Leyendas Y Mitos De Salta Parte 8

LA MUJER DE PIEDRA

LEYENDA SALTEÑA

Salta

Esteco era un pueblo tan rico que su gente no se conformaba con las comodidades y hacía uso del vicio y el derroche.

Cierto día llegó hasta allí un raro personaje que comenzó a predicar la necesidad de volver al camino de Dios y a las buenas costumbres. Era un anciano de vestimenta humilde, larga barba, poco cabello y mirar severo.

Predicaba a cuanto grupo humano encontraba a su paso, terminando con su profecía.

Salta...saltará
San Miguel florecerá

¡Esteco perecerá !

Algunos lo escuchaban por curiosidad, otros con cierto temor, pero la mayoría se burlaba y hasta inventaban bromas para mofarse del castigo que anunciaba el anciano.

Una familia del lugar le había brindado alojamiento y afecto. El era español, ella india y tenían una hija llamada Milagro. Al atardecer del 13 de setiembre de 1692, cansado ya de predicar sin ningún fruto, el anciano habló a esta familia previniéndoles la proximidad de un fuerte temblor. Les pidió que se alejaran de Esteco y cuando lo hicieran no se dieran vuelta por más ruidos y clamores que escucharan.

En una de las majestuosas residencias del pueblo se celebraba una gran fiesta a la que habían concurrido las más importantes y acaudaladas familias.

Era ya medianoche. De pronto se oyeron los bramidos de la tierra... ¡Temblor !. ¡Temblor !.

Milagro y sus padres caminaban a las puertas del pueblo recordando la profecía. ¿Quién era aquel misterioso personaje ? De repente Milagro escuchó una voz conocida que la llamaba y olvidando la prevención del ermitaño se dio vuelta. En este instante se quedó inmóvil, transformada en piedra.

La orgullosa ciudad de Esteco se perdió. Actualmente en el lugar hay un monte cautivante en cantares y leyendas.

El Zorro

mitos

Años atrás, como medio siglo más o menos, en todas las casas de Salta, pobres, medianas o ricas, se mencionaba el nombre del personaje más popular de aquellos días.

Era el zorro.

El almizclado visitante nocturno de los gallineros, a quien la imaginación popular había dotado de extraordinaria sagacidad, la cual lucía en innumerables cuentos que solían contarse, sobre todo a la gente menuda.

Eran años de vida serena, tranquila, donde no existían entretenimientos nocturnos para los niños. Entonces los cuentos o relatos, que comenzaban junto al fuego de la cocina, constituían el nudo de atracción, que muchas veces se prolongaba después de la cena cuando llegaba la hora de dormir. Ya en la cama, alumbrado el cuarto con la luz de una vela de esperma, que hacía bailar extrañas sombras en los muros, las personas mayores solían contar inverosímiles aventuras del pícaro zorro, al que siempre ponían en algún incidente con el quirquincho, personaje feo y humilde, a quien la gente daba categoría de héroe. Los chicos escuchaban el cuento con los ojos abiertos de asombro, hasta llegar al final jocoso que encontraba sus párpados para iniciar la jornada del sueño. Siempre estos cuentos, especie de fábulas criollas, versaban sobre acontecimientos camperos.

