Han pasado tres años desde aquella noche.

Yo no debí haber estado ahí, ellos lo sabían. Ese día salí muy temprano a la casa de un amigo, sus padres no estarían y tenía un nuevo videojuego de terror; pasaríamos toda la noche jugando.

Ellos lo sabían, yo no debí haber estado ahí esa noche, mi amigo debió estar solo. Ellos lo habían observado por días como hacen siempre y sabían que esa noche estaría solo. Desde el momento en que lo eligieron, no había marcha atrás.

Pero tal vez quieras saber quiénes son ellos. Bueno, la verdad… aún no estoy seguro, sigo sin asimilar lo que pasó aquella noche; pero te contaré lo que hasta ahora sé, para que tengas cuidado.

Ellos se encuentran en todas partes, en ningún lugar estás exento de ser su víctima. Eligen a una persona, no sé bien cómo o en qué características se basan, pero una vez que te eligen no cambiarán de opinión: te vigilan, te estudian y estudian a todas las personas que conoces. Día tras día te observan cuidadosamente sin que tú te percates de su presencia.

Y esperan la noche en que su víctima esté sola, es en ese momento cuando todo empieza.

Aquel día llegué alrededor de las 8:00 p.m. a su casa. Sus padres habían salido desde temprano y él había preparado todo lo necesario para pasar jugando toda la noche. Al día siguiente no habría clases, así que yo regresaría a mi casa por la mañana. Pasamos un buen rato jugando, el tiempo pasó tan pronto que cuando nos dimos cuenta ya era la una de la madrugada. Nos habíamos llevado algunos sustos con el juego, así que comenzamos a hacer bromas con la situación; ahí fue cuando todo se puso raro. Empezamos a escuchar ruidos extraños afuera de la habitación, que al principio pensábamos que no era nada importante, e hicimos algunos chistes en relación a lo que jugábamos. «Deben ser los zombis», nosotros sólo reíamos. Pero nos comenzamos a poner tensos cuando el sonido se oía más claro: eran pisadas, se escuchaban pisadas por todo el pasillo de afuera.

—¿Crees que tus padres hayan regresado? —le pregunté, a lo que él respondió que sus padres regresarían hasta el día siguiente, por la tarde. Además, el número de pasos que se escuchaban eran demasiados como para ser sólo sus padres.

De pronto, luego de oír todos esos pasos acercándose cada vez más a la puerta, hubo un profundo silencio.

—¿Hay alguien afuera?… ¿Quién está ahí? —comenzamos a preguntar, nerviosos. Estábamos seguros de que había alguien afuera, pero esos sonidos… ¿quién podría ser? En la habitación en la que estábamos había una computadora que mi amigo había encendido desde que comenzamos a jugar, era una costumbre suya. Se escuchó un sonido que provenía de ella, un sonido familiar, pero que por el miedo que teníamos en ese momento nos provocó una reacción de sobresalto a ambos. Era sólo un correo electrónico que le había llegado, pues también había dejado la ventana de su correo abierta. Ver esto nos dio algo de sosiego, y hasta reímos un poco; sin embargo, la tensión volvió a nosotros al notar que la dirección de quien lo enviaba era irreconocible, una combinación aleatoria de números y letras. Dudamos abrirlo, pero mi amigo decidió hacerlo. Quedamos completamente paralizados tras leer lo que decía el correo:

«Pase lo que pase, no abras la puerta».

Con tan sólo leer esas palabras, una sensación completamente rara invadió mi corazón. En ese momento realmente sentía pánico, pero el mensaje decía más.

«Ellos están afuera. Por favor, hagas lo que hagas, escuches lo que escuches, no abras la puerta. Intentarán convencerte de que lo hagas, tienen muchos métodos; pueden fingir ser alguien que conoces, un familiar, un amigo, y sus voces sonarán igual. Tal vez te pidan ayuda, te dirán que están lastimados, te suplicarán que abras la puerta. Pero escuches lo que escuches esta noche, no abras. Trata de ignorarlos, trata de dormir, mañana todo estará bien. Ellos jugarán con tu mente; no lo permitas. Por favor, créeme, ¡no abras la puerta!».

