Historias de Terror inventadas (primera parte)

Atencion: Como En mi primer post Mis amigos empiezan a contar historias y yo las escribo solo alguna son leyendas

La niña:

Amy y Connie eran dos universitarias que alquilaron un departamento para comenzar sus estudios en Rosario. El departamento tenía dos cuartos, uno para Connie y otro para Amy, una cocina y un baño. Amy se había bañado y se arregló.

Connie:- Por qué te arreglas?

Amy: -Voy a salir, a verme con un chico que vive aquí.

Connie: El primer día aquí y ya me dejas sola?.

Amy: Vamos, Connie. Es solo un rato, luego vuelvo. ¿De acuerdo?

Connie: De acuerdo.

Amy ya se había ido y Connie se puso a ver una película.
Mientras miraba la película escuchó un ruido, como un llanto que venía del baño. Se dirige ahí. La puerta del baño estaba cerrada, y cuando la abre ve a una niña con sangre y llorando. Pero su cabellera le tapaba totalmente la cara.
Connie, asustada dice :

-¿Quién eres, y por qué lloras?

La niña no respondía. Al instante se escucha el ruido de la puerta abriéndose, era Amy. Connie corre donde estaba su amiga y le dice que vaya rápido al baño.
Cuando llegan las dos no había nadie.

Connie dijo en su mente: -Que raro, ¿y la niña?

Connie mira a Amy y se da cuenta que tiene sangre en su ropa y tiene los ojos llorosos.

Connie: -Amy, ¿qué te ha pasado?

Amy: -No es nada. No es nada.

Connie: -Dime.

Amy: -No es nada. No pasó nada.

Connie sabía que algo pasaba pero no le insistió más a Amy.

Amy se dio otro baño y se durmió, al igual que Connie.

Al otro día, se levanta Connie y ve que Amy estaba desayunando, mirando fijamente un punto fijo.

Connie: -Amy, ¿estás bien?

Amy no contestó.

Connie: -Amy, contéstame, ¿qué te pasó?

Amy: -No es nada.

Toda la tarde las dos estuvieron en el departamento sin hablarse.

A la noche Amy se acostó enseguida sin decir una palabra.

Connie estaba preocupada por su amiga, tan preocupada que se había olvidado de la aparición en el baño.

Mientras Connie dormía, su escuchó un ruido que la despertó. Connie se levanta y va a la habitación de Amy. Al llegar ve a su amiga en el piso, con sangre a su alrededor. Se pone a llorar, no sabía qué le pasaba. Pero, en ese momento, se escucha una risita proveniente del baño.

Ella va hacia allí y ve la puerta cerrada como la otra vez, pero esta vez al abrirla no vio una niña llorando sino riendo y mirándola fijamente repitiendo una y otra vez su risa. Y escrito con sangre estaba la pared: "Ella se lo merecía, ella me mató, Pero ahora, la maté yo"

Amy no lo entendía, volvió a la habitación de su amiga y encontró una carta que decía:

Querida Connie:
No tienes que decirle a nadie lo que pasó la noche anterior. Pero últimamente me estoy sintiendo observado, como que esa niña que matamos con el auto quiera vengarse. Por favor dime si te pasa lo mismo ?


Ahí todo cobró sentido, Por eso esa niña estaba allí. Amy volvió al baño y vio a la niña sentada mirándola. Seguía riendo.

Connie: -Por qué hiciste eso? Ella no lo hizo a propósito.

Niña: -Ella y su amiga no me llevaron con nadie, solo me dejaron tirada

La niña se fue acercando lentamente a Connie. Connie, asustada, salió corriendo, pero la niña gateando rápidamente la alcanzó y terminó matándola, ya que Connie, tampoco la ayudó cuando la vio sangrando en el baño.

ESTA HISTORIA ES INVENTADA


123....apaga la luz

Estaba de vacaciones en casa de Alfred, tenía 6 y cumpliría 7 en 3 días. Alfred se acercó a mi y me preguntó si quería salir a jugar un rato en casa de Francisco, yo acepté ir contento, Alfred tomó mi mano y corrimos juntos a casa de nuestro amigo. Al llegar, vimos que Francisco jugaba escondidas, cuando bajó con Dustin, nos unimos al juego, ahora debería contar yo. Jugamos hasta que llegó la noche, estábamos en lo que sería la última partida de escondidas, ya casi daban las 7:30PM y debíamos estar en casa de Al a las 8. Comencé a contar tranquilamente.

— 1, 2, 3...— Continué contando, pero al llegar al 10, las luces se apagaron, dejándonos a obscuras.

— ¡Arthur! — Francisco gritó desde el piso superior, aterrorizado.

— ¡Nena! ¿Acaso temes a la obscuridad? — Me burlé creyendo que era una broma, mas entonces escuché a una niña cantando los números, me di vuelta y al verla grité.

— 1...2...3, apaga la luz — Cantaba la niña, su cabello era rubio, su piel era algo pálida y sus ojos azules, traía un vestido celeste con flores rosadas, el flequillo le tapaba un poco la cara.

— ¡Alfred! — Corrí al piso superior, Al me recibió en sus brazos y trató de calmarme, sentí como me acariciaba el pelo intentando tranquilizarme. Me sonrojé en ese instante y mi corazón latía con fuerza, hace tiempo que lo quería.

— Tranquilo, Arthur, iré a ver. — Me sonrió, sabía que no podía detenerlo, si algo sabía de él por conocerlo desde que nací, es que está dispuesto a arriesgar su vida por los amigos.

— Alfred... v-voy contigo. — Tomé su mano y bajamos juntos, como hacíamos cuando teníamos miedo a algún ruido en casa de Francisco. Cuando bajamos, la niña no estaba ahí, pero su canto continuaba escuchándose por toda la casa.

— 1...2...3, apaga la luz, apaga la luz, que pronto se obscurece el cielo azul...4...5...6...— De repente, apareció con su cara ensangrentada, yo y Alfred corrimos a por Francisco y Dustin, quienes seguían arriba escondidos.

— Ya, Dustin... — Francisco le abrazaba, cuando subimos, Dustin tenía la cara cubierta de sangre, pero no estaba herido, las luces volvieron y nos quedamos encerrados hasta que los padres de Francisco llegaron, yo y Alfred volvimos a casa con el temor de volver a encontrarla, suerte tuvimos, la niña no apareció, mas el miedo continuaba y continuará, pues aún escuchamos su canto cuando estamos en casa de Francisco...

