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El Fantasma más popular de Venezuela.

Ante que todo no te voy a engañar, sino te gusta leer bastante abandona este post y te pido disculpas si entraste. Pero si amas la Literatura en especial la de género paranormal, estás invitado a sumergirte en este agradable relato que está cautivando a las personas de Ciudad Bolívar, Venezuela.

El Fantasma más popular de Venezuela.



EL SILBÓN YA NO TRABAJA EN LOS LLANOS.

LA HISTORIA NUNCA CONTADA.





Por: Pedro Suárez Ochoa. (Pedro Gallegos II).

Todos los derechos de esta obra están reservados por el autor, se prohíbe su reproducción física o electrónica.


"SUBO CAPÍTULOS todos los Miércoles y Domingos".


I PARTE.
Capítulo I.


El silbón, un espanto. Un espanto del llano venezolano, una leyenda; bueno… eso es lo que siempre he escuchado, algo que se cuenta para asustar a los niños y a los parranderos del campo. Quién iba a imaginar que este espectro gigante de la noche, llegaría a ser mi mejor amigo y más leal que un canino. Pero permítanme hablarles un poco de la versión oficial de su origen y también de otra versión no contada por nadie, sino por el silbón mismo hacia mi persona. Perdónenme ustedes, porque sé que no perciben ningún miedo en mí y me notan totalmente relajado al hablar de un espanto, pero como dije antes, es mi amigo y así solemos hablar de nuestros amigos.

Si queremos saber del Silbón instantáneamente solo tenemos que entrar en la Internet y Wikipedia nos aporta algo de su origen y características físicas y de ataques, otras páginas web refieren versiones diferentes otras parecida a la popular página del saber.

Pero entre tantas versiones resaltan dos: Una es, que este espanto cuando era humano y niño era muy malcriado, de carácter explosivo, le encantaba comer asadura, se podría decir que era adicto a esta comida. Una vez no había más asadura en casa y rogó fervorosamente y con su peculiar malcriadez a su padre que le consiguiera asadura. El padre salió a cazar un venado, pero no encontró nada y volvió con las manos vacías, el muchacho encolerizado mató a su padre y los destripó sacando sus vísceras y luego colocándolas en una gran tapara picada en la mitad, la llevó a su madre, ésta las tomó y las empezó a cocinar pero notó que la asadura no se ablandaba, sospechó lo peor y descubrió todo, su madre lo maldijo para siempre.

La otra versión y la menciono de manera muy resumida: Él se había casado con una hermosa joven llanera, sumamente atractiva, el padre del Silbón la codiciaba día tras día, hasta que en un momento de desenfreno violó a su nuera, la muchacha contó todo a su joven esposo y éste asesinó a su padre de la manera más horrenda. El abuelo del espanto lo amarró a un árbol y lo torturó a latigazos, echando agua ardiente en sus heridas y le soltó un perro rabioso llamado Turéco, para morderlo mientras estaba amarrado y lo maldijo para toda vida. Pero existe otra versión, la verdadera, contada por su propio protagonista de la que no tengo razones para dudar y que más adelante les contaré.

¿Cómo conocí este horrible y hermoso espanto? En primer lugar soy de Ciudad Bolívar, una ciudad de las más calientes y húmedas de Venezuela que nació con el privilegio de estar para siempre al lado del segundo río más caudaloso del mundo, no solo caudaloso sino quizás el más misterioso de todos, donde reina uno de los cocodrilos más imponente del planeta, al que nosotros llamamos el “El Caimán del Orinoco”. También están los defines llamados “Toninas” y muchas más exóticas especies.
Un diciembre de esos que son muy aburridos donde la gente se vuelve frenética por comprar los estrenos de ropa, zapatos, juguetes y cualquier guarandinga que se les ocurra comprar con tal de gastar todo el dinero de su aguinaldo. Pues bien, me quería alejar de todo este bullicio y pasar un Diciembre diferente, alejado de todos esos zombis que gastan todo su dinero en tela, goma, plásticos, cartón y etílicos. Así que tomé como destino el monte y no hay mejor monte y más mágico que el de Apure, vaya soberbia tierra, tierra de los más feroces guerreros que ha tenido este país.

Llegué a la Capital; San Fernando de Apure, a casa de un viejo amigo de la infancia que fue vecino y que nunca perdimos el contacto, allí fui recibido con carne asada en vara, en cantidades industriales con descomunales cachapas de maíz blanco del tamaño de un budare grande, parece que nunca hubiera escasez de alimento en esta ciudad, a veces cuando caminas por sus calles perfectamente planas, puedes ver cabezas de ganado tiradas a las esquinas como basura, a flor de piel con sus cachos. Es que el llanero de esa tierra prefiere vender la carne fresca el mismo día de sacrificar el animal a meterla en refrigeradores y créanme que se vende ese mismo día.

