Mitos de Cthulhu

Puede considerarse a "Los Mitos de Cthulhu" como un trabajo colectivo que fue creciendo con las aportaciones del llamado Circulo de Lovecraft, un grupo de escritores formado por el propio Lovecraft, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Robert Bloch, August Derleth, Frank Belknap Long, Henry Kuttner, E. Hoffman Price y otros.

Los Mitos de Cthulhu - Relatos - 1

También fueron incluidas aportaciones provenientes de escritores anteriores como Ambrose Bierce, Algernon Blackwood, Arthur Machen o Robert W. Chambers y de algunas mitologias como la árabe, la polinesia o la sumeria.

Los Mitos de Ctulhu, concebidos originalmente por H.P. Lovecraft, fueron una inagotable fuente de inspiración para muchos autores, que colaboraron a engrosar sus horrores, a expandirlos hasta convertirlos en un extraño y apasionante laberinto narrativo. Claro que este laberinto tiene sus trampas, sus salidas ocultas y pasos secretos. Entrar en él es sencillo, pero recorrerlo sin extraviarse no lo es.


Relatos

La maldición que cayó sobre Sarnath

Literatura

Hay en la tierra de Mnar un amplio lago tranquilo al que ninguna corriente nutre y del
que tampoco nace río alguno. Hace diez mil años se alzaba en sus riberas la poderosa ciudad
de Sarnath, pero Sarnath ya no está allí.

Cuentan que, en los olvidados años en que el mundo era joven, aun antes de que los
hombres de Sarnath llegaran a la tierra de Mnar, otra ciudad se ubicaba junto al lago; la
ciudad construida con piedras grises de lb, que era tan vieja como el mismo lago y estaba
poblada por seres de ingrata apariencia. Tales seres resultaban sumamente feos y extraños, tal
como de hecho son la mayoría de los retoños de un mundo apenas esbozado. Está escrito en
las piedras cilíndricas de Kadatheron que el color de los seres de lb resultaba tan verde como
el lago y las neblinas que se alzan de su superficie; que eran de ojos saltones, labios fofos y
repulsivos, y curiosas orejas, así como que eran mudos. También está escrito que
descendieron una noche de la luna, entre la niebla; ellos y el gran lago tranquilo, y la pétrea
ciudad gris de lb. Como quiera que sea, es cierto que adoraban a un ídolo de piedra verde mar
cincelado a semejanza de Bokrug, el gran lagarto acuático, ante el que danzaban de forma
horrible cuando la luna se mostraba gibosa. Y está escrito en los papiros de Ilarnek que
descubrieron un día el fuego, y que desde entonces utilizaron las llamas en multitud de
festejos. Pero no es mucho lo que se ha escrito sobre tales seres, ya que existieron en tiempos
verdaderamente remotos, y el hombre es joven, y sabe muy poco sobre los más antiguos de
entre los seres vivos.

Tras muchos eones los hombres llegaron a la tierra de Mnar; eran oscuros pueblos
pastores que arreaban sus rebaños y que construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron junto al
sinuoso río Al. Y algunas tribus, más audaces que las otras, se llegaron al borde del lago y
emplazaron Sarnath en el lugar en que los metales preciosos afloraban de la tierra.
Las errabundas tribus ubicaron las primeras piedras de Sarnath no muy lejos de la
ciudad gris de lb, maravillándose en grado sumo ante los seres que allí moraban. Pero con su
asombro se mezclaba el odio, porque no estaba en su forma de pensar el admitir que seres de
tal aspecto pudieran habitar el mundo de los hombres nacidos del fango. Tampoco gustaban
de las extrañas esculturas sobre los monolitos grises de lb, ya que la gran antigüedad de tales
tallas les resultaba terrible. Nadie sabría decir por qué aquellos seres y esculturas
permanecían sobre la tierra, aun tras la llegada del hombre; a no ser que fuera porque la tierra
de Mnar era tranquila en verdad, y alejada de la mayoría de otras tierras, tanto de la vigilia
como de los sueños.

Cuanto más miraban a los seres de lb, más los odiaban los hombres de Sarnath, y a
esto contribuía no poco el descubrimiento de que aquellos seres resultaban débiles como jalea
a la herida de piedras, lanzas y flechas. Así que un día los guerreros jóvenes, los honderos y
los lanceros y los arqueros se pusieron en marcha contra Ib y mataron a todos sus moradores,
arrojando los extraños cuerpos al lago mediante largas lanzas, ya que no querían tocarlos. Y
ya que no gustaban de los grises monolitos esculpidos de lb, los abatieron asimismo sobre el
lago, maravillándose de la enormidad del trabajo de acarrear aquellas piedras desde muy
lejos, como sin duda había sido, ya que no se conocía nada semejante en toda la tierra de
Mnar ni en las adyacentes.

De esta forma no quedó nada de la antiquísima ciudad, a excepción del ídolo de
piedra verde mar cincelado a semejanza de Bokrug, el lagarto acuático. A éste los guerreros
jóvenes se lo llevaron a Sarnath como un símbolo de conquista sobre los viejos dioses y los
seres de lb, así como en señal de liderazgo sobre Mnar. Pero la noche después de ser
emplazado en el templo, algo terrible debió suceder, ya que se vieron luces salvajes sobre el
lago, y al llegar la mañana el pueblo se encontró con que había desaparecido, y que el sumo
sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como abatido por algún miedo indecible. Y antes de morir,
Taran-Ish había garabateado sobre el altar de crisolito con trazos temblorosos la señal de la
MALDICIÓN.

Luego de Taran-Ish se sucedieron los sumos sacerdotes en Sarnath, pero nunca
llegaron a encontrar el ídolo de piedra verde mar. Y multitud de siglos llegaron y se fueron, y
Sarnath prosperó desmesuradamente, hasta que sólo los sacerdotes y las viejas recordaron lo
que Taran-Ish garabateara sobre el altar de crisolito. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se
estableció un camino de caravanas, y los preciosos metales de la tierra se intercambiaban por
otros metales y ropas raras y joyas y libros e instrumental para los artífices y todas los lujosos
bienes conocidos por el pueblo que habita a lo largo del sinuoso río Ai y aun más allá. Así
creció Sarnath poderosa y sabia, y enviaba ejércitos de conquista para subyugar a las
ciudades vecinas; y en su momento se sentaron en el trono de Sarnath los reyes de toda la
tierra de Mnar, así como multitud de tierras adyacentes.

Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. De pulido
mármol, extraído del desierto, eran sus murallas; con una altura de 300 codos y una anchura
de 75, de forma que dos carros podían cruzarse sobre su parte alta. Su longitud era de 500
estadios, interrumpiéndose tan sólo en la parte que daba al lago, donde un gran dique de
piedra verde contenía a las olas que se alzaban de forma extraña una vez al año, durante el
aniversario de la destrucción de Ib. En Sarnath había cincuenta calles que iban del lago a las
puertas de las caravanas, y otras cincuenta que las cruzaban. De ónice estaban todas
pavimentadas, a excepción de aquellas por donde pasaban los caballos y los camellos y los
elefantes, que se hallaban adoquinadas con granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como
calles concluían en sus murallas, cada una de ellas de bronce y flanqueadas por efigies de
leones y elefantes esculpidos en una clase de piedra ya desconocida para los hombres. Las
casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y calcedonia, cada una con su jardín vallado y su
estanque cristalino. En extraño estilo habían sido construidas, ya que ninguna otra ciudad
poseía casas así, y los viajeros de Thraa e Ilarnek y Kadatheron se maravillaban ante los
resplandecientes domos con que se hallaban rematadas.

Pero más maravillosos aún resultaban los templos y los palacios, así como los jardines
establecidos por el antiguo rey Zokkar. Había multitud de palacios, el más modesto de los
cuales era más formidable que cualquiera de los de Thraa o Ilarnek o Kadatheron. Tan altos
eran que, hallándose en su interior, uno podía creer que se hallaba a cielo abierto; aunque
cuando se iluminaban con antorchas embebidas en el aceite de Dothur sus muros mostraban
inmensos frescos de reyes y ejércitos, de una magnificencia tal que elevaban el espíritu al
tiempo que atemorizaban a quienes los contemplaban. Multitud eran las columnas de los
palacios, todas de mármol veteado, y talladas con motivos de belleza sin par. Y en la mayoría
de los palacios los suelos se hallaban cubiertos por mosaicos de berilo y lapislázuli y
sardónice y rubí y otros materiales selectos, tan bien distribuidos que el visitante podía
creerse paseando sobre lechos de las más raras flores. Y había asimismo fuentes que
derramaban aguas perfumadas alrededor mediante surtidores diseñados con habilidosa
artesanía. Eclipsando a todos sus rivales se alzaba el palacio de los reyes de Mnar y tierras
adyacentes. Sobre dos agazapados leones de oro reposaba el trono, muchos peldaños por
encima del suelo resplandeciente. Y había sido tallado en una única pieza de marfil, aunque
ningún hombre vivo conocía de dónde pudiera proceder algo tan inmenso. En ese palacio también había innumerables galerías, y muchos anfiteatros donde leones y hombres y
elefantes combatían para entretenimiento de los reyes. En ocasiones se inundaban los
anfiteatros con aguas canalizadas desde el lago a través de poderosos acueductos, y entonces
se libraban trepidantes combates navales o luchas de nadadores contra mortíferos seres
acuáticos.

Altos y asombrosos resultaban los diecisiete templos en torre de Sarnath, edificados
con una piedra de reflejos multicolores desconocida en cualquier otra parte. Su buen millar de
codos medía el mayor de todos, allí donde moraba el sumo sacerdote entre una magnificencia
apenas superada por la del rey. Abajo había salones tan amplios y espléndidos como los de
los palacios, donde se agolpaban las muchedumbres adorando a Zo-Kalar y Tamash y Lobon,
los dioses mayores de Sarnath, cuyos relicarios, envueltos en humo de incienso, eran
semejantes a tronos de monarca. Las imágenes de Zo-Kalar y Tamash y Lobon no eran como
las demás estatuas de dioses, ya que resultaban tan vívidas que uno podría jurar que los
propios y agraciados dioses barbudos ocupaban sus tronos de marfil. Y a través de
interminables escaleras de brillante circonio se llegaba al aposento de la cima, desde donde el
sumo sacerdote avizoraba de día sobre la ciudad y las llanuras y el lago; y de noche la críptica
luna y las estrellas más brillantes y los planetas, así como sus reflejos en el lago. Allí tenían
lugar los más antiguos y secretos ritos en execración de Bokrug, el lagarto acuático, y allí
reposaba el altar de crisolito ostentando la MALDICIÓN, garabateada por Taran-Ish.
Maravillosos asimismo resultaban los jardines edificados por el antiguo rey Zokkar.
Ocupaban el centro de Sarnath, cubriendo un gran espacio y circundados por un alto muro. Y
se hallaban cubiertos por un poderoso domo de cristal, a través del cual brillaban el sol y la
luna y las estrellas y los planetas cuando estaba despejado. Y de ella se colgaban refulgentes
imágenes del sol y la luna y las estrellas y los planetas cuando estaba nublado. En verano, los
jardines se refrescaban mediante aromáticas brisas frescas, habilidosamente provocadas
mediante ventiladores, y en verano se caldeaban a través de fuegos ocultos, por lo que en
dichos jardines siempre reinaba la primavera. Pequeñas corrientes corrían sobre guijarros
claros, surcando prados verdes y jardines multicolores, y multitud de puentes los salvaban de
uno a otro lado. Muchas eran las cascadas a lo largo de sus cursos, y muchos asimismo los
estanques cuajados de lirios en los que se expandían. Sobre corrientes y estanques bogaban
blancos cisnes, al tiempo que la música de aves exóticas repicaba al compás del canto de las
aguas. Macizos verdes nacían en ordenadas terrazas, adornados aquí y allá con emparrados y
amables arriates, y asientos y bancos de mármol y pórfido. Y había innumerables capillas y
templetes en donde uno podía descansar o rezar a los dioses menores.

