La dualidad innecesaria
El dilema del dualismo adopta muchos aspectos. Podemos hallarlo en la dualidad cuerpo-mente de Descartes. También en la separación entre el cerebro y la mente, o el cerebro y la conciencia. En la defensa de la existencia de un almaespíritu, independiente del cuerpo y de la materia. Todos estos dilemas se basan en afirmar que no todo se puede explicar describiendo el comportamiento de los átomos o las neuronas, sino que hay un motivo más general que rige esos sistemas. Una razón superior que provoca su funcionamiento y los supedita. A esa razón primordial se le suele llamar mente, conciencia, alma o espíritu; y de forma más abstracta o teológica, voluntad, intención, energía, motor primero de todas las cosas o incluso Dios.
Quienes defienden estos conceptos suelen tachar a la Ciencia y a los científicos de reduccionistas. Pero esta visión reduccionista es propia de quienes lo critican, no de los científicos actuales. Ya quedaron atrás esos tiempos en los que la Ciencia consideraba el mundo como una gran maquinaria de relojería, caracterizada por el determinismo de Newton y las leyes inmutables consideradas divinas. Aún en ocasiones, puede parecer que ciertos estudiantes o científicos mediocres sean todavía reduccionistas, pero ese ya no es el paradigma actual de la Ciencia. Actualmente muchos científicos basan su estudio en un campo muy concreto y especializado, pero eso no quiere decir que piensen que el funcionamiento del mundo se reduzca solo a eso. Ahondan en el estudio de los detalles porque sino "quien mucho abarca poco aprieta". De este modo van encajando más piezas del rompecabezas, y aunque no estén seguros de que poder terminarlo todo, saben que es la forma más seria y ordenada de adquirir conocimiento más allá de la especulación. Pero también puede que su forma de trabajar sea la inversa: que empiecen desde una visión más general y holística del conjunto, y luego profundicen en los detalles. En ambos casos no se observa que su visión del mundo sea reduccionista: sólo que su trabajo es específico, metódico y organizado.
Cuando vemos en el mar una variedad inmensa de olas, de choques bruscos del agua contra las rocas, de espuma y sonidos estruendosos del mar, no pensamos que el agua esté poseída por algún principio o ente superior que se lo ordene. Sabemos que el agua son moléculas de oxígeno e hidrógeno (H2O) unas tras de otras, pero que una gran cantidad de factores conducen al oceáno a exhibir ese comportamiento: los vientos, el relieve del fondo marino, las temperaturas, la evaporación, la fuerza de la gravedad, la rotación de la Tierra, el influjo de la Luna, la forma de las costas, los terremotos... Si sumamos toda esa cantidad ingente de moléculas de agua y sus propiedades líquidas, junto a todos los factores nombrados, obtendremos el comportamiento propio del mar. No hablamos nunca de la "voluntad del mar", del "alma del mar", ni del "espíritu del mar", como tampoco hemos reducido su comportamiento únicamente a las leyes que gobiernan los átomos y las moléculas. Lo que hemos hecho es tener en cuenta la enorme cantidad de elementos que lo componen y la gran cantidad de factores que influyen en él. Así que entendemos que sea tan autónomo y variado de forma natural.
En cambio, cuando se trata de considerar el cuerpo humano o nuestra mente tenemos grandes dificultades. Tendemos a exagerarlo todo hacia un extremo o hacia el otro: hacia el espiritismo o hacia el materialismo radical. Nos cuesta integrarlo como en el caso del mar, tal vez porque al hablar de nosotros entran en juego factores morales, estéticos y religiosos. Para algunos es inconcebible que seamos una extensión de la naturaleza sin cambios abruptos. Según ellos tenemos que ser algo más, mucho más. Tenemos que ser una conciencia o un alma espiritual, un ente o inteligencia por encima de la materia, dotados de esencia.