Mi amigo y hermano como le digo yo, tiene veintisiete años, dos años mayor que yo, es un pana alto que casi toca los un metro noventa, de piel trigueña, de rostro jovial con bastante cabello liso y negro y posee una moderada barriga cervecera que ganó con el paso de los años, se llama José Belisario hijo de guayaneses y el menor de tres hermanos. Sus padres se mudaron al Apure cuando él tenía catorce años, todo gracias a un cargo fijo en la gobernación de ese estado que le consiguió el hermano mayor de su padre.

José vive en una urbanización de gente trabajadora llamada Tamarindo y también tienen un humilde pero cómodo campito a unos veinte y cinco minutos en carro de la ciudad, donde suelen pasar la navidad, más no el año nuevo que generalmente lo pasan en Ciudad Bolívar donde está la mayoría de su familia, así que aparte de pasar yo la Navidad allí, no tendría que regresar a mi casa en autobús, sino que me iría cómodamente con ellos en camioneta rústica, una vieja Toyota Samurái pero bien conservada.

Esa Navidad que pasaría allí era la del 2009 y llegué a su casa un diez de Diciembre, a lo que tendría bastante tiempo para relajarme. Ese año había trabajado en una tienda de calzados casi once meses, donde había renunciado quizás por estar fastidiado por la rutina de trabajar ocho horas diarias de lunes a sábado, donde el turco dueño de la tienda no permite que los vendedores se sienten un instante, sino que hay que estar parados sonriendo e interrumpir a cada transeúnte que pase por la tienda diciendo la pregunta de disco rayado “¿Qué buscaba por allí hermano?” Y si fuese mujer “A la orden mi señora, ¿Que buscaba?”, ahora no sé porque todos preguntamos “¿Que buscaba?”, como si los posibles clientes dejaron de buscar, quizás es nuestro subconsciente que reconociendo que no queremos vender reconoce la negatividad implícita en la pregunta. Si no me creen pueden darse una vuelta por las tiendas del “Paseo Orinoco” de Ciudad Bolívar y casi cada muchacho o muchacha pregunta “¿Qué Buscaba?” y no un correcto “¿Que Busca?”.

Lo cierto es que renuncié, me dieron mi pequeña liquidación y me fui para el Apure, no me compré ningún estreno, quería cuidar mis tres lochitas para tomarme unas buenas vacaciones, tampoco quería dejar mi poquita plata en los mismos dueños de tiendas que nos explotan, no mi señor, que busquen otro bobo. Me fui al terminal antes que arreciara más la temporada de viaje de diciembre donde no se consigue una pasajito y los piratas hacen su agosto, mejor dicho, su diciembre. Solo pasé unos días con mi familia antes de irme, ya ellos saben que busco monte siempre en Diciembre o casi siempre cuando el bolsillo me lo permite.

Retomando el tema de mi llegada, los Belisario me recibieron como siempre, como un hijo más. Mi pana José, ansioso por encontrarse conmigo después de dos años sin vernos, no veía la hora de salir a parrandear conmigo y conocer nuevas chicas (como me encanta una llanera, son lindas, trigueñas, llenas de vitalidad y todas son amables), en realidad nuevas para mí porque ya él las conocía.

Pasé un gran día, comí una extremada cantidad de carne de res, chorizo y morcillas de cochino, acompañado de cachapa, semejante comida solo tuvo un efecto… Noquearme de sueño, sumado al cansancio que traía del viaje, así que le pedí una hamaca a la señora Belisario y me ofrecieron fue un rico, cómodo y fresco chinchorro de moriche. José me gritó desde el patio “Ay niña, ya te vas a dormir” y su madre le gritó también “déjalo chico que está cansado”.

Me metí en el chinchorro en una habitación grande y fresca que tienen para la visita, me pusieron un ventilador poderoso sacado de película, tan poderoso que no necesité ponerle el mosquitero al chinchorro de moriche, me quité solos los zapatos y allí quedé, no supe más nada de mí sino al otro día.




Capítulo II.

Me levanté a las seis de la mañana del siguiente día, el ambiente estaba bien fresco, el clima de Apure es bastante caliente quizás un poquito más que el de Ciudad Bolívar pero por ser diciembre el clima se suaviza. Tenía una sed del carajo, mi cuerpo debió usar mucha agua para digerir toda esa rica carnicería de anoche, quería tomar bastante agua fría, pero no sin antes botar un poco en el baño. Cuando me acerqué al baño venía saliendo José, al verme, me dijo:
-- ¿Que fue niña?, no vayas a irte a dormir temprano hoy, como ayer, que hay una fiesta en “San Fernando 2000”,vas a conocer unas chamas que están bien ricas.—Tranquilo Cheo, allí estaremos--, le respondí, quitándome lagañas y bostezando como hipopótamo. Ese Cheo, (Solemos llamarle Cheo a José desde niño) no pierde tiempo cuando estoy aquí.