Cada año tenía lugar en Sarnath la fiesta de la destrucción de lb, y en esa ocasión se
prodigaban el vino, las canciones, la danza y todo tipo de festejos. Se rendían grandes
honores a los espectros de aquellos que aniquilaron a los seres de extraña antigüedad, y la
memoria de éstos y sus viejos dioses resultaba mancillada por bailarines y músicos coronados
con rosas procedentes de los jardines de Zokkar. Y los reyes oteaban sobre el lago y
maldecían los huesos de los muertos que descansaban en sus honduras. En un principio los
sumos sacerdotes no gustaban de tales festejos, ya que se contaban unos a otros extrañas
historias de cómo el ídolo verde mar se había esfumado, y de cómo Taran-Ish había muerto
de miedo, no sin antes dejar un aviso. Y se comentaba que, a veces, desde su alta torre, se
divisaban luces bajo las aguas del lago. Pero como innumerables años fueron transcurriendo
sin que sucediera calamidad alguna, incluso los sacerdotes rieron y maldijeron, y tomaron
parte en aquellas orgías multitudinarias. Además, ¿no habían ellos mismos realizado a
menudo, en su alta torre, el inconcebiblemente antiguo rito de execración de Bokrug, el
lagarto acuático? Y un millar de años de riqueza y gozos transcurrieron sobre Sarnath,
maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad.

Magnificiente más allá de toda imaginación resultó la fiesta del milenio de la
destrucción de lb. Por espacio de una década se habló en la tierra de Mnar sobre ella, y al
acercarse la noche acudieron a Sarnath en caballos y camellos y elefantes hombres de Thraa,
Ilarnek y Kadatheron, y de todas las ciudades de Mnar y de las tierras de aún más allá. Los
pabellones de los príncipes y las tiendas de los viajeros se alzaron ante los marmóreos muros
en aquella señalada noche, y por toda la ribera resonaban los cánticos de alegres celebrantes.
En su sala de banquetes se reclinaba Nargis-Hey, el rey, catando vinos añejos de las bodegas
de la conquistada Pnath, rodeado de nobles alegres y diligentes esclavos. Se habían paladeado
multitud de platos durante esa fiesta; pavos reales de las islas de Nariel en el Océano Medio;
cabras jóvenes de las lejanas colinas de Implan, pies de camellos del desierto bnarcico,
nueces y especias de los plantíos cidarianos, y perlas de marítimo Mtal, disueltas en el
vinagre de Thraa. Había salsas en número incontable, preparadas por los mejores cocineros
de toda Mnar, y aptas para todos los paladares. Pero el manjar más apreciado lo constituían
los grandes peces del lago, de gran envergadura y servidos sobre fuentes de oro hermoseadas
con rubíes y diamantes.

Mientras el rey y sus nobles festejaban en palacio, y contemplaban los platos cumbre
que aguardaban en sus fuentes de oro, otros celebraban en otra parte. En la torre del gran
templo los sacerdotes se entregaban a la diversión, y en los pabellones extramuros los
príncipes de tierras vecinas festejaban a su vez. Y sucedió que fue el sumo sacerdote GnaiKah quien primero advirtió la sombra que descendía de la gibosa luna hacia el lago, y la
espantosa bruma verde que surgía del lago para juntarse con la luna y envolver con siniestra
neblina las torres y cúpulas de la condenada Sarnath. Luego, quienes estaban en las torres y al
otro lado de los muros avistaron extrañas luces en las aguas y vieron que la roca gris
Akurión, que se alzaba junto a la orilla, estaba casi sumergida. Y el miedo prendió difusa
aunque velozmente, de forma que el príncipe de Ilarnek y el del lejano Rokol desmontaron y
plegaron sus tiendas y pabellones y huyeron hacia el río Ai, aunque ellos mismos apenas
entendían el motivo de aquella precipitada salida.

Entonces, próxima a sonar la medianoche, las puertas de bronce de Sarnath se
abrieron y vomitaron una multitud enloquecida que cubrió la llanura, por lo que príncipes
visitantes y viajeros huyeron espantados, ya que los rostros de esa multitud ostentaban la
enloquecedora impronta de un inaguantable horror, y de sus bocas brotaban palabras tan
terribles que nadie se demoró a comprobar su verdad. Hombres de ojos enloquecidos por el
miedo vociferaban haber mirado en la sala del rey a través de los ventanales, y que ya no
resultaba posible ver las siluetas de Nargis-Hei y sus nobles y esclavos, sino tan sólo una
horda de indescriptibles seres verdes mudos, con ojos saltones y repulsivos labios fofos, y
curiosas orejas. Seres que bailaban de forma espantosa, sosteniendo entre sus zarpas fuentes
doradas hermoseadas con rubíes y diamantes, y conteniendo llamas terribles. Y los príncipes
y viajeros, mientras huían de la ciudad maldita de Sarnath a lomos de caballos y camellos y
elefantes, volvieron la vista al lago del que brotaban las nieblas y vieron que la roca Akurión
se hallaba prácticamente sumergida.

Por toda la tierra de Mnar y adyacentes corrieron historias de aquellos que habían
escapado de Sarnath, y las caravanas ya no concurrieron más a la ciudad maldita, ni a sus
metales preciosos. Tuvo que transcurrir mucho tiempo antes de que algún viajero fuera allá, y
sólo entonces los jóvenes valientes y aventureros de la lejana Falona osaron hacer el viaje,
jóvenes aventureros de pelo rubio y ojos azules sin parentesco alguno con los hombres de
Mnar. De hecho, aquellos hombres acudieron al lago para contemplar Sarnath, pero aunque
encontraron el gran lago tranquilo y la roca gris Ákurión que se alza muy alta cerca de la
orilla, no pudieron vislumbrar la maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad. Donde
antes se alzaran muros de 300 codos y torres aún más altas, ahora se hallaba sólo orilla
pantanosa; y donde antes moraran cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se veía reptar al detestable lagarto verde de agua. Ni las minas de metal precioso quedaban, ya que la
MALDICIÓN había caído sobre Sarnath.

Pero medio oculto entre los juncos se descubrió un curioso ídolo de piedra verde; un
ídolo sumamente antiguo, cubierto de algas y cincelado a semejanza de Bokrug, el gran
lagarto acuático. Ese ídolo, entronizado en el gran templo de Ilarnek, fue en adelante adorado
al resplandor de la luna gibosa en toda la tierra de Mnar.


