido porque no lo soy”, dijo él; “me ha gustado ver cómo la mataban por ser infiel. De hecho, si usted es el fantasma de la mujer, ¡la mataré yo mismo!” Antes de que pudiera desenvainar su espada el fantasma se había desvanecido.

Rokugo continuó su camino y al acercarse a su casa encontró con una mujer, quien vino hacia él con una cara horrible y los dientes apretados, como si estuviera agonizando.

Ya había tenido suficientes problemas con mujeres aquella tarde. Tenían que ser zorros que habían asumido la forma de mujeres, pensaba él, mientras continuaba mirando a esta última.

En ese momento se acordó de que había oído hablar de un caso de mujeres zorros. Ocurre que el fuego que procede de los cuerpos de los zorros y tejones es siempre tan brillante que incluso en la noche más oscura puedes decir el color de su pelo, o incluso las figuras entrelazadas en los tejidos que llevan puestos, cuando asumen las formas de hombre o de mujer; es claramente visible a unken (seis pies). Recordando esto, Rokugo se acercó un poco más a la mujer y pudo ver con bastante claridad el dibujo de su vestido, que se ponía de manifiesto como si tuviera fuego debajo. El pelo también parecía tener fuego debajo de él.

Sabiendo ahora que era un zorro, tenía que hacer algo.

Rokugo desenvainó su mejor espada, la famosa hecha por Moriye, y procedió a atacar con cuidado porque sabía que tendría que golpear al zorro y no al espíritu del zorro en forma humana. (Se dice que siempre que un zorro o un tejón se transforman en forma humana la presencia real permanece junto a la aparición. Si la aparición aparece al lado izquierdo, la presencia del propio animal está a la derecha.)

Por consiguiente, Rokugo atacó, matando al zorro y por tanto a la aparición.

Corrió a su casa y llamó a sus parientes, que se congregaron afuera con lámparas. Cerca de un arrayán de casi doscientos años, encontraron un cuerpo, no de un zorro o de un tejón, sino de una nutria. El animal fue llevado a casa. Al día siguiente se invitó a todos los alumnos de la escuela de defensa a venir a verla y hubo una gran fiesta.

Rokugo había limpiado una gran desgracia. Los alumnos rigieron una tumba para el animal, que ahora es conocida como “Yukidzuka” (la tumba de la nieve) y todavía se ve en el templo de Korinji, en Warigesui Honjo, Tokio.

KLINGSOR



THE SNOW TOMB

MANY years ago there lived a young man of the samurai class who was much famed for his skill in fencing in what was called the style of Yagyu. So adept was he, he earned by teaching, under his master, no less than thirty barrels of rice and two ‘rations’–which, I am told, vary from one to five sho–a month. As one sho is .666 feet square, our young samurai, Rokugo Yakeiji, was well off.

The seat of his success was at Minami-wari-gesui, Hongo Yedo. His teacher was Sudo Jirozaemon, and the school was at Ishiwaraku.

Rokugo was in no way proud of his skill. It was the modesty of the youth, coupled with cleverness, that had prompted the teacher to make his pupil an assistant-master. The school was one of the best in Tokio, and there were over 10o pupils.

One January the pupils were assembled to celebrate the New Year, and on this the seventh day of it were drinking nanakusa–a kind of sloppy rice in which seven grasses and green vegetables are mixed, said to keep off all diseases for the year. The pupils were engaged in ghost stories, each trying to tell a more alarming one than his neighbour, until the hair of many was practically on end, and it was late in the evening. It was the custom to keep the 7th of January in this way, and they took their turns by drawing numbers. One hundred candles were placed in a shed at the end of the garden, and each teller of a story took his turn at bringing one away, until they had all told a story; this was to upset, if possible, the bragging of the pupil who said he did not believe in ghosts and feared nothing.

At last it came to the turn of Rokugo. After fetching his candle from the end of the garden, he spoke as follows:

‘My friends, listen to my story. It is not very dreadful; but it is true. Some three years ago, when I was seventeen, my father sent me to Gifu, in Mino Province. I reached on the way a place called Nakimura about ten o’clock in the evening. Outside the village, on some wild uncultivated land, I saw a curious fireball. It moved here and there without noise, came quite close to me and then went away again, moving generally as if looking for something; it went round and round over the same ground time after time. It was generally five feet off the ground; but sometimes it went lower. I will not say that I was frightened, because subsequently I went to the Miyoshiya inn, and to bed, without mentioning what I had seen to any one; but I can assure you all that I was very glad to be in the house. Next morning my curiosity got the better of me. I told the landlord what I had seen, and he recounted to me a story. He said: “About 200 years ago a great battle was fought here, and the general who was defeated was himself killed. When his body was recovered, early in the action, it was found to be headless. The soldiers thought that the head must have been stolen by the enemy. One, more anxious than the rest to find his master’s head, continued to search while the action went on. While searching he himself was killed. Since that evening, 200 years ago, the fireball has been burning after ten o’clock. The people from that time till now have called it Kubi sagashi no hi.” 1 As the master of the inn finished relating this story, my friends, I felt an unpleasant sensation in the heart. It was the first thing of a ghostly kind that I had seen.’