Después de haber ido al baño y asearme, me acerqué a la cocina para tomar agua fría, pero ya la mesa estaba servida. Le doy gracias a Dios por mandarme a Venezuela, en la mesa había arepas de maíz pilado, un bloque de queso llanero, mantequilla de verdad no la margarina esa que sabe a jabón, aguacates picados en tajadas, revoltillo de huevos con la parrillada en picadillo que quedó de ayer, café endulzado con papelón, aunque no tomo café debo decir y jugo de guayaba.

¡Que vacaciones! Me siento la persona más afortunada del mundo, sin preocupaciones y sin pensar que tengo que ir a trabajar al otro día y decir durante ocho horas “buenas que deseaba, que buscaba por allí”. Sin embargo tengo que agregar que algo dentro de mí, me decía que no todo iba a salir bien allí en Apure, tenía un presentimiento de esos que te dicen “cuidado que algo va a salir mal”, “¡Pendejadas!” Dije para mis adentros y me olvidé de eso usando mi autonegación que todos llevamos y que nos permite vivir la vida para no caer en un estado de paranoia.

Después de ese desayuno de llaneros, me activé ayudando a los Belisario en sus quehaceres del hogar, a pesar que ellos viven en una urbanización, tiene un patio de unos veinte por treinta metros, de tierra húmeda y sumamente fértil, no cometieron el triste error de tirarle una placa de concreto sino que prefirieron sembrar árboles, donde destacan un par de gigantes matas de mango, matas de topocho y cambur, de lechosa, guanábana, níspero, limón y naranja.

Sin mencionar que tienen gallinas, patos y guineos correteando por todo el patio, todo esto cuidado por un par de perros criollos grandes de pelajes negros y bien alimentados, casi me olvidé de mencionar a una gata que está recen parida por cierto. Todo esto como verán genera trabajo diario de mantenimiento, por esa razón muchas familias prefieren ponerle concreto y techo a sus patios y solo contar con algunas matas ornamentales, pero bien vale la pena contar con todo esos árboles, frutas y animales. El día que todas las familias del mundo decidan poner concreto a sus patios, ese mismo día se habrá extinguido la hermosa vida natural.

Entre quehaceres del hogar y juegos de mesas se pasó el día. Al fin llegó la noche, Cheo logró conseguir la camioneta de su papá prestada, aunque si no se la hubiese prestado; no importaría mucho, porque todo queda cerca en San Fernando de Apure y los taxis cobran barato en comparación con otras ciudades del país, mucho más barato. Nos pusimos unas pintas modestas, blue jeans y camisas mangas cortas, con zapatos casuales, no muchos se visten a lo llanero de pura cepa en la capital.

Mientras íbamos en la camioneta Cheo me daba el parte para esa noche, como si fuese un militar y me hablaba de un par de chicas que son de Biruaca, (ciudad de Apure que está al lado de San Fernando), las muchachas estaban estudiando Administración de Empresas Agropecuarias en la Universidad Simón Rodríguez, apenas terminando el segundo semestre.

–Mira Carlos—me dijo Cheo mientras inclinaba un poco la cabeza de lado hacia mi sin perder la vista al frente del volante-- Una de las chamas se llama María, tiene diecinueve años, es blanquita y tiene una cinturita bien linda ¡papá! Y ni hablar de sus pechugas, esa es mía pendejo; para que sepas, ni la veas que está apartada y ya le puse el sello de envío. –Ok si va—Agregué, con cara de impaciencia para que me diera parte por la mía, —La otra se llama Piedad—Siguió contándome con una ligera sonrisa en su rostro--es alta, una pataruca de cabello lisito y bien largo, es trigueña tirando a negra, tiene un cuerpazo pero medio plana arriba, es bonita la caraja, tiene veintiún años, ya la vas a ver, le hablé de ti, le enseñé una foto y quedó partida. Cheo sabe que me matan las llaneras de piel trigueña o cobriza, no lo pudo hacer mejor mi hermano.

Llegamos a la fiesta, mi persona llamaba la atención al entrar, lo pude notar por las miradas que se reposaban en mí, se notaba que no era de allí. Aprovecho para hablar un poco de mis características físicas: Soy tan alto como Cheo, de piel clara, parezco el propio turco salido del Líbano, con cejas pobladas y nariz grande, velludo en los brazos (puedo entrar en top five de hombres más velludos), tengo barba abundante, si me afeito la cara me queda de un color gris tirando a verde, obviamente para esa fiesta me había afeitado la barba.

