Pasos entre la niebla

Junto con la noche llegó una niebla espesa que se posó sobre el pueblo.
Después de abandonar una fiesta, Pablo atravesó el pueblo a pie, envuelto entre los fantasmas de la niebla. Los pocos peatones que se apresuraban para llegar a sus destinos, y así escapar de la noche fría, aparecían de pronto entre la niebla, para desaparecer enseguida, aunque sus pasos se escuchan un buen trecho. Las luces de los autos, que avanzaban lentamente, se reducían a dos puntos amarillos, vistos desde la distancia, y apenas cruzaban por Pablo, pasaban a ser dos puntos rojos que pronto se borroneaban y desaparecían también.
Al tomar la ruta y alejarse de la claridad del pueblo, la niebla se cerró más sobre él, pero como había luna llena alcanzaba a ver sus pies y el borde de la ruta.
Al alcanzar la zona más despoblada, donde no llegaba ni el más mínimo rumor del pueblo, escuchó que caminaban detrás de él. Sin detenerse, giró un poco los hombros y miró hacia atrás, y vio que una cabra negra lo seguía de cerca.

Al detenerse la cabra también se detuvo, para luego retroceder y perderse en la niebla. Mas cuando avanzó, la cabra hizo lo mismo, y volvió a verla sobre su hombro, y notó que la cabra tenía algo raro en su cara, en su mirada. Entonces Pablo siguió caminando sin voltear y comenzó a rezar.
Se le erizó la piel al escuchar que el ruido que producía aquello que lo iba siguiendo, ahora sonaba como algo que caminaba en dos patas; y de sólo imaginar la apariencia monstruosa que había adquirido aquella cosa, casi se desmaya de terror. Pero siguió, aunque con las piernas temblorosas, y no paró de rezar.
De un momento a otro ya no lo seguían, y pudo regresar a su hogar.
Según dicen, esa cabra es el mismo Diablo, que se le aparece a algunas personas para que después éstas relaten su aterrador encuentro, y así la gente siga creyendo en su existencia.


El canto del Diablo

Nuevamente el motor del auto comenzó a tener problemas. Esta vez Wilmar conducía de noche por una carretera apartada de todo.
El vehículo empezó a andar a tirones hasta que se detuvo completamente. Wilmar recostó la cabeza en el volante. - ¡No, me hagas esto ahora, en medio de la maldita nada!
Después levantó la cabeza, respiró hondo y buscó la linterna. Al salir cerró la puerta con rabia.
Antes de abrir el capó iluminó los alrededores. Estaba rodeado de bosque. Los árboles se agitaban con furia, crujían y rechinaban mientras soportaban un viento frío que pasaba gimiendo como un ente rabioso. Miró hacia arriba y vio que unas nubes blancas cruzaban velozmente sobre una luna delgada.
Al examinar el motor enseguida identificó el problema, cuando creyó haberlo reparado lo probó; funcionaba.
Fue a cerrar el capó y, apenas lo bajó escuchó algo. Se le erizó la piel y empezó a girar apuntando la linterna hacia donde volteaba; no identificaba de dónde venía el sonido, que parecía ser el canto de unos niños.

Al iluminar una porción de bosque los vio. Eran tres niños pequeños vestidos de blanco. Caminaban rumbo a él tomados de las manos. Sus caras eran normales, pero sus sonrisas eran por demás diabólicas, y sus miradas delataban una gran malicia; no eran niños.
Wilmar subió al auto y arrancó. Vigiló el retrovisor por un buen rato pero no volvió a verlos; mas en su mente se seguía repitiendo la canción. Trató de pensar en otra cosa, de sacársela de su cabeza, cada vez la escuchaba más fuerte. No entendía lo que decía, eran palabras en un lenguaje que no conocía, pero estaban allí, taladrando su mente, volviéndolo loco.
Súbitamente se le ocurrió una idea. Frenó el auto y buscó en la guantera.
¡El revolver! ¡Con el ruido que hace tiene que parar ese canto infernal! - deliró Wilmar. Se recostó el caño a la cabeza y se disparó.