Había uno que relataba un encuentro del quirquincho con el zorro en la cornisa de una barranca que daba sobre la angosta quebrada por donde solían pasar unos caballos mostrencos. Ambos saludáronse amablemente, y el zorro - como era su costumbre- comenzó a autoalabarse de sus habilidades de pialador y enlazador. "Nadie me gana a manejar un lazo", decía con aire suficiente, mientras miraba despectivamente de soslayo al quirquincho, que callado y prudente atendía las palabras de su inmodesto compadre. Al poco rato aparecieron en el lugar los caballos, y el quirquincho, ante la alabanza de su compadre el zorro, le propuso hacer una apuesta sobre quién era más diestro en el manejo del lazo. Aceptó el zorro y le dijo: "Ud, compadre pruebe primero, yo arriaré la tropilla para este lado para que haga su tiro de lazo". Así convinieron, el quirquincho corrió su cueva que daba sobre las barrancas y en el fondo de la misma, construida de zig-zag, clavó una estaca donde amarró una punta del lazo. Salió afuera en momentos en que la caballada llegaba batiendo el suelo con el tropel de sus golpes. Boleó el lazo con destreza y la armada se ciñó en el pescuezo de un potro joven. El quirquincho corrió al interior de la cueva, y el lazo al cimbrar con el tirón dio por tierra con el animal enlazado. El zorro que vio la escena, quedó asombrado, y preguntó al quirquincho: ¿Tiene tata fuerza compadre? "No - respondió con modestia- solamente corrí en dirección contraria dentro de mi cueva y lo demás lo hizo el lazo".

El zorro que nunca había enlazado, creyó estar en posesión del secreto de cómo se domina un caballo. Entró a su cueva, construida rectamente, se ató u extremo del lazo en la cintura y salió afuera. "Eche nomás los caballos", gritó al quirquincho que no se hizo esperar. Pasaron en tropel levantando una nube de polvo, el zorro arrojó la armada que ciñó a un potro cerril por medio pecho y corrió al interior de su cueva. El cimbrón sacó al zorro como una bala de cañón, dando con su lomo contra el suelo, siendo arrastrado por el potro que no se detenía en su carrera. ¡"Sujete! ¡Sujete!", gritaba el quirquincho, y el zorro para no reconocer su derrota contestaba entre golpe y golpe:"¡No se aflija compadre, le estoy dando lazo para cimbrar mejor!... El zorro desapareció tras la densa polvareda mientras el quirquincho retornó tranquilamente a descansar a su cueva.

A este estilo eran los cuentos salteños de aquel entonces tan lejano, donde los entretenimientos de grandes y chicos conservaban un límpido dejo de ingenuidad.

Los años fueron transcurriendo y las costumbres fueron cambiando. Evolucionando, como dicen muchos. Y Carlitos Chaplin ocupó el lugar del quirquincho y el zorro, después los dibujos animados de Walt Disney y las audiciones de radio.

Hoy la televisión acapara la atención de grandes y chicos, relegando al olvido las inocentes fábulas camperas que acunaron en un lejano ayer tantos sueños infantiles junto a las sombras danzarinas que dibujaba la llama de una vela.


EL QUIRQUINCHO

LEYENDA QUECHUA

leyendas

Pucá era una hábil tejedor que vivía en la Puna Jujeña. Fabricaba hermosas "cumbias" para los nobles, "abascas" sencillas para la gente de pueblo, y abrigos "yacollas" que se destacaban por el colorido y por la perfección del tejido. Su fama llegó hasta los incas más poderosos, y su pequeña choza se vio repleta de lanas y cueros con los cuales trabajaba rápidamente para cumplir con los pedidos. Los incas, satisfechos con su trabajo, le pagaban en oro, plata y piedras preciosas. " Pronto seré rico reflexionaba Pucá mientras se inclinaba, laborioso en su telar _ Y podré divertirme como los demás : pasearé, cazaré cuanto quiera y compraré todo lo que me guste"

En efecto, cansado de tanto trabajo y sacrificio, Pucá fue dejando sus telas y alejándose de su tarea. Se dedicó a la caza y comenzó a divertirse, embriagarse en compañía de otros indios, gastando su oro en cosas inútiles y vistosas. Rápidamente lo abandonó su suerte y los príncipes dejaron de encargarle trabajos que ya no cumpliría. Un día sintió frío y se dio cuenta de que el invierno llegaba : "Tendré que tejerme una yacolla", pensó, y con manos temblorosas dispuso las tintas para teñir la lana. Pero hasta tal punto había perdido su habilidad, que el teñido salió pálido y lleno de manchas y después de varias horas de trabajo sólo logró un tejido flojo, grosero y lleno de ásperos nudos y pelotones de lana mal escardada.