María y Piedad no habían llegado, Cheo me introdujo a un grupo de sus ex compañeros de universidad, rápidamente hice empatía gracias a que domino cualquier tema trivial que se suele hablar en fiestas y reuniones. La música estaba sonando fuerte, la fiesta era en el estacionamiento de un grupo de casas y estaban celebrando una graduación universitaria, había muchas clases de bebidas y pasapalos. Yo con un refresco cola estaba bien, la música que se escuchaba era el buen merengue de los años ochenta y noventa. En fin, un gran ambiente se respiraba, muchos estudiantes universitarios bailando y otros hablando, nadie estaba apartado todos full integrado.

Debo decir que me encanta bailar, aunque solo domino pasos sencillos, siempre me voy por lo seguro, así que saqué a bailar una muchacha del grupo donde estaba hablando. Bailamos solamente una pieza y se cansó o quizás no hubo química entre ambos o esperaba un mejor bailador. Disimuladamente me reintegré al grupo nuevamente y de repente siento un codazo en mi costilla, era Cheo para avisarme que las muchachas estaban entrando a la fiesta, fuimos a recibirlas.

–Hola muchachas—Dijo Cheo al acercarse a ellas—Este es Carlos de quien les hablé.--Las chicas me vieron de pies a cabeza como solo las mujeres saben hacerlo—Hola un placer—Dije y extendí mi mano cuan Quijote de la Mancha y tomé primero la de maría, luego la de Piedad—. El placer es de nosotras—Agregó Piedad con una dulce voz y brillo en sus ojos. Nos apartamos del grupo de los amigos de Cheo y nos sentamos a una de las mesas. María y Cheo se encerraron en su conversación, lo que me concedía el privilegio de concentrarme toda esa noche en Piedad.

Después de hablar de nosotros y conocernos nos fuimos a bailar, ya habían cambiado el merengue y pasaron a un vallenato bien movido. Piedad es una mujer de carácter seguro, jovencita pero refleja madurez, dientes blanquitos y sanos que se les podía ver al sonreír, su cabello desprendía un aroma rico, donde se mesclaba el olor de champú y al aceite natural que desprende de su pelo y su cintura era durita como un mango verde. Cheo exageró que era plana, realmente no lo era, lo que pasa es que si él no ve tetas del tamaño de un melón para arriba, no le para a las mujeres.

Bailamos no sé cuántas piezas y los ritmos fueron cambiando, hasta el reggaetón que nunca falta. Hablábamos mientras bailábamos y teníamos que hacerlo acercando la boca al oído, porque la música estaba bien alta, me encanta eso de la música alta, porque es una excusa para hablar sumamente cerca, puedes sentir el aliento en tu oído de la chica que te gusta y ella el tuyo, de alguna forma eso es un contacto íntimo, más el baile que agregaba el contacto ideal. Es allí donde puedes medir cuanto le gustas a una chica, claro, al menos que seas un Chayane bailando y ella solo esté contigo por el baile, pero como yo no soy un experto, eso dejaba para especular sobre una sola opción y es que LE ATRAIGO.

Algo pasó de repente mientras bailaba, sentí una oscuridad y silencio absolutos, quizás duró un segundo, mi mirada se fue y Piedad me preguntó al oído: --¿Qué te pasa Carlos?—Y agregó—parece como si vistes un Espanto, mientras tocaba mi rostro con su tersa mano—.No vale—Respondí, con una cara media desorientada— creo que estoy un poco mareado. Ella me tomó de la mano y me invitó a sentarnos de nuevo a la mesa donde estábamos.

Ya no hablábamos como antes y otra vez sentí un segundo de oscuridad y silencio absolutos, también sentía un fuerte olor a mastranto. Recordé el mal presentimiento de esta mañana. Piedad me acercó una botellita de agua y me dijo: --Toma corazón, tomate un poquito para que se te pase. No sé si me sentí mejor por el agua que tomé o por el cariño en sus palabras.

Al rato después de sentirme mejor seguimos bailando, solo que esta vez cambiaron a balada, el mejor de todos los bailes, aunque dicen que la balada no es baile, para mi si lo es, es el baile perfecto, porque te acercas a tu chica cuerpo a cuerpo. Sentí todos los olores de piedad, ella estaba sudando leve, aunque la noche empezaba a refrescar, dicen que los olores naturales de las mujeres son mil veces mejor que los de cualquier fina colonia que pueda existir, debe ser porque al fin y al cabo somos animales. Otros agregan que nos enamoramos de las mujeres es por su olor y no por su cara o cuerpo. Al rato dejé de sentir su fragancia natural y otra vez volvía el mastranto, aunque más leve y me dije que quizás es algunas de esas casas que tienen de esa planta silvestre en su patio y que llega el olor a través de una ráfaga de aire.