Terror en el corazón

Adrián se quitó la camisa y se acostó en la camilla. Su madre había quedado afuera de la habitación por pedido del doctor.
Mientras el doctor ajustaba el aparato de hacer electrocardiogramas, una enfermera adhería al cuerpo de Adrián unos electrodos conectados a cables. Cuando estuvo todo listo el médico se acercó y le dijo:

- Ahora quiero que quedes tranquilo y que no te muevas. ¿Ves esas rayitas que se están dibujando en la cinta de papel?, esas rayas representan tus latidos. Nosotros vamos a salir y te vamos a dejar un rato solo, ¿está bien?
- Sí - contestó Adrián. El médico volvió a mirar el aparato y salió junto a la enfermera.

Adrián estaba naturalmente asustado, pero de a poco comenzó a calmarse. Mas su calma no duraría mucho. De pronto se apagó la luz y quedó inmerso en una oscuridad cerrada. Inmediatamente escuchó pasos en el interior de la habitación, salían de un rincón que un instante atrás estaba vacío.
Lo que avanzaba en la oscuridad se detuvo al lado de la camilla, y Adrián sintió que aquel ser se inclinó hacia él. Por alguna razón no podía gritar aunque sentía mucho terror.
Su corazón chocaba contra su pecho cada vez con más fuerza. De pronto la luz se encendió y, vio que a su lado había una enfermera fantasmal que no tenía cara, y que inclinada hacia él movía la cabeza como quien busca algo que no encuentra, o como quien trata de rastrear un olor.
Su corazón dio un último salto y se detuvo. En el aparato comenzó a sonar un alarma. El doctor entró de golpe y detrás de él la madre de Adrián; pero ya era demasiado tarde.
Ya lo habían llevado a la morgue cuando el doctor seguía examinando el resultado del electrocardiograma. El aparato había registrado el poder del terror, que puede matar fácilmente.


Alimentando a los inquilinos

Hace unos años trabajé como albañil en una cuidad turística. El sueldo era bueno, pero los alquileres eran carísimos. Buscando un lugar económico, terminé alquilando un cuarto en una pensión vieja.
Todo era viejo en aquel lugar, incluyendo a los inquilinos. Había dos matrimonios de ancianos y una señora que vivía sola, que también era vieja. El dueño del lugar era tan viejo que su apariencia asustaba un poco, pues su piel era como una máscara que no se ajustaba a la carne, además que sus orejas eran enormes y puntiagudas.
Los pasillos de la pensión eran angostos y siempre estaban en penumbra, y en sus paredes había hileras de retratos, de esos que parecen mirarte de reojo. La única lámpara de mi cuarto apenas iluminaba el lugar, y como colgaba del techo, a veces se mecía con la corriente de aire que entraba por la destartalada ventana; y aquel balanceo de la luz parecía dotar de movimiento a las manchas de humedad que prosperaban en las paredes.

Las primeras noches que pasé allí, apenas caía en la cama y me dormía porque estaba muy cansado.
Cuando me acostumbré a las jornadas mi sueño se fue haciendo más liviano, aunque a la vez empecé a sentirme más débil. Una noche, estando despierto en la oscuridad de mi cuarto, escuché que alguien abría la puerta sigilosamente. Me levanté y di unas zancadas hasta la llave de luz. Cuando el cuarto se iluminó el intruso ya iba escapando hacia el pasillo. Era el dueño de la pensión, y en una mano tenía una jeringa enorme. El pasillo era una boca de lobo por lo oscuro que estaba, y aquel viejo endemoniado corrió por él como si fuera un atleta, a juzgar por la velocidad con que se alejó el ruido de sus pasos.
Enseguida tranqué la puerta con una silla, tomé mis cosas y salí por la ventana, atravesé un patio interior y, con dificultad, porque me sentía bastante débil, trepé un muro y salté hacia la calle.

Me alejé varias cuadras y esperé el amanecer sentado en un banco público.
Pensando en el asunto, aunque la sola idea me llenaba de terror, consideré que probablemente el viejo había entrado a mi cuarto otras noches, y como tenía una jeringa con aguja, con temor me revisé los brazos, y mis temores se confirmaron; tenía marcas de pinchazos.
Creí conveniente consultar a un doctor. Tras varios exámenes resultó que estaba bien, solamente tenía un poco de anemia, y mientras el doctor me daba los resultados me preguntó si por alguna razón había perdido sangre en esos días.
Al saber que me habían sacado sangre, recordé algunas cosas que me habían parecido extrañas. El dueño del lugar y los inquilinos nunca salían de la penumbra de la pensión, y las pocas veces que pasé por ellos, tuve la impresión de verlos relamerse mientras me seguían con la mirada.