Debido a eso tal vez no comprendan que nuestro cuerpo está formados por billones de átomos, los cuales se rigen (como es de esperar) por los mismos principios que el resto de átomos del Universo. Pero eso no significa que reduzcamos el ser humano a una mera colección de átomos en funcionamiento. En lugar de eso, tenemos en cuenta infinidad de factores que influyen en todo el ser: desde el comportamiento de las moléculas, las proteinas y las enzimas, pasando por las células, los procesos de respiración y digestión neurovegetativos, la funciones vitales de los órganos, la memoria y los pensamientos creados en el cerebro, así como lo todo lo que le ocurre al ser vivo en el exterior, como las experiencias, aprendizajes, necesidades, circunstancias de su entorno y medio ambiente... aspectos que confluyen simultáneamente y que se realimentan entre sí, formando un complejo entramado de influencias que modifican paso a paso tanto el cuerpo como la mente.
Esta forma de verlo no es precisamente reduccionista: tiene en cuenta infinidad de factores completos de la persona, pero a la vez reconoce que los átomos del cuerpo siguen las mismas leyes físicas que el resto. No es un punto de vista reduccionista, porque no se dice que esas leyes atómicas sean las que nos dirigen, sino que sus posibilidades y restricciones acompañan al cuerpo entero en su periplo a través de sus variadas circunstancias. No todo nos está permitido, tenemos cierta libertad de movimientos dentro de un margen. Tantas posibilidades, que nos da la impresión de tener libertad de acción y de pensamiento. Los primeros que se dieron cuenta de eso fueron los filósofos. Reflexionaron que la libertad absoluta no existe, sino que estamos siempre condicionados por circunstancias y limitaciones. Pero aun así podemos jugar con ellas y modificarlas. Tenemos pues una libertad a medio camino entre el determinismo y el azar: lo que en Ciencia (y no se asusten porque no significa nada malo) se denomina "sistema complejo caótico" (que no tiene nada que ver con el desamparo o el caos). Quiere decir que somos complejos por la enorme cantidad de elementos que nos constituye, y caóticos por la capacidad de manejarnos dentro de esas posibilidades. Como las nubes del cielo, que son siempre imprevisibles, pero compuestas de trillones de moléculas de agua siguiendo las leyes físicas. O como el Universo entero, siempre diferente pero a la vez formado.
Por otro lado, con el dilema del cerebro y la conciencia sucede algo parecido. No se trata de reducir toda nuestra mente a la mecánica de los enlaces neuronales y los átomos, pero sí reconocer que es un hecho integrado. Que el estado neurobiológico de nuestro cerebro en cierto modo es el reflejo de lo que pensamos y percibimos (su plasmación material) y viceversa, que nuestro estado neurobiológico configura nuestra conciencia (el comportamiento observable). Ambas se determinan, pero no por haber ninguna fuerza predominante, sino porque es lo mismo observado desde una escala distinta, como cuando vemos una playa desde lo lejos pero no apreciamos los granos de arena, y al contrario, como cuando estamos recostados al sol y entonces vemos los granos de arena pero no la playa entera. Se puede escoger actuar sobre una de las dos caras: sobre los pensamientos o sobre la bioquímica. Y la acción sobre una modificará la otra, pues son dos caras de la misma moneda. Si una es material o la otra inmaterial no importa: se trata de una cuestión artificiosa, son la misma.
El dualismo se basa en la obsesión de querer determinar que una de las dos cosas es el origen que condiciona al resto. Querer concluir si lo primordial es la mente o el cerebro, el espíritu o la materia, la conciencia o el cuerpo. Plantear una dicotomía de lo material opuesto a lo inmaterial, y librar una estéril batalla. Ese es el verdadero reduccionismo, tanto a favor de un extremo como del otro. Es una práctica muy arraigada en nuestra mentalidad, influenciada por la tradición platónica y judeo-cristiana de escisión que hemos heredado. La solución (de acuerdo con el Principio de Economía o ley de lo más sencillo) es que ambos aspectos aparentemente opuestos son en realidad lo mismo, solo que vistos desde ángulos distintos. Que lo material y lo inmaterial forman una amalgama indisoluble parecida a lo que es el viento y el polvo para un remolino. El problema es que esa integración absoluta haría desaparecer conceptos tan establecidos en nuestro imaginario popular como alma, espíritu y esencia; reubicaría la mente y la conciencia; naturalizaría de forma panteísta a Dios; todos originalmente desligados de lo material y lo terrenal, alojados en otro supuesto plano. Por eso es tan difícil cambiar nuestra forma de verlo, porque hemos ido de la mano con ellos desde tiempos remotos de pensamiento mítico. Como el término corazón, que se creía que era donde se alojaba la identidad de los seres.