La ciudad sin nombre

mitos

Al acercarme a la ciudad sin nombre me di cuenta de que estaba maldita. Avanzaba por un valle terrible reseco bajo la luna, y la vi a lo lejos emergiendo misteriosamente de las arenas, como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura deshecha. El miedo hablaba desde las erosionadas piedras de esta vetusta superviviente del diluvio, de esta bisabuela de la más antigua pirámide; y un aura imperceptible me repelía y me conminaba a retroceder ante antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debía ver, ni nadie se habría atrevido a examinar.
Perdida en el desierto de Arabia se halla la ciudad sin nombre, ruinosa y desmembrada, con sus bajos muros semienterrados en las arenas de incontables años. Así debía de encontrarse ya, antes de que pusieran las primeras piedras de Menfis, y cuando aun no se habían cocido los ladrillos de Babilonia. No hay leyendas tan antiguas que recojan su nombre o la recuerden con vida; pero se habla de ella temerosamente alrededor de las fogatas, y las abuelas cuchichean sobre ella también en las tiendas de los jeques, de forma que todas las tribus la evitan sin saber muy bien la razón. Esta fue la ciudad con la que el poeta loco Abdul Alhazred soñó la noche antes de cantar su dístico inexplicable:

«Que no está muerto lo que yace eternamente
y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir»


Yo debía haber sabido que los árabes tenían sus motivos para evitar la ciudad sin nombre, la ciudad de la que se habla en extraños relatos, pero que no ha visto ningún hombre vivo; sin embargo, desafiándolos, penetré en el desierto inexplorado con mi camello. Sólo yo la he visto, y por eso no existe en el mundo otro rostro que ostente las espantosas arrugas que el miedo ha marcado en el mío, ni se estremezca de forma tan horrible cuando el viento de la noche hace retemblar las ventanas. Cuando la descubrí, en la espantosa quietud del sueño interminable, me miró estremecida por los rayos de una luna fría en medio del calor del desierto. Y al devolverle yo su mirada, olvidé el júbilo de haberla descubierto, y me detuve con mi camello a esperar que amaneciera.

Cuatro horas esperé, hasta que el oriente se volvió gris, se apagaron las estrellas, y el gris se convirtió en una claridad rosácea orlada de oro. Oí un gemido, y vi que se agitaba una tormenta de arena entre las piedras antiguas, aunque el cielo estaba claro y las vastas extensiones del desierto permanecían en silencio. Y de repente, por el borde lejano del desierto, surgió el canto resplandeciente del sol, a través de una minúscula tormenta de arena pasajera; y en mi estado febril imaginé que de alguna remota profundidad brotaba un estrépito de música metálica saludando al disco de fuego como Memnon lo saluda desde las orillas del Nilo. Y me resonaban los oídos, y me bullía la imaginación, mientras conducía mi camello lentamente por la arena hasta aquel lugar innominado; lugar que, de todos los hombres vivientes, únicamente yo he llegado a ver.

Y vagué entre los cimientos de las casas y de los edificios, sin encontrar relieves ni inscripciones que hablasen de los hombres -si es que fueron hombres- que habían construido esta ciudad y la habían habitado hacía tantísimo tiempo. La antigüedad del lugar era malsana, por lo que deseé fervientemente descubrir algún signo o clave que probara que había sido hecha efectivamente por los hombres. Había ciertas dimensiones y proporciones en las ruinas que me producían desasosiego. Llevaba conmigo numerosas herramientas, y cavé mucho entre los muros de los olvidados edificios; pero mis progresos eran lentos y nada de importancia aparecía. Cuando la noche y la luna volvieron otra vez, el viento frío me trajo un nuevo temor, de forma que no me atreví a quedarme en la ciudad. Y al salir de los antiguos muros para descansar, una pequeña tormenta de arena se levantó detrás de mí, soplando entre las piedras grises, a pesar de que brillaba la luna, y casi todo el desierto permanecía inmóvil.

Al amanecer desperté de una cabalgata de horribles pesadillas, y me resonó en los oídos como un tañido metálico. Vi asomar el sol rojizo entre las últimas ráfagas de una pequeña tormenta de arena que flotaba sobre la ciudad sin nombre, haciendo más patente la quietud del paisaje. Una vez más, me interné en las lúgubres ruinas que abultaban bajo las arenas como un ogro bajo su colcha, y de nuevo cavé en vano en busca de reliquias de la olvidada raza. A mediodía descansé, y dediqué la tarde a señalar los muros, las calles olvidadas y los contornos de los casi desaparecidos edificios. Observe que la ciudad había sido efectivamente poderosa, y me pregunté cuáles pudieron ser los orígenes de su grandeza. Me representaba el esplendor de una edad tan remota que Caldea no podría recordarla, y pensé en Sarnath la Predestinada, ya existente en la tierra de Mnar cuando la humanidad era todavía joven, y en Ib, excavada en la piedra gris antes de la aparición de los hombres.

De repente, llegué a un lugar donde la roca del subsuelo emergía de la arena formando un bajo acantilado y vi con alegría lo que parecía prometer nuevos vestigios del pueblo antediluviano. Toscamente talladas en la cara del acantilado, aparecían las inequívocas fachadas de varios edificios pequeños o templos achaparrados, cuyos interiores conservaban quizá numerosos secretos de edades incalculablemente remotas; aunque las tormentas de arena habían borrado hacía tiempo los relieves que sin duda exhibieron en su exterior.

Las oscuras aberturas próximas a mí eran muy bajas y estaban cegadas por las arenas; pero limpié una de ellas con la pala y me introduje a gatas, llevando una antorcha que me revelase los misterios que hubiese. Una vez en el interior, vi que la caverna era efectivamente un templo, y descubrí claros signos de la raza que había vivido y practicado su religión antes de que el desierto fuese desierto. No faltaban altares primitivos, pilares y nichos, todo singularmente bajo; y aunque no veía esculturas ni frescos, había muchas piedras extrañas, claramente talladas en forma de símbolos por algún medio artificial. Era muy extraña la baja altura de la cámara cincelada, ya que apenas me permitía estar de rodillas; pero el recinto era tan grande que la antorcha revelaba una parte solamente. Algunos de los últimos rincones me producían temor; ya que determinados altares y piedras sugerían olvidados ritos de naturaleza repugnante e inexplicable que hicieron que me preguntase qué clase de hombres podían haber construido y frecuentado semejante templo. Cuando hube visto todo lo que contenía el lugar, salí gateando otra vez, ansioso por averiguar lo que pudieran revelarme los templos.

