Capítulo II:


Hablando por el transmisor con Juliana, mi mamá y ella acordaron que nos refugiaríamos el una cárcel de una ciudad no muy lejana a poco más de media hora.
Yo mientras miraba por la ventana y cada tanto veía a un “no muerto” recargaba mi Magnum F92. Llegamos a la cárcel y mi papá dijo: -Es una excelente estructura, tiene triple enrejado alrededor de ella, pero debe haber infectados ahí adentro- Y agregó: -Tenemos que “limpiar” esta cárcel de estas porquerías, lo que vamos a hacer es abrir la puerta, y disparar desde ahí, no vamos a entrar, porque si son muchos nos podrían rodear-.
Entonces nos tomamos cinco minutos para recargar y verificar el funcionamiento de nuestras armas. Cargué mi Magnum, me colgué mi Winchester en la espalda, y mi rifle. Fernando me llamó y me dijo:- ¿Te gustaría que te enseñe a hacer una bomba Molotov? Le respondí que si, que me encantaría. Entonces dijo:
-Bueno lo primero es agarrar una botella de vidrio o algún jarrón que sea rompible, lo llenamos de gasolina así, le ponemos un pañuelo así, le hacemos un nudo, y probamos que no se salga el pañuelo de la botella. Y ahí esta, es una bomba Molotov-.
Me sorprendió la facilidad con la que lo hizo. Y en eso mi papá dijo:
-Bueno, voy a abrir la puerta, estén preparados-.
La abrió, y al terminar de abrirla, no vimos nada, pero no íbamos a entrar, se me ocurrió la idea de disparar un tiro al aire, y así si había algo vendría hacia nosotros. Lo hice, y al terminar no pasó mucho tiempo hasta que vimos frente a nosotros un ejército de muertos, que se acercaba muy lentamente. Ahí empezamos a disparar, Fernando, mi papá y yo éramos los que más acertábamos, pero eran demasiados, así que guarde mi Magnum, y desenfundé mi ametralladora Heckler & Koch MP5 y comencé a disparar, pude matar a siete, cada vez eran menos, pero se nos acababan las municiones, vi que algunos caminaban por el piso de arriba decididos a bajar, agarré mi rifle y pude detener a unos cuantos. Fernando dijo: -Son muchos dejen de disparar voy a tirar la Molotov- Y así lo hizo, terminamos con todos, mi papá y Fernando cargaban los cuerpos de los zombies y los llevaban a la calle, donde habían armado una fogata y los quemaron, los contaron y eran más de setenta.
Entramos a registrar la cárcel, mi mamá, Luciana y Juliana estaban entrando las camionetas, y cerrando las rejas, después de un rato decidimos que íbamos a dormir en una celda y la encadenaríamos, pero antes teníamos que comer algo, mientras las mujeres cocinaban, nosotros contábamos cuantas balas nos quedaban. Mi papá dijo:
-Tenemos menos de la mitad de las balas que teníamos hoy, pero esto es una cárcel, tiene que haber una armería, la vamos a buscar por la mañana-.
Esa noche cenando, empezamos a hacernos preguntas, mi papá les dijo a Fernando y Juliana:
-¿Qué hacían antes de que pasara esto?-.
Fernando dijo: -Yo era un agente especial de policía, trabajé en varios casos, y Juliana era doctora. Y Fernando dijo: -¿Y ustedes que hacían?-.
Mi papá dijo: yo era contador, y Sofía (mi mamá) era abogada.
Entonces mi mamá preguntó: -¿No tienen hijos?-.
Juliana respondió: -Sí, si tenemos- Y sacando una foto de su bolsillo nos la mostró, diciendo. –Fue mordido, en el brazo al salir del colegio, frente a mí, lo ayudé, le limpié la herida, y se la vendé, el me preguntaba, que estaba pasando, si se pondría bien, y yo no lo sabía. Tenía fuertes dolores de cabeza, y movimientos involuntarios en los músculos, terminó convirtiéndose en uno de ellos, no pudimos matarlo, era nuestro hijo, al mirarlo a los ojos para dispararle recordaba todos los momentos felices que pasamos, simplemente no pude, lo llevamos atado en el auto y lo dejamos lejos de la casa, y volvimos a los tres días nos encontramos con ustedes- dijo Juliana quebrándose en llantos.
Todos quedamos en silencio, y un rato después mi papá dijo: -Hay que descansar, mañana vamos a buscar la armería, y a terminar de registrar esta cárcel. Buenas noches-.