Cuando terminamos de leer yo no sabía qué pensar. Tal vez era una broma tonta de alguien, tal vez incluso era mi amigo quien me jugaba una broma… pero él tenia esa expresión, estaba tan asustado como yo, lo pude sentir. Ahora sabíamos que había alguien ahí afuera, tras la puerta. De pronto, llegó el momento más aterrador que nos pudimos esperar; en ese instante un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y me dejó paralizado. Una voz se escuchó, provenía de atrás de la puerta. Mi amigo estaba seguro y yo lo puedo corroborar: la voz era la de su madre.

—Hijo por favor ábreme, tu padre y yo tuvimos un accidente en el auto, estamos muy lastimados… por favor, abre, ayúdanos. —Al escuchar esto mi amigo sólo retrocedió un paso. Aún puedo recordar esa expresión en su rostro, estaba en shock. Estoy seguro de que ninguno de los dos lo creíamos ni sabíamos qué hacer.

—Hijo por favor, abre, ¿qué esperas? Necesitamos tu ayuda… —Sin lugar a dudas, ésa era la voz de su padre. Eran las voces moribundas de sus padres tras la puerta, clamando por ayuda. Mi amigo y yo permanecimos sin reacción por algunos segundos, después él se volteó lentamente, y me dijo:

—Esos realmente son mis padres. Necesitan ayuda, abriré la puerta.

Se propuso dirigirse hacia la puerta, pero lo detuve.

—Recuerda el correo, lo que nos dijo que pasaría, ¿no se te hace extraño?, ¿qué tal si es verdad y ellos no son tus padres? —Él lo único que hizo fue hacer que lo soltara. «No digas tonterías», me dijo. «Tú los escuchaste, ésas eran las voces de mis padres. El correo debe de ser una estúpida coincidencia». Se dirigió a la puerta sin que pudiera hacer nada.

La verdad, no sé qué me hizo hacerlo, pudo ser el miedo que me invadía… pero al verlo dirigirse a la puerta, lo único que pensé fue correr hacia el armario en donde mi amigo guardaba algunas de sus cosas y esconderme ahí. No sabía lo que pasaría, pero en verdad tenía miedo.

Lo que escuché a continuación aún no lo olvido, y hasta el día de hoy tengo pesadillas con ello. Él abrió la puerta, y después sólo pude escuchar sus gritos. Eran unos gritos desgarrantes, llenos de dolor y terror; yo no pude hacer nada más que permanecer inmóvil, hasta que después de unas horas me quedé dormido.

Al despertar por la mañana, me extrañó ver el lugar en que me encontraba, y luego lo recordé todo. Salí del armario y en la habitación no había nadie. Noté de inmediato que ya era de día y que la puerta estaba abierta, así que decidí salir. Busqué por toda la casa esperando encontrarlo y que me dijera que todo había sido una broma, pero mi amigo no estaba. En la tarde llegaron sus padres y les conté lo sucedido, llamaron a la policía y lo buscaron por días, pero él nunca apareció. El correo que le había llegado esa noche también desapareció, y para ser honesto creo que nadie creyó nada de lo que les había contado.

Aunque… no importa que nadie me creyera, yo sé lo que pasó esa noche y sé que ellos estaban ahí afuera. También sé que no debí haber estado ahí, que no debería saber que ellos existen.

Aún no sé por qué lo hacen, creo que sólo tratan de divertirse con las personas, con su pánico… alguna especie de juego. Cada día lo analizo y trato de aprender más de ellos; sé que sólo llegan en la noche y que pueden imitar cualquier voz, que si no abres la puerta se irán y también creo que siempre recibirás ese extraño mensaje de advertencia, debe ser parte de su macabro juego.

No debí estar ahí ese día, y no debería saber que ellos existen. Sé que algún día regresaran por mí, pero pase lo que pase, no abriré la puerta.
Con cada día que transcurría la guerra parecía más eterna, y con ello, el sueño de regresar con su amada Victoria parecía cada vez más imposible para Christopher. Era un joven soldado de 22 años de edad, y apenas tres meses como recluta. Su patria lo había separado de Victoria, su aún más joven prometida con quien se casaría cuando volviese a casa; los separaron una semana antes de su boda y todo se tuvo que posponer. Fue asignado al escuadrón 208, compuesto por simples campesinos inexpertos en los asuntos militares. Su sargento los guiaba y la experiencia que tenía era de sólo ocho meses. No existía otra opción, los enemigos acabaron con los verdaderos soldados en demasiados frentes, se necesitaba reclutar hombres fuertes y jóvenes, al menos para servir de escudos humanos. Sus oponentes tenían armas superiores, soldados sádicos, fríos y calculadores, y su número los sobrepasaba por millones.