ESTA ES UNA LEYENDA

El fantasma del espejo I

Pedro llevaba un año viviendo con su novia Belén y podía decirse que era feliz, al margen de lios familiares y demás dificultades cotidianas. Al menos hasta que conoció a Verónica, una chica que tomó café en la misma cafetería que él y con la que coincidió el 21 de diciembre. Ella le pidió que le alcanzara las servilletas y el se las acercó. Un acto normal y cotidiano con el que ambos regalaron su mejor sonrisa. Sin embargo para Pedro, Verónica le dijo mucho más con su sonrisa. Entendió que estaba sola, que no estaba bien y que necesitaba un amigo y un apoyo.
Con el corazón abierto, Pedro le dijo con naturalidad si se encontraba bien y ella sonrió con cierta tristeza respondiendo que no. Que en su trabajo le exigían demasiado y muchas de las cosas que le pedían no sabía hacerlas y se burlaban de ella, el jefe amenazaba con despedirla si no espabilaba y vivía sola por que su novio la acababa de dejar por su mejor amiga de modo que no podía perder su trabajo.
Pedro sintió que debía ayudarla y sin dudarlo le ofreció comer juntos ese mismo día para que contara más sus problemas por si él la podía ayudar. Ella aceptó y su sonrisa demostró que le hacía ilusión. Verónica era muy bonita, delgadita y de estatura algo pequeña, su pelo era castaño oscuro y liso y sus ojos azules. Su mirada despedía inocencia y tristeza al mismo tiempo. Desde luego que se sintió atraído por ella pero en ningún momento pensó en engañar a su novia. Su intención era buena y con idea de animarla y, ¿por qué no?, hacerse amigos, quedó a las dos en el mismo restaurante para comer juntos. Incluso cuando habló con Belén por teléfono le dijo lo que había pasado y que se sentía en la necesidad de ayudar a esa chica. Belén le contestó que tenía un enorme corazón y que por eso le amaba tanto. Él respondió que también la amaba.
La hora de comer llegó con mucha lentitud. Pedro se pasó toda la mañana pensando en Verónica, en sus preciosos ojos y lo mucho que deseaba que llegara la hora de la comida para poder hablar con ella y animarla. Eso le causó varios aprietos en su trabajo porque no consiguió terminar nada de lo que había empezado y se llevó la bronca de su jefe.
Cuando al fin la aguja de las horas aterrizó en las dos, se disculpó ante sus amigos con los que solía comer y salió corriendo del edificio, dispuesto a encontrarse con ella. Su corazón latía muy fuerte y cuando vio a Veronica esperarle en la barra tomando un refresco se sintió diez años más joven y como si estuviera en su primera cita.
- Hola - la saludó.
- Hola - dijo ella con timidez.
- ¿He tardado mucho? Lo siento.
- No importa yo estoy desde antes de la hora.
La mirada de ella era tierna y esperanzada. Pedro vio en sus ojos que él le gustaba pero no le dio importancia a ese detalle dado que a él también le gustaba ella y no significaba nada. Era una comida de amigos.
- De modo que hoy tienes un mal día - quiso restarle importancia a sus problemas.
- No es hoy, es todo el mes. Parece que me ha mirado un tuerto - dijo ella.
- Las cosas buenas siempre se alternan con las malas. Después de una mala racha siempre viene una buena - aleccionó él, sintiéndose algo pedante.
- Seguro que sí. Hoy te he conocido.
- Oh, claro. Hoy empezó bien, ¿verdad?
- Mi novio jamás me escuchaba.
- ¿Por qué estabas con él entonces?
- Era guapo, era muy cortés,...
- Ah, ya, un guaperas... ¿Cuándo aprenderéis las mujeres a no confiar en una cara bonita?
- No era solo eso. También parecíamos entendernos. Sin embargo se entendió mejor con mi mejor amiga.
Pedro asintió con la cabeza pero puso cara de circunstancias. ¿Cómo se consuela a alguien a quién han engañado? Sobre todo cuando él tenía la punzada de culpa porque creía estar traicionando a Belén. Aunque seguía siendo una simple comida amistosa.
- Tú me has escuchado sin conocerme de nada, eres un encanto - dijo ella sonriendo.
Pedro sintió que el estómago le burbujeaba, sin duda esa chica estaba consiguiendo enamorarle y se dio cuenta demasiado tarde. El tren empezaba la cuesta abajo y no tenía frenos.
- Es lo menos que podía hacer,... tú también eres muy encantadora.
- Gracias - dijo ella -. Cuéntame algo de ti... ¿Tienes novia?
- Oh, yo,... bueno - Pedro se dio cuenta de que si decía que sí volvería a hundirla así que prefirió mentir, o quizás prefirió mentirse a sí mismo ya que la idea de tener una aventura con ella le hacía herbir la sangre-. No, yo no tengo novia desde hace meses. También corté por tema de cuernos, ¿sabes?
- ¿Los pusiste tú o ella?
- Los puso ella... La sorprendí con un compañero de trabajo, que supuestamente iban a reunirse y les vi besándose.
- Oh, lo siento.
Verónica le cogió la mano y su calor le impulsó el corazón todavía más. Las mentiras hacían oficial su intento de engañar a Belén, o al menos eso sintió él.
- Sí, fue un duro golpe - continuó mintiendo.
Llegó el camarero y pidieron cada uno su comida. Durante un rato no dijeron nada, se miraron y sonrieron pero ninguno se atrevió a romper el silencio de la comida.
Al terminar salieron del restaurante envueltos en el mismo silencio y cuando se iban a despedir ella le besó en la mejilla.
- Me ha encantado conocerte - dijo ella -. ¿Me das tu teléfono para que pueda volver a hablar contigo si me siento mal?
- Claro, apunta: 555 56 82 37
- El mío es: 555 98 15 15
Ambos apuntaron sus teléfonos. Ella incluso le tomó una foto para asociarlo a su número y entre risas llegó la hora de despedirse.
- Hasta mañana, a la hora del café - dijo ella.
- Hasta mañana, Verónica - dijo él, aún bajo los efectos de la droga de su mirada y el tierno tono de su voz.
En cuanto se despidieron subió a su oficina y mientras estaba en el ascensor sonó su telefono móvil. Era Belén. Tragó saliva y trató de olvidarse de lo que sentía en su interior.
- ¿Qué tal comiste, amor? - dijo ella -. ¿Pudiste ayudar a esa pobre chica?
- Oh, sí. Es muy maja, estuvimos hablando de nuestras historias amorosas y parecía mucho más animada cuando nos despedimos. Puede que mañana volvamos a vernos.
- ¿Mañana? - Belén ya no parecía tan comprensiva.
- Sí, nos hemos hecho buenos amigos.
- Ah, claro... Bueno, espero que se recupere de su trauma.
- Eso espero yo también.
- Te dejo amorcito - Belén no estaba bien, lo notó en su voz -... tengo cosas que hacer.
- ¿Qué te pasa cielo? - dijo Pedro, preocupado por si tenía celos.
- Nada, nada, es solo que... no me gusta que veas más a esa chica.
- No me importa nada, solo era por ayudarla, solo quiero ser su amigo.
- Lo sé, lo sé,... es solo que... tengo una corazonada. No deberías volver a verla.
- Amorcito, solo tengo ojos para ti - a medida que escuchaba la voz de Belén su corazón volvía más a la normalidad y se olvidaba de Verónica.
- ¿De verdad? - preguntó Belén, con timidez.
- Te lo prometo.
- Esta bien, pero ahora sí te dejo que tengo cosas que hacer. Besitos, mua, mua.
- Te amo, Belén - respondió él antes de colgar.
"Te amo Belén", claro que la amaba. ¿Qué había estado haciendo con esa desconocida? ¿Se había vuelto loco? No era nada fácil, por no decir que era un milagro, encontrar a alguien con quien se entendiera tan bien, se llevara tan bien y que le gustara tanto como Belén. Era lo mejor que le había pasado en la vida. ¿Quería jugarse su felicidad por un amor fugaz que podía durar dos días?
"No puedo bajar mañana a la misma hora a tomar café" - decidió.


