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10 leyendas urbanas

HOLA TARINGUEROS AQUI LES TRAIGO 100 LEYENDAS URBANAS

1El criado me fue a anunciar al señor Landsdale, y me dejó esperando en su despacho, el cual era demasiado… recargado para mis gustos, siempre amante de la sencillez, y muy oscuro. Impresionante era el reloj de pared, además de antiguo, y cuando dio las campanadas de medianoche, huecas y retumbantes, se me erizó el vello de todo el cuerpo. La mesa era grande y robusta, posiblemente de caoba, y de gran calidad, y también denotaba ser muy antigua, ya entrada en siglos. Todo allí daba sensación de extrema limpieza y esmerada colocación. Dominaba el suelo una enorme alfombra con delicados dibujos de dragones, elfos, unicornios… y demás seres imposibles; era demasiado abigarrada.
Tras cinco minutos de espera, empecé a impacientarme. Había también en la pared de la izquierda un escudo de armas de buen tamaño, consistiendo en un dragón con las alas desplegadas, el cual era montado por una mujer de largos cabellos rubios al viento, y completamente desnuda. Bajo el escudo, devisábanse seis cuadros de marcos dorados, con retratos de mujeres de elevada edad, con grandes tocados blancos y postizos, a la usanza del siglo dieciocho. En la pared de la derecha había un mapamundi, diríase que un original del siglo quince o dieciséis, ya amarillento y carcomido por las cuatro esquinas, y ambos lados del mismo, dos esqueletos humanos; a la izquierda el de una mujer, por la capacidad pélvica superior al esqueleto situado a la derecha, que además tenía un marcado tamaño mayor. Comencé a tener la boca reseca, y también se me revolvió el estómago, y temí vomitar en cualquier momento.
¿En dónde me había metido? Me pregunté a la vez que me caía por la nuca un chorretón de frío sudor. Ya desde fuera, la mansión me había parecido tétrica, siniestra, levemente iluminada por una luna llena de un gris mortecino, de una languidez enferma, y rodeada de unos árboles achaparrados y poco nutridos de hojas, medio secos; sólo un mausoleo en un abandonado camposanto, podía ser más aterrador, si cabe. Estaba llena de largos pasillos con los suelos huecos y movedizos, alumbrados por la tenue luz de numerosos candiles ya agonizantes. ¿Qué esconderían las numerosas estancias cerradas? Por no hablar del criado, altísimo y delgadísimo, y muy viejo, con largos cabellos canosos sin peinar, amén de tener una cojera en la pierna izquierda muy aguzada, que al andar le convertía en una sombra grotesca.
Cuando iba a levantarme y salir corriendo, vi moverse el picaporte de la puerta. Tras un prolongado suspense, hizo aparición, cual fantasma, el señor Lindsdale. -Perdone la demora… ¿Señor…?
-John Alan, de Baltimore.
-Lo dicho, señor Alan -. Cuando avanzó para ir a sentarse tras la mesa, por un momento pareció hacerse parcialmente transparente -. ¿Viene por lo del anuncio? - me preguntó a la vez que tomaba la pipa posada en la mesa.
-Sí, señor… -estaba aterrado y casi paralizado.
-¿Es usted un buen contable? Y cuando digo buen, quiero decir, excelente - prendió un largo fósforo…
-Le he traído mi curriculum vitae - temblando le deposité el mismo sobre la mesa, delante suyo.
-Um… - prendió fuego la pipa, y soltó tres grandes bocanadas de espeso humo-. No hacía falta, me fío… de usted.
-Merçi - asentí un poco aliviado, como hipnotizado por el humo.
-¿Además sabe francés con soltura? - abrió los ojos, enormes y muy azules bajo las pobladas cejas sin domar.
-Oui, monsieur… además de castellano y latín - aseveré con gran regocijo, he de confesar -. Animus in consulendo liber…
-A pesar de ello, su sueldo será el mismo que el figurado en el anuncio del periódico - me lanzó una bocanada de humo -. Tal vez en un futuro próximo… si no me decepciona…
-Claro, claro… asentí, pero un escalofrío me recorrió todo el cuerpo de la cabeza a los pies.
-Si está de acuerdo… -sacó de un cajón el contrato y una estilográfica negra -, firme por duplicado aquí -. Me señaló con el dedo índice de su mano derecha, que era largísimo, grueso y arrugado, acabado en una prominente y afilada uña amarillenta. Sin dejar de estar como firmemente poseído por aquel extraño y circunspecto hombre, así el pardo instrumento de escritura, y con firme pulso, rubriqué mi acuerdo para emplearme en aquella mansión de ignotas, pero terribles sensaciones para mi pura alma-. Tome su copia, señor Alan, y no la extravíe… - me pareció que se le hinchaban las venas del cuello.
-Descuide señor Landsdale - guardé mi copia.
-Seguramente debe tener usted un gran apetito - dijo guardando su copia en un cajón -. Como ya es muy tarde, le acompañaré personalmente a su aposento, donde encontrará ricas viandas y un excelente Oporto.
-No es necesario que se moleste usted, mi señora esposa me espera en casa, seguramente aún está en vela esperándome, y además ya cené antes de venir.
-Creo que no me a entendido usted, no volverá a su casa ni a ningún otro sitio mientras esté a mi servicio - me dijo tan rotundamente cono el peso una lápida.
-Pero señor… el anuncio no mencionaba nada al respecto… -me palpitaba el corazón como un galope que conduciera a la muerte misma.
-No consideré que fuese necesario. Quod escribsi, escribsi… Sígame usted…
Cogió el candelabro de cuatro brazos de un lado de la mesa tras prender fuego con un fósforo cada pequeño cirio. Fui tras él como un perrillo faldero y asustadizo. Quería huir por piernas, pero no me obedecían, como si no me pertenecieran; era como si el señor Landsdale me llevara con invisibles hilos, cual marioneta… al matadero.
-Se acostumbrará a los numerosos pasillos de mi mansión, y a la ubicación de la mayoría de las estancias, pues algunas están cerradas menos para mí, lo sabrá por el letrero con mi nombre grabado en letras de oro.
No sabía si estaba loco él, yo , o ambos, tal era mi confusión. Llegamos tras un largo corredor hasta una gran puerta de madera negrísima. El señor de Landsdale sacó de un bolsillo de su chaleco una gran llave plateada, y con un sonido chirriante, pesadillesco, la giró dentro de la cerradura y la abrió.
-Tenga usted - me dijo girándose hacia mí - y no la pierda, pues es de plata antigua y muy valiosa.
-Tendré cuidado extremo.
-Entre, no se demore.
Di un par de pasos y se despidió.
-Que tenga buena cena y no menos buenos sueños.
Y cerró la puerta de un golpe contundente, y me sentí como inexorablemente atrapado dentro de una tumba a mucha profundidad.

