“El pelo es lo vegetal en el hombre”, escribió Lezama Lima, pero en el caso del pubis femenino parece haber cumplido también otro papel, y es el de cubrir aquello que para muchas culturas fue inquietante durante siglos: la vulva, el sexo sin representación

A favor del vello púbico

Pertenezco a la generación que, en términos de cierto cronista de fútbol, abrió hostilidades en la aventura del sexo a fines de los setenta y principios de los ochenta, y por eso las parejas con las que aprendí el ABC amatorio, mi primer y modesto Kamasutra, tenían el típico pubis de la pubertad, es decir recubierto de vellos, un Monte de Venus con vegetación amazónica y en estado salvaje. Nadie se hacía preguntas, el vello púbico simplemente estaba ahí. Así era la vida, el mundo, así éramos. Y no podía ser de otro modo: toda la cultura erótica de la que disponíamos lo incluía, desde las imágenes de Egon Schiele, con sus adolescentes anoréxicas, hasta las rellenitas de Modigliani, e incluso estaba en expresiones que intentaban ser poéticas (hoy muy cursis) con frases como “sombra del pubis”, o aquella de “rubia original”, refiriéndose a que el color de su pelo íntimo confirmaba el de su cabeza. Ese vello arremolinado, con tendencia a hacer motas, que discurría agradablemente entre los dedos al estar húmedo o, al revés, ser muy cortante en estado de reposo, también formó parte de la contracultura del porno, del porno intelectual, se entiende (aunque también del otro). Su máximo icono fue Garganta profunda, donde todos vimos, conteniendo la respiración, cómo una Linda Lovelace hermosamente pilosa presentaba la extraña anomalía de tener el clítoris en la garganta.


“El pelo es lo vegetal en el hombre”, escribió Lezama Lima, pero en el caso del pubis femenino parece haber cumplido también otro papel, y es el de cubrir aquello que para muchas culturas fue inquietante durante siglos: la vulva, el sexo sin representación. O incluso, como lo vio el propio Freud, el vacío del sexo. Pensemos que el médico Galeno, el primero, teorizó que la vulva era un pene invertido, un inquietante espacio que creció hacia el interior de la fémina, y exactamente de ese modo la representó uno de los primeros anatomistas, Andrea Vesalius, en un célebre tratado sobre el cuerpo. ¿Qué era esa misteriosa cavidad en el vértice del cuerpo femenino? ¿Una fosa? ¿Una grieta? Dios santo, ¿un abismo? El vello cubría esa anomalía, esa inquietante pregunta, esa entrada al infierno que, como si fuera poco, en las pesadillas de algunos tenía dientes, la horripilante vagina dentata.


La cultura occidental fue siempre falocrática, y por eso el sexo de la mujer se definió no por sí mismo, sino por la ausencia de un pene, de ahí el misterio y las leyendas: que la exhibición de la vulva tenía el poder de resucitar a los muertos, que poseía facultades apotropaicas (combatía el mal), alejaba al diablo y podía salvar a la humanidad. En la mitología griega, según la historiadora Mihtu Sanyal, “las mujeres de la ciudad de Xantos repelen al invencible Belerofonte con una exhibición colectiva de sus vulvas”, y ciertas tribus del norte de África aseguran que ante la visión de un sexo femenino los leones se dan vuelta y huyen. Sigmund Freud equiparó la cabeza de la Medusa con la vulva y afirmó que quien la contemplara se convertiría en piedra, tal era la fuerza de ese misterio que permanecía oculto debajo del vello. Y ese misterio, como decía antes, se transfirió al lenguaje: ¿cómo referirse a él? Hay acepciones médicas o palabras vulgares, pero las jóvenes o las niñas no sabían cómo referirse a su propio sexo y decían cosas como “ahí abajo” y aún hoy circulan eufemismos como, “botón”, “concha”, “preciosa dama”.