Y así lo hizo. El día entero lo pasó pensando en la pobre Verónica que quizás le estaba esperando también para ir a comer. Llegaron las dos y tampoco bajó. Pensó que lo mejor era dar el tema por olvidado así ella pensaría que no le gustó y solo fue una comida con alguien que se preocupaba por que estuviera bien, nada más. Si más intención. Pensó que si alguien la veía triste haría lo mismo que él, la ayudaría, la escucharía y ella se olvidaría de él.
Llegó a su casa por la noche y ya estaba Belén allí preparando la cena. La besó y se fue al baño a darse una ducha. El agua parecía ir quitándole el peso de la culpa por haber dejado tirada a Verónica.
Entonces sono su teléfono móvil. La voz de Belén constestó. Su corazón se detuvo, ella contestaba con monosílavos y una vez le pareció escuchar que decía "está en la ducha, luego te llama él". Se despidió con educación y colgó.
Se terminó de duchar sintiendo todo su cuerpo frío, por miedo a que fuera Verónica quien le había llamado. Se secó corriendo y se peinó con la mano por no perder el tiempo.
- Te llamó esa chica - le dijo Belén, con naturalidad.
- ¿Qué dijo? - preguntó él, nervioso.
- Me preguntó si era tu novia y le dije que sí. Me dijo que si podías llamarla en cuanto salieras, que tenía cosas que contarte y le dije que sí, que en cuanto salieras la llamarías.
- Oh - dijo Pedro, asintiendo preocupado.
- ¿Fuiste hoy a verla?
- Puede que sea eso, no pude bajar porque estaba muy liado. Quizás quiera saber por qué no bajé... Qué sé yo.
- Bueno, pues intenta decirle que tenías un incendio que apagar porque la pobre parecía estar a punto de llorar. Sé que eres sensible, trátala con delicadeza.
- Lo haré.
Agarró el teléfono y con Belén allí al lado la llamó.
- ¿Hola? Verónica.
- Hola Pedro - dijo ella con voz entrecortada. Sin duda estaba llorando.
- ¿Qué te ocurre?
- No podía dejar de pensar en ti. No viniste hoy a tomar café ni a comer. Creí... creí que te gustaba.
- Escucha, Verónica... - Belén había escuchado todo porque tenía la oreja pegada a su teléfono-. No pude bajar porque tenía cosas muy urgentes en el trabajo. Lo siento mucho, de verdad. ¿Estás bien?
- ¿No sentiste lo mismo? - insistió ella, decepcionada -. ¿No me echaste de menos? ¿no pensaste en mí?
Pedro miró a Belén sintiéndose terriblemente culpable ya que ese día había sido una tortura para él por no bajar y por miedo a hacerle daño a Verónica. Se sintió culpable porque de repente sus temores se confirmaban, ella le había esperado con desesperación y las heridas de su corazón estaban todavía peor por su culpa cuando él siempre quiso ayudarla. Belén le miró con reproche y trató de aclararlo todo con esperanzas de que la verdad pudiera curar las heridas que ella misma causara.
- Escucha, Verónica. Tengo novia, ayer no te lo dije porque sentí que te haría más daño que alguien feliz intentara consolarte habiendo pasado tú por lo que has pasado. Lo siento, no... te conozco como para sentir algo por ti tan pronto. Si quieres podemos vernos como amigos, pero amo a mi novia, la quiero con todo mi corazón y eso no va a cambiar.
- Está bien, lo siento, lo siento, lo siento - dijo ella y colgó.
- Hijo mío - dijo Belén -. Te dije que fueras delicado y le has destrozado el corazón.
- Lo... siento - dijo él, sintiendo que no solo le había destrozado el corazón a Verónica sino a sí mismo.
- Al menos no tendrás que volver a verla - dijo Belén, algo menos molesta.
- Sí, menos mal - dijo él.
Pedro miró a su novia mucho más tranquilo. Al menos Belén seguía confiando en él. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? No había hecho nada. Ojalá pudiera hacer algo para hacer feliz a Verónica pero eso destrozaría su vida y era demasiado feliz para querer que eso cambiara.




Varios días después, tras un día de navidad en familia, en casa de los padres de Belén, Pedro no había conseguido sacarse de la cabeza a Verónica. Esos días había bajado a tomar café a la hora que la encontró pero ella no aparecía. Quería hablar con ella, tratar de explicarle que le gustaba mucho pero que no quería estropear la relación con Belén. Quería ofrecerle todo su corazón, pero lo tenía ocupado. Entendió el motivo por el que muchos hombres engañan a sus mujeres y era porque simplemente amaban a dos mujeres. Era tan fácil mentir e intentar llevar una aventura paralelamente a su noviazgo... Pero si lo hacía sabía que los tres terminarían heridos.
Pedro cogió un periódico en el metro y después de leer deportes y noticias de escaso interés llegó a una página donde vio una foto conocida al pie de un artículo muy corto.

Sucesos, Madrid 26 de diciembre

Ayer a media noche una joven de veintiún años golpeó tres veces el espejo de su cuarto de baño y lo rompió en mil pedazos. Luego agarró un trozo del espejo y se cortó las venas. Con su sangre escribió en la pared un mensaje que los forenses nos han facilitado:
Me llamo Verónica y no quiero vivir.