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La habitación era de buen tamaño. Las paredes estaban ocupadas enteramente por estanterías, llenas de viejos libros polvorientos. Sobre la mesa, cerca del camastro, había varias bandejas de hojalata, repletas de diferentes carnes, desde pollo, ternera, avestruz, cerdo… hasta otras que no pude identificar. ¡Cuán asco me dieron! También había una botella de Oporto envuelta en telarañas, y una copa de vidrio con forma de calavera, por la cual reptaba un gusanito con muchas patitas… Me senté en el camastro, resultando ser más duro y frío que el mármol. Me incorporé de inmediato. ¿Era una broma de mal gusto todo aquello, empezando por el dichoso anuncio? Cogí un tomo al azar. Después de quitar el polvo endurecido y rancio de la tapa, leí: “De Myteriis Sathanas”. Me entraron espasmos muy violentos en ambos brazos. Lo abrí más o menos por la mitad y una nube de polvo espesísimo me envolvió por completo, y arrojé el pesado libro contra el suelo con inusitada vehemencia. Desesperado me acerqué a la ventana llena de mugre pegada hacía mucho tiempo, y aunque las bisagras estaban oxidadas, logré abrirla… Me asomé contemplando con amargura un abismo sin fondo, perturbador, angustiante… por una milésima de segundo, pensé precipitarme y acabar con todo… pero un viento atroz, huracanado, me abofeteó en pleno rostro, y me lanzó con inusitada violencia, estrellándome de espalda contra una estantería, derramando docenas de libros, y… ¡oí algo parecido a un lamento sobrenatural! Sin padecer el menor de los dolores, cual resorte, me di la vuelta tras levantarme, y atónito, vi sobre una balda a un hombrecillo de no más de un palmo de alto totalmente desnudo, y con expresión asustadiza en su arrugado semblante.
-¿Quién eres tú? - grité -. ¿Acaso un demonio?
-Hu… ye, hu… ye… - me susurró cual respuesta, abriendo de par en par unas cuencas vacías sin fondo como el abismo del exterior… -. Antes… antes… era como tú, todavía estás a tiempo… - Acabó diciéndome, pues de inmediato desapareció por un negro agujero de la pared…
¿Estaba soñando? No, todo era real, una macabra realidad. ¿Pero por qué aquel ser no me dijo cómo salir de allí antes de desaparecer? O no lo sabía, o… Sin tiempo a más, obtuve la respuesta de inmediato.
-¿Está usted bien, señor Alan? Acabo de oír un gran alboroto.
Era el señor Landsdale.
-Nada, no ha sido nada, tan sólo me caí de la cama, por la falta de costumbre…
-¿Cenó ya?
-Sí, gracias por preocuparse.
-¿Ha sido de su agrado?
-Muy rico todo, tanto que no sé si podré conciliar el sueño…
-Puede leer algún libro, son muy instructivos todos ellos… y eructe, que ayuda mucho a hacer la digestión.
-Gracias, muchas gracias por sus sabios consejos.
-Me voy entonces. Si le ocurre algo, oprima el botón que estás situado al lado de la cama, y vendrá mi criado.
-De acuerdo, señor Landsdale.

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Me tumbé en el camastro de apolilladas sabanas para meditar mis siguientes pasos en pos de realizar mi evasión, y se hizo realidad mi caída de la cama al romperse ésta, y con el codo derecho apreté sin querer el botón. No tardaría en aparecer el deleznable criado. Además del susto, no tuve más contratiempo. Debía buscar algo contundente para noquearle y huir de la habitación. Mas no encontré nada, y tuve pues que improvisar cómo deshacerme de él. No tardó en llegar.
-Señor, ¿le sucede algo?
-Me duele mucho la cabeza y el estómago. ¿Me puede traer un analgésico si tiene la bondad?
-Sí. Vuelvo en seguida.
Aunque cojo, a penas tardó un suspiro.
-Abra, soy yo, le traigo lo que me pidió.
-Está abierto, entre usted.
Nada más entrar, le arreé un puntapié lateral en sus partes, cayendo doblado de bruces contra el suelo, y con la sabana le asfixié sin casi esfuerzo.
Salí al pasillo en penumbras y cerré la puerta con llave, la cual llevé con migo, además del manojo que tenía el criado que acababa de matar.

Avancé por los pasillos con sumo sigilo, de puntillas, dando al poco con una estancia, cuya puerta tenía un letrero con letras doradas que decía Landsdale. Una llave del manojo abrió la puerta… y accedí con decisión…

FIN?

Si usted, querido lector, no está de acuerdo con este final… continúe leyendo…

… me encontré en un mundo lleno de color, algo parecido al Paraíso perdido de Adán y Eva, pero con mucha gente, aunque podía tratarse de cualquier otra cosa, de cualquier otro mundo que su imaginación pueda asumir dentro del Reino de la Fantasía… o de la Mayor de las Realidades Jamás Vista… Allí todo habitante es feliz y un juego continuo sin principio ni final… Llevo aquí dentro cinco años, o tal vez tan sólo unos pocos segundos, o miles de años, pues el tiempo no existe en estos predios. Sé que se puede salir de aquí, pues he visto numerosas veces al señor Landsdale y a su criado… por cierto, el señor Landsdale es aquí un payaso que nos hace feliz a todos; y su criado, que se llama Laurend, es un burro que pasea a los niños de uno a diez años, aunque no se niega a quien se lo solicite con un buen pastel de merengue en las manos. Por mi parte ya no me dedico a la contabilidad, pues ahora soy un relojero… ¿Curioso, verdad?


10 leyendas urbanas


2 Desde los inicios de la humanidad, hemos tratado de afianzar nuestra limitada comprensión a una realidad que nos fabricamos casi inmediatamente, para huir de nuestros instintos preventivos que desde un principio nos han advertido de sobrenatural de nuestro entorno.
Con el tiempo todas los problemas sociales se transformaron en una mera ilusión, un engaño general al cual nos arraigamos por pura necesidad y extrema ignorancia. Necesitamos esos escapes para evitar la verdadera naturaleza de nuestro presente.

Vivimos en un mundo extraño, inmerso en la oscuridad. Cosas que ni siquiera imaginamos rondan por las noches de nuestra vida. Nuestra conciencia esta torpemente iluminada por ideas engendradas por nuestros propios miedos que existen en las tinieblas de nuestro desconocimiento forzado.
Voy a contarles una historia para aclarar un poco mi mensaje. Una historia que me contó mi abuelo, mocho tiempo antes de morir y ese relato se transformó en una de las herencias más valiosas que recibí de mi familia.

El relato transcurre en los campos remotos de la provincia de Corrientes, donde el verde paisaje se extiende como un infinito océano de vegetación e incertidumbre, donde la vida no fue manchada por la vil tecnología, donde los cielos son libres y las noches solitarias e intensas. En las cuales solo la luna y cientos de estrellas alumbran la realidad, noches calladas donde pequeños ruidos sordos y aislados nos hacen conocer lo que es en verdad el silencio. Mi abuelo paterno Don Cumicho, como le decía la gente que lo apreciaba, fue citado un día por una de sus tías, ya que en su campo desapareciendo toda clase de animales gallinas, cerdos, vacas.

Sin abrir demasiadas conjeturas y pasando inmediatamente a los hechos, mi abuelo tomo un par de sus mejores perros de caza y a dos de sus peones. Esa misma noche decidieron recorrer el campo de mi tía armados con fusiles y así ponerle fin al problema ya que en los tiempos de mi abuelo era intolerable perder un animal así porque si.

Y ahí estaban inmersos en la más oscura de las noches, mi abuelo con su pequeña cuadrilla, donde el viento susurraba levemente en la atmosfera, como una voz preventiva y amenazadora que se violentaba esporádicamente. El ambiente yacía algo frío sobre sus pieles mientras que el cielo estaba sumido en una negrura atípica, la luna y las estrellas no escoltaron esa noche a los valientes que no tenían ni idea de con lo que se iban a encontrar.
La visibilidad era pobre, solo las linternas que portaban los improvisados cazadores les permitían percibir pequeñas imágenes del paisaje solitario, una llanura con el pasto bajo pequeños árboles situados aleatoriamente por el descampado y una pequeña niebla no muy intensa que lo dominaba todo.

Los perros iban olfateando vivamente por el terreno agitados y apresurados se encontraban por delante de mi abuelo y sus ayudantes que caminaban cautelosos sosteniendo cada uno su linterna y portando su rifle en las espaldas.
De repente algo extraño se apoderó del momento...una sensación de soledad, arrebató la conciencia de los tres hombres que se detuvieron al unisonó todavía no comprendiendo porque algo no estaba bien, algo había cambiado…

Mi abuelo fue el primero en darse cuenta de lo que sobraba, era el silencio, un silencio intenso y pesado. El jadeo de los perros había desaparecido, ya no se escuchaban sus pasos ni sus gruñidos ni su respiración.