En sólo tres meses, los 300 hombres pertenecientes al escuadrón 208 se convirtieron en cincuenta, y en los veinte minutos anteriores una bomba dejó a quince de ellos heridos. Christopher acariciaba el gorro que le tejió Victoria antes de partir, recordando el día que la encontró haciéndolo.

Era otoño, un triste y frío otoño, Christopher partiría en una semana y había pasado los últimos días arreglando todo en lugar de disfrutar a su amada Victoria. Una mañana el canto de un gallo lo despertó, y se dirigió a la cocina, como cada día, para saludar a su esposa; al llegar notó que la mesa estaba completamente vacía y Victoria no estaba en la habitación. Siempre que él llegaba a la cocina estaba sobre la mesa un cazo lleno de melón partido, servido por su amada como aperitivo antes del desayuno. Victoria era una cocinera excepcional, y que el cazo no se encontrase ese día le pareció demasiado extraño. De pronto, un gran grito sonó; era de Victoria y venía del estudio. Christopher corrió preocupado de que su prometida estuviese en problemas. Abierta la puerta del estudio, miró cómo una gota caía de la mano de Victoria.

«Quería que fuera una sorpresa», decía con su dulce voz, «pero torpemente me encajé la aguja y no pude soportar el dolor». Victoria sostenía entre las piernas un gorro tejido completamente a mano. Estaba a la mitad, pero aun así era verdaderamente hermoso. «A donde vas el frío es más intenso, tu mente siempre será la mejor arma, y con esto esperaba que no se dañara». Christopher sonrió y se acercó a Victoria, quitó el gorro y las cosas de tejido y las puso sobre la mesa de al lado. Después tomó sus dos manos con mucho cuidado; la herida ya no sangraba, pero aún dolía. Christopher le sonrió y besó mientras la rodeaba con sus brazos. Una semana después él partió, la última frase de su amada fue «Para el frío y la tristeza». Mientras le entregaba el gorro terminado, Christopher le secó sus lágrimas y besó su frente; era un hasta luego, pero Victoria estaba temerosa, y besó sus labios por si llegaba a ser un adiós.

Christopher soltó su primera lágrima desde que lo enlistaron, los recuerdos lo debilitaron por el miedo de no volver a ver a Victoria. Esa noche le tocaba guardia, estaban en un pantano realmente peligroso donde una emboscada era un plato simple. Christopher escuchó un sonido próximo a él, miraba cómo los matorrales se movían mientras cargaba su pistola con silenciador; un susurro en la noche, un disparo preciso y todo estaría bien. Christopher esperó, y cuando estaba lo suficientemente cerca, se abalanzó sobre lo que hubiera al otro lado disparándole en la cabeza, justo entre cada ojo. Viejo, arrugado, verrugas por todo el cuerpo llenas de pelo, piel babosa y mugrienta, enorme para su clase y con piernas realmente grandes. «Una maldita rana», pensó cuando vio lo que había matado. A su lado estaba algo realmente curioso, una rosa silvestre. Quedó perplejo ante tal belleza, completamente abierta y con un rojo celeste que brillaba bajo la luna como una pequeña estrella roja. Su tallo era largo y frondoso, con grandes y afiladas espinas. «Sería perfecta para Vicky», pensó Christopher guardando su arma y sacando su cuchilla. «Tendré mucho cuidado de no arruinarla», y con esto, procedió a cortar el tallo y quitarle las espinas. Un estruendo lo interrumpió, era una explosión procedente de su campamento, seguida de los gritos de dolor de sus compañeros y una ráfaga de disparos; las espinas se encajaron en su mano, provocando un dolor insoportable que sólo podía soportar, pues si gritaba la muerte reclamaría su alma, y con ello la esperanza de volver a ver a Victoria desaparecería.

El sonido de las llamas consumiendo el campamento era el único ruido que se escuchaba en aquella silenciosa noche. Christopher se ocultaba entre la maleza con la rosa a su lado; pero un disparó hizo que los pétalos se mancharan en sangre y él cerrara sus ojos sin saber qué había sucedido. Su pensamiento final fue «Perdón…», mientras recordaba la cara de su amada por última vez antes de dormir en la eternidad.