La noche se estaba echando encima; pero las cosas tangibles que había visto hacían que mi curiosidad fuese más fuerte que mi miedo, y no huí de las largas sombras lunares que me habían intimidado la primera vez que vi la ciudad sin nombre. En el crepúsculo, limpié otra abertura; y encendiendo una nueva antorcha me introduje a rastras por ella, y descubrí más piedras y símbolos enigmáticos; pero todo era tan vago como en el otro templo. El recinto era igual de bajo, aunque bastante menos amplio, y terminaba en un estrecho pasadizo en el que había oscuras y misteriosas hornacinas. Y me encontraba examinando estas hornacinas cuando el ruido del viento y mi camello turbaron la quietud, y me hicieron salir a ver qué había asustado al animal.

La luna brillaba intensamente sobre las primitivas ruinas, iluminando una densa nube de arena que parecía producida por un viento fuerte, aunque decreciente, que soplaba desde algún lugar del acantilado que tenía ante mí. Sabía que era este viento frío y arenoso lo que había inquietado al camello, y estaba a punto de llevarlo a un lugar más protegido, cuando alcé los ojos por casualidad y vi que no soplaba viento alguno en lo alto del acantilado. Esto me dejó asombrado, y me produjo temor otra vez; pero inmediatamente recordé los vientos locales y súbitos que había observado anteriormente durante el amanecer y el crepúsculo, y pensé que era cosa normal. Supuse que provenía de alguna grieta de la roca que comunicaba con alguna cueva, y me puse a observar el remolino de arena a fin de localizar su origen; no tardé en descubrir que salía de un orificio negro de un templo bastante más al sur de donde yo estaba, casi fuera de mi vista. Eché a andar contra la nube sofocante de arena, en dirección a dicho templo, y al acercarme descubrí que era más grande que los demás, y que su entrada estaba bastante menos obstruida de arena dura. Habría entrado, de no ser por la terrible fuerza de aquel viento frío que casi apagaba mi antorcha. Brotaba furioso por la oscura puerta suspirando misteriosamente mientras agitaba la arena y la esparcía por entre las espectrales ruinas. Poco después empezó a amainar, y la arena se fue aquietando poco a poco, hasta que finalmente todo quedo inmóvil otra vez; pero una presencia parecía acechar entre las piedras fantasmales de la ciudad, y cuando alcé los ojos hacia la luna, me pareció que temblaba como si se reflejara en la superficie de unas aguas trémulas. Me sentía más asustado de lo que podía explicarme, aunque no lo bastante como para reprimir mi sed de prodigios; así que tan pronto como el viento se calmó, crucé el umbral y me introduje en el oscuro recinto de donde había brotado el viento.

Este templo, como había imaginado desde el exterior, era el más grande de cuantos había visitado hasta el momento; probablemente era una caverna natural, ya que lo recorrían vientos que procedían de alguna región interior. Aquí podía estar completamente de pie; pero vi que las piedras y los altares eran tan bajos como los de los otros templos. En los muros y en el techo observé por primera vez vestigios del arte pictórico de la antigua raza, curiosas rayas onduladas hechas con una pintura que casi se había borrado o descascarillado; y en dos de los altares vi con creciente excitación un laberinto de relieves curvilíneos bastante bien trazados. Al alzar en alto la antorcha, me pareció que la forma del techo era demasiado regular para que fuese natural, y me pregunté qué prehistóricos escultores habrían trabajado en este lugar. Su habilidad técnica debió de ser inmensa.

Luego, una súbita llamarada de la caprichosa antorcha me reveló lo que había estado buscando: el acceso a aquellos abismos más remotos de los que había brotado el inesperado viento; sentí un desvanecimiento al descubrir que se trataba de una puerta pequeña, artificial, cincelada en la sólida roca. Metí la antorcha por ella, y vi un túnel negro de techo bajo y abovedado que se curvaba sobre un tramo descendente de toscos escalones, muy pequeños, numerosos y empinados. Siempre veré esos peldaños en mis sueños, ya que llegué a saber lo que significaban. En aquel momento no sabía si considerarlos peldaños o meros apoyos para salvar una pendiente demasiado pronunciada. La cabeza me daba vueltas, agobiada por locos pensamientos, y parecieron llegarme flotando las palabras y advertencias de los profetas árabes, a través del desierto, desde las tierras que los hombres conocen a la ciudad sin nombre que no se atreven a conocer. Pero sólo vacilé un momento, antes de cruzar el umbral y empezar a bajar precavidamente por el empinado pasadizo, con los pies por delante, como por una escala de mano.

Sólo en los terribles desvaríos de la droga o del delirio puede un hombre haber efectuado un descenso como el mío. El estrecho pasadizo bajaba interminable como un pozo espantosamente fantasmal, y la antorcha que yo sostenía por encima de mi cabeza no alcanzaba a iluminar las ignoradas profundidades hacia las que descendía. Perdí la noción de las horas y olvidé consultar mi reloj, aunque me asusté al pensar en la distancia que debía de estar recorriendo. Había giros y cambios de pendiente; una de las veces llegué a un corredor largo, bajo y horizontal, donde tuve que arrastrarme por el suelo rocoso con los pies por delante, sosteniendo la antorcha cuanto daba de sí la longitud de mi brazo. No había altura suficiente para permanecer de rodillas. Después, me encontré con otra escalera empinada, y seguí bajando interminablemente mientras mi antorcha se iba debilitando poco a poco, hasta que se apagó. Creo que no me di cuenta en ese momento, porque cuando lo noté, aún la sostenía por encima de mí como si me siguiera alumbrando. Me tenía completamente trastornado esa pasión por lo extraño y lo desconocido que me había convertido en un errabundo en la tierra y un frecuentador de lugares remotos, antiguos y prohibidos.