Uno de los hombres comenzó a llamarlos a los gritos y así lo hicieron todos por varios minutos, agitando las linternas de aquí a allá tratando de ver sus siluetas, en vano hasta que los peones se decidieron en ir a buscarlos. Mi abuelo dijo que los esperaría en ese lugar y allí permaneció solo bajo el cielo negro que lo amenazaba.
Luego de unos minutos de espera, su linterna comenzó a titilar. Una y otra vez la luz se prendía y apagaba, marcando un tiempo enfermizo y uniforme que intensificaba más la oscuridad. Mi abuelo me dijo que cada vez que la luz se apagaba sentía un vacio descomunal, como si la realidad y las cosas buenas que uno tiene en mente dejaran de existir por un momento, hasta que por fin la linterna se apago del todo.

La oscuridad era tal que mi abuelo no podía verse las manos, el silencio acompañado del susurro del viento y algunos grillos, era aterrador.

A tientas mi abuelo cambio las pilas de su linterna...y al no ver lo que hacía, tardo mucho más de lo debido. Al terminar, la luz se prendió violentamente y lo que vio enfrente de si en ese momento le corto el aliento como si una daga desgarrara el aire.

Erguido ante él había algo así como un perro enorme, parado en sus patas traseras como lo haría un canguro. Sus grandes ojos rojos reflejaban la luz que lo iluminaba su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia un lado como evidenciando su curiosidad ante mi abuelo que se encontraba de pie por pura inercia, si hubiese intentado hablar, o incluso gritar hubiese fallado ya que sentía que ningún sonido iba a salir de su boca. Sentía que le habían robado el aire y la cordura por completo.

No sé cuánto tiempo los ojos de mi abuelo sostuvieron la mirada de aquel engendro que se mantenía inmóvil en su posición, observándolo fijamente. Tal vez pasaron segundos, minutos, horas...

Cada uno estudiando al otro, evaluando el universo del cual provenía su extraño espectador. Todas las conjeturas que poseía mi abuelo iban a cambiar esa noche. Todas las historias raras y poco creíbles que había escuchado él eran ahora tan solo silencios en el aire eran parte de la bruma roja como sangre que destellaban esos incomprensibles ojos que fueron los dos soles que marcaron el ocaso del mundo tal cual lo conocía y daban inicio a las tinieblas. Esa noche fueron lo mismo cada uno fue víctima, cada uno fue hallazgo y un enigma.

De repente anulando el hechizo del que estaban inmersos mi abuelo y "La Bestia", de esta última comenzó a salir un extraño gruñido parecido al ruido de miles de golpes sucesivos que peleaban la realidad. De a poco la expresión de los ojos rojos fue cambiando se torno extrañamente solida sus cejas tomaron cierta posición que evidenciaron un sentimiento atroz "el odio".

De a poco la monstruosidad abrió sus fauces y mostró sus afilados dientes, se escucharon disparos. Los dos peones venían detrás de mi abuelo y abrieron fuego hacia la criatura la cual dio media vuelta fugazmente y desapareció en la oscuridad...

Los dos hombres se acercaron a mi abuelo y siguieron disparando una y otra vez, pronto animaron a mi abuelo a que cargara su rifle y comenzara a disparar con ellos, pero no había caso mi abuelo aun se encontraba confundido. Tras acabarse las municiones cargadas, los peones se dispusieron a comenzar la persecución, pero antes de dar el primer paso, un enjambre de abejas surcó por medio de sus cabezas y al ser demasiadas tuvieron que retirarse en dirección contraria.

Al otro día mi abuelo fue a un puesto de emergencias del pueblo ya que una abeja le había picado en la oreja...El médico, al examinar la herida....miro a mi abuelo con incertidumbre...y le dijo "¿Está seguro de que lo pico una abeja?" Mi abuelo le dijo que si y quiso saber porque le hacía tal pregunta. "Porque esta es una herida de bala" respondió el médico.

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3 "Y cuando todo acabo...corrí con todas mis fuerzas portando lagrimas en mis parpados. Lagrimas que llorare hasta el fin de los tiempos, haga lo que haga, valla donde valla, la eternidad me perseguirá envuelta en su velo sombrío y triunfara en mí como la muerte triunfa en los hombres. Dichosos de su trágico destino...


Pero yo, maldito entre los malditos, llevaré esta cruz por siempre. La inmortalidad me matara cada noche y me hará nacer al alba de cada día.

Yo, merecedor de tan sádico castigo, que solo Dios podía otorgar.

Viajaré, gritaré, intentaré quitarme esta maldición (sin éxito) hasta que solo quede yo en la faz de esta desdichada tierra que solo muerte y sombras alberga para mi..."
Del "Diario de Caín...Crimen y Perdición"


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4 Nunca me gustó llorar.

No me gusta porque lo considero algo inútil. Puedes llorar un mar, arrancarle todo el líquido vital a tus células y marchitarte como una flor en invierno y aun así no es suficiente. Siempre habrá un bloque de granito en el pecho, un hueco en interior y una pena en el corazón.

“Ríe, y el mundo reirá contigo. Llora, y
lloraras solo”.

No recuerdo muy bien donde escuche eso, ni siquiera cuando. Pero eso no es relevante. El punto es que cuando se llora, es el equivalente del círculo vicioso judío de los cerdos y el excremento. Mientras mas lloras, más se nubla tu pensar y tu esperanza se muere.
Sobre todo si lloras en presencia de
Soledad.

Llorar es el equivalente egoísta de decir lo siento. Por mucho que lo hagas, no podrás arreglar nada. El daño ya esta hecho. Y nunca será suficiente.

Dejando atrás las redundancias, quisiera contar decir algo importante. A pesar de las cosas que he hecho últimamente, hay un hecho innegable: sigo siendo humano. Y como ser humano comprendo vagamente las razonas por las cuales se derramen lágrimas, por más inútiles que sean. Una de aquellas es cuando alguien se da cuenta de que hizo algo tremendamente terrible. Otra es cuando uno se da cuenta de que tiene el espíritu roto y el mismísimo dios se ha cagado en su alma. En pocas palabras: cuando una verdad terrible y aplastante cae sobre algo frágil y blando, como la mente humana. Cuando esto es demasiado y te jode para siempre.

He llorado, sí. Sin embargo esto no significaría nada sin una razón.

Y la hay; una muy grande.


Al despertar, lo único que percibí fue el dulzón olor de un perfume. El piso se sentía blando bajo mi espalda. Al abrir los ojos, toda la extensión del mundo era blanca. Me sentía cansado por una razón. No sabía cual. Tenía los miembros acalambrados y la cabeza me daba vueltas. Sentía en la nariz algo que estaba pegado a mi piel. Con esfuerzos me incorporé. Al hacerlo me di cuenta de que estaba sobre una cama. Al enfocar la vista, me di cuenta de que estaba en un cuarto. Solo que no era mi cuarto y no era mi cama. Eran de Amelia.

Levantándome como potro recién nacido, salí de la habitación a trompicones. En mi mente se arremolinaba una vaga súplica: “oh mierda, no, por favor”. Sabía que había pasado, solo que al negármelo esperaba encontrar cierto alivio, o quizás un milagro. Que estúpido. Al salir del cuarto, el aroma del perfume lanzó su última burlona bofetada, en respuesta a mis ruegos. A pesar de negarlo, sabia que nada estaba bien.

Bajé las escaleras, con el fin de enfrentar lo que ahí me aguardaba. Cada paso, cada escalón. Y un grito que deseaba escapar de mis entrañas. Dios, no quería saber que había ahí. Pero mis piernas ya no eran mías. La controlaba quizás Dios, quizás el diablo. En ambos casos, redención o condenación, sabía que tenía que verlo. Porque me lo merecía.

Sin darme cuenta bajé el último escalón. Mi corazón quería reventarme el pecho. De hecho, así lo deseaba. Jadeando, bajé la vista, hacia la figura inanimada que yacía en el frio piso, bajo la penumbra de la naciente noche. Y la vi muy bien.

Estaba recostada boca arriba. Sin embargo, en lo absoluto, no parecía estar durmiendo. Al acercarme más, vi su expresión. Me aterró. Se veía atónita, con un gesto de asombro terrible marcado en los surcos de su boca y ojos. En estos últimos había una vacuidad ominosa. Nada, ni siquiera una mirada rencorosa. Me sentí peor por eso. Por la culpa.

