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El Cigarrillo es Malo?


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salud


Un poco de historia.



Originario de América el tabaco era fumado y usado con fines mágicos y curativos por varias de las culturas prehispánicas; es decir, existentes antes del arribo de Cristóbal Colón al nuevo continente


Inicialmente el tabaco adquirió fama de planta medicinal y su reconocimiento fue amplio y difundido. En el siglo XVII ya se lo conocía en todo el mundo, desde China hasta las costas occidentales de África. En la Europa de los siglos XVIIll y XIX e incluso durante la primera mitad del siglo XX, el fumar fue considerado un signo de distinción social. Importantes personalidades de la vida pública de entonces: hombres de Estado, importantes hombres de negocios, artistas y altos dignatarios eclesiásticos, compartían el hábito de fumar en sus múltiples modalidades. Hasta el Papa San Pío X fumó y otros santos también, o al menos no reprobaron ese gusto por el tabaco. El Beato Papa Juan XXIII en ocasiones hasta fumaba más de un paquete de ciga-rrillos por día.

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Sin embargo, y a pesar de su amplia aceptación entre personas destacadas en la sociedad, el tabaco fue cuestionado a lo largo de toda su historia ya desde épocas tempranas y, en ocasiones, se trató a los fumadores con mucha crueldad. La primera acusación de peligroso veneno, salió de Francia en el siglo XVI. Luego, todas las Casas Reales de la época se apresuraron a decretar medidas correctivas rigurosas, llegando a amenazar a los adeptos con los castigos más horribles:
La Reina Elizabeth de Inglaterra mandó confiscar pipas y tabaqueras, las cuales eran en aquel tiempo de un alto valor. Y esto a pesar de que su país era por entonces, a través de sus Colonias, el mayor productor mundial de tabaco.

En Londres se impuso la decapitación al que fumase. En 1604, el rey Jacobo 1 de Inglaterra escribió su Misocapnos (odio al humo) a lo que los Jesuitas -amplios y directos conocedores del tabaco en sus misiones del Nuevo Mundo- publicaron un Anti-Misocapnos, de argumentación mucho más lógica y contundente que la del monarca inglés.

En 1645, el zar ruso Alexis ordenó deportar hacia las frías tierras de Siberia a todo fumador, y después dictó otro decreto imponiendo la tortura y aún la muerte. La tabacofobia de los autócratas rusos terminó cuando Pedro el Grande, aficionado al consumo de la hoja durante su viaje a Inglaterra, legalizó el hábito de fumar y, además, dispuso aprovecharlo en beneficio del tesoro zarista. Desde 1697 la monarquía rusa instauró el mo-nopolio del tabaco en Siberia.
Amurat IV de Persia ordenó que se cortase la nariz al que absorbiese tabaco. En Japón, como en otros países orientales, también se prohibió el tabaco. En 1607, el shogun de Tokugawa, condenó a los fumadores, entre otras penas, a sufrir la confiscación de sus bienes y cincuenta días de prisión. Asimismo, después de centu-rias de prohibiciones y penurias para los fumadores, ninguna de las decisiones surtió el efecto esperado. Quedó así en claro el nulo rédito que llevan tales determinaciones.
En todo el mundo se siguió fumando y la estima por el tabaco creció mucho más entre las gentes de toda clase y condición

desde las últimas décadas del siglo XX el fumar comenzó a ser nuevamente tratado con particular dureza, pues ya no se sancionaban aspectos referidos a su mero uso social, sino que se le dio base científica a las objeciones, calificando médicamente al hábito de fumar como un vicio contraproducente para la salud, practicado por adictos al tabaco. En los años 70 Francia intentó sin éxito controlar el consumo. A partir de los años 80, se avanzó todavía más y se lo consideró como una adicción dañina para la salud de terceros no fumadores.

Lo interesante del caso es que las objeciones tomaron nuevo impulso a partir de este basamento científico (ya no moral, ni religioso, ni etnocentrista), obteniendo amplia recepción en contextos democráticos signados por fuertes debates ecológicos y entre personas con una cierta obsesividad por los temas de salud: belleza, bienestar físico, naturismo, etc.

Estas polémicas también levantaron voces en defensa del tabaco. En tal sentido, algunos autores han puntualizado que la costumbre de fumar no constituye propiamente una adicción. A favor del tabaco se ha dicho también que tiene importantes efectos sobre el sistema nervioso central que incluyen estimulación y sedación, mata el tedio, calma los dolores, inhibe el apetito, aviva en cierto modo la inteligencia, es fuente de vitamina PP (ácido nicotínico) y de ácido glutámico que estimula al sistema límbico, también se ha dicho que favorece el peristalismo intestinal y que aniquila al becilo de Koch (causante de la tuberculosis), entre otras cosas.