Se da la curiosa circunstancia de que puede que los verdaderos reduccionistas (quienes han concebido ese pensamiento) sean los religiosos y espirituales, ya que su reduccionismo está en un extremo: pensar que lo primordial es lo inmaterial, que lo espiritual moldea lo material. De ahí tal vez que sean incapaces de ver que ambas cosas son las dos caras de la misma moneda. Que no domina lo holístico sobre lo detallado (el conjunto sobre las partes), ni las partes sobre el conjunto. Sino que ambas forman la misma realidad y se necesitan, tanto las partes como el conjunto, el conjunto como las partes. Que las unas sin las otras no existirían. Y que las verdaderas dimensiones no son lo grande o lo pequeño, sino el factor de complejidad que asienta unas cosas sobre las otras, en capas sucesivas complejas: la conciencia basada en los pensamientos, los pensamientos en las percepciones, las percepciones en los sentidos, los sentidos en las moléculas, y las moléculas en los átomos. Que sin la auténtica conexión de toda esa cadena integrada nada sería posible. Que no se puede empezar una casa por el tejado pretendiendo lograr una conciencia o una inteligencia sin cimentarse en sus componentes más bajos (átomos, neuronas) como tampoco pueden actuar de forma organizada dichos átomos y neuronas sin la identidad superior del ser. Ambas cosas son necesarias.
Tal vez sea pues, el reduccionismo (tanto si se trata de científicos incompetentes como de espirituales o místicos confundidos) una cuestión de falta de destreza intelectual, a la hora de saber interpretar todos los elementos que participan en las realidades formadas por múltiples niveles de complejidad. Y entonces la respuesta más fácil sea el dualismo: conceptos idealizados que resuelven esa dificultad. Aunque pongamos el caso de que alguien hubiera comprendido esta integración de niveles de complejidad después de leer este texto. Si antes ya era un acérrimo crítico del reduccionismo científico, tal vez diga: "lo que dices está muy bien, ¿pero cómo explicas que las cosas se muevan, actúen y parezcan tener una intención? ¿No crees que eso es una especie de voluntad? ¿Cómo lo explicas? ¿Y si puedes explicarlo, de dónde viene todo y cómo empezó?"
Es evidente que entonces algunos llamarán a esa especie de energía Dios. Otros no verán necesario usar ese nombre religioso, pero lo suplirán con las nociones metafísicas de espíritu, alma o esencia, volviendo a concebir de nuevo una sustancia inmaterial. Un espíritu, alma o Dios ingrávido que representa el primer motor que impulsa y da vida a todo. Nos estamos por tanto ante la causa última, sino tal vez frente a lo que ha impedido a mucha gente superar la visión dualista a todos los niveles. Algunos lo han definido como una especie de alma cósmica o divina que nuestros cerebros serían capaces de sintonizar, ilustrándolo con la metáfora de la emisión radiofónica (Dios) y un receptor de radio (cerebro). Es evidente pues, que todos los esfuerzos hechos anteriormente por integrarlo todo no habrán servido de nada, ya que esto de nuevo les conduce a concebir una causa inmaterial para todo lo que vemos y a preguntarse por qué actúa "con intención y voluntad", como ellos dicen.
Como llegados a este punto su creatividad intelectual parece agotarse, tendremos que aportarles nuevas ideas que no terminan necesariamente en la figura de un dios o de algo etéreo inmaterial. Pero para ello esperaremos al próximo capítulo, porque antes será mejor que asimilen bien el punto al que hemos llegado con esta reflexión. Para muchos la pregunta de por qué existe y actúa todo, sugiere la existencia de una voluntad espiritual universal. Luego explicaremos por qué no es necesario que sea así.
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