Capítulo III.

Eran las tres de la mañana, la fiesta estaba terminando y estábamos viendo un grupo en vivo de música llanera, que había empezado su presentación a la una y media. Cantaba una mujer muy atractiva, de piel blanca, llevaba unos jeans negros, botas vaqueras de mujeres, una camisa de cuadros rojos y blancos amarradita en sus puntas que, lo dejaba ver su ombligo, en la cabeza llevaba un recio sombrero de pelo de guama, la mayoría de las canciones eran al amor, despecho y a los cachos, las otras canciones referían al folklore del Apure y su mágica Geografía. Sus músicos eran nada más tres, porque no había bajista, así que solo era arpa, cuatro y maracas.

Estábamos sentados a la misma mesa, Piedad estaba apoyada en mí hombro, yo tenía tomada sus manos entre las mías, muchos seguían bailando joropo al ritmo del grupo (Vaya energía tienen los llaneros, a plena madruga y zapateando duro). Normalmente me lleva más tiempo lograr ese grado de intimidad con alguna chica, había una química fuerte creciendo entre nosotros; no había duda de eso, el primer beso no había llegado, “no todavía”, pero ya me quería ir para besarla en un lugar con privacidad, lugar que no es difícil de conseguir en Apure. La cantante que llamaban la “La Brava de Apure” logró una empatía con el público, por mi parte me quería ir para estar solo con Piedad.

Se hicieron las tres y media y el grupo se despidió con una canción que llevaba por título: “Apure y el Silbón”. El olor a mastranto volvió, fuerte como la primera vez, solté las manos de Piedad y disimuladamente con un pañuelo froté mi nariz dejando de sentir tan fuerte fragancia. Piedad me mencionó que en esta tierra sale el silbón a los hombres parranderos, cuando están borrachos y vuelven solos a sus casas. Le respondí que entonces estaba inmune al silbón, porque no había probado una gota de alcohol toda la noche y más importante aún, yo no estaba solo… estaba acompañado de la niña más linda del Apure --¡Gua!--dijo ella, volteando hacia mi cara y dejando de ver al grupo--¿Bonita yo? Tú estás ciego Carlos. Cuando dijo eso nos quedamos viendo fijamente a los ojos como unos veinte segundos que pareció un día entero, sus ojos negros grandes ligeramente humedecidos brillaban como la luna de esa noche que servía de testigo ante la semilla del amor. Dejé de verla y dirigí mi mirada a la cantante, me decía a mí mismo “¿Qué te pasa Carlos? Tú no te enamoras, al menos no tan rápido y menos sin conocer a alguien bien”. Al instante la Brava de Apure al terminar la canción gritó: “¡Hombres! Cuídense del Silbón” y fue dirigiendo su micrófono con su mano extendida señalando todas las mesas y terminando en la mía, la atractiva cantante se me quedó viendo fijamente por solo un momento, los presentes me rodearon con su mirada, me sentía el mismo gafo, así que no quedó más remedio que pelar mis dientes y sonreír fingidamente.

Seguro que el grupo ya sabía que no era esos lares, “Cheo siempre con sus vainas” lo más probable es que les habló de mí, o quizás es parte del espectáculo y aleatoriamente me tocó a mí “el más pendejo”. Bueno yo ya coroné con Piedad, eso es lo que importa y no me iba ir a dormir sin besarla y abrazarla lo más pegada a mí, además confiaba en Cheo, ese es un avión Sukhoi, tiene que tener algo planeado para cuando salgamos de aquí.

La fiesta terminó, calabaza calabaza, solo que esta vez nadie se va para su casa. Nos montamos en la Poderosa Samurái, quien era nuestra más conspiradora cómplice de esa noche o lo que quedaba de noche. Cheo mientras iba al volante rompió el silencio diciendo – Muchachos que tal si nos vamos ahorita para la orilla del Río Apure, conozco un lugar bien fino y tranquilo, total, ya va amanecer. –Claro mi amor, vamos—Respondió María, acariciando el cabello de Cheo al mismo tiempo volteando hacia atrás donde estábamos Piedad y yo tomados de la mano. Nos preguntó María--¿Ustedes quieren chicos?, – ¡Por supuesto!—respondí, casi con los ademanes del Chapulín Colorado. –Si tú quieres Carlos, Piedad también quiere—agregó Cheo con tono de travesura. Piedad solo me miró y sonrió agachando luego la cabeza con picardía e inocencia a la vez.