La polémica parece no tener fin.

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Los componentes perjudiciales del humo del cigarrillo



Su acción de tóxico no ofrece duda, aunque sus efectos dependen de la dosis; es decir, de cuánto se fuma normalmente, de la actividad del fumador, de su constitución física y de su estado psicológico. Se afirma que fumar es perjudicial para la salud porque, entre las muchas sustancias que componen el humo de los cigarri-llos, predominan tres que merecen especial atención; a saber: la nicotina, el alquitrán y el monóxido de car-bono

Nicotina: La nicotina es una sustancia orgánica que constituye el principal ingrediente activo de los cigarrillos. Es el alcaloide predominante. No es cancerígena, pero en exceso resulta tóxica, produce mareos, nauseas y palpitaciones entre otras cosas. Es una sustancia psicoactiva que permite mantenerse despierto, en alerta, calmo y relajado.
La nicotina se elimina del cuerpo en unas dos horas y por ello los fumadores mantienen su nivel suministrando varias dosis a su cuerpo en lapsos reducidos. Si el aporte de nicotina al organismo se realiza varias veces en lapsos inferiores a dos horas, el cuerpo necesitará entonces varios días para eliminarla. La nicotina se elimina fundamentalmente a través de la orina y de la saliva.
Es mortal en dosis de 1 mg. por cada kilo de peso, lo cual significa que una dosis letal para el hombre debería consistir en unos 40 o 60 mg. de nicotina o más, pero los cigarrillos comunes no suelen sobrepasar la canti-dad de 1 o 1.4 mg. de nicotina. A esas pequeñas cantidades el organismo puede descomponerlas y eliminarlas rápidamente. Por otra parte, se ha de señalar que un cigarrillo se fuma quemando tabaco y la combustión destruye la mayoría de la nicotina.

Un cigarrillo aporta un promedio de aproximadamente entre 7 y 15 mg. de alquitrán al organismo, dependiendo del tipo de procesado que tenga, pues hay cigarrillos con valores inferiores a 7 mg. y otros superiores a 15 mg. Sin embargo, en las zonas céntricas de las grandes ciudades las personas inhalan dosis superiores de al-quitrán, el cual se halla presente en el medio ambiente procediendo fundamentalmente de los caños de esca-pe de los vehículos automotores.
El cuerpo elimina el alquitrán gracias a la acción de limpieza realizada por unas células del sistema inmunitario llamadas macrófagos. Esas células tienen la propiedad de aislar, destruir e ingerir sustancias ajenas al orga-nismo. En el caso del alquitrán, el organismo finalmente lo elimina mediante la orina y en la expiración de aire durante la actividad física. En niveles elevados de alquitrán su excreción se completa desde unas 24 a 48 horas.


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Monoxido de Carbono: Habitualmente al respirar inhalamos diversos gases (nitrógeno, oxígeno y vapor de agua), entre los cuales también se cuentan porcentajes reducidos de gases contaminantes como el monóxido de carbono. Al fumar un cigarrillo la persona inhala aproximadamente el doble del monóxido de carbono presente en el aire no con-taminado y libre de smog. Pero el aire que habitualmente se respira en las ciudades y en los hogares no es incontaminado, sino que suele tener niveles altos de monóxido de carbono, incluso en mucho superiores al humo del cigarrillo. La emisión total de monóxido de carbono en las grandes ciudades supera a la de otros contaminantes gaseosos juntos y su tiempo de permanencia en la atmósfera se estima entre 2 y 4 meses
El cuerpo de un fumador necesita casi unas 8 horas para bajar el nivel de monóxido de carbono en sangre a niveles normales. Este gas produce en ei organismo un desplazamiento del oxígeno de los glóbulos rojos (car-boxihemoglobina), lo cual reduce la cantidad de hemoglobina disponible para transportar oxígeno al resto del organismo. El resultado es el espesamiento de la sangre, obligando al corazón a bombear con mayor fuerza para proveer al organismo de oxígeno suficiente. Además, el monóxido de carbono eleva el colesterol, favo-reciendo la aparición de placas de grasa en las arterias. Sin embargo, se ha de señalar que el colesterol es un actor secundario del proceso, pues los verdaderos y principales protagonistas del deterioro de las arterias son los radicales libres. Estos minúsculos enemigos se liberan en el cuerpo, por ejemplo, al descomponerse productos petroquímicos presentes en medicinas, colorantes alimentarios artificiales, conservantes de carnes procesadas, grasas no saturadas, alcohol, agua clorada, el humo de los caños de escape de los vehículos automotores y de las chimeneas hogareñas y fabriles, y el humo del cigarrillo. También producen radicales libres el estrés, la falta de ejercicio físico, las bebidas con cafeína, los azúcares refinados y los dulces con-centrados.