Para Pedro eso fue como un balazo en el centro de su pecho. En el periódico venía su foto, ya cadáver, con su piel blanca y el contorno de sus ojos en tono oscuro. Aún le parecía tremendamente bonita y creyó que con su muerte había muerto parte de él. Sintió que su alma se partía porque él le había dado el empujón definitivo para que se suicidara y se sintió tan mal que ni Belén podría consolarlo.
Al volver a casa se encerró en el baño y se puso a llorar. Miró al espejo y se vió reflejado, llorando y con la cara roja. Recordó el apunte del periódico, que ella había golpeado tres veces el espejo y luego se suicidó con un cristal. Miró al espejo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
- Verónica, Verónica, Verónica... Perdóname.
Al levantar la mirada vio que ella estaba tras él, reflejada en el espejo. Su cara era la misma que vio en el periódico, blanquecina y con ojos ennegrecidos. Su mirada no era la que él recordaba, ahora su mirada estaba cargada de odio. Se asustó y se dio la vuelta para ver si estaba allí pero no la vió. Su corazón se había acelerado tanto que parecía querer saltar de su pecho. Entonces el espejo se rompió en pedazos y uno de los trozos se le clavó en el cuello.
Belén golpeó la puerta con fuerza, le pidió que le abriera inmediatamente, con desesperación. Pero Pedro solo fue capaz de decir una última cosa antes de morir.
- Lo siento...

El fantasma del espejo II


Pedro despertó de su pesadilla. Verónica muerta, él muerto… No podía permitir que eso pasara aunque temía que sucedería si no le ponía remedio.

Esa mañana Pedro se sentía mucho peor. Decidido marcó el número de Verónica desde el trabajo, asegurándose de que nadie más le escuchara y esperó impaciente.

– ¿Diga? –reconoció su triste voz.

Pedro no sabía qué decir, se regañó a sí mismo, mentalmente, por no haberlo pensado antes y colgó. Se puso tan nervioso que apretó los puños con fuerza.

Entonces su móvil sonó. Era ella que obviamente sabía que le había llamado él porque el móvil debió mostrarle hasta su foto.

– Sí – dijo Pedro.
– ¿Pedro? –escuchó su tímida voz.
– Lo siento Verónica, tenías razón palabra por palabra. Lo que siento por ti es más fuerte que cualquier pensamiento racional. No te quiero engañar, también amo a mi novia, sigo amándola con todo mi corazón, pero tú eres tan especial... ha sido un flechazo. No sabía que se pudiera querer tanto a dos personas.
– Oh, vaya... apenas nos conocemos y ya ¿hablas de amar?

Pedro se quedó en silencio, confuso. ¿Había exagerado?

– Es una broma tonto, eso fue lo que me dijiste ayer, ¿te acuerdas? –dijo ella–. Creo que podemos volver a quedar, si te parece, y comemos juntos para hablar de todo esto.
– Me parece genial –dijo él.
– No tengas miedo, si quieres respetar a tu novia, lo voy a respetar yo también.
– Gracias –respondió él.

Aunque se despidieron como amigos y quedaron para comer Pedro volvió a sentir ese aguijoneo de culpabilidad. No debía verla más, de hecho esta vez no le diría nada a Belén para que no se pusiera celosa. ¿Por qué necesitaba contarle con quién iba a comer? ¿Desde cuando le contaba con qué amigos comía? Eso era algo sin importancia...

Pero la tenía y él lo sabía. Esa comida podía ser un punto de inflexión en su vida y tenía el presentimiento que el cambio no sería bueno en absoluto. Se avecinaba un desastre, a menos que supiera como ponerle remedio. Los tríos amorosos siempre acaban mal.

Cuando llegó la hora de la comida se dio cuenta de que el trabajo lo había absorbido por completo. Se concentró tanto que la hora llegó sin darse cuenta y al descubrir que ya salía un minuto tarde cogió su abrigo y salió corriendo sin decir a nadie que se iba.

Verónica le esperaba en el restaurante. Llevaba una minifalda negra con medias oscuras y tupidas. Se había maquillado realmente natural, con los labios color rosa brillante y coloretes sencillos y polvos azulados en los ojos. Estaba realmente espectacular, no recordaba haber visto nunca a una chica tan guapa en su vida.

– Hola –dijo Pedro–. Hoy estás increíblemente guapa.
– Oh, es viernes. Por la tarde voy a una fiesta con unas amigas y tenía que ir vestida para la ocasión... gracias por el cumplido.
– Veo que estás más animada.
– Bueno, alguien me llamó esta mañana y me dijo que me quería –dijo ella, sonriente.
– Chica, no entiendo cómo no te suena el teléfono a todas horas con gente diciéndote que te adora. Eres preciosa.
– Déjate ya de cumplidos, lo único que ha cambiado es que ahora soy feliz. El otro día iba casi igual, solo que sin la minifalda.
– ¿Eres feliz? –Dijo Pedro –. ¿Por mí?
– Ajá –ella movió la cabeza en gesto afirmativo, moviendo graciosamente su flequillo oscuro y sus pendientes de aros grandes.
– Pero no podemos...
– Lo sé –dijo ella con aire melancólico –. Pero que alguien como tú, que ama tanto a su novia, se sienta tan atraído por mí es el halago más grande que había escuchado nunca. Eres un cielo, Pedro. Últimamente me sentía como una escoria que todo el mundo evitaba. Es horrible que cuando estás tan triste y abatida todos huyen como si tuvieras la peste pero cuando eres feliz todos quieren invitarte y estar contigo. Solo los verdaderos amigos se quedan para todo, pero a veces te pones a contarles tus penas y ni te escuchan.
– Es cierto, la gente se arrima a los que pueden aportar alegría. A los tristes nadie les hace caso.
– Bueno, tú sí me hiciste caso.
– En realidad –dijo Pedro –, fuiste tú la que me llamó la atención al pedirme las servilletas. Antes de eso ni siquiera sabía que estabas ahí.

– Llevamos tomando cafés juntos durante meses y ¿nunca me habías visto hasta ese día?
– ¿Meses? –Pedro no podía creerlo.
– Ajá –asintió ella.
– Lo siento, pero no. Supongo que no miro mucho a mí alrededor.
– Durante meses te he observado y sé que no fumas, que siempre bajas solo a tomar café y no lo pasas muy bien cuando comes con tus compañeros de trabajo. Pones una curiosa cara de aburrimiento que me hace gracia. Cuando estos se ponen a fumar en la puerta de la oficina tú te escabulles y subes porque no soportas el olor a tabaco.
– Bueno, es que son unos pesados, siempre hablan de política. Critican a los que no tienen sus ideas, metiéndose con la Iglesia, con los jugadores del Real Madrid y demás fijaciones que tienen. Ni que el Papa les cobrara impuestos por que le escuchen. Cada vez que abre a boca ya están ellos criticándole y hablando de los Borgia. Si Florentino Pérez abre la boca ya están fastidiando y diciendo que es un derrochador y se cree que con la publicidad se ganan partidos...
– ¿Eres católico? –preguntó ella con curiosidad.
– Ellos también lo son, aunque renieguen de ello.
– ¿Vas a misa y todo eso?
– No, no... Bueno, más que católico soy cristiano. Estoy más con el evangelio y la Biblia que con las autoridades eclesiásticas, pero bueno, me parece que el Papa lo está haciendo bien criticando el aborto, las guerras, la pena de muerte...
– Bastaba con decir no –interrumpió ella.
– Bueno, no.
– No quiero hablar de religión. Solo es para conocerte mejor. Yo también creo en Dios pero no rezo salvo cuando estoy en un apuro. Siento que no le interesan los problemas de alguien como yo. Tiene problemas más importantes que resolver.
– Yo creo que siempre tiene tiempo para ayudarnos –añadió Pedro –. Lo más asombroso de él es que no solo habla a los curas y a la gente que enseña sobre él. Si le hablas, él te responde. Si buscas su ayuda, siempre te la da.
– Oh, bueno. Eso es muy interesante pero esto empieza a parecer una conversación con un testigo de Jehová.