En la oscuridad, me venían al pensamiento súbitos fragmentos de mi amado tesoro de saber demoníaco: frases del árabe loco Alhazred, párrafos de las pesadillas apócrifas de Damascius, y sentencias infames del delirante Image du Monde de Gauthier de Metz. Repetía citas extrañas y murmuraba cosas sobre Afrasiab y los demonios que bajaban flotando con él por el Oxus; más tarde, recité una y otra vez la frase de uno de los relatos de Lord Dunsany: «La sorda negrura del abismo». En una ocasión en que el descenso se volvió asombrosamente pronunciado, repetí con voz monótona un pasaje de Tomás Moro, hasta que tuve miedo de recitarlo más:

Un pozo de tinieblas. negro
tomo un caldero de brujas, lleno
De drogas lunares en eclipse destiladas
Al inclinarme a mirar si podía bajar el pie
Por ese abismo, vi, abajo,
Hasta donde alcanzaba la mirada,
Negras Paredes lisas como el cristal
Recién acabadas de pulir,
Y con esa negra pez que el Trono de la Muerte
Derrama por sus bordes viscosos.


El tiempo había dejado de existir por completo cuando mis pies tocaron nuevamente un suelo horizontal, y llegué a un recinto algo más alto que los dos templos anteriores que, ahora, estaban a una distancia incalculable, por encima de mí. No podía ponerme de pie, pero podía enderezarme arrodillado; y en la oscuridad, me arrastré y gateé de un lado para otro al azar. No tardé en darme cuenta de que me encontraba en un estrecho pasadizo en cuyas paredes se alineaban numerosos estuches de madera con el frente de cristal. El descubrir en semejante lugar paleozoico y abismal objetos de cristal y madera pulimentada me produjo un estremecimiento, dadas sus posibles implicaciones. Al parecer, los estuches estaban ordenados a lo largo del pasadizo a intervalos regulares, y eran oblongos y horizontales, espantosamente parecidos a ataúdes por su forma y tamaño. Cuando traté de mover uno o dos, a fin de examinarlos, descubrí que estaban firmemente sujetos.

Comprobé que el pasadizo era largo y seguí adelante con rapidez, emprendiendo una carrera a cuatro patas que habría parecido horrible de haber habido alguien observándome en la oscuridad; de vez en cuando me desplazaba a un lado y a otro para palpar mis alrededores y cerciorarme de que los muros y las filas de estuches seguían todavía. El hombre está tan acostumbrado a pensar visualmente que casi me olvidé de la oscuridad, representándome el interminable corredor monótonamente cubierto de madera y cristal como si lo viese. Y entonces, en un instante de indescriptible emoción, lo vi.

No sé exactamente cuándo lo imaginado se fundió a la visión real; pero surgió gradualmente un resplandor delante de mí, y de repente me di cuenta de que veía los oscuros contornos del corredor y los estuches a causa de alguna desconocida fosforescencia subterránea. Durante un momento todo fue exactamente como yo lo había imaginado, ya que era muy débil la claridad; pero al avanzar maquinalmente hacia la luz cada vez más fuerte, descubrí que lo que yo había imaginado era demasiado débil. Esta sala no era una reliquia rudimentaria como los templos de arriba, sino un monumento de un arte de lo más magnífico y exótico. Ricos y vívidos y atrevidamente fantásticos dibujos y pinturas componían una decoración mural continua cuyas líneas y colores superarían toda descripción. Los estuches eran de una madera extrañamente dorada, con un frente de exquisito cristal, y contenían los cuerpos momificados de unas criaturas que superarían en grotesca fealdad los sueños más caóticos del hombre.

Es imposible dar una idea de estas monstruosidades. Era de naturaleza reptil con unos rasgos corporales que unas veces recordaban al cocodrilo, otras a la foca, pero más frecuentemente a seres que el naturalista y el paleontólogo no han conocido jamás. Tenían más o menos el tamaño de un hombre bajo, y sus extremidades anteriores estaban dotadas de unas zarpas delicadas claramente parecidas a las manos y los dedos humanos. Pero lo más extraño de todo eran sus cabezas, cuyo contorno transgredía todos los principios biológicos conocidos. No hay nada a lo que aquellas criaturas se pueda comparar con propiedad... fugazmente, pensé en seres tan diversos como el gato, el perro dogo, el mítico sátiro y el ser humano. Ni el propio Júpiter tuvo una frente tan enorme y protuberante; sin embargo, los cuernos, la carencia de nariz y la mandíbula de caimán, les situaba fuera de toda categoría establecida. Durante un rato dudé de la realidad de las momias, casi inclinándome a suponer que se trataba de ídolos artificiales; pero no tardé en convencerme de que eran efectivamente especies paleógenas que habían existido cuando la ciudad sin nombre estaba viva. Como para rematar el carácter grotesco de sus naturalezas, la mayoría estaban suntuosamente vestidas con tejidos costosos y lujosamente cargadas de adornos de oro, joyas y metales brillantes y desconocidos.

La importancia de estas criaturas reptiles debió de ser inmensa, ya que estaban en primer término, entre los extravagantes motivos de los frescos que decoraban las paredes y los techos. El artista las había retratado con inigualable habilidad en su propio mundo, en el cual tenían ciudades y jardines trazados según sus dimensiones; y no pude por menos de pensar que su historia representada era alegórica, revelando quizá el progreso de la raza que las adoraba. Estas criaturas, me decía, debían de ser para los habitantes de la ciudad sin nombre lo que fue la loba para Roma, o los animales totémicos para una tribu de indios.

Siguiendo esta teoría, pude descifrar someramente una épica asombrosa de la ciudad sin nombre: la crónica de una poderosa metrópoli costera que gobernó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus luchas cuando el mar se retiró y el desierto invadió el fértil valle que la mantenía. Vi sus guerras y sus triunfos, sus tribulaciones y derrotas, y después, su terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes -representados aquí alegóricamente como grotescos reptiles- se vieron empujados a abrirse camino hacia abajo, excavando la roca de alguna forma prodigiosa, en busca del mundo del que les habían hablado sus profetas. Todo era misteriosamente vívido y realista; y su conexión con el impresionante descenso que yo había efectuado era inequívoco. Incluso reconocía los pasadizos.