Había matado a la única persona que he amado y que fue la única que me amó.


Se que muchos de los que lean esta crónica comiencen a entender el porque de mi reflexión anterior. Quizás algunos piensen que hice lo lógico y más razonable que uno pueda hacer cuando ha hecho algo de esa magnitud: exhalar un alarido al cielo, llorar al lado del cadáver de mi novia, y después de eso salir corriendo, para luego empezar a huir o quizás para suicidarme. Sin embargo, solo una de estas cosas hice.
¿Por qué? Buena pregunta. Porque en ese momento no sentía dolor sino…


En esos momentos me sentía asustado. Sí, asustado, como un pendejo a la intemperie.

Estaba asustado por lo que había hecho. Ya no era Amelia, sino un cuerpo sin vida cualquiera. Era la consecuencia de un accidente. Y como en cualquier accidente que uno no quiere que ocultar del todo pero quiere evitar que se sepa el nombre del autor, tenía que pensar en algo.

Y lo que se ocurrió aun me hace sentir raro, como entre quererme dar una palmada en la cara, y a la vez, sentirme orgulloso.

No tenía el valor de enterrarla en el patio de su casa. Me parecía estúpido. No es como en las películas. Luego pensé en esconder el cadáver en el closet o bajo la cama. Igualmente me pareció una pendejez. Pensé en varia cosas, como en llamar a la policía y decir que se había suicidado. Al pensarlo me pareció ilógico. ¿Cómo pudo haberse ahorcado ella misma? Incluso pensé en destazarla y tirar los retazos a la basura. Esto me asustó y me dio asco a la vez. Me hizo sentir sucio, más sucio. Aunque irónicamente esto me hizo reaccionar, aunque solo fuese un poco. Recordé que no solo era un cadáver, sino el cuerpo de la que había sido mi amada. Y que yo no solo era (y soy) un asesino culposo, sino el ex novio de la mujer que yacía sin vida en el frio piso.

Fue cuando se me ocurrió una de las ideas más raras que he concebido.

Sabía que en el cuerpo de Amelia estaban mis huellas dactilares. Sabía que podía haber evidencia. Evidencia incriminatoria. Me hinqué a su lado, y con dedos temblorosos cerré delicadamente sus parpados, borrando así esa mirada vacía. Con el corazón en un puño, levanté del suelo a Amelia. Seguía aun cálida y era muy ligera, aunque por una razón la sentía helada y pesada.
Como un recién casado lleva a su esposa
a su habitación, así llevé a Amelia, no a su cuarto, sino al baño. Al llegar la dejé en la tina del baño. En ese momento si parecía dormida. Antes de que me diera un vuelco el corazón, bajé rápidamente a la cocina. Busqué, y hallé lo que buscaba. En un cajón, junto a los detergentes, unos guantes de hule. Colgado en un perchero, un delantal. Como cofia, una bolsa de plástico. Como cubre bocas, un paño para limpiar. Al hallarlos, me aseé y me coloqué el improvisado atuendo. Subí de nuevo. Quité a Amelia de la tina y la coloqué en el suelo. Luego abrí la llave del agua caliente. Esperé una eternidad hasta que la tina se llenara. Al estar tibia, cerré el grifo, que chilló con voz oxidada. Después le quité la ropa a Amelia, para luego introducirla en el líquido caliente. Como si aun estuviera con los vivos, la limpié con delicadeza, procurando más la zona del cuello, que estaba mostrando unas incriminatorias marcas rojas en su alrededor. Sin darme tiempo de culpa, la saqué de la tina y la llevé a su cuarto, dejando atrás un rastro de agua. Al llegar la coloqué en un sillón que estaba a lado derecho de su cama. Ahí la sequé con una toalla. Al terminar, busqué ropa en su closet. Encontré un camisón blanco para dormir que parecía más un vestido. Se lo puse delicadamente, para luego llevarla a su cama. La recosté, la cubrí con su cobertor, y por alguna razón, tomé la rosa artificial de color azul que reposaba en la mesita de noche y se la puse entre las manos. Estas se las coloqué sobre el pecho. Al acabar la vi. Parecía dormida. Parecía una virgen, quizás tan solo una niña, cuya inocencia no había sido arrancada aun. Se veía pura. Se veía hermosa.

Como quien ha hecho un trabajo de arte minucioso, así la contemplé. Se veía tan bien. Por alguna razón comencé a reír, después las risas se volvieron carcajadas. Y las carcajadas se trastornaron en sollozos. Y esos sollozos en dolorosos llantos.


Llorar me fue inútil. Mírenme. Si hubiera funcionado de algo, yo no habría estado escribiendo esto. Si hubiera pasado algo, ella habría vuelto al la vida y yo estaría con ella, ó quizás yo estaría muerto, con ella. Pero no. Lloraba, y la línea de la vida nos separaba.
Aunque este tiempo no fue en vano. Me hizo pensar en cosas, varias cosas. Una de ellas es en aquel momento, en el que quería encubrir mi crimen. Pasaron tantas cosas y no capte ninguna. Ahora me doy cuenta de lo hermosa que era Amelia. No me di cuenta de lo bello y lo sorpresivamente engañoso que era su cuerpo desnudo. Su forma. No di cuenta (como ahora) de lo mucho que quería tocar su piel, blanca y tersa. No me di cuenta de lo mucho que quería abrazarla y besarla. Saborear de nuevo sus labios y sentir su cuerpo contra el mío, por mas insípidos o mas fríos que estuvieran.

Sí, llorar me fue inútil. Porque no me dejó pensar. Me arrepiento de no haber hecho tantas cosas que pude haber hecho y que, sin embargo, no hice. Poner fin a tantas cosas.

Por llorar y no pensar, ahora estoy vagando, literalmente, por el infierno.

Y todo comenzó por…


No pude soportarlo mucho.
Salí rápidamente, sin hacer tantas cosas. Sin decir tantas cosas. Aun así no interesaba. Nadie me escucharía, ni siquiera yo. Porque mi mente rebuscaba una forma de resguardar mi vida. Mi inútil y nefasta vida. Mi puta vida.
Salí del cuarto, y luego de la casa, no sin antes dejar todo como se suponía que debía estar y después de dejar un tazón de comida para Midas. Pero supongo que, si es listo, nunca regresará. Me llevé todo lo que había usado para encubrir “lo que había pasado”. Pensé que sería mejor tirarlo en mi casa. Aunque eso me hizo pensar en una verdad innegable y dolorosa: ya no tenia casa. Ya no sería de ninguna parte. Me había condenado a vagar por un mundo que se había vuelto un puto infierno.


Llegué al departamento, no sin haberle levantado unas inquietudes absurdas a Jaime, que preguntaba que me había pasado. Porque bajando de mis narinas había unas líneas rojas de sangre coagulada. Me preguntó si no quería que llamara a la policía. Lo ignoré. Me siguió. Su preocupación me hastiaba. Quería que me dejara… solo. Al llegar a la puerta, y con sus ruegos como coro, le dije que se fuera a la mierda. Me miró, más incrédulo que enojado u ofendido, dio media vuelta y se marchó, sin volver la vista. Mierda, pensé, va a llamar a una ambulancia, a una patrulla, o yo que carajos sé. Entré en la casa, que estaba hecha un desmadre, y me dediqué a empacar pocas cosas en una gastada mochila. Ropa, dinero, cosas. No tenía recuerdos (al menos gratos) que llevar… no, de hecho sí. Es algo que reposa en este momento sobre mis manos, mientras escribo estas líneas. Es un prendedor de cabello. De Amelia. Tiene un adorno en forma de flor, azul… como le encantaba. (Perdón si el papel se ve arrugado).

Escapé, evadiendo a Jaime, el portero. No le dije adiós. No había necesidad. Al salir, a lo lejos se oía una sirena. No sé si de ambulancia o patrulla. Una dolorida y demacrada sonrisa me surcó la boca.