Pedro se rascó la cabeza, avergonzada.

– Lo siento, si quieres habla de eso.
– No, no... a veces me enrollo más de la cuenta. Mi novia siempre me bromea con eso.
– Es gracioso que lo hagas – dijo ella, sonriente.
– Me alegro de que lo veas así. ¿Nos sentamos? Tengo un hambre canina.

Verónica dejó que Pedro le abriera la puerta y susurró un sensual "gracias" cuando la dejó entrar. Al menos cualquier palabra que saliera de su boca le parecía sensual a Pedro. Era tan bonita con su sonrisa sincera y esos ojos azules cobalto que sentía que el tiempo se le estaba escapando de las manos y quería ralentizarlo para no tener que despedirse de ella.

Cuando se sentaron a la mesa sonó un teléfono móvil, el de Pedro. El clásico sonido de una canción romántica que delataba la llamada de su novia, Belén. Normalmente se alegraba de escuchar su llamada pero en esa ocasión fue como sonara el despertador y tuviera que despertarse para ir a trabajar, cortando de cuajo un hermoso sueño paradisíaco.
– ¿No vas a cogerlo?
– No le dije que vendría a comer contigo.
– Eso complica las cosas –dijo Verónica, seria –. ¿No tendrás intención de aprovechare de mí?

Pedro miró el teléfono con seriedad. No podía cogerlo, tendría que mentirla y eso se lo notaría ella en cuanto abriera la boca. Se arrepintió de no haberle contado que iría a comer con Verónica. Pero, ¿cómo iba a decirle que necesitaba volver a verla para aclarar las cosas?

– Ponlo en silencio y déjalo estar. Luego le dices cualquier cosa –aconsejó ella –. Eso me hacía el capullo de mi novio cuando yo le llamaba. Aunque sospeché algo, nunca pensé que me estaba engañando y tú, técnicamente no estás engañando a nadie.
– Tienes razón –aceptó Pedro. Puso el teléfono en silencio y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.

El camarero se acercó a ellos y pidieron dos platos del menú del día. Ella pidió ensalada con bistec de ternera y él unos espaguetis a la boloñesa con pollo asado con patatas. Para beber ella sugirió un vinito y él aceptó.
– Nunca tomo alcohol –reconoció Pedro.
– No bebes alcohol, no fumas, no sales de juerga con tus amigotes... menuda joya de chico tengo delante. ¿Alguna vez te has drogado?
– No, tampoco he probado la droga, ni en la mili, ni en la universidad.
– Fascinante –dijo ella –. Al menos deduzco que no eres virgen.
– Deduces bien.
– No hay que ser una lumbreras para saberlo, ¿no? –ella rió.
– Como te dije, nos va muy bien a Belén y a mí.

Dicho eso la conversación se congeló. El camarero trajo los primeros platos y se pusieron a comer. Pedro se manchó todos los labios con el tomate de los espaguetis y se limpiaba cada vez que comía. Ella comió la lechuga de la ensalada y dejó los tomates y cebolla.
– Quizás sea un error que nos veamos –dijo él.
– Es un error –apoyó ella.
– ¿Entonces crees que no deberíamos vernos más? –la voz de Pedro encerraba miedo.
– Definitivamente no "deberíamos" vernos más.
Pedro asintió con tristeza sin advertir el énfasis que ella le había dado a la palabra "deberíamos".
– Mi madre siempre me decía que no siempre hago lo que debo –añadió ella –. ¿Tú sí?
– Si te sigo viendo,... sería increíble. Pero aunque no estemos haciendo nada malo ahora, sé que terminaríamos haciéndolo y ahora es cuando estamos decidiendo si seguir adelante. En cierto modo cuando alguien planea clavarte un cuchillo por la espalda sigue siendo tan malo como cuando lo está haciendo, ¿no crees? Al menos yo así lo siento.
– Quieres dejar de verme, ¿no es así? –dedujo Verónica volviendo a mostrar tristeza.
– No. Quiero verte, quiero darnos una oportunidad. Creo que tenemos una conexión especial tú y yo y sé que si no te veo me moriré por dentro. Quiero estar contigo, quiero todo contigo... La cuestión es que no debo.
– Estoy dispuesta a aceptar lo que tú digas –dijo ella –. Siento por ti lo mismo, y si hubiera estado con mi ex ahora, estoy segura de que no cambiaría nada lo que siento por ti. Normalmente conoces a un chico y es un desconocido que te va resultando simpático a medida que lo conoces. Luego le coges confianza y si te gusta sales con él. Contigo ha sido como si todo eso hubiera llegado de golpe.
– Como si nos conociéramos desde que nos cruzamos la primera palabra –añadió Pedro.

Ella suspiró y se sujetó la mejilla con la mano. No hicieron falta más palabras. Las manos de Pedro y Verónica se unieron y ambos se dejaron embriagar por el calor de sus dedos jugueteando entre ellos.
– Lo que no disculpa el hecho de que cuando te digo que te quiero estoy traicionando a otra persona que también quiero. Ojala pudiera cortar con ella pero no puedo, la quiero, tenemos demasiados recuerdos juntos, tantos planes... ¿no podíamos mudarnos a Arabia donde los hombres pueden casarse con dos mujeres?
– Si fuera el caso –añadió Verónica –. Yo seguiría con mi ex y puede que contigo. Aunque también puede que nunca nos hubiéramos conocido.
– Ojala todo fuera más fácil –terminó diciendo Pedro.

El camarero retiró los platos y Verónica dijo un tímido "gracias".

– Podemos intentar dejar de vernos –dijo Pedro –. Ver a otras personas, volver a nuestras vidas... Si necesitas algo me llamas. Procuraré llevar el teléfono hasta en la ducha...
– No, no, Pedro –dijo ella –. Si no nos vamos a ver, no puede haber llamadas.
– Claro, claro...

El camarero trajo el segundo plato y ambos comieron sin decir nada más. El pecho de Pedro bullía con un fuego como no había sentido nunca. Era una mezcla de miedo de perder de vista a Verónica y no volver a verla más y miedo a que Belén se enterara de esa cita y de esa conversación. Miedo a perderlo todo y desearlo todo sabiendo que era imposible e insostenible esa situación.