Al avanzar por el corredor hacia la luz más brillante, vi nuevas etapas de la épica representada: la despedida de la raza que había habitado la ciudad sin nombre y el valle hacía unos diez millones de años; la raza cuyas almas se negaban a abandonar los escenarios que sus cuerpos habían conocido durante tanto tiempo, en los que se habían asentado como nómadas durante la juventud de la tierra, tallando en la roca virgen aquellos santuarios en los que no habían dejado de practicar sus cultos religiosos. Ahora que había más luz, pude examinar las pinturas con más detenimiento; y recordando que los extraños reptiles debían de representar a los hombres desconocidos, pensé en las costumbres imperantes en la ciudad sin nombre. Había muchas cosas inexplicables. La civilización, que incluía un alfabeto escrito, había llegado a alcanzar, al parecer, un grado superior al de aquellas otras inmensamente posteriores de Egipto y de Caldea; aunque noté omisiones singulares. Por ejemplo, no pude descubrir ninguna representación de la muerte o de las costumbres funerarias, salvo en las escenas de guerra, de violencia o de plagas; así que me preguntaba por qué esta reserva respecto de la muerte natural. Era como si hubiesen abrigado un ideal de inmortalidad como una ilusión esperanzadora.

Más cerca del final del pasadizo había pintadas escenas de máximo exotismo y extravagancia: vistas de la ciudad sin nombre que ahora contrastaban por su despoblación y su creciente ruina, y de un extraño y nuevo reino paradisíaco hacia el que la raza se había abierto camino con sus cinceles a través de la roca. En estas perspectivas, la ciudad y el valle desierto aparecían siempre a la luz de la luna, con un halo dorado flotando sobre los muros derruidos y medio revelando la espléndida perfección de los tiempos anteriores, espectralmente insinuada por el artista. Las escenas paradisíacas eran casi demasiado extravagantes para que resultaran creíbles, retratando un mundo oculto de luz eterna, lleno de ciudades gloriosas y de montes y valles etéreos. Al final, me pareció ver signos de un anticlímax artístico. Las pinturas se volvieron menos hábiles y mucho más extrañas, incluso, que las más disparatadas de las primeras. Parecían reflejar una lenta decadencia de la antigua estirpe, a la vez que una creciente ferocidad hacia el mundo exterior del que les había arrojado el desierto. Las formas de las gentes -siempre simbolizadas por los reptiles sagrados- parecían ir consumiéndose gradualmente, aunque su espíritu, al que mostraban flotando por encima de las ruinas bañadas por la luna, aumentaba en proporción. Unos sacerdotes flacos, representados como reptiles con atuendos ornamentales, maldecían el aire de la superficie y a cuantos seres lo respiraban; y en una terrible escena final se veía a un hombre de aspecto primitivo -quizá un pionero de la antigua Irem, la Ciudad de los Pilares-, en el momento de ser despedazado por los miembros de la raza anterior. Recuerdo el temor que la ciudad sin nombre inspiraba a los árabes, y me alegré de que más allá de este lugar, los muros grises y el techo estuviesen desnudos de pinturas.

Mientras contemplaba el cortejo de la historia mural, me fui acercando al final del recinto de techo bajo, hasta que descubrí una entrada de la cual subía la luminosa fosforescencia. Me arrastré hasta ella, y dejé escapar un alarido de infinito asombro ante lo que había al otro lado; pues en vez de descubrir nuevas cámaras más iluminadas, me asomé a un ilimitado vacío de uniforme resplandor, como supongo que se vería desde la cumbre del monte Everest, al contemplar un mar de bruma iluminada por el sol. Detrás de mí había un pasadizo tan angosto que no podía ponerme de pie; delante, tenía un infinito de subterránea refulgencia.

Del pasadizo al abismo descendía un pronunciado tramo de escaleras -de peldaños pequeños y numerosos, como los de los oscuros pasadizos que había recorrido-; aunque unos pies más abajo los ocultaban los vapores luminosos. Abatida contra el muro de la izquierda, había abierta una pesada puerta de bronce, increíblemente gruesa y decorada con fantásticos bajorrelieves, capaz de aislar todo el mundo interior de luz, si se cerraba, respecto de las bóvedas y pasadizos de roca. Miré los peldaños, y de momento, me dio miedo descender por ellos. Tiré de la puerta de bronce, pero no pude moverla. Luego me tumbé boca abajo en el suelo de losas, con la mente inflamada en prodigiosas reflexiones que ni siquiera el mortal agotamiento podía disipar.

Mientras estaba tendido, con los ojos cerrados y pensando libremente, me volvieron a la conciencia muchos detalles que había observado de pasada en los frescos con un significado nuevo y terrible; escenas que representaban la ciudad sin nombre en su esplendor, la vegetación del valle que la rodeaba, y las tierras distantes con las que sus mercaderes comerciaban. La alegoría de las criaturas reptantes me desconcertaba por su universal distinción, y me asombraba que se conservase con tanta insistencia en una historia de tal importancia. En los frescos se representaba la ciudad sin nombre guardando la debida proporción con los reptiles. Me preguntaba cuáles serían sus proporciones reales y su magnificencia, y medité un momento sobre determinadas peculiaridades que había notado en las ruinas. Me parecía extraña la escasa altura de los templos primordiales y del corredor del subsuelo, tallado indudablemente por deferencia a las deidades reptiles que ellos adoraban; aunque, evidentemente, obligaban a los adoradores a reptar. Quizá los mismos ritos comportaban esta imitación de las criaturas adoradas. Sin embargo, ninguna teoría religiosa podía explicar por qué los pasadizos horizontales que se intercalaban en ese espantoso descenso eran tan bajos como los templos... o más, puesto que no era posible permanecer siquiera de rodillas. Al pensar en las criaturas reptiles, cuyos espantosos cuerpos momificados tenía tan cerca de mí, sentí un nuevo sobresalto de terror. Las asociaciones de la mente son muy extrañas; y me encogí ante la idea de que, salvo el pobre hombre primitivo despedazado de la última pintura, la mía era la única forma humana, en medio de las numerosas reliquias y símbolos de vida primordial.