Tras la ventana

Era una noche tranquila, con poco tránsito. El otoño arrancaba las hojas amarillentas de los árboles, y las desparramaba por la vereda para que el viento jugara con ellas. Entre esa mezquina lluvia de hojas caminaba Álvaro. Regresaba a su hogar tras calentar el cuerpo con unas copas. Andaba con las manos en los bolsillos del abrigo, con la cabeza cubierta por un gorro de lana que bajaba hasta las cejas, y una bufanda que le cubría hasta la boca.
Como quien presiente algo, giró repentinamente la cabeza hacia una ventana, y quedó mirando directamente a unos ojos claros que se fijaron en los de él.
Por un fugaz instante, mucho más breve que un pestañeo, le pareció ver solamente dos ojos y la oscuridad de la casa como fondo; pero después de esa impresión lejanísima por breve, vio que eran parte del bello rostro de una joven, que lo miró sonriendo.

Como había volteado mientras caminaba, terminó de cruzar frente a la casa sin devolver la sonrisa, además, la primer impresión, la de los ojos sin rostro, le había conmocionado el espíritu, pues basta un pantallazo de algo aterrador para que en nuestra mente se dispare un alarma.
Unos pasos más adelante y ya se lamentaba por no haber sonreído al menos, pero como no era un hombre muy osado no quiso volver.
A la noche siguiente cruzó por el mismo lugar, casi a la misma hora, y no por casualidad, fue con la intención de verla de nuevo. Y allí estaba, tras el vidrio de la ventana, y sonreía igual que la noche anterior. Esta vez Álvaro sonrió también y saludó inclinando la cabeza, mas la muchacha no lo imitó, sólo lo siguió con la mirada de igual forma que la noche anterior.

Al sobrepasar la casa lo invadieron las dudas. Se alentaba y desalentaba a si mismo, consideraba una cosa, luego otra, después se decía que era un tonto, ¿por qué darle importancia?…
Al final decidió ahogar sus absurdas esperanzas, principalmente porque se acordó que la noche anterior había cruzado con el rostro casi completamente cubierto; si la muchacha le sonrió fue porque le sonreía a cualquiera, a todo el que pasara. Pero desengañado y todo, a la noche siguiente volvió a cruzar frente a la casa. Iba caminando lentamente, y al verla la observó con atención, y de repente se dio cuenta de algo. La expresión de la muchacha, el gesto de su cara, era exactamente igual al de las otras noches, era como si estuviera viendo una imagen repetida, y al detenerse comprobó que sus ojos no lo veían a él, ni a nadie, pues sólo era una aparición que todas las noches hacía lo mismo.


El pasajero de atrás

Mariela pasaba un paño por la mesa del living cuando escuchó que un auto llegaba a la casa.
Fue hasta el garaje y vio que su esposo, que se llamaba Joaquín, bajaba de un auto casi nuevo.

- Qué tal el cochecito que me compré, ¿te gusta? - dijo Joaquín.
- No creí que nos alcanzara para uno tan nuevo - comentó Mariela, y pasó la mano por el reluciente vehículo. Luego volteó hacia su esposo - No habrás quedado debiendo, ¿o sí?
- No, tranquila - le explicó Joaquín mientras la rodeaba con sus brazos - Salió bien barato. Ya sé lo que vas a decirme, pero no te casaste con un tonto, lo hice revisar por un mecánico, ¡está impecable!
- Podrá funcionar bien - objetó Mariela -, pero tal vez tiene algo más, no sé… ahora que lo miro bien, no me da buena impresión.
- Tú y tus impresiones ¡Jaja! No tiene nada malo. El dueño debía necesitar el dinero urgentemente o algo así. De noche vamos a dar unas vueltas y vas a ver que te va a gustar.