Cuando terminaron, les trajeron el postre y ninguno de los dos abrió la boca. A pesar del silencio no había tirantez entre ellos. Verónica era la única persona con la que podía estar en silencio sin que fuera incómodo. Estar con ella era agradable aunque solo la viera comer. Eso hacía más difícil la decisión de dejar de verla.

Terminaron el postre y se levantaron.

– Supongo que esto es un adiós –dijo ella, apenada.
– Supongo... Pero si crees que necesitas volver a verme, llámame. Por favor...

En esas palabras Pedro le quiso decir "por favor no hagas ninguna tontería, antes llámame que lo dejaré todo por ti". Pero no se atrevió a decirlo porque creyó que ella lo entendía.
– Lo haré. Lo mismo me te digo.
– No te preocupes... –dijo él.

Pedro quería decirle que seguramente no soportaría dos días sin llamarla pero se mordió la lengua, consciente de que cuando estaba con Belén sus sentimientos por Verónica se diluían un poco. Sabía que podía olvidar a Verónica si dejaba de pensar en ella dos semanas. Lo realmente difícil era dejar de pensar en ella ni siquiera un minuto.
– Adiós, entonces – susurró ella.
– Adiós...


El día de navidad Pedro lo pasó con Belén y con sus padres, sus hermanos y a pesar de que lo tenía todo y era la segunda navidad que estaba con Belén, Pedro era completamente infeliz. Todos le notaron esa melancolía, especialmente Belén que ahora ya no le preguntaba qué le pasaba porque nunca contestaba.

De camino a su casa Belén le habló mientras iban en el coche.

– ¿Que diablos te pasa? –Le dijo enojada –. Y no me digas que nada, porque llevas unos días que casi ni comes, ni me hablas, ni me coges el teléfono en el trabajo.
– Tenemos mucho trabajo, eso es todo –Pedro le dijo la única verdad que podía contarle.
– Yo también y no estoy como un alma en pena –insistió Belén –. Háblame, Pedro. Siempre me lo has contado todo pero ahora estás ocultándome algo, lo noto. ¿Qué pasa? ¿Es que quieres dejarme? Si lo vas a hacer...
– ¡No, no, no! –replicó Pedro con demasiado énfasis –. ¿Cómo voy a querer dejarte?
– Pues cuéntame lo que te pasa.

Pedro apretó el volante con fuerza. En su interior quería contarle todo lo que había pasado, que Verónica estaba metida en su cabeza continuamente y no podía sacarla... que no podía ni quería. Le echaba tanto de menos que no se sentía a gusto en ninguna parte. Habían conseguido estar sin verse tres días y le parecían una eternidad.

Si le contaba eso a Belén, sería ella quien terminaría con él. Le destrozaría la navidad para toda la vida y a pesar de sus sentimientos tan fuertes por Verónica, aún amaba a Belén. No quería hacerle ningún daño.

Pero lo cierto es que ya se lo estaba haciendo con su silencio.

– Belén –comenzó Pedro –. Te quiero... ¿no te basta con saber eso?
– Oh, vaya. Te lo agradezco. Lo dices como si me estuvieras haciendo un favor.
– Escúchame –dijo Pedro –. Lo que ocurre no te lo puedo contar por ahora, es algo que se solucionará por sí solo con el tiempo. Después te lo contaré, ¿te parece?
– ¿Por qué no me lo cuentas ahora y así sufrimos los dos?
– No podrías entenderlo.
– Lo intentaré, no soy tonta.
– Ya lo sé, por eso no lo entenderías –Pedro se mordió la lengua.
– ¿Hay otra? Ya sé que hay otra, pero no voy a ponértelo fácil. Dímelo tú.

Que lo supiera no era un alivio para él. Solo le obligaba a sincerarse antes de que ella pensara cosas que no habían pasado.

– En realidad no hay nadie... Pero volví a ver a Verónica.
– ¿A quién? –ella frunció el ceño.
– A la chica que llamó por teléfono.

Belén se puso blanca. De repente lo entendió todo.

– No pienses lo que no es –se intentó adelantar Pedro a sus deducciones –. No soportaba la idea de haberla dejado destrozada. Creía que había hecho leña del árbol caído y que en lugar de ayudarla le había pisoteado los sentimientos. Ojala supiera cómo hacerla feliz.
– ¿Me has engañado? – dijo Belén con la voz entrecortada.
– Bueno, te mentí, te dije que no la había vuelto a ver y en realidad la vi una sola vez más.

Belén dejó de mirarle y las lágrimas corrieron por sus mejillas.

– Solo quise decirle lo maravillosa que era y que aun amándote tanto a ti, había conseguido que sintiera algo irracional por ella. Era para animarla, al principio, pero luego me di cuenta de que... me hubiera gustado... que hubiera dado todo por ella si no estuviera contigo. Entre los dos decidimos dejar de vernos y tratar de olvidarnos el uno del otro. No nos hemos vuelto a ver.
– Pero la tienes metida en la cabeza todo el día –dijo Belén, sin dejar de llorar –. Lo veo en tus ojos, siempre estás pensando en ella. Y lo peor es que sé que luchas contra tu corazón y tratas de olvidarla.
– Te amo, Belén. Eso es lo único que debes tener en cuenta. Conseguiré quitármela de la cabeza, te lo prometo.
– No te creo. Da la vuelta.
– ¿Qué? –Pedro no podía creer lo que había oído.
– He dicho que des la vuelta y me lleves a casa de mis padres. Me quedaré allí hasta que decidas a quién echas más de menos. A mí o a ella. No quiero pasar contigo ni un minuto más si no estás totalmente conmigo.

Pedro sintió ganas de llorar. Ahora sí que la había fastidiado, sabía que no debía contárselo, pero con Belén era imposible guardar secretos. Con las manos temblorosas buscó una salida que le permitiera dar la vuelta y sintiendo que su corazón se desgarraba. Quería convencer a Belén de que volvieran a casa pero no sabia con qué argumentos la convencería.

– Allí puedes dar la vuelta –señaló ella.
– Mujer, esto es una estupidez, tus padres se van a enterar de todo.
– Ellos ya lo sabían, les dije que sabía que me estabas engañando.
– Eso no es cierto.
– ¡¿No me mentiste?!
– Bueno sí, pero eso no es engañar –se defendió Pedro.
– Viste a otra mujer y si al menos me hubieras dicho que fue por debilidad, o por un revolcón, al menos tendría un pase. Pero me estás diciendo que estás enamorado de ella hasta las cejas y eso es mucho peor que engañarme. Quiero ir a casa de mis padres ahora mismo. ¡Da la vuelta ya!

En su furia, Belén giró bruscamente del volante cuando pasaban por la salida y el coche viró tan fuerte que Pedro perdió el control del vehículo y el coche comenzó a dar vueltas de campana sobre el asfalto hasta estrellarse contra un quitamiedos. No quedó un hierro sin abollar del coche. No saltó el airbag de ninguno de los dos y los cristales les destrozaron y les hizo cortes por todo el cuerpo.