—Ella morirá —dijo una voz grave que hizo a Christopher abrir los ojos—. Así como esta rosa se marchita lo hará su corazón. —Un sujeto alto sostenía entre su mano la rosa que Christopher había encontrado, pero ahora lentamente se ennegrecía y perdía su vitalidad, junto con su belleza.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —preguntó Christopher mirando aquel extraño suceso, demasiado inquieto y asustado. El sujeto portaba un traje negro como la noche y estaban en un cuarto limpio con paredes blancas, vacío, iluminado por dos grandes ventanas a los lados de la habitación. Detrás del enigmático personaje había una puerta blanca de metal, se notaba su gran seguridad.

—Sólo seis preguntas, ni una más, ni una menos —dijo aquel extraño ser mientras sonreía perversamente—. Después sólo podrás decidir, así que elije bien, Christopher.

¿Cómo sabía su nombre? ¿Estaba muerto? ¿Qué había sucedido? Millones de preguntas asediaban la mente de Christopher, pero no se atrevía a decir ninguna. Entonces el sujeto comenzó a hablar:

—Estás muerto y yo soy el Diablo, van dos.

Christopher se asustó con esa respuesta, no había vuelta atrás. Se armó de valor y comenzó a preguntar:

—¿Qué hago aquí?

—Decidir si salvar a Victoria, tres.

—¿De qué?

—De mí, cuatro.

—¿Por qué?

—Su corazón no aguantará tu muerte, y yo reclamaré su alma después de que se suicide, cinco.

Christopher sólo tenía una oportunidad, no debía fallar:

—¿Cómo la salvo?

El Diablo sonrió:

—Pregunta correcta. Verás, tú siempre has sido un hombre puro al que jamás he podido corromper. Respetas y le eres fiel a tu amada Victoria, no tienes vicios, eres caritativo y hasta este momento sólo has matado a una mísera rana, y te sentiste horrible con eso. Para mí eres intocable y un alma realmente valiosa; Victoria es pura al igual que ti, pero un suicidio y será mía.

—Maldito infeliz, no te atrevas a tocarla.

—¿O qué? Tú estarás en el Paraíso, no podrás tocarme, ni a mí ni a ella —Volvió a sonreír—. Pero a pesar de eso puede que tenga a los dos.

—¿A qué te refieres?

Una cuarta sonrisa brotó de su cara:

—Dame tu alma y yo te daré una oportunidad, ése es el cómo; le llevaré la rosa que quisiste darle y junto a ella una carta que escribirás aquí, si es que aceptas.

—¿Cómo sabré que cumplirás?

—No responderé una sola pregunta más, tendrás que arriesgarte, todo o nada.

Christopher dudó, no podía confiar en él; pero tenía que, era su única oportunidad, así que lo arriesgó todo:

—Acepto.

Una sonrisa más perversa y grande:

—Excelente decisión —Estiró su mano hacia Christopher y él la tomó; un dolor invadió su cuerpo, una silla y un escritorio brotaron debajo de él, terminando sentado frente a la mesa en donde había papel y una pluma con tinta—. Escribe y dime cuando estés listo.

Christopher escribió:

Querida Victoria:

Estoy en una habitación blanca con un extraño señor que dice ser el mismísimo Diablo. Me ha dejado escribirte una carta y llevarte una rosa que encontré para ti. La dura verdad es que he muerto, no podré volver a tu lado… espero que me perdones por eso.

Eres joven mi amor, eres hermosa y una mujer impresionante y única, cualquier hombre sería afortunado de estar a tu lado. Hubiera amado ser quien compartiera la vida contigo… pero no pudo ser así. Duele saberlo, pero ahora sólo me importas tú. Por favor, Vicky, busca a alguien más, alguien a quien puedas amar y te ame igual o más de lo que yo, que te haga tan feliz como siempre quise hacerte; encuentra a alguien que esté a tu lado y pueda hacer todo aquello que quisimos. No te pido que me cambies, sino que vivas tu vida al máximo. Tienes veinte años, tienes todo por delante, aprovéchalo y se feliz, y por favor, siempre recuerda que te amo y aunque haya muerto no lo dejaré de hacer jamás. Te cuidaré desde donde quiera que esté. Sigue siendo aquella maravillosa mujer de la que me enamoré.

Te ama, Christopher.

Posdata: La vida es hermosa, disfrútala.

—Terminé —dijo Christopher.

—Muy bien —Su sexta y última sonrisa, y el Diablo se fue transformado en una sombra, llevándose consigo la carta.