Cuando llegó la noche salieron en su nuevo auto. Su casa estaba en un lugar apartado. Tomaron la ruta rumbo a la ciudad, de la cual se veía solamente un resplandor en el lejano horizonte.
Ella iba muy seria. Él lo notó y quiso iniciar una conversación, pero al mirar de reojo a su esposa, le pareció ver por el espejo retrovisor, que atrás había algo, mas al fijar la vista el asiento trasero estaba vacío.
Ahora él también iba serio, echaba una mirada al retrovisor y volvía a prestar atención al camino que tenía adelante.
De a poco el resplandor de la ciudad se fue agrandando. Pronto estuvieron entre sus luces. Buscaron un restorán entre los muchos que había. Cenaron casi sin hablar; él pensando en lo que creyó ver en el asiento de atrás, ella buscando una razón a la mala impresión que le causaba el auto.
Cuando volvían por la ruta, de repente Mariela dejó escapar un grito corto, y miró rápidamente sobre su hombro.

- ¡Algo tiró de mi cabello! - dijo Mariela mirando hacia atrás.
- ¿Qué? ¿Te enganchaste el pelo en algo?
- ¡No, algo me jaló el cabello!

Joaquín detuvo el auto en un costado de la ruta y se bajó, Mariela hizo lo mismo. Abrieron las dos puertas de atrás y revisaron bajo el asiento, sin encontrar nada. Volvieron a marchar, y al poco rato Joaquín sintió algo. Fue más que una sensación, sintió con claridad que una mano pequeña le daba varias palmadas en la cabeza. Reaccionó agachándose, movió bruscamente el volante y el auto zigzagueó, salió de la ruta y cayó en un profundo barranco.
Los dos murieron en el siniestro, pero el auto no quedó tan mal, y al poco tiempo alguien lo compró.


Escalera embrujada

Miguel estacionó la moto cerca del edificio y desató las cajas de pizza. Equilibró las cajas en una mano, fue hasta la entrada del edificio y le dijo al portero:

- Hola. Vengo a entregar estas pizzas al departamento quince del noveno piso.
- Pase - dijo el portero -, pero va a tener que subir por las escaleras; están reparando el ascensor.

Miguel quedó parado frente al portero. “¡Nueve pisos por las escaleras!” , pensó. Suspiró resignado y entró al edificio. Al atravesar la sala vio que el ascensor estaba abierto y que un hombre manipulaba el tablero con un destornillador. Abrió la puerta que daba a la escalera y se detuvo apenas la atravesó. La base de la escalera estaba apenas iluminada por una débil lámpara. Unos pocos escalones más arriba y ya estaba oscuro, pero cerca del descansillo brillaba otra débil luz. “Espero que me den buena propina”, pensó Miguel al comenzar a subir.
Como los escalones y las paredes eran blancos, el ascenso no era peligroso a pesar de la escasa luz, mas el lugar sí era atemorizante. Ningún ruido llegaba hasta allí, los pasos de Miguel apenas sonaban y se perdían en el silencio sepulcral que dominaba todo.

Siguió su ascenso, escalón por escalón, piso tras piso. Llegó al fin a la puerta del noveno, sólo para descubrir que estaba trancada. Forcejeó un poco con el picaporte, tiró de ella, la empujó, pero todo en vano. Golpeó varias veces, esperó un rato, nada, ni siquiera escuchaba algún ruido del otro lado. Nuevamente se resignó, ¡tanto trabajo por nada!
Al volverse hacia la escalera, le pareció que ésta estaba más empinada, mas enseguida sonrió al pensar que solamente era una impresión errada. Bajó cuidadosamente hasta el descansillo y, al ver el otro tramo de la escalera quedó con la boca abierta. Sin dudas estaba mucho más empinada, descendía en un ángulo que se acercaba a lo vertical.

Miguel se recostó a la pared y cerró los ojos. ¡Cómo podía ser! ¿Qué estaba pasando?
Abrió los ojos al escuchar que algo venía bajando por el tramo superior. Levantó la vista hacia el ruido. Una oscuridad absoluta, bien delimitada, como una cortina negra, iba desapareciendo los escalones a medida que bajaba, y oculto en esa oscuridad marchaba algo de andar pesado, y sus pasos hacían vibrar las paredes, y su respiración era casi un gruñido.
Presa de un insoportable terror, Miguel se lanzó escaleras abajo, cayendo enseguida debido a lo empinada que era. Aterrizó de cabeza en el piso de un descansillo, la fuerza de la caída le partió el cráneo, y fue otra víctima más de las escaleras embrujadas de aquel edificio.