Cuando llegó la ambulancia estaban los dos muertos, desangrados.





Dos días después Verónica intentó llamar a Pedro. No había logrado olvidarlo y sentía que sin él su vida carecía de sentido. Se había tomado medicación contra la depresión pero no servía de nada. Necesitaba verlo aunque fuera una vez más. El teléfono le respondía que el número marcado estaba desconectado o fuera de cobertura y lo siguió intentando todo el día. Finalmente decidió dejarlo y probar al día siguiente, posiblemente Pedro se había quedado sin batería.

El día siguiente tuvo el mismo resultado desde primera hora de la mañana. Decidió que si no le cogía el teléfono podría verlo en la cafetería en la que solía vero. Había dejado de ir allí porque habían decidido dejar de verse y no le pareció correcto frecuentar los mismos sitios. Pero él debía seguir bajando. Entonces vio que sus compañeros bajaban sin él y se preocupó. ¿Por qué no bajaba con ellos?

Se acercó a uno de ellos y le tocó en el hombro.

– Disculpe, ¿Pedro no baja hoy a tomar café? Es amigo mío y... esperaba verlo con vosotros.

El chico, que debía tener veinte años la miró con tristeza indescriptible. Miró a los otros y estos agacharon la cabeza.

– ¿No ha venido a trabajar hoy? ¿No ha querido tomar café?
– Pedro no ha venido hoy –dijo el chico.
– Murió en un accidente de tráfico hace dos días –dijo otro –. Se mataron él y su novia. Lo siento mucho, le conocías desde hace mucho…

Verónica parpadeó varias veces antes de desmayarse.



Después de aquel día Verónica no perdió nunca la mirada triste y nostálgica. No dejó de pensar en Pedro ni un instante y la inseguridad de no saber si el accidente había sido culpa suya o bien al morir seguía amándola era más dolorosa que pensar que nunca la había querido. En su desesperación buscó ayuda en psiquiatras pero éstos solo la drogaban. Estas drogas no servían de nada porque aunque hacían que todo le importara menos, seguía con el dolor incrustado en el pecho.

Con la duda permanente de si Pedro aún la amaba cuando murió decidió un día visitar a una médium. Una amiga del trabajo le había dado su teléfono y le aseguró que había sabido leer su mano y ver su futuro. Decidió que si alguien podía hablar con los muertos sería ella.

Quedó con ella para una sesión de espiritismo y se presentó allí una hora antes de la cita.

– Necesito hacerlo cuanto antes – le dijo ella a modo de saludo.
– Pues espérese ahí fuera, estoy con otro cliente.

La médium cerró la puerta y Verónica se quedó sola en el descansillo de la escalera. Habían previsto esas esperas ya que había una banqueta junto a su puerta por si alguien, como ella, tenía que esperar.

Entonces llegó una mujer obesa de raza negra y se sentó a su lado. Venía bailando y escuchando música africana en los cascos. Seguramente no hablaba ni castellano así que Verónica desechó toda conversación con ella.

– ¿Se está retrasando?
– ¿Disculpe? –dijo Verónica.
– Digo que si se está retrasando. En el folleto dise que si se retrasa no cobra, ¿entiendes? ni se te ocurra pagarle –tenía marcado acento colombiano.
– No, no se ha retrasado. Yo tengo hora a las siete.
– ¿A las siete? –Se escandalizó la mujer –. Yo tengo sita pa las seis y cuarrto y casi llego taarrde.

Esa mujer hablaba a voces. Dicho eso se abrió la puerta y salió una mujer mayor, sonriente y dándole las gracias a la médium repetidas veces.

– Siguiente –dijo la gitana.

Verónica se fijó que vestía como las clásicas gitanas de cuento. Con su pañuelo de colores en el pelo, pendientes con forma de aro de cebolla de color rojo, maquillada exageradamente con las líneas de los ojos tan marcadas que parecía una máscara, su vestido era parecido al de una bailarina de sevillanas y llevaba unos zapatos rojos de charol con talón altísimo y punta picuda. Era de unos cincuenta años y su mirada daba miedo. Parecía que podía leer los secretos más ocultos de su corazón.

La mujer que acababa de llegar se levantó y le guiñó el ojo a Verónica.

– Te lo dihe guapa. Esta mujer es más puntual que el reló de la Puerta del Só.

Verónica sonrió y se quedó sentada, reconoció su acento colombiano en seguida y se sintió ridícula esperando ahí como una supersticiosa. ¿Desde cuando creía en fantasmas? No creía en ellos, pero quería creer que Pedro sí existía porque tenía que contarle qué le había pasado y si seguía amándola o no. Al margen de las supercherías que creyera la gente, ella quería creer en eso.

El tiempo pasó muy despacio y pronto llegó otra mujer. Esta vez otra gitana con aspecto de enferma y débil. Esta no le dirigió la palabra antes de entrar a las seis y media. Así estuvo hasta que el reloj marcó las siete. Puntualmente la puerta de la gitana se abrió y repitió "siguiente" con desgana.

Verónica se puso en pie y entró en la sala donde la médium recibía las visitas.

– Siéntate, princesa.
– Gracias –dijo ella, sonrojada por el cumplido.

Obedeció y ocupó la silla que estaba frente a la bola de cristal.

– ¿Qué te trae por aquí?
– Verá, quiero que invoque a un fantasma.
– ¿No vas a contarme tu historia o la historia del fantasma? Tenemos tiempo, no hay más clientes después de ti.
– Bueno, es un... amigo que murió hace unos meses en un accidente de tráfico con su novia. Tengo cosas que preguntarle. ¿Usted sabe invocar a los fantasmas?
– Claro que sé –dijo la gitana con tono aburrido –. ¿Cómo se llamaba?
– Pedro, no me sé sus apellidos.

La gitana soltó una carcajada.

– ¿Te imaginas la cantidad de pedros que acudirían si digo "Oh, yo te invoco, Pedro nomesé Susapellidos?"
– Lo siento, no le conocí mucho tiempo.
– ¿Era tu amante?
– No...
– ¿No era tu amante, tenía novia y tú quieres hablar con él tan impaciente que llegaste una hora antes hasta que llegó tu turno?
– Verá, es que tengo que preguntarle una cosa importante.
– ¿Tenía una cuenta bancaria y quieres su código secreto? Te lo digo porque esas cosas no funcionan, los muertos no recuerdan combinaciones, ni dicen números de lotería que van a tocar. Si fuera así no perdería el tiempo con vosotros aquí y sería millonaria.
– No es nada de eso –dijo Verónica enojada –. Necesito saber qué le pasó, por qué tuvieron el accidente y si yo tuve la culpa. Si me sigue amando... si me seguía amando, mejor dicho –las últimas frases las dijo con apenas un hilo de voz. Apenas podía hablar porque había vuelto a llorar. En realidad lo hacía a cada rato cuando estaba sola pero eso la gitana no lo sabía y la miró con compasión.
– Cariño, no te preocupes. Este tipo de casos son mi especialidad.
– ¿En serio?
– Vamos a llamar a ese Pedro –la gitana le pidió con un gesto que le diera las dos manos.