De esta forma se acabó mi vida, horrible, de antes para pasar a la nueva. La que deparaba montones de excremento y vacas flacas. Pero sobre todo lluvias sanguinolentas.


¿Qué pasa conmigo?, me pregunto a veces, ¿por qué no puedo parar? ¿Por qué me esfuerzo por conserva mi cabrona vida? ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? Mi voluntad ahora solo pende de preguntas. No para comprender la situación, sino a mi.

Odio todo, incluso a mi, pero aun no encuentro (o pierdo) razones para querer suicidarme. Todo me duele, sin embargo no quiero aliviar el dolor. Quizás por culpa. Quizás por miedo. No sé. Quizás, como un deforme, me aferro a aquello que a pesar de ser horrible, forma parte de mí. Quizás me acostumbré a vivir con monstruos: primero mis padres, luego todos los que me rodeaban en la escuela, en la calle, en el trabajo. Luego en mi casa, con aquella horrible mujer con forma de sombra y aquel monstruo que se refleja en el espejo. Quizás por eso maté a mi amada, porque no soportaba vivir con alguien tan amable y diferente a los demás.

Hablando de eso, tengo una buena historia de lo que fue con esa mujer que se hacia llamar Soledad…


Soledad murió. No, no murió, cambió. No, claro que no. Mostró su verdadero rostro.

Caminando hasta que la noche se volvió adolescente, encontré un pequeño motel en la colonia Doctores. Un lugar muy apartado de lo que una vez fue mi casa.
Pedí una habitación sencilla. Un gris motelero me la cedió de mala gana. Me desagradó, pero con una persona en aquel día bastaba. Al llegar a la habitación, oí algo muy familiar. Una agria carcajada. Aquella perra. Había vuelto. Me puse furioso, tenso. Entré a oscuras a la habitación. Al cerrar la puerta, encendí la luz. Lo que vi me puso helado.

- Hola, guapo – me dijo una dulce voz
femenina.

Soledad. Pero ya no era solo una sombra gineforme. Era alguien. Era Amelia.


Aquella noche estuve en soledad con Amelia. Me acosté con ella. Pero ya no era una tortura de fuego y dolor. Sus jadeos eran tristes. Fue algo tortuosamente frio, melancólico. Lloré más por ella que por mí. Porque la amaba, aunque me hacia daño. Creo que eso me enloqueció más, porque si eso hubiera sido redención, no habría hecho varias cosas. Cosas malas.
Y todo porque Soledad era Amelia.


Me comenzaron a llamar el Poeta Maldito.
Leí un artículo de un periodicucho amarillista que hablaba del “extraño caso del asesinato pasional de la joven Amelia Torres Aguilar, estudiante de posgrado”. Obviamente se sospechaba del “desaparecido ex novio”. Al lado de la pequeña nota había una foto de ella, tal cual la había dejado. Me alivié un poco al leer que no había rastros ni evidencias. Pero aun así no me di el lujo de esperar a que me cazaran.
Ese mismo día huí a Tlaxcala, en un camión que me llevaba a la perdición.


Mis crímenes se tornaron sangrientos, pero selectivos. No atacaba a cualquier sujeto a menos de que se lo mereciera. Y vaya que había muchos. Lo más extraño es que aun me acuerdo de que eran y porque los mate, pero no recuerdo como los mandé “lejos de aquí”. Primero fue a un ebrio que golpeaba abiertamente a su esposa, en plena calle. Luego fue a un puberto que mató a un perro y a un gato con sendos cohetes. Luego a una señora pseudoreligiosa que estafaba a las personas con supuestas rifas de la iglesia local.

Era perfecto. Crímenes inconexos. Aun así no importaba. El país se estaba llenando de sangre por la supuesta “guerra contra el narco”, por lo que mis crímenes eran como una mosca muerta en una morgue.

Y lo hice por alejar a Amelia, pero más extrañamente, para complacerla. Porque la amaba más de lo que la detestaba.


Me trasladaba a otros estados, mientras mis “andanzas” se volvían más brutales, más aleatorias. Solo había una regla: nada de niños, nada de mujeres embarazadas. Por el hecho de que el solo imaginarme eso, la imagen de mis padres llegaba a mi mente, más como prohibición que como incitador.

Aquí mis crímenes se vuelven casi incontables. Fueron varios. La mayoría se los achacaron al crimen organizado. Que idiotas.

Y todo fue por ella, que hacía que mis noches fueran tortuosa y melancólicamente disfrutables. Por que la amaba. Y yo tenía que pagar por lo que había hecho.


Esto nos lleva al ahora, mientras escribo este diario.

Estoy en Ehecatlán, Nuevo León. El “oasis” de la paz. Aquí no he “puesto a dormir” a nadie. Por alguna razón ella no me lo pide. Por eso me dediqué a escribir estas memorias y a leer como alma en pena. He leído mucho a Stephen King. Me parece alguien jodido y genial. Me identifico con algunas historias.

“Y su muerte será un misterio, incluso para mi”.

Esa frase me pone a pensar. En ella. En lo que realmente es. Lo que he hecho. Y más importante: por que lo hice. En lo que hice por ella. Por más horrible que fuera.

No, pero ella me ama. Y yo la amo. No, eso no es cierto. La odio, odio todo. Me odio a mí.

No me lo merezco. No, si me lo merezco. Porque la mate. Pero ella es Amelia. Aunque no actué como ella, es ella. No, es Soledad. Yo odio a Soledad. Porque con ella odio estar acompañado, como siempre, pero también me hace odiar la soledad que tanto amaba. Porque hace que la soledad sea un puto infierno, como estar acompañado. Porque me ha hecho pasar de víctima a victimario. Por lo que me hizo hacer… no, yo quise hacerlo. Porque odio a todos por la simple razón de que a pesar de odiarlos los necesito. Porque si uno esta solo por mucho tiempo se envenena en su propia mierda mental. Porque uno enloquece. Porque no me entendían. Porque me lastimaban por ser diferente. Porque en este momento nadie me detiene. Nadie me salva de mi mismo. Nadie me salva de ella.

Diría que es cuestión de tiempo, pero ¿cuanto?

Tengo que vagar por el infierno (aunque me cague la madre), por que hallé una razón para no suicidarme. Porque si me suicido no pagaré nada de lo que hice. Y si no pago lo que hice sería un cobarde. Y ser un cobarde sería como ser un Hugo, una Ariadna. Sería ser como mamá y papá.

Te presento a Soledad. Ahora, ¡líbrame de ella!