Por eso el pelo cobertor, esa suave y tersa vegetación, no solo protege una parte sensible del cuerpo sino que, para la psiquis, oculta algo perturbador. Tanto que el arte grecolatino, lo mismo que el del Medioevo y el Renacimiento, se olvidaron por completo de la vulva: un pubis plano y neonato o un cruce de piernas o una mano o una hoja lo ocultan, mientras que el pene es el gran protagonista. ¡Su majestad el pene! Los museos, iglesias y plazas de Europa están repletos de penes cuidadosamente esculpidos en mármoles y bronces, delineados sobre lienzos o en frescos, a veces ocultos con una pudibunda hoja de parra. Zeus, Poseidón, las diversas representaciones de Príapo o de Hércules, el David de Miguel Ángel, el Plutón de Pinturicchio que rapta a Perséfone y va corriendo con el pene al aire. Solo en la Plaza de la Signoria de Florencia hay tres gigantescas estatuas que exhiben sus penes a tutiplén: Neptuno, David y el Perseo de Cellini. ¡Y ni una sola vulva!



Solo en la prehistoria hay imagen del sexo femenino con sus diferentes atributos: las Venus esteatopígicas de las culturas prehispánicas, esas piezas de cerámica o talladas en piedra con la hendidura del sexo bien marcada, por lo general sin pelo, pues es la hendidura la que representa la fertilidad. En la India es diferente: en Kajurao, los templos dedicados al matrimonio de Shiva con la diosa Kali contienen penes y vulvas por doquier, muchas de ellas con vello púbico. Pero es que los indostánicos nos llevan varias leguas en este tema. Entre nosotros hubo que esperar hasta 1886 para que Gustave Courbet pintara El origen del mundo y le diera a la vulva, por fin, ese primer plano que el arte occidental le había negado durante siglos y que ya clamaba al cielo. ¡Y con todo su pelo!


En mi época cada mujer era diferente por lo abultado o escaso de su vello, por su extensión al muslo y el modo en que iba disminuyendo y trepaba por el vientre. En las heroicas clases de gimnasia del Refous, mi colegio, ante el ombligo de alguna compañera, viendo esa pelusilla que se perdía por debajo de la línea de la pantaloneta, exclamábamos: “Si así es la carrilera, ¡cómo será la estación!”. Ese fue nuestro canon, así crecimos, y por eso cuando comenzaron a aparecer las depilaciones, primero en revistas para adultos a fines de los ochenta, y luego, al llegar internet, con la gran revolución y socialización del porno on line, la depilación se masificó en un proceso que fue reduciendo cada vez más la parte pilosa con formas divertidas (triángulo, V, ticket, moustache, islote, ficha de lego) hasta llegar a la desnudez completa de la vulva, algo que para los nacidos en los años sesenta, créanme, no deja de ser inquietante, esos tonos rosados en la carne, como los pliegues del pollo en las neveras del supermercado o la imposible (y monstruosa) idea de un bebé gigante y lúbrico. Y la ciencia no se pone de acuerdo: que la depilación es más higiénica al evitar la formación de grumos con segregaciones y flujos. Que el pelo es una barrera antivirus, una jaula que protege a la princesa de todo lo malo que hay en piscinas, baños, duchas y gimnasios.


Me gusta el estilo natural, insisto, pero ese espacio es propiedad privada y son ellas las que deciden. De hecho ya hay otra moda que amenaza con cambiarlo todo y que consiste en adherir cristales de colores en el pubis después de la depilación, para darle a la zona sagrada un aire discotequero o kitsch. Se llama vajazzling. Todo lo veremos, todo lo aceptaremos. Lo único es agradecer a dios, al dios de los desesperados o de los idólatras, por el hecho de que, con vegetación selvática o suelo desértico, con ecosistema de tundra o roca volcánica, con spots y luces de Swarovski, ese Monte de Venus siga abriendo de vez en cuando sus puertas, y los peregrinos podamos acampar en él por un tiempo y encontrar alivio.


En contra de el vello publico