Verónica las extendió y sintió las abrasadoras manos de la médium. Esta cerró los ojos y comenzó a canturrear una canción que parecía india. Después de varias repeticiones de lo que parecían mantras Hindúes, abrió los ojos como si estuviera ida y dijo:
– Yo te invoco Pedro, tu amiga Verónica espera tu llegada. Ven a esa sala y hazte notar.

Luego cerró los ojos y se concentró. Verónica miró a todas partes y no vio que nada se moviera. La gitana abrió los ojos y Verónica sintió terror cuando se los vio abiertos.

– ¿Quién osa molestar a los muertos? – dijo con una voz tan grave como unos tambores africanos.

Se le pusieron los pelos de punta al ver esos ojos con un brillo rojo que iluminaban toda la sala con el color de la sangre. Si eso era un truco, era lo más conseguido que había visto nunca. Sin embargo algo le decía que no era ningún truco.

– ¿Quién eres? –se atrevió a preguntar ella.
– Soy el dueño del alma de la persona que habéis invocado. Soy el Diablo.

Verónica quiso levantarse y salir corriendo pero la gitana la tenía agarrada tan fuerte que fue incapaz de soltarse.

– Busco a Pedro, él era un buen chico, seguro que su alma no está contigo y está en el cielo.
– Tengo el alma de Pedro –dijo el Diablo. Al decirlo salió humo de la boca a la gitana –. Si quieres hablar con él tendrás que pagar un precio muy alto.
– Necesito hablar con él. Haré lo que sea necesario –dijo ella, decidida.
– En ese caso...

La gitana agachó la cabeza como si el espíritu que la poseía se hubiera marchado. Luego volvió a levantar la cabeza y volvió a abrir los ojos.

– ¿Verónica? – dijo la gitana con la voz de Pedro.
– Oh, Dios mío,... eres tú... ¿mi amor qué te ha pasado?
– Verónica, pensé que no volvería a verte más.
– Pedro, recuerda tu accidente –insistió Verónica.
– No puedes imaginar lo que he deseado volver a ver tu rostro –Pedro no entraba en razón.
– Por favor, Pedro, necesito que recuerdes.
– ¿Mi accidente? Oh, mi accidente... ¿Estoy soñando? ¿Estoy en el cielo?
– Estás muerto, Pedro. Necesito que me digas algo.
– ¿Muerto? ¿Cómo puedo estar aquí hablando contigo?
– ¿Me amas? ¿Te estrellaste por culpa mía? –insistió ella presintiendo que no duraría mucho la sesión.
– ¿Que si te amo? Eres la mujer de mi vida.
– ¿Y no amas a Belén?
– Oh, Belén se marchó. Ella fue a la luz sin decirme adiós.
– ¿No seguiste a la luz? ¿Por qué?
– Ella no quería verme más. Y no podía ser feliz en ninguna parte sin ti. Prefería condenarme al infierno.
– No digas eso, ve a la luz y yo te seguiré....
– ¡Eso es imposible! – gritó repentinamente la gitana con la voz del demonio.
– ¿Qué?
– Tu vida me pertenece. A partir de ahora vivirás a mi lado como mi novia. Dijiste que pagarías lo que fuera. ¡Nunca dije que fuera una ganga! –y luego escuchó una risa escalofriante y aterradora.

Verónica sintió que las manos le quemaban horriblemente. La boca de la gitana se abrió y a través de ella vio las llamas rojas y amarillas del infierno. Como una boa constrictor, la boca la engulló llevándosela al otro plano de la existencia.



Cuando la gitana abrió los ojos y salió de su trance, solo quedaba frente a ella una silla vacía y humeante.




Pasaron semanas de aquel suceso cuando un grupo de niñas de catorce a dieciséis años jugaban en la habitación de una de ellas a la Ouija.

– ¿Hay alguien ahí? – preguntó una de ellas con voz fingidamente grave.
Todas las demás se rieron.
– ¿Manifiéstate?
Un libro se cayó de la repisa e hizo un ruido que las asustó a todas. Estas rieron y desconfiaron unas de otras.
– Vamos, seguir preguntando, seguro que ha sido el fantasma.
– ¿Quién eres?
El vaso de la Ouija se movió lentamente de una letra a otra escribiendo una palabra: Verónica.
– ¿Qué es lo que quieres, Verónica?
Las niñas empezaban a asustarse porque el vaso se movía sin que apenas lo rozaran ellas con sus dedos. Todas querían soltarlo, aterradas.
"Quiero a una de vosotras".
– ¡Ah! –gritó una de ellas cuando entendieron el mensaje.
Se levantaron todas y encendieron la luz entre risas y saltitos.
– ¡Ha sido alucinante! –gritó una de ellas –. ¿Cómo lo habéis hecho? Casi me hago pis encima.
– No ha sido un truco, tengo miedo –dijo otra.
Entonces otro libro cayó y unas tijeras que tenía encima se quedaron abiertas y con la punta hacia arriba. Cuando las niñas vieron la tijera se miraron aterradas y salieron corriendo de la habitación. Les contaron todo a sus padres, que estaban jugando al póker y éstos no le dieron la menor importancia.
– Los fantasmas no existen –decían –. Si tenéis sueño iros a dormir.
Las niñas se fueron a sus respectivas camas. Eran primas y la dueña de la casa había preparado camas para todos.
Solo una tenía que volver al cuarto de la Ouija. Antes de acostarse se cepilló los dientes y se enjuagó la boca. Cuando volvió a mirarse al espejo vio detrás de su espalda a una mujer de pelo castaño oscuro y con los ojos ennegrecidos. El grito que dio rompió el cristal en mil pedazos.
Los padres corrieron a ver qué pasaba y cuando llegaron la encontraron desangrada. Ella misma había cogido un cristal y se había cortado la garganta.


Dicen que no se debe jugar con los espíritus. Que los que invocan al más allá sin el debido respeto reciben la visita de la novia del Diablo y sufren locuras inexplicables a las que la medicina moderna no encuentra cura.

Esta es una historia basada en hechos reales aunque los nombres empleados son ficticios, excepto el de Verónica.

FIN

Bueno,uf! se me acalambraron las manos bueno no importa adios

6 comentarios - Historias de Terror inventadas (primera parte)

@gogogafo -1
Esta bien pero no podrias poner las letras más grandes esque mis ojos no son unos prismaticos.
@boxvader +3
que buena ami no me gusta leer pero la leí toda