"No importa, lo usaré así. Mañana trataré de tejer otro", se dijo, y se envolvió completamente con el poncho.

Cuando despertó, el "yacolla" se había adherido a su cuerpo formando una dura corza, y en lugar de piernas y brazos emergían de ella cuatro patas cortas terminadas en afiladas uñas. Así, convertido en quirquincho, se lo ve aún entre los cardones de la Puna donde había vivido o en la campiña argentina, huyendo de los peligros y escondiéndose dentro de su caparazón.

Relato del Surubí



l Surubí, benjamín de una raza que se extingue en esta América nuestra, un solitario personaje natural, desprendido de un grupo aborigen del Noroeste Argentino, que vivió durante muchos años en las márgenes del Bermejo, ese río tempestuoso en la estación estival. Era parte del escenario de la rivera, de tez morena, musculoso, de estatura mediana, de mirada huidiza que reflejaba la actitud del solitario.

Durante mis primeros años habrá visto a algunos de sus hermanos de los grupos chirigüanos, matacos y tobas, todavía con taparrabos semi civilizados, casi desnudos, llegando al Matadero del Ingenio San Martín del Tabacal a buscar achuras para saciar su hambruna, con su bolsa de yica tejida con las fibras del chaguar. Los obreros del establecimiento les permitían ayudarles en las tareas de limpieza y a cambio recibían las tripas, patas o algún pedazo de carne. Pero a diferencia de ellos, Surubí al parecer conservaba el orgullo de su raza o de su casta, vivía a orillas del gran Río saciando sus necesidades con lo que le brindaba el torrente que corre por la piel del Valle de Zenta. Muchos no lo conocían, no sabían si realmente existía o era una creación de la imaginación popular; era una tentación creer en su existencia. Era como un personaje del Homero griego, un arquetipo de la leyenda épica; conocía todos los recodos y remansos que tenía la corriente. Sus movimientos eran felinos, poseía una vista extraordinaria, experto en el lanzamiento de la fija, conocía como un sabio el recorrido cambiante del cauce, el momento y el lugar preciso para la pesca; era el gula obligado de los pescadores que concurrían los fines de semana a buscar el durado, surubí, roba¡, bagres o patíes.

Los habitantes de Orán y sus adyacencias concurrían a buscarlo toda vez que se producía una tragedia, porque el río cobraba una víctima. Solo él podía con seguridad arrebatar de las aguas el cuerpo inerte del imprudente.

Comentaban quienes lo conocían que solía por las tardes pararse frente al escenario natural, entablando al parecer un diálogo profundo con el paisaje, como preguntando a los espíritus de sus ancestros la esencia histórica de su origen. Era a veces impenetrable, de permanente mutismo, receloso de quienes se le acercaban queriendo conocer sus secretos. Nadie sabía cómo habla llegado allí, ni cuando. Se sentaba a orillas del fuego sobre el suelo arenoso mirando al danza de las llamas, penetrando quizás en sus pensamientos ignotos. Nadie supo tampoco como un día desapareció.

Algunos supersticiosos decían que el diablo del río se lo habla llevado, pero al parecer solo quedó el vacío de su imagen que caminaba por la ribera. Por las noches eran sombras las que denunciaban su presencia. Otros lo habían visto partir montado en su chalana, envuelto por la melodía que provoca el murmullo de las aguas buscando, llegara al paraíso.

El Gualicho

de

Palabra araucana que significa "alrededor de la gente". Es también el genio del mal en Chile y Bolivia. En Salta y todo el Norte Argentino se utiliza esta palabra en lenguaje popular para nombrar ciertos brebajes destinados a enamorar a otra persona.


Según Daniel Granada los indios Pampas le atribuyen todos los males y desgracias que sufren. Para ahuyentar al gualicho montan a caballo con todos sus pertrechos arremetiendo contra el enemigo invisible con gritos y movimientos amenazantes, hasta que creen que lo han vencido.

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