El cuarto se oscureció y de las paredes brotó sangre sin parar. Christopher no se asustó, una lágrima salió de cada ojo, del derecho por felicidad, pues creía haber salvado a Victoria; del izquierdo por tristeza, pues no pudo decirle adiós por última vez, y en silencio las sombras lo fueron consumiendo poco a poco.

Tocaron a la puerta de Victoria. Ella fue a abrir y encontró en el suelo una rosa realmente bella al lado de un sobre blanco, sin firma. Miró alrededor y no encontró nada ni a nadie, así que volvió adentro. Abrió el sobre y lloró como nunca lo había hecho: Christopher se había ido. La rosa era su recuerdo, así que la plantó en el jardín para mirarla por la ventana cada vez que se levantase.

Los años pasaron y muchos amaron a Victoria. La abuelita Vicky, para los niños del pueblo, tuvo muchos pretendientes, pero ninguno la conquistó; ella sólo amaba a un hombre, y así sería siempre, aunque él ya no estuviera. La guerra terminó y el vencedor fue un milagro, el ejército enemigo terminó por colapsar y caer ante el nuestro, la rosa silvestre se convirtió en un rosal que cubrió todo el patio de la casa, e inclusive a la casa misma; todas las rosas eran tan bellas como la primera y en las noches era un espectáculo que ver, pues el brillo era hermoso para cualquiera. Para Victoria ése era el amor que se sintieron Christopher y ella, un amor tan grande que superó a la misma muerte. Al final ella pereció como todos lo hacen, y fue enterrada en medio de una corona de rosas, justo en medio de su patio. Todo el pueblo asistió, pues todos la amaban; ella había sido la mujer más buena de todo el pueblo, en especial en los tan difíciles años de guerra, cuando regalaba su ayuda y su felicidad a aquellos que más lo necesitaban, e incluso a quienes ni siquiera la merecían. Había sido una mujer ejemplar…

Entonces Victoria abrió los ojos, y frente a ella un hombre en un traje oscuro la miraba con una gran sonrisa.

—Seis preguntas, ni una más, ni una menos, después sólo podrás elegir —Victoria miró a su alrededor: un cuarto blanco con dos ventanas que iluminaban el lugar, y una gran puerta de metal frente a ella. El hombre habló—. Así que escoge bien Victoria

Como todo joven, a mis 22 años salí en busca de mi independencia. Mis padres siempre me regañaban por las minúsculas travesuras que hacía en casa, como no dejar algo en su lugar, no lavar los platos y otras cosas tan sencillas de las que ellos hacían un mundo.

Así pues, decidí, con un dinero que ellos me habían facilitado, buscarme un lugar propio para vivir; pero claro, seguir con los estudios universitarios que ellos me solventaban. Básicamente era seguir dependiendo de ellos, pero desde otro lugar.

Mis padres aceptaron sólo porque les di un discurso muy emotivo, como todo estudiante de derecho, sobre las responsabilidades de un joven adulto, la independencia y más palabrería barata que aprendí de mis profesores.

Tras hacerlos acceder empecé a buscar una casa para mí solo. Como ellos no me darían suficiente dinero como para comprar una casa con piscina (lo cual era mi sueño para hacer grandes fiestas, o quizás grabar una película) o una mansión como los grandes capos del narcotráfico, decidí buscar una casa algo pequeña, de bajo precio pero segura. Fue entonces que en mi búsqueda me topé con una casa de un solo piso, ligeramente cómoda, y que por fuera tenía un aire barroco, como de la antigua Europa.

La casa estaba en venta desde hace poco, se encontraba en buen estado y la pareja dueña de la casa tenía un trato muy amable que me hacía sentir cómodo y confiar en ellos. Según me dijeron querían vender la casa porque su economía mejoraba cada vez más, lo suficiente como para comprar una gran mansión con dos piscinas, y claro, como para restregármelo en la cara. Pero como dicen por ahí, todos empiezan desde abajo.

Así que accedí a comprar la casa. El papeleo no demoró mucho, después de haber cancelado el precio acordado me dieron los papeles de mi nueva casa, y por primera vez en mi vida me sentí como un verdadero hombre, con una casa estilo europea que seguro le encantaría a las chicas del lugar. Empecé tomándole fotos a mi nueva casa para después alardear con mis amigos, la ordené y la limpié cuidadosamente por dentro, trasladando las pocas cosas que tenía en mi habitación y llevándome algunos muebles de mis padres.