Pero en mi extraña y errabunda existencia, el asombro siempre se imponía a mis temores; pues el abismo luminoso y lo que podía contener planteaban un problema valiosísimo para el más grande explorador. No me cabía duda de que al pie de aquella escalera de peldaños singularmente pequeños había un mundo extraño y misterioso, y esperaba encontrar allí los recuerdos humanos que las pinturas del corredor no me habían podido ofrecer. Los frescos representaban ciudades y valles increíbles de esta región inferior, y mi imaginación se demoraba en las ricas ruinas que me esperaban.

Mis temores, efectivamente, se relacionaban más con el pasado que con el futuro. Ni siquiera el horror físico de mi situación en aquel angosto corredor de reptiles muertos y frescos antediluvianos, millas por debajo del mundo que yo conocía, y ante ese otro mundo de luces y brumas espectrales, podía compararse con el miedo que sentía ante la abismal antigüedad del escenario y de su espíritu. Una antigüedad tan inmensa que empequeñecía todo cálculo parecía mirar de soslayo desde las rocas primordiales y los templos tallados de la ciudad sin nombre, mientras que los últimos mapas asombrosos de los frescos mostraban océanos y continentes que el hombre ha olvidado, cuyos contornos eran vagamente familiares. Nadie sabía qué podía haber sucedido en las edades geológicas ya que las pinturas se interrumpían, y la resentida y rencorosa raza había sucumbido a la decadencia. En otro tiempo, estas cavernas y la luminosa región que se abría más allá habían hervido de vida; ahora, me encontraba solo entre estas vívidas reliquias, y temblaba al pensar en los incontables siglos durante los cuales dichas reliquias habían mantenido una vigilia muda y abandonada.

De pronto, me invadió nuevamente aquel agudo terror que de cuando en cuando me asaltaba desde que había visto el terrible valle y la ciudad sin nombre bajo la fría luna; y a pesar de mi cansancio, me sorprendí a mí mismo incorporándome frenéticamente, y mirando hacia el oscuro corredor, hacia los túneles que subían al mundo exterior. Me dominó el mismo sentimiento que me había hecho abandonar la ciudad sin nombre por la noche, y que era tan inexplicable como acuciante. Un momento después, sin embargo, sufrí una impresión aún mayor en forma de un ruido definido: el primero que quebraba el absoluto silencio de estas profundidades sepulcrales. Fue un gemido bajo, profundo, como de una multitud lejana de espíritus condenados; y provenía del lugar hacia donde yo miraba. El rumor fue creciendo rápidamente, y no tardó en resonar de forma espantosa por el bajo pasadizo. Al mismo tiempo, tuve conciencia de una corriente de aire frío, cada vez más fuerte, idéntica a la que brotaba de los túneles y barría la ciudad. El contacto de ese viento pareció devolverme el equilibrio, porque instantáneamente recordé las súbitas ráfagas que se levantaban en torno a la entrada del abismo en el amanecer y el crepúsculo, una de las cuales, efectivamente, me había revelado los túneles secretos. Consulté mi reloj y vi que faltaba poco para amanecer, así que me preparé para resistir el vendaval que regresaba a su caverna, del mismo modo que había salido al atardecer. Mi miedo disminuyó otra vez, ya que un fenómeno natural tiende a disipar las lucubraciones sobre lo desconocido.

Cada vez entraba con más violencia el quejumbroso y aullante viento de la noche, precipitándose en el abismo subterráneo. Me dejé caer de nuevo boca abajo, y me agarré vanamente al suelo, temiendo que me arrastrara por la puerta y me precipitara en el abismo fosforescente. No me había esperado una furia semejante; y al darme cuenta de que, en efecto, me iba deslizando por el suelo hacia el abismo, me asaltaron mil nuevos terrores imaginarios. La malignidad de aquella corriente despertó en mí increíbles figuraciones; una vez más me comparé, con un estremecimiento, a la única imagen humana del espantoso corredor, al hombre despedazado por la desconocida raza; porque los zarpazos demoníacos de los torbellinos parecían contener una furia vindicativa tanto más fuerte cuanto que me sentía casi impotente. Cerca del final, creo que grité frenéticamente -casi enloquecido-; si fue así, mis gritos se perdieron en aquella babel infernal de espíritus aulladores. Traté de retroceder arrastrándome contra el torrente invisible y homicida, pero no podía afianzarme siquiera, y seguía siendo arrastrado lenta e inexorablemente hacia el mundo desconocido. Por último, se me debió de trastornar la razón, y empecé a balbucear, una y otra vez, aquel inexplicable dístico del árabe loco Abdul Alhazred, que soñó con la ciudad sin nombre:

«Que no está muerto lo que yace eternamente,
Y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir».


Sólo los ceñudos y severos dioses del desierto saben lo que ocurrió en realidad; qué forcejeos y luchas sostuve en la oscuridad, o qué Abaddón me guió de nuevo a la vida, donde siempre habré de recordar, y estremecerme, cuando sopla el viento de la noche, hasta que el olvido o algo peor me reclame. Fue monstruoso, inmenso, antinatural... muy lejos de cuanto el hombre pueda concebir, salvo en las primeras horas silenciosas y detestables de la madrugada, cuando uno no puede dormir.

He dicho que la furia del viento era infernal -cacodemoníaca-, y que sus voces eran espantosas a causa de una perversidad reprimida durante eternidades de desolación. Luego, estas voces, aunque delante de mí seguían siendo caóticas, imaginó mi cerebro enfebrecido que adoptaban forma articulada detrás; y allá en la tumba de unas antigüedades muertas hacía innumerables evos, leguas debajo del mundo diurno de los hombres, oí horribles maldiciones y gruñidos de demonios de extrañas lenguas. Al volverme, vi recortarse contra el éter luminoso del abismo lo que no podía verse en la oscuridad del corredor: una horda pesadillesca de seres que se precipitaban, de demonios semitransparentes distorsionados por el odio, grotescamente ataviados, y pertenecientes a una raza que nadie habría podido confundir: la de las criaturas reptiles de la ciudad sin nombre.

Cuando se calmó el viento, me envolvió la negrura más absoluta de las entrañas de la tierra; porque detrás de la última de las criaturas, la gran puerta de bronce se cerró de golpe con un estruendo ensordecedor de música metálica cuyos ecos ascendieron hasta el mundo distante para saludar al sol naciente, como lo saluda Memnón desde las orillas del Nilo.


Dioses