Pasamos el hermoso puente de Apure que corona al suave e imponente río Apure el cual da la impresión de noche que se puede caminar por encima de él. San Fernando 2000 solo está al lado de San Fernando de Apure solo los divide el puente. Cheo pasó el puente, luego buscó el camino que él conoce para estar cerquita del Apure. Llegamos y nos sentamos a la orilla, no tan cerca al río en realidad. María y Cheo se apartaron un poco de nosotros pero quedaron a nuestra vista, antes de apartarse me lanzó un repelente de mosquitos en spray y me dijo “Toma niña, por si los mosquitos te quieren llevar volando a Bolívar”.

Era una playita linda y pequeñita con una arena suave y fresca, su textura no tenía nada que envidiar a una playa del Caribe. Nos Quitamos los zapatos y nos sentamos viendo al horizonte y charlando a la vez llegando a conocernos mejor, hablamos de nuestros intereses, hasta que ya no había nada que decir, le tomé una mano y se la besé, su mano era suave, parecía esculpida por algún artista del renacimiento, tenía su aroma, el de ella. Luego acerqué mi rostro hacia el suyo, nos mirábamos fijamente, la luz de la luna me permitía verla con claridad, bajé mi vista hacia sus carnosos labios, acerqué mis labios y nos fundimos en un beso tierno y cargado de pasión, sentía la humedad de sus labios y lengua, que era agradable como la miel silvestre, luego coloqué mi espalda en la fresca arena y ella me siguió, quedando encima de mí, pero no con todo su cuerpo sino más bien de lado.

Seguimos besándonos con tierna pasión, de pronto ella deja de besarme y me susurra al oído: --Te quiero regalar algo, ¿Lo quieres?—le contesté si, al mismo tiempo que sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Ella empezó a dar tiernos besos en mi nariz después me pidió que abriera un poquito la boca, la abrí y ella me dijo –Recibe mi regalo—mientras sopló ligeramente su aliento hacia dentro de mi boca. Sentí algo diferente dentro de mí, como una sutil energía que recorría cada parte de mi cuerpo y con su mano cerró mis ojos. Cundo los abrí vi a Cheo encima de nosotros diciendo –Están muy románticos ustedes, no ven que ya amaneció. Lo quería matar, nadie como él para cortar la nota.




Capítulo IV.

Algunos días pasaron y misteriosamente perdí el contacto con Piedad, su amiga María tampoco sabía mucho de ella, solo nos dijo por teléfono que Piedad se fue a su casa en Biruaca. Le llamé a su celular, le mandé mensajes y nada, ni una señal de humo, la busqué en el FACEBOOK, encontré muchas Piedad, pero ninguna era la mía. Al final desistí con la esperanza que se pusiera en contacto conmigo, ella tenía mi número así que no le di más vueltas al asunto, pero debo admitir que quedé atravesado no por una flecha sino por la Lanza del General Páez, esa que está en el Boulevard de San Fernando, sostenida en la mano derecha por el mismo aguerrido general (siempre me he preguntado porque la punta de la lanza de Páez está hacia atrás pero con el puño hacia el ataque).

Los Belisario se preparaban para irse para su campito, un terreno modestamente grande, al menos grande para mí que solo tengo un pequeño patio en mi casa, tiene unas diez hectáreas eso sería alrededor de unos catorce campos de fútbol de terrero cultivable, tiene un morichal bien caudaloso cerca sus límites. Dentro del terreno tienen tres pozos o aljibes. Apure debe estar encima de un océano de agua dulce, por donde se haga un hueco profundo allí sale agua de seguro, de hecho muchas de las casas de la capital tienen agua potable que suministra una empresa del gobierno regional y además por lo menos cuentan con un pozo y una motobomba.

El campito se llama “El Conuco de Apure”, tienen un par de caballos, pocas reses lo suficiente para hacer queso, suero y mantequilla. Cuentan con una moderada cochinera con cincuenta o más cochinos, todos bien alimentados. La mayoría del terreno está sembrado de maíz, el resto está sembrado de pasto, árboles de naranja, limones y un robusto conuco donde tienen yuca, ñame, ocumo, tomates, ají y pimentón. La casa del campo está rodeada por diferentes árboles frutales que le otorgan sombra por las cuatro esquinas y la mantiene fresca todo el día. La vivienda es amplia con cinco cuartos y una sala pequeñita, la cocina, el comedor y el recibidor está todo afuera como anexo a la casa en un lateral, sin paredes solo bajo un techo de sin, de modo que todo queda a aire libre, donde cada quien puede colgar su chinchorro, hamaca y campechana. Tiene televisión digital pero nadie le presta atención a la tv cuando se está allá, salvo para ver las noticias. La electricidad llega con comodidad por estar tan cerca de la capital, por eso cuentan una línea blanca básica. Los baños están afuera, donde llega abundante agua fresca de uno de los aljibes por la fuerza de una motobomba.