El Cigarrillo es Malo?



RECOMENDACIONES PARA FUMAR


1. No encender cigarrillos en lapsos de tiempo inferiores a una hora y media o dos. De este modo se da más tiempo al organismo para sus labores de procesamiento y eliminación de las toxinas.
2. Fumar menos de 20 cigarrillos diarios.
3. Si no se consiguen cigarrillos cuyo filtro venga diseñado con «chimeneas», conviene hacer entonces un pequeño orificio al cilindro de papel del cigarrillo inmediatamente antes del filtro. De este modo se ven-tila mejor el cilindro y se permite que el aire diluya una gran parte del humo, disminuyendo así el conte-nido de nicotina y alquitrán.
4. Fumar pausadamente, dejando descansar el cigarrillo en el cenicero, pues si se apuran las inhalaciones se intensifica la quema elevando así los niveles de concentración de las sustancias componentes del humo.
5. No fumar el cigarrillo hasta el filtro, pues en ese último tramo se aumenta la concentración de las sus-tancias componentes del humo. Precisamente, para evitar la inhalación de sustancias concentradas, hemos de señalar que tampoco se debe sostener el cigarrillo con los labios durante tiempos prolonga-dos, sino que se lo ha de tener en la mano o dejarlo descansar en un cenicero.
6. Enriquecer el organismo con dosis importantes de antioxidantes (vitaminas E y D, ácido fólico, etc.), pues combaten a los radicales libres, diluyen los elementos que obstruyen las arterias y evitan la generación de células anormales o cancerígenas.
7. Hacer ejercicio regularmente, especialmente aeróbicos.
8. Beber mucha agua y completar la alimentación ingiriendo mayor cantidad de lácteos y de vegetales, particularmente frutas.



¿Cuándo puede empezar a fumar una persona?


Pues cuando lo desee. Sólo que debería hacerlo cuando ya sea mayor de edad, pues necesita tener la suficiente madurez como para poder moderarse convenientemente y mantener su conducta dentro de los límites de la honestidad y de la higiene. La persona que fuma debe ser lo suficientemente madura y respon-sable como para que pueda ser ella quien maneje al tabaco y no al revés. Los jóvenes, de suyo, están más inclinados a dejarse llevar por la sensualidad.

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Las discusiones en torno a los fumadores pasivos.


Los resultados de un estudio,investigaciones estuvieron dirigidas por el Dr. James Enstrom, investigador de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de California en los Ángeles, y por el Dr. Geoffrey Kabat, profesor de Medicina Preventiva en la Facultad de Medicina de New Rochelle en Nueva York, indicaron que los tan mentados efectos del tabaco en los denominados fumadores pasivos, podrían estar algo exagerados... James Enstrom, autor principal del estudio, aseguró:

«La asociación entre la exposición al humo del tabaco y las enfermedades cardiovasculares y el cáncer de pulmón podrían ser considerablemente más débiles de lo que se creía».

Enstrom explicó que se analizaron datos de un estudio de prevención del cáncer entre 118.094 adultos cali-fornianos, realizado entre los años 1959 y 1988. Se centraron en más de 35.500 personas que nunca habían fumado, pero que sí lo habían hecho otros miembros de su entorno familiar. Los científicos encontraron que la exposición al humo del tabaco no estaba asociada con las muertes por cáncer o problemas cardiovasculares.

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La investigación puso en evidencia que la presunta afectación del humo ambiental en el organismo de los no fumadores ha sido mera especulación a partir de conclusiones apresuradas obtenidas de casos aislados, y no procedentes de estudios científicos basados en seguimientos estadísticos de largo plazo en muestras real-mente significativas.

El profesor George Dawey Smith, de la Universidad de Bristol, en el Reino Unido, asegura que es muy dificil medir el real impacto del humo del tabaco en el medio ambiente. Por lo tanto, agrega, "hay un gran riesgo de errores en las investigaciones que se hacen al respecto y en las conclusiones que se sacan sobre los su-puestos riesgos a la salud de los denominados fumadores pasivos." En tal sentido, este tema seguirá siendo por mucho tiempo un asunto en disputa y controversia. En Noviembre del año 2000, el Canadian Center for Occupational Health and Safety, declaró que todos los efectos negativos postulados hasta el momento como resultado de la exposición pasiva al humo del tabaco, no supera un riesgo relativo mayor a un índice de 1,4.