The pupils agreed that the story was strange. Rokugo pushed his toes into his ‘geta’ (clogs), and started to fetch his candle from the end of the garden. He had not proceeded far into the garden before he heard the voice of a woman. It was not very dark, as there was snow on the ground; but Rokugo could see no woman. He had got as far as the candles when he heard the voice again, and, turning suddenly, saw a beautiful woman of some eighteen summers. Her clothes were fine. The obi (belt) was tied in the tateyanojiri (shape of the arrow standing erect, as an arrow in a quiver). The dress was all of the pine-and-bamboo pattern, and her hair was done in the shimada style. Rokugo stood looking at her with wonder and admiration. A minute’s reflection showed him that it could be no girl, and that her beauty had almost made him forget that he was a samurai.

‘No: it is no real woman: it is a ghost. What an opportunity for me to distinguish myself before all my friends!’

Saying which, he drew his sword, tempered by the famous Moriye Shinkai, and with one downward cut severed head, body, and all, into halves.

He ran, seized a candle, and took it back to the room where the pupils were awaiting him; there he told the story, and begged them to come and see the ghost. All the young men looked at one another, none of them being partial to ghosts in what you may call real life. None cared to venture; but by and by Yamamoto Jonosuke, with better courage than the rest, said, ‘I will go,’ and dashed off. As soon as the other pupils saw this, they also, gathering pluck, went forth into the garden.

When they came to the spot where the dead ghost was supposed to lie, they found only the remains of a snow man which they themselves had made during the day; and this was cut in half from head to foot, just as Rokugo had described. They all laughed. Several of the young samurai were angry, for they thought that Rokugo had been making fools of them; but when they returned to the house they soon saw that Rokugo had not been trifling. They found him sitting with an air of great haughtiness, and thinking that his pupils would now indeed see how able a swordsman he was.

However, they looked at Rokugo scornfully, and addressed him thus:

‘Indeed, we have received remarkable evidence of your ability. Even the small boy who throws a stone at a dog would have had the courage to do what you did!’

Rokugo became angry, and called them insolent. He lost his temper to such an extent that for a moment his hand flew to his sword hilt, and he even threatened to kill one or two of them.

The samurai apologised for their rudeness, but added: ‘Your ghost was only the snow man we made ourselves this morning. That is why we tell you that a child need not fear to attack it.’

At this information Rokugo was confounded, and he in his turn apologised for his temper; nevertheless, he said he could not understand how it was possible for him to mistake a snow man for a female ghost. Puzzled and ashamed, he begged his friends not to say any more about the matter, but keep it to themselves; thereupon he bade them farewell and left the house.

It was no longer snowing; but the snow lay thick upon the ground. Rokugo had had a good deal of saké, and his gait was not over-steady as he made his way home to Warigesui.

When he passed near the gates of the Korinji Temple he noticed a woman coming faster than he could understand through the temple grounds. He leaned against the fence to watch her. Her hair was dishevelled, and she was all out of order. Soon a man came running behind her with a butcher’s knife in his hand, and shouted as he caught her:

‘You wicked woman! You have been unfaithful to your poor husband, and I will kill you for it, for I am his friend.’

Stabbing her five or six times, he did so, and then moved away. Rukugo, resuming his way homewards, thought what a good friend must be the man who had killed the unfaithful wife. A bad woman justly rewarded with death, thought he.

Rokugo had not gone very far, however, when, to his utter astonishment, he met face to face the woman whom he had just seen killed. She was looking at him with angry eyes, and she said:

‘How can a brave samurai watch so cruel a murder as you have just seen, enjoying the sight?’

Rokugo was much astonished.

‘Do not talk to me as if I were your husband,’ said he, ‘for I am not. I was pleased to see you killed for being unfaithful. Indeed, if you are the ghost of the woman I shall kill you myself! ‘Before he could draw his sword the ghost had vanished.

Rokugo continued his way, and on nearing his house he met a woman, who came up to him with horrible face and clenched teeth, as if in agony.

He had had enough troubles with women that evening. They must be foxes who had assumed the forms of women, thought he, as he continued to gaze at this last one.

At that moment he recollected that he had heard of a fact about fox-women. It was that fire coming from the bodies of foxes and badgers is always so bright that even on the darkest night you can tell the colour of their hair, or even the figures woven in the stuffs they wear, when assuming the forms of men or women; it is clearly visible at one ken (six feet). Remembering this, Rokugo approached a little closer to the woman; and, sure enough, he could see the pattern of her dress, shown up as if fire were underneath. The hair, too, seemed to have fire under it.

Knowing now that it was a fox he had to do with, Rokugo drew his best sword, the famous one made by Moriye, and proceeded to attack carefully, for he knew he should have to hit the fox and not the spirit of the fox in the woman’s form. (It is said that whenever a fox or a badger transforms itself into human shape the real presence stands beside the apparition. If the apparition appears on the left side, the presence of the animal himself is on the right.)

Rokugo made his attack accordingly, killing the fox and consequently the apparition.

He ran to his house, and called up his relations, who came flocking out with lanterns. Near a myrtle tree which was almost two hundred years old, they found the body–not of fox or badger, but–of an otter. The animal was carried home. Next day invitations were issued to all the pupils at the fencing-school to come and see it, and a great feast was given. Rokugo had wiped away a great disgrace. The pupils erected a tomb for the beast; it is known as ‘Yukidzuka’ (The Snow Tomb), and is still to be seen in the Korinji Temple at Warigesui Honjo, in Tokio.

THE END

Comentarios Destacados

@iniesta9500 +7
no lei una mierda(con todo respeto)

11 comentarios - la tumba de la nieve

@iniesta9500 +7
no lei una mierda(con todo respeto)
@Metall666
descanse en paz la nieve