Aparte de los Belisario, en el campo vive el Señor Bartolomeo García con su esposa y un hijo de veinte años. Son los que hacen posible la prosperidad de ese campito, no tienen salario porque es su casa también. Bartolo (así le llaman), es socio del Señor Belisario, las ganancias están divididas en cincuenta y cincuenta, hay plena confianza entre ellos. Bartolo es de esos llaneros que tienen que vivir en el llano, en el monte, con su mujer, la campechana y su lata de chimó, él y su hijo Juan parecen llaneros de Santos Luzardo[1], atléticos, llenos de fibra muscular de albañil, de mediana estatura y piel tostada por el sol, son hombres que se paran a las tres de la madrugada para ordeñar las vacas, hacer queso, cosechar maíz y los tubérculos, llevan a pastar las reses y de vez en cuando salen a cazar con una vieja escopeta pero operativa y bien cuidada que heredó de su Abuelo Don Jacinto García quién vivió todas las dictaduras de Venezuela del siglo veinte.

Ahora, ¿Que hicimos esos días que estuvimos allá?, aparte de ayudar con las faenas diarias, hicimos muchas hallacas de maíz blanco, en Ciudad Bolívar la hacen con maíz amarillo. Se mató un cochino y se apartaron los perniles para la Noche Buena, lo demás se aprovechó todo, para hacer morcillas, chorizos y chicharrón del más exquisito del mundo, ese que sale con bastante carnita, la carne magra del cochino se usó para las hallacas y para comer frita con cachapa y queso de mano. La carne de res para este plato navideño se tomó del congelador, también se mataron cuatro pollos grandes. Hicimos seiscientas hallacas, de las cuales una parte se iba para Ciudad Bolívar para la reunión familiar del año nuevo de los Belisario.

La zona donde estábamos se llama “El Morichalito”, existe un grupo de casitas todas dispersas y algunas haciendas, todas equidistantes. Hablamos de un promedio de dos kilómetros de distancias entre las casitas y haciendas. En una de las haciendas que se llama “La Encantada” dedicada a la cría de búfalos y porcinos, se hacía las fiestas de la comunidad. El dueño de la hacienda pedía una colaboración de cada familia de esa comunidad, (Los Belisario colaboraron con cuatro cochinos) sumado a lo que La Encantada aportaba se formaban tremendos parrandones, contrataban artistas locales para la música llanera. No faltaba nada, debido que no existía el egoísmo ni la viveza entre ellos.

Así se fueron mis días allí, trabajo, diversión y comida de la buena. Pero un día, o mejor dicho “una noche” hizo la diferencia y marcó para siempre mi destino. Dos noches antes de Navidad, en una de esas parrandas, me quedé con un grupo de peones jugando dominó hasta tarde de la noche, (Soy un asiduo jugador de dominó). Todos en la fiesta se empezaron a ir, incluso los Belisario y los García ya se habían retirado. Les dije que me quedaría, que quizás amanecería allí y me iría para la casa al salir el sol. De La Encantada a la casa de los Belisario había unos tres kilómetros de camino.

Los peones con que jugaba, trabajaban para La Encantada y ya era domingo así que no trabajarían “al cantar el gallo”. Todos los presentes estaban tomando un ron hecho por ellos mismos a base de caña. Eran las tres pasadas de la media noche. La luna estaba oculta por las nubes y la noche estaba fría, por mi parte no tenía sueño, no puedo decir lo mismo de los peones que ya el alcohol empezaba hacer su trabajo masajear el cerebro y deprimir al máximo sus sistemas nerviosos.

Finalmente todos se fueron excepto tres llaneros, entre ellos mi compañero de juego toda esa noche, “Don Carlos”; mi tocayo, un señor de unos setenta años, lleno de vitalidad. Don Carlos, dos noches antes nos habló del Silbón a Cheo y a mí. Nos refirió que algunas noches, sobre todo en temporada de parranda salía ese Espanto por esos lugares. En sus propias palabras y con su tono pausado de llanero nos advirtió lo siguiente: “No parrandeen mucho, váyanse temprano siempre, sobre todo antes de la una de la madrugada. Si llegan a escuchar el silbido fuerte y claro aprovechen y corran que el espanto está bien lejos, deben ir pronunciado en la carrera todas las groserías que puedan contra él, griten que no le tienen miedo (<Como decir que no le tienen miedo y estar corriendo a la vez> pensé y me causó mucha gracia), si empiezan a escuchar el silbido a lo lejos es porque ya lo tienen cerca, van a sentir el sonido de un saco con huesos arrastrándose y será tarde para ustedes, no dejen de gritarles insultos, recuérdenle su maldición y a su madre, no demuestren miedo y se irá por donde vino”.