Atentamente…


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5 LAS CLASES ESPECIALES DE JEBEDIAH
Los días van pasando en el Instituto de Rock Bridge y el nuevo profesor de Literatura Inglesa ha logrado, poco a poco, hacerse con la confianza y el cariño de la mayor parte del alumnado. Tan sólo uno alumno se niega a aceptar la amistad y los aparentemente buenos sentimientos de Jebediah Kobbs, el joven Thomas Jackson.
Es un Lunes cualquiera por la mañana, el señor Kobbs, o Jebediah, como ya lo llaman la mayoría de sus jóvenes discípulos entra el aula sonriendo, siempre va con una simpática sonrisa en los labios, eso agrada tanto a alumnos como a sus colegas docentes.
-Buenos días, chicos.
-Buenos días, señor Kobbs.
-Cuando acabe la clase quiero haceros una propuesta –dicho esto se vuelve hacia la enorme y negra pizarra de madera pintada de negro y escribe el nombre de la lección preparada para ese día.
La clase, como va siendo normal desde que Kobbs entró por la puerta el primer día de Instituto, transcurre de manera plácida y apacible para todos, incluso a pesar de la mala impresión que Tommy tuviese en un primer momento; tanto es así que el joven parece decidido a concederle una tregua y aceptar que su nivel de estudios ha mejorado bastante, tanto el suyo como el de sus compañeros.
-Bien, chicos –una vez terminada la clase, Kobbs se alza de su silla y queda mirando al alumnado con una sonrisa en los labios-. Tengo algo que deciros, si hacéis el favor de atenderme.
Murmullos de desaprobación de aquellos chicos que más prisa tiene por salir de clase y distraerse durante los cinco minutos que los separan de la siguiente hora de estudios.
-Tengo pensado iniciar un cursillo de clases de repaso en mi casa, son pocas plazas, apenas diez o doce, pero creo que a algunos de vosotros os podría ir bien algo de ayuda extra –Kobbs, sin dejar de sonreír, se acerca a la puerta del aula y la abre-; eso era todo, muchachos. ¿Veis cómo no era tan grave? –Y así, siempre con la sonrisa en los labios, se aparta de la puerta para dejar salir a los veinticinco muchachos que forman la clase de 3º B de Bachillerato.
Ese día hace la misma propuesta a todas las aulas, según va terminando su hora en cada una de ellas.
Y así, al terminar la jornada escolar…
-¿Piensas asistir a las clases del señor Kobbs? –Barbara Hunter, con sus libros bajo el brazo, se acerca a Thomas, que la espera en la puerta principal del colegio.
-No creo. Los profesores dicen que mi nivel de estudios es excelente, algo por encima de la media incluso.
-Yo sí. No es que lo necesite realmente, pero nunca está de más una pequeña ayuda, y si encima la da Jebediah…
-Oigh, Jebediah… -Se burla Tommy, entornando los ojos y haciendo un gracioso gesto con la mano-. Me parece que alguien se ha enamorado de su profesor de Literatura Inglesa.
-¡Idiota! Cuando te pones así no te aguanto, Thomas Andrew Jackson –con expresión realmente dolida, Barbara se aparta de su amigo, y comienza a caminar sola en dirección a su casa.
-Perdona –en dos rápidas zancadas, su joven amigo la alcanza, colocándose junto a ella y mirándola con rostro suplicante-. Era sólo una broma sin importancia.
-A mí el señor Kobbs me cae genial, para que te enteres. Y estaré encantada de asistir a sus clases de repaso.
-Espera un momento, ¿vale? –Thomas se planta ante la joven, obligándola a detenerse-; ¿qué sabemos de Kobbs, de dónde ha salido? Es un buen maestro, eso te lo concedo pero… Cada vez que lo miro, tengo la sensación de que oculta algo, y esa sonrisa suya me provoca escalofríos cada vez que la veo –el muchacho finge un estremecimiento, cosa que provoca una sonrisa en el lindo rostro de su amiguita.
-Venga, tonto. Déjame pasar. ¿O acaso es que estás celoso del señor Kobbs?
-¿Celoso yo, de ese carcamal? –Tommy lanza una sonora risotada, y después dedica una agradable sonrisa a Barbara-. No estoy celoso, es sólo que no soportaría que te pasara nada malo.
-Eso es muy noble de tu parte, Tommy, pero…
-¿Pero qué, Barbara?
-Bueno, sabes que te quiero mucho, pero no logro verte como otra cosa que como un muy buen amigo.
-Entiendo… ¿Es por mi problema?
-No. Es sólo que, bueno…, no eres mi tipo de chico.
-Vaya. Imagino que te gustan más los chicos del equipo de fútbol –ahora es Thomas el que se siente molesto, formándose un incomodo silencio entre ambos jóvenes.
-Eh, vamos. Aún somos jóvenes, la vida da muchas vueltas –ella le toma la mano y se la aprieta con firmeza-; lo cierto es que ahora lo único que me interesa es sacar adelante el Instituto y entrar en la Universidad. Quién sabe si en un futuro no muy lejano cambio de opinión y acabas gustándome.
-De acuerdo. Y volviendo al tema de Kobbs. Ten mucho cuidado. No sé por qué, pero no me fío de ese tipo.
-Vale. Te prometo que tendré mucho cuidado con el señor Kobbs –la chica, que ya ha llegado a su casa, da un beso en la mejilla de su amigo, y entra dentro de la vivienda-. Te invitaría a entrar, pero están mis padres, y después de lo que pasó este verano con Bart no les hace demasiada gracia que vaya con chicos.
-Tranquila, lo entiendo –Tommy agita la mano en señal de despedida, y se aleja también en dirección a su propia casa.
Mientras Thomas camina hacia la vivienda que comparte con su padre, éste llena la bañera hasta el borde y se mete dentro vestido y todo. Sostiene en su mano una vieja tostadora, que deja caer en el agua en el preciso instante en que su hijo entra por la puerta.
-¿Papá? –En un primer momento, Tommy no da importancia al hecho de que su padre, aparentemente, no esté en casa, pero cuando llegan las tres de la tarde y el hombre no ha aparecido ni llamado por teléfono, comienza a preocuparse. No sabe que su padre, antes de electrocutarse en la bañera, recibió una llamada del Instituto, de Jebediah Kobbs. Lo qué le dijo y por qué, es un misterio, pero los resultados están en la bañera del piso superior de su casa.

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6 EL AMANTE

Allí estaba ella; yo como siempre observándola desde lejos, amándola en forma secreta, resulta curioso pero es la forma de amar más popular entre los perdedores; nunca en la vida he creído ser un perdedor, siempre he estado absolutamente seguro de serlo.

Desciende del lujoso automóvil, sus ojos miran sin ver en mi dirección, su mirada resbala en mi rostro, debe asumir ese mismo semblante al observar un poste; ya era tiempo de que se bajara, la despedida resultó ser particularmente larga ésta noche, vuelve la cabeza para despedirse por última vez de su amado, y su rostro se ilumina con esa sonrisa radiante y digna de una Diosa, una sonrisa que invita a bajarle la luna tan solo por complacerla; o al menos a matar por ella, yo al menos me siento dispuesto.

El automóvil avanza y el hombre no repara en mí en lo absoluto. Es de noche pero no estoy parado entre sombras simplemente soy casi invisible. La calle no podría estar mas silenciosa, espero a que su novio se pierda de vista, cuando las luces traseras no son mas que unos lejanos reflejos rojos, me aproximo a su casa. Resulta extraño ser vecino de alguien y no jugar el más mínimo papel en la vida de esa persona, aunque muchas veces he oído decir que la muerte forma parte de la vida, una parte ineludible e inapelable, y en ocasiones muy pero muy inesperada.

Estoy frente a la puerta, las manos me sudan así que me las seco concienzudamente en los pantalones, toco el timbre tres veces, no he querido dar tiempo a que se bañe o cambie de ropa, necesito cumplir lo que tanto me ha costado convencerme de cumplir, tarda en abrir y casi he perdido todo el aplomo que había reunido, cuando de pronto se abre la puerta, no sentí los pasos al acercarse, es ella por supuesto, se de sobra que se encuentra sola, sus padres aun tardaran un rato en llegar.

Las palabras se atoran en mi garganta, mientras ella me mira con condescendiente lástima, pronto se decide a cerrar la puerta pero atravieso mi pesada bota para impedirlo, resulta mucho mas hermosa cuando se enoja, lentamente me acerco a ella y es entonces cuando da el primer respingo, la tomo de los hombros y con vehemencia la arrimo hacía mi, me observa con los ojos muy abiertos, pero antes de que pueda decir nada cierro su boca con la mía, por un fugaz instante sentí sus labios agrietados, no me pareció el mejor beso de despedida. Intenta cruzarme la cara de una feroz bofetada pero yo la empujo dentro de la casa y cierro la puerta; grita, pero solo por un instante por que el golpe de puño que parte desde el pomo de la puerta la alcanza en la mandíbula, contemplo como se derrumba en la salita de su propia casa, no voy a violarla, no soy ningún sádico, simplemente me arrodillo junto a ella y la acuno entre mis brazos.

Lo que tengo en mi pantalón es un afilado y puntiagudo cuchillo, se ve tan hermosa, juro que la amo; al sacarlo del profundo bolsillo resplandece en la penumbra el frió brillo de plata, la contemplo una vez mas embelesado y luego asesto la cuchillada, y otra y otra y muchas veces.

Logré atravesar su helado corazón; resulté ser más importante que cualquier otro, creo que en este momento la amo aun más si cabe… 
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7 LA COCINA

En buenos aires, en una casa normal como cualquiera, se encontraba una familia de cuatro personas .

