Experiencias traumáticas que tienen los chicos en edades tempranas predisponen a la falta de sociabilidad cuando son más grandes

Si se concentra, Luciana Aurecci todavía puede recordar el empujón que recibió cuando estaba en preescolar, que la metió en una pileta en un segundo, sin que supiera qué había que hacer en el aire, ni en el agua, ni nada. Desde sala roja y hasta séptimo grado tendría natación en la escuela, y aunque estaban dando los primeros pasos, el profesor de Educación Física decidió cuándo y cómo Luciana tenía que entrar al agua en su segunda clase. “Me asusté muchísimo, estaba de espaldas a mi maestro y de repente caí a la pileta, sin saber ni siquiera flotar, entré en pánico”, se acuerda.

A su alrededor, veintidós años atrás, estaban sus compañeritos de sala roja, riéndose: “Les pareció gracioso, éramos chicos y supongo que sintieron que era una broma inocente, una manera de animarme, porque ninguno sintió el mismo miedo que yo”, explica Luciana. El maestro recibió un llamado de atención y sus papás se reunieron con las autoridades de la escuela para pedir explicaciones y para, a la vez, explicar lo que vendría: la nena, de cinco años, quería seguir junto a sus compañeros, quería ir a ese colegio que tanto le gustaba –el Granaderos de San Martín, una escuela pública en el barrio de Palermo- pero no volvería a meterse al agua. Ni en ese momento, ni en primero, ni en segundo, ni en séptimo grado. La precaución a la que la habían invitado en su casa, ante las inminentes primeras lecciones de natación, se había convertido en un miedo feroz, de esos que inmovilizan.

“La primera reacción de mis compañeros fue la burla, se reían y decían que estaba exagerando; después, cuando vieron que no me causaba gracias, intentaron animarme para que volviera a probar, me contaban que nadie los empujaba y que estaban aprendiendo mucho”, recuerda, y agrega: “En algún momento mi miedo fue tan grande que se convirtió en una especie de tabú; éramos muy chicos para saber que se trataba de un tema prohibido, pero ni siquiera hablaba sobre eso, me había hecho muy mal y sobre todo me hacía sentir cobarde”.

Los años pasaron y Luciana, aprovechando que la familia materna vive en Córdoba, siempre prefirió las sierras por sobre el mar, y la lectura por sobre las colonias de vacaciones que insistentemente ofrecía su mamá: “Conocí el mar, es un paisaje hermoso, pero no me metía mucho”. La solución, evalúa, llegó a la fuerza: hace dos años nació su primer hijo, Dante, y quiso que estuviera cerca del agua desde bebé: “Lo llevé a hacer matronatación, me lo recomendaban amigas y el pediatra, y quería que él no tuviera el tiempo como para después tener ese miedo tan grande; y por él me metí, para hacer las clases, tuve que deshacerme de ese miedo”, explica.

Ella no fue la única en considerarse “cobarde” y en “verse obligada” a salir de su propio miedo. Lo mismo le pasó a Matías López, que desde chico temía quedarse encerrado en su casa, en el ascensor, en cualquier lado. Al principio, el método que sus papás implementaban para tranquilizarlo era dejar unas llaves siempre a su vista, o bajar por las escaleras. Pero la tolerancia era cada vez menor, y se preocuparon: “Me preguntaron si yo creía que necesitaba ayuda, y me resistí un poco, hasta que el miedo me impedía estar tranquilo en un lugar, en una reunión de amigos, por ejemplo. En ese momento me pareció que tenía que consultar con un especialista”, explica.

Matías, que ahora tiene 38 años, empezó terapia y el diagnóstico llegó rápido: padecía claustrofobia. Al principio, el tratamiento fue desde la psicología conductual: “Me planteaban pautas simples para bancarme esas situaciones, y funcionó”. Pero eligió avanzar y psicoanalizarse: “Descubrí cosas mías que me hacían sentir ese encierro, bastante más profundas, y seguí trabajando con eso. Sentí que el miedo iba a aparecer por otro lado, y no quería volver a estar en ese lugar que te deja quieto”, reflexiona.

Cuando llega esa sensación de inmovilidad es que aparece la necesidad de moverse, de buscar soluciones, de salir de ese lugar que hace ruido, que incomoda y que no deja hacer.

Chicos con ataques de pánico


hay que creer cuando los chicos temen, a tiempo todo se puede sanar

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