--Don Carlos—lo interrumpí para preguntarle-- ¿Es verdad que le chupa el ombligo a los parranderos para beberle el ron de toda esa noche? (Eso me parecía sumamente gracioso). –Sí, toda la caña de esa noche—me respondió y agregó—Si el silbón sabe que le fueron infieles a sus mujeres los descuartiza y los mete en su saco de huesos para toda la eternidad. Nos contó más acerca de él, que también visita algunas casas como presagio de la muerte y si se sienta cerca de la casa a contar sus huesos que lleva en el saco ya la muerte es inminente. Agregó otros detalles, yo en realidad lo escuchaba por respeto, ya esa leyenda me la sabía, cuando niño me asustó sobre todo cuando escuché por primera vez esa canción con relato de un personaje llamado Juan Hilario, recuerdo que el silbido si era espeluznante, llegaba a la psiquis realmente, era un sonido simulando las notas musicales de “do-re-mi-fa-so-la-si”.

< Los llaneros y sus vainas, pero reconozco que sienten y viven sus mitos y leyendas como verdaderas.>

Eran las tres y media de la madrugada, Don Carlos y los otros peones se cansaron de jugar y estaban que se dormían. Me tocaba irme solo, lo preferí así porque todos ellos estaban muy tomados y no quería un volcamiento de camioneta. Total solo eran tres kilómetros y la luna se había despejado, lo que agregaba excelente iluminación natural. Me despedí y los llaneros bromearon sobre el Silbón, pero Don Carlos estaba serio, viéndome con sus ojos profundos, solo me dijo: “Ya sabes qué hacer si te sale” –Claro no te preocupes Carlos—le dije con una leve sonrisa en mi rostro.

Me fui alejando de la hacienda, el camino de tierra estaba lleno de pequeñas piedras, lo que producía un sonido singular que me encanta, al mezclarse con mis botas llaneras mientras camino. El ambiente estaba apacible y fresco con una brisa moderada, solo el sonido de los insectos se escuchaba con algunas aves nocturnas que estaban cerca. Pero la luna de pronto empezó a ocultarse con las nubes, la brisa empezó a pegar fuerte y los arboles alrededor del camino se sumaron al coro de sonidos con el empuje del viento en sus ramas y hojas. Empezaba a preocuparme, “no me voy a preocupar con toda esa psicología de terror que me metieron”, me dije a mi mismo y con eso me tranquilicé y empecé a disfrutar mi camino nuevamente.
Cuando llegué a la mitad del recorrido dejé de escuchar todos los sonidos de mí alrededor; excepto el de mis pasos, cuando de repente volví a sentir ese fuerte olor a mastranto cuando estaba con Piedad, pero esta vez más intensificado, al punto que me lagrimearon los ojos y empecé a ver un poco borroso. Me froté los ojos y empecé a ver mejor, pero el olor no se iba. Me estaba asustando y fui acelerando el paso. Ya no pensaba en leyendas ni mitos, me dejé llevar por mi instinto, por mi cerebro primitivo, el cual me dictaba ¡HUIR! a la vez que inyectaba adrenalina a mi torrente sanguíneo, acelerando mi corazón. Algo nuevo se agregó a todo lo que sentía a mi alrededor y eso era… la oscuridad absoluta. Entré en pánico, pero no podía correr porque no veía nada, así que recorté el paso de la caminata, con mis manos adelante buscando tantear algo, no fuese que tropezara con algún obstáculo, me guiaba con el sonido que producía las suelas de mis botas al pisar la tierra y las piedras, sabía que si me mantenía así iría bien porque el camino era directo a la casa.

Mientras caminaba poco a poco pero con la adrenalina a mil, sucedió algo que me paralizó por completo, me sentía perdido y totalmente desorientado, el sonido de mis botas se los había tragado el silencio. Hasta que…


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5 comentarios - El Fantasma más popular de Venezuela.

@ANALITICALSER +2
ya conocia la historia ,muy bien el silbon
@PedroGallegosII +1
Esa es una versión jamás contada. Nadie nadie ha leído esta cara de la moneda.
@PedroGallegosII
Hola, mis respetos ante todo. Esta versión nunca la ha leído ni escuchado, esta versión promete revolucionar la manera de ver este espanto.
@raiger
coloca el audio del silbon para que escuchen la historia.
@PedroGallegosII +1
Buenas Raiger. Lo que pasa que esta versión nunca ha sido contada. No es la popular edición de Juan ilario. Nunca se había leído una versión digna del origen de este espanto. Por eso promete mucho.
@alfrexmen
me dio un susto al entrar el blog y escuchar el silvon XD , bueno de eso tengo una historio y se que es verdad...
@PedroGallegosII
Cuentala, aunque sea de manera resumida, no te la quedes.