El padre emilio
La madre Gladis
Y los dos hijos Martin Y Juan

Un dia martin vuelve del colegio con su hermano y llega a su casa en eso notaron que su madre no estaba y que habia una nota en la cocina que decia: en 5 horas vuelvo.

En eso Martin se acuesta una siesta y antes de acostarse su hermano le dice que iria a jugar a la pelota con sus amigos al club.

Cuando martin se acuesta en su pieza oye un ruido que provenia de su propia cocina. Se oia a su madre gritando y discutiendo.
Martin invadido por el terror oye un grito infernal y aterrado se acerca a la puerta de su habitación.
Al acercarse observa por la cerradura y no ve nada.

Ya estaba decidido a salir a ver lo que habia ocurrido y de a poco abrio la puerta.

Al abrir la puerta ve un charco de sangre en el piso que venia de la puerta hacia la cocina donde estaba su madre lavando los platos.

Martin la llama a su madre y la madre seguia lavando como si nada hasta que este chico se canso y la empuja.
La madre como si nada seguia lavando y de repente la giro de golpe y ahi ocurrió: la madre estaba toda desfigurada, le faltaban los globos oculares, estaba con el estomago al aire y sin algunos organos internos y de repente martin se despierta.

Ya habian pasado veinte años de ese "accidente"
Y recuerda todo lo que habia echo cuando el era mas chico cuando tomo el cuchillo y mato a su madre de la forma mas cruel que jamas se hayan imaginado. Ese episodio en la vida de martin jamas habia salido a la luz porque habia algo en su mente que impedia que se lo impedia hasta que un dia halla el cuadro familiar con una nota escrita atras que decia
" solo yo se lo que ocurrió en LA COCINA". Dos dias mas tarde de encontrar esta nota Martin se entrega a la policia y nunca mas se supo algo de el. En el momento que se entrega su padre ya habia muerto y su hermano habia caido en bancarrota por vender la casa e irse a un casino gastandolo todo en la noche.

Eso si en la prisión sigue esperando a salir para poder ir a llevar el cuadro al cementerio donde yace su madre.

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8 MI OTRO YO

Durante años he ocultado mi identidad, años he fingido ser alguien que no soy. Hay días en los que despierto y me siento otra persona, que día a día está cambiando.
Mi niñez no ha sido un buen recuerdo, tan solo reflejos de dolor hay en mí, pero mi pesar no ronda ahí, sino aquella madrugada cuando fui condenado a muerte. Pero si tengo que retroceder a como empezó todo, tengo que ir mucho más del asesinato de Roberth; porque contar como lo asesiné no justifica mi perdón.
Todo comenzó en 16 de Febrero de 1968 como siempre me levanté y tomaba mi desayuno; de la planta alta se escuchó un gruñido, varios golpes y un portazo; esto era tan cotidiano como mi té.
Antes de poder desaparecer Roberth tocó mi hombro y me reclamó que la noche anterior había olvidado cerrar el portón principal con la traba, todo esto lo expresó inexplicablemente con un golpe seco en mi cabeza, lentamente levanté la vista y se inmovilizaron todos mis sentidos y cuando esto sucedía era para peor, toscamente tartamudeé donde con esfuerzo dije que lo sentía que nunca volvería a pasar.
Yendo camino al colegio recordaba ese golpe una y otra vez, como tantos otros, pero éste era diferente, yo era diferente y nadie lo había notado. En lo oscuro de mi alma repasaba las líneas sin ningún problema, me levantaba y le hacía frente; pero en lo claro del día, era yo, un pequeño cobarde que tenía miedo hasta de su propia sombra. Según mi padre.
Estando en la clase no encontraba paz alguna, mis compañeros les sucedían a Roberth con golpes, burlas y risas, tan solo con mi reserva y poca habla en clase. Mis maestros se compadecían de mi, teniendo la leve sospecha que tal vez yo era maltratado en casa, según ellos de tantas veces que asistía a sus clases con diferente tamaños de moretones y colores, pero la incertidumbre nunca era fuerte para ellos, ya que nunca dijeron nada al respecto. Nadie sabía que el único consuelo era sentarme en la tercera fila, al final del salón y con mirada ausente, una mejoría de una noche siquiera tendría, que llegaría a mi casa y mis padres desaparecerían, cambiarían aunque sea una parte de ellos, pero todo esto se resumía a que yo era una especie de autista, por tan solo ahuyentarme de mi cruda realidad.
Amigo alguno no poseía, el dolor y yo éramos inseparables, cada lágrima una caricia de mi madre. Mi madre, mujer o niña, a quien no comprendía, lloraba en las noches y en algunas mañanas, para luego servir a mi padre en todo lo que él quisiera. Reclamo hacia ella no tenía, su reacción de amnesia a ella la completaba y sus suspiros intensos la hacían fuerte para la batalla. Necesariamente ella se ocultaba en la oscuridad, era como si se desvaneciera cuando Roberth me maltrataba, y yo tratando de olvidar el momento me entregaba. Pasado un año me sentía más fuerte, pero temía poder comprobarlo con mi padre, me miraba constantemente al espejo e inútilmente esperaba un consejo, una señal. Ya que creía que todo estaba perdido, cuando de adentro sentí reír a un niño. Eso es, me dije a mi mismo soy un hombre recto y derecho; bajando por las escaleras lo repetía una y otra vez. Topando con Roberth percaté pudo ver mi crecimiento pero viendo no se que, me pegó un puñetazo en la nariz quebrándomela, la sangre empezó a fluir, retrocedí dejándolo subir. Llegué hasta el baño del living y cerré con tanta furia la puerta que mi madre gritó, mientras me iba curando, mis ojos se llenaron de una explosión inmensa de lágrimas y mezclándose con la sangre formaron un río de venganza, vergüenza, de pena. Me vendé la nariz como pude y corrí hacia el portón. Me arrodillé y resé, por un final, otra etapa, otra vida, desgastado lentamente me levanté y tambaleándome por la sangre y mi furia, le dije a mi madre que me iría a acostar.
Recuerdo esa madrugada lucidamente pese a la torpes que sentía dentro mío, porque desencadenó el día en que me encuentro. Eran las nueve y media de la mañana, bajé como siempre a desayunar, solo que esta vez no era la misma persona, el sueño me había cambiado tal vez, el golpe no sé, solo tomé un palo de amasar, posesión de mi madre y aguardé con mi vaso vacío la presencia de Roberth él iba bajando sigilosamente, sus pasos se hacían eternos, cuando menos lo esperé, largó una carcajada refiriéndose a que antes ninguna chica se hubiera fijado en un cobarde y menos ahora con la cara que el me había dejado. Sentí mis manos humedecidas, el corazón me latía tan rápido que creí que mi pecho se abriría y éste saldría, pero pese a esto me levanté y con el palo lo intenté golpear en la cabeza él gritó, pero fuertemente me golpeó en el pecho, ningún dolor sentí y antes de que se recobrase lo golpee en la cabeza, cayó tendido al suelo, me agaché para seguir golpeándolo, cada golpe más era una mancha de sangre pero lo seguía haciendo hasta asegurarme que no se levantara, mi madre bajó desesperada me miró sin decir una leve palabra, me tomó por los hombros y separó el arma de mi posesión. Yo me quedé sentado y por más que suene cruel sentí una paz interna, mi dolor se había desvanecido. No tardaron en llegar las autoridades y no dudé en entregarme, sigo sin dudar lo que hice aquella mañana.
El día del juicio me alegaron demencia, pero locura alguna no apoderaba, grité en medio del salón reclamé por mi cordura y dejé en claro que lo volvería hacer; mi madre dio un alarido que quebró la sala en dos, de rodillas me pidió que me callara, que aceptara; me acerqué a ella, le expliqué, pedí que me dejara por primera vez ser libre y tomar mi propia decisión. Entregado a mi castigo y mi pena, cerré los ojos para poder encontrarme y dejar de ser dos personas; un niño temeroso y un joven cobarde.

