Se escondió en el armario de la habitación de los pequeños. Vio sus pequeños cadáveres desmembrados, manchando los Plumones azules. Pulso a pulso trataba de controlar la respiración. Le dolían los ojos por el sudor que se escurría por la frente y quería llorar, quería gritar, patalear y desgarrarse el alma, pero no, DEBIA mantenerse en silencio.

De repente, uno. No, eran do- tres. Si, eran 3 quienes buscaban rápido. ¿De donde habían salido? Solo el Diablo sabía, ya que ni Dios querría que seres así existieran.

Los veía por detrás del mueble aquel, mientras de forma muy sigilosa, tomaba el Bate que usaba su hijo para jugar junto a su hermana en el patio.

Ahí lo tenía, frente a frente, pero Aquello no lo veía. Lamentablemente, tenían un olfato agudo, y de un golpe abrieron la puerta del cubículo, hasta ese momento, seguro.

Los reflejos derivaron en un letal batazo en la cabeza hacia aquello, y bum, a correr carajo.

Del cráneo del golpeado salía sangre a chorros, pero se levantó sin problemas e instó a los otros dos, no sé de qué forma, a correr tras ella.

Bajó las escaleras y llego a la cocina. Habían alcanzado a arañarla, aparte de los golpes y mordidas del forcejeo anterior. No sabe como llegó a eso, solo sintió a los niños gritar de forma aguda. Corrió a verlos pero “aquello” la intercepto, lanzándose, mordiendo, forcejeando. Como pudo se soltó y se percato que había dos más. Desfigurados y sedientos de sangre, agiles y violentos, los ojos rojos irradiaban ira y pus… y la querían a ella.

Recordó la Broken Butterfly calibre .43 que mantenía su Expareja debajo del velador. Era solo una carrera, una carrera más y acabaría con ellos de un solo disparo. Tomó aire y apenas comenzó a correr, las bestias se lanzaron a su carrera. Llegó y con un movimiento agil bloqueo la puerta con el Bate que traía. Ellos golpeaban cada vez más duro, fuerte, rompiendo la puerta, astillando, entrando, sangrando, odiando como jamás odiaron en vida.

Y, ahí estaba, una preciosa Magnum, cargada con seis dosis de potencia y 3 cargadores más. Hasta una sonrisa de satisfacción se coló en la cara de Michelle.

La puerta explotó en una ráfaga de sed de sangre, la que fue apagada momentáneamente por un Balazo certero en plena cabeza. Uno menos. Gruñían y arañaban el suelo. Por la ventana no se veía nada salvo la oscuridad de la noche. Vaya, 1:30 de la mañana y pasa esto. Aunque se escuchaban ruidos… que carajos, ¡no había tiempo para pensar estupideces!

Cargó el 2do casquillo y ya se veía peleando con los dos que quedaban. Forcejeo y golpes, pensar en sus hijos la hacia obtener Adrenalina preciada para seguir teniendo fuerzas.

Bum, un disparo y el cerebro reventado de uno de ellos yacía en el sueño.

Uno contra uno, ella contra la pared y el tratando de morder donde sea, con tal de saborear la sangre. Ella soltó el arma y no sabia que hacer ahora.

Ya lo sabía. Se lanzó al suelo y se dejó abalanzar por la bestia aquella. Tomó el revolver y apunto hacia su hombro. Su propio hombro.

Dolió, demasiado, pero el tercero recibió la bala en el corazón después de atravesar el hombro de Michelle. Todo había terminado, por ahora.

Michelle se sentó y lloró. Lloró por sus hijos, por no tener a alguien que la cuidara, por tener que sacrificarse a si misma para sobrevivir a algo que apenas entendía y que había comenzado solo hace 20 minutos.

Tomó La Magnum y la cargó. Caminó despacio, aquejada por el dolor en su hombro y la pelea que la dejó sin energías. Pero no importaba, ya había pasado, sus vecinos le prestarían ayuda. Todo estaba bien.

Al salir, esos ruidos que oía, y a los que no había prestado atención, se volvían una pesadilla más.

Vio atónita a sus vecinos, corriendo, gritando, algunos totalmente destripados en su jardín, por obra y gracias de… ellos. A lo lejos, veía como una horda de esos Demonios venia corriendo a toda carrera, gritando, babeando, sedientos. ¿Eran decenas? No. Cientos. Quizás miles.

Cerró los ojos y lloró en silencio. Se esforzó por nada, pensó. Pero no. No se dejaría abatir tan fácilmente. Si derroto a tres, ¿porque no podría cargarse a unos cuantos más?

Se puso de pie y pasó una bala. Esperó, paciente, en frente de la puerta, en medio de la desesperación y las tripas de los vecinos.

¡Pobre de aquellos que se acerquen a la casa de Michelle!