La casa estaba algo vacía, pero era un comienzo. Finalmente entré a lo que sería mi habitación. Mi nueva habitación media el triple de la que tenía en casa de mis padres, estaba adornada con grandes arañas que alumbraban el techo. Era una habitación digna de un rey, o en mi caso de un príncipe. Arreglé todo a mi gusto para echarme sobre ella y descansar del ajetreo de ese día.

El cansancio hizo que me durmiera y no me levantase hasta cuatro horas después, a las 8:30 p.m. Cuando abrí los ojos, noté un rostro en el techo. Me quedé pasmado, había un rostro dibujado en el techo de mi habitación. Tomé una escalera y lo observé más de cerca. Tal parecía que habían vivido unos niños ahí, y tomando en cuenta las facciones dibujadas del rostro, niños con futuro artístico. Me pareció agradable, y en cierta forma era algo «grotesco» que seguro le encantaría a mis amigos, y por qué no, a las chicas también.

Entonces empecé a convivir con ese curioso rostro bien marcado en el techo de mi habitación, adorándolo de vez en cuando. Un día en particular, mientras me fumaba un cigarrillo mentolado, levanté mi vista hacia el rostro. Noté que había cambiado. Me acerqué para observar lo que había sucedido, pasándole mi mano por encima. Entonces pude darme cuenta de que el rostro estaba hinchado, empezaba a tener forma.

No recuerdo qué pensaba en ese momento, pero lo que sí sé es que en vez de darle importancia, sólo me sentía más emocionado, me parecía increíble que hubiera un rostro de alto relieve en el techo, pues hacía más especial a mi casa. Pero eso no era un dibujo, cosa que había descubierto ese día. Por la noche se me hizo difícil dormir, la casa era nueva y era la primera semana en la que me acostumbraba a estar en una casa solo. Miré al techo. La poca luz de la luna que entraba por mi ventana sólo le daba más forma al rostro… fue ahí que pude distinguir perfectamente las facciones del mismo. Era un hombre maduro, con una nariz respingada y labios pequeños.

Tenía una expresión vacía. Era aterrador, y más aún porque la luz de la luna le daba un aspecto lúgubre. Casi parecía que me estaba mirando; aunque claro, era natural pensar eso si estaba arriba mío, con la vista hacia mi cama.

A la mañana siguiente me entró más curiosidad por el rostro, por lo que decidí analizarlo mejor. Tomé un clavo y un martillo para ver cómo era posible que hubiera sobresalido del techo. Empecé rasgando un poco el techo con el gran clavo que sostenía mi mano. Al parecer era de cemento, pero decidí seguir rasgando.

Todo parecía indicar que no era más que una obra artística, y cuando me decidí a bajar de la escalera y seguir perdiendo mi tiempo en mi nueva casa, le clavé con mucha fuerza el gran clavo que tenía en el ojo izquierdo. Un pequeño chorro de líquido blanco y rojo empezó a caer sobre mi cara. Me sequé con mi manga inmediatamente mientras el extraño líquido seguía escurriendo, manchando el piso de mi habitación. Me extrañó lo sucedido, no podía ser cierto. Comencé a estancar el clavo en cada parte del rostro y daba el mismo resultado, chorros de sangre emanaban de él.

Pero para despejar mis dudas, decidí cambiar de objetivo. Moví la escalera de modo que me situara poco más abajo del rostro ya agujereado y deformado, y procedí a martillar con el clavo el lugar que creía conveniente. Definitivamente esa parte del techo era más susceptible que las demás, no me fue difícil hacer un hueco casi del tamaño de mi puño, del cual empezó a salir bocanadas de sangre mezclada de pedazos de carne y trozos de órganos.

Empaqué las pocas cosas que tenía y salí del lugar para volver con mis padres. Mi sueño de haber tenido una casa propia se había arruinado, de acuerdo la policía, por una pareja de homicidas psicópatas, quienes de una manera curiosa escondían cadáveres en toda la casa.

Encontraron cuerpos en el suelo, en el baño y hasta en la bañera. En parte me sentía aliviado, es decir, toparme con un cuerpo en la bañera mientras tomaba un relajante baño de seguro era más aterrador que encontrar uno en el techo. Aunque admito que siempre quise preguntarle a la policía cuánto tiempo llevaban esos cuerpos ahí, pues la sangre y los órganos del sujeto en el techo seguían en buen estado.

Seguramente aún estaba vivo al momento de encerrarlo en el techo… pobre hombre.