10 leyendas urbanas

9 LA RASON DE MI TEMPERAMENTO

Tiempo tibio y áspero. La Luna en su fase más sorprendente iluminando mi mente en la búsqueda de mi vida. Entre tanto, las nubes juegan con esa luz pálida, produciendo una ceguera en mis atormentados ojos, al ver el rayo nacer, esperando las lluvias, las lágrimas.
Si uno entendería el estado de mi conciencia al que tuvo que ser sometida mi mente a tales sanguinarios encuentros y desencuentros, buscaría el camino del último aliento. Y aunque intente buscar la propia Muerte, se me cerró el paso.
A la sombra de este árbol, entendí el significado. Mis actos perversos tuvieron al fin un nombre. Pero el remordimiento sigue, y la explosión de emociones todavía camina en su rumbo caudaloso.
La fragancia roja que yo percibí, era la misma que me volcó al pecado y al intento de una respuesta. Ese irresistible perfume me sedujo y era lo único que yo veía en esa oscuridad, que al parecer, sería permanente.
Mis encolerizados reflejos no querían obedecer, a causa del mayor provecho de la lógica y los sentidos. Aunque también podría ser una decisión más inteligente por parte de ellos.
Seguí sentado, mientras algo cálido parecía intentar empujarme al vacío del placer. En ese momento, extrañas sombras interrumpieron la meditación y se prolongaban más la sed y las ansías.
Duro me quede, pero listo en todo minuto para la acción. Mis manos parecían querer matar, como en posición de apuñalar esa agitación permanente.
Esas sombras se empezaron a distinguir. Rostros empezaron a inundar mi vista, así como el intento de saber de una vez qué eran.
Algunas horas pasaron, y enrarecidas voces sonaban en el silencio reinante. Todo cambió. Mis oídos escuchaban esa melodía siniestra. Mis ojos fijos en ellos. Mi piel notaba cada movimiento del cuerpo o ser viviente. Cada respiro se sentía tan cerca. La fragancia roja no dejaba de hablarme. Y mi mente se aturdía a tantas maldiciones. Solo faltaba que mi lengua sienta el gusto, el sabor de esa alma.
Al acercarme, parecían asustados de mi presencia. Tal vez por lo que yo soy. La alegría me salpicaba de más adicción a la adrenalina, y al poner fin a todo esto, mientras trato de apurarme al escribir recordando.
Mi mano, sin mi consentimiento, clavó las garras en algo. Rápidamente se llenó de un líquido espeso y cálido que me manchó de rojo.
A la par, mientras tomó ese dulce néctar que me llenó de paz, se oían asquerosos murmullos, casi gritos. Ese ruido se cortó al clavar mis dientes en la carne. Nada quedó, solo unas cuantas manchas de sangre.
Si este recuerdo tiene alguna moraleja, sería una de las enseñanzas más negras y duras. Pero al fin puedo suspirar tranquilo, al entender porque la negrura de la noche son los momentos de más alegoría de mi espíritu y de mi vida. Mientras, espero que algún día mi cuerpo se pudra en sangre y muera.

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10 EL QUEMADO

El pueblo se llamaba Rivas Orantes, en honor a su fundador, pero con el paso del tiempo y, especialmente, dada una circunstancia trágica con secuelas espeluznantes, cambió su nombre a “El Quemado”.
Emeterio Gallardo, de diecisiete años, llegó al sitio a mediados de los cincuenta, huyendo de unos hampones que había conocido en la capital; endeudado por haber perdido varias partidas de billar, al confesar que no tenía dinero oyó que pagaría con la vida. Forcejeó con dos hombres de estatura y peso mayores a los suyos y, aun cuando no evitó que le rompieran la muñeca izquierda, consiguió, por suerte, evadir más heridas y corrió sin parar hasta que, convencido de que ya no lo perseguían y amparado en la oscuridad nocturna, llegó a una terminal de autobuses y, con calderilla y el cuento de que lo habían asaltado y no tenía “para volver a su tierra”, adquirió un boleto con destino a cualquier parte.
El autobús pasaba por Rivas Orantes, donde dejaba a tres o cuatro personas de vez en cuando. Como parecía estar muy lejos de la capital, y como aparentaba paz, Gallardo decidió quedarse ahí. Llegó al amanecer, se asiló en una lonchería y en cuestión de horas, ayudado por su estampa dolida y la muñeca rota, ganó el corazón de Felicia, dueña del establecimiento. Ella, diez años mayor que él, lo alimentó, lo alojó en su casa, lo hizo su amante.
Sin embargo, la banda de Jiménez destacaba por la organización y la tenacidad. No le habían perdido la pista al deudor aquella noche. Le hicieron creer que ya no lo seguían, de acuerdo con una táctica consistente en relevar gradualmente a los perseguidores; los que habían salido en pos de Gallardo, al alcanzar cierta esquina, fueron relevados por un colega, quien, a su vez, lo fue por otro más adelante. Así, un hampón atestiguó la partida de Gallardo y dio parte a Jiménez, quien ordenó cazar al deudor y aniquilarlo.
Mientras algunos facinerosos tomaban nota de la ruta seguida por el camión tomado por Gallardo, sin olvidar las paradas intermitentes que pudiera hacer, éste gozaba del trato magnífico de Felicia, una viuda que llevaba años esperando al reemplazo de su extinto marido, quien le fuera infiel con varias señoras de la localidad. Con tal de evitar no sólo ser cambiada por otra, sino despertar un día y no ver más a su joven amante, aprovechó el sueño de éste para calentar una infusión con ingredientes raros, de uso común en rituales de brujería. Sabía a té de toronjil, pero generaba efectos muy diferentes. Gallardo bebió un cuarto de litro porque Felicia le dijo que lo haría sentirse mejor. En realidad se había condenado a no irse jamás del pueblo.
Qué triste que los proyectos concebidos para durar terminen casi de inmediato. Felicia suspiraba de gozo sola, en la lonchería, cuando tres grandullones, de traje cruzado a rayas, sombrero de ala ancha y revólveres, irrumpieron en el lugar y se abalanzaron sobre ella. Le exigieron, a punta de pistola, que dijera si conocía a cierto individuo al que describieron detalladamente. Ella negaba con la cabeza cuando, con toda calma, Gallardo se presentó.
Se quedó helado de impresión al reconocer a los hampones. No le dieron tiempo de girar sobre los talones. Uno de sus verdugos lo alcanzó enseguida y lo dobló sobre sí mismo de un puñetazo en el vientre. Felicia, por su parte, no se cansaba de forcejear, así que le cortaron la garganta con un cuchillo de carnicero. Los ojos abiertos de su cadáver quedaron fijos en su amante ovillado en el piso, tosiendo y sintiendo cómo lo rociaban de gasolina.
Algunos habitantes del pueblo lo vieron trastabillar en la calle, convertido en antorcha humana y profiriendo algo parecido a alaridos. El cuerpo carbonizado cayó al suelo en una esquina y se quedó inmóvil; un abarrotero y su hijo, cubeta en mano, lo bañaron de agua fría para atemperar el hedor de carne humana quemada.
Los pueblerinos habían atestiguado otras muertes en Rivas Orantes, pero no que las víctimas reaparecieran para atormentarlos

11 comentarios - 10 leyendas urbanas

Gianky98
lo que pasa es que el post es muy denso, si le pusieras un intermedio como una imagen a cada historia,una cancion, etc...o distintas cosas como gifs raros, y otros
Pero esta bueno
leonardo_colonel
tiene razón les dejo un post de leyendas que hice y esta bien terrorifico el post se llama leyendas de terror.
reichen
la verdad es que es un post de mierda
IronMaiden93
Gianky98 dijo:lo que pasa es que el post es muy denso, si le pusieras un intermedio como una imagen a cada historia,una cancion, etc...o distintas cosas como gifs raros, y otros
Pero esta bueno
waltertomame
Los novatos se emputan cuando dices las verdades, aprende a hacer post loco, con copy paste no llegas ni a la esquina