“La misión esencial del médico es estar cerca de los enfermos”

Ricardo Sánchez, cardiólogo platense. La involución de una medicina humanística hacia otra despersonalizada. Favaloro, Manzino, los grandes médicos. Su visión sobre La Plata y el recuerdo de Ricardo Balbín


POR
MARCELO ORTALE

“Ahora la medicina es notablemente técnica. Es más una medicina de órganos que humanística. Cambiaron las condiciones sociales y la propia condición médica. Yo estoy formado en la escuela de Bernardo Monzino, un maestro que fue no sólo un gran médico, sino que además tenía una visión totalmente humanística”, dice el cardiólogo platense Ricardo Sánchez, hoy retirado del ejercicio pero no de una vocación que le dio sentido a su vida.

Cuando Sánchez se jubiló hace poco, el hall de entrada del hospital donde atendía se vio invadido por centenares de paquetes, de regalos de sus pacientes de toda condición social que le agradecían su calidad profesional y fundamentalmente que los hubiera tratado y hecho sentir, además, como amigos.

En esa oportunidad, EL DIA hizo una nota anunciando la despedida de este grande de la cardiología. Allí uno de sus pacientes, Juan Francisco Lagomarsino, ofreció este testimonio: “Empecé a atenderme con Ricardo hace 23 años a partir de un triple by pass. Y aunque él apenas me conocía fue a verme al hospital donde yo estaba internado, que no era el hospital donde él trabajaba. Y así lo hizo cada una de las otras veces, pasando incluso las diez de la noche cuando terminaba de trabajar. Es un médico que cuando me dijeron que iba a dejar de atender yo sentí realmente que me quedaba huérfano”.

Pero no los dejó totalmente huérfanos. “Durante meses -contaría después- como no quise que esta transición fuera abrupta me fui reuniendo con mis pacientes, para ayudarlos a encontrar al médico apropiado según sus patologías y necesidades”.

Nacido en Punta Alta, cerca de Bahía Blanca, hijo del español Ricardo Donato Sánchez -jefe de fundición en Puerto Belgrano- y de la argentina Josefa Barreda, se educó cerca del campo, donde amó primero la biología. Luego de un año en Inglaterra, adonde su padre fue a especializarse en 1950 para luego venir a Río Santiago, la familia llegó a La Plata. Estudió el secundario en el Normal 3, de la calle 8 y 58, y casi al terminar el colegio sintió el llamado de la medicina.

“Primero, porque la medicina era lo más cercano a la biología. Pero ya estudiando aquí medicina, comprendí esta premisa y la asumí para siempre: el hombre ayuda al hombre. Vi que esa era la misión esencial del médico, estar cerca del enfermo. Me atrajo la parte humana y también descubrí que el médico y el enfermo son emergentes de la sociedad”.

En la carrera médica no se destacaría sólo como médico cardiólogo. La docencia lo esperaba. En las décadas en que ejerció la cátedra fue profesor adjunto de Clínica Médica, profesor titular de Cardiología de la carrera de post grado de la Universidad Nacional de La Plata, profesor extraordinario consultor de la UNLP, jefe del servicio de Cardiología del hospital San Juan de Dios, además de presidente de la Sociedad Médica de La Plata, integrante del Comité de Docencia de la Federación Argentina de Cardiología y autor de numerosas obras científicas, entre otras “Semiología de las enfermedades cardiovasculares” en colaboración con Héctor Caíno, un libro de permanente consulta.

También a poco de recibirse integró el grupo de médicos que iniciaron el sanatorio Ipensa y se incorporó al Policlínico San Martín -junto a su colega y amigo Carlos Geronés-, uno de los iniciadores de la unidad coronaria. A poco de ejercer, uno que siempre lo elogiaba y recomendaba fue René Favaloro.

Repasando su vida aparecen muchos años suyos prestando servicios en el Policlínico.

“Disculpe, lo interrumpo. En