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Interacciones cotidianas entre fumadores y no-fumadores.


Se aumentan los impuestos al tabaco para dificultar su compra, se prohíbe fumar en casi todas partes (inclu-so violando el derecho de propiedad) y todo con la excusa de protegemos de riesgos remotos a la salud, supuestamente causados por el humo de terceros. Amparado en el dictamen médico, el Estado restringe el margen de libertad de las personas que fuman casi como si enfrentase una situación de epidemia. Luego, en la convivencia urbana y en nombre de la salud, se observan a diario verdaderas situaciones en las que los no-fumadores se sienten con derecho a agredir y maltratar a las personas que fuman, pues en su imaginación las registran como a agentes contaminantes. Sucede entonces que las personas que no fuman sienten que quienes fuman las agreden con su conducta y, en consecuencia, se colocan a la defensiva.

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Es extraño, pero otra vez como antaño el tabaco vuelve a ser «demonizado» y los fumadores vuelven a ser tratados como «bárbaros». Llama la atención que un mundo supuestamente tan evolucionado y tan amplio de criterio en tantos temas complejos y controvertidos, haya involucionado hacia una especie de neoinquisición médica. Y también llama la atención que en un mundo tan estadísticamente mensurado se trate a los fuma-dores con tanta desmesura. Si de lo que se trata es de prestar atención a las estadísticas, deberían enton-ces montarse campañas publicitarias con carteles que dijeran algo así como: en las playas, tomar sol mata; en las autopistas, conducir coches o motos mata; en las estaciones de servicio, el monóxido de carbono mata; en los bares, beber alcohol mata; en los supermercados, los colorantes y los conservantes matan; en los fast food, la comida chatarra mata; en los restaurantes, la obesidad mata; en las empresas telefónicas, el celular mata y sus antenas también...


Todavía mejor, para ser completamente consecuentes, habría que prohibir todas esas insanas costumbres. Finalmente, puestos a hacer campañas publicitarias contra todo lo que atenta remotamente a la salud de la población, sería de esperar que se haga también campaña contra algunos programas de televisión que aten-tan gravemente contra la salud intelectual. ¿Acaso no es mucho peor contaminarse la cabeza que los pulmo-nes? No se tome tan a la ligera esto que decimos. Con estas ironías no pretendemos banalizar las cosas, sino tan sólo señalar incoherencias y prevenir. Nótese que ya han comenzado a transitar por los Tribunales las demandas contra las hamburguesas y las papas fritas.

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Legalidad del consumo de tabaco.


Además, habría que poner las cosas en su punto, pues la persona que fuma consume un producto legal, que compra legítimamente en establecimientos legales. El gobierno autoriza la producción, elaboración, distribu-ción y venta legal de tabaco en su territorio. Además, el gobierno obtiene ingresos genuinos a sus arcas públicas provenientes de los impuestos al tabaco. Ahora bien, si el gobierno no prohíbe de plano el consumo tabaco, pero a su vez asegura que el tabaco mata a la gente; pues entonces, en estricta lógica, habría que deducir que es cuanto menos cómplice de las muertes que dice que el tabaco produce.

Los gobiernos a lo más se dedican a subir el precio del tabaco, pensando que así lograrán desalentar el hábito de fumar. Pero lo que en realidad ocurre es que de este modo sólo los ricos podrán fumar tabacos decentes, conduciendo a los fumadores pobres hacia el mercado negro del tabaco de contrabando y de baja calidad. ¿No debería el Estado ocuparse en velar por la calidad de todos los productos que la población con-sume legalmente? ¿No debería garantizar el Estado que todos los ciudadanos puedan consumir productos de calidad? ¿No es eso lo que hace con las bebidas, las carnes y otros alimentos, aun cuando los científicos también dicen que muchos de esos productos pueden conllevar riesgos para la salud? Cuanto menos las Aso-ciaciones de consumidores deberían denunciar los injustificados aumentos de precio del tabaco.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que comer y beber es perjudicial para la salud, sino que hay que comer y beber con moderación. Entonces: ¿no será mejor hacer campañas publicitarias pidiendo modera-ción a los fumadores en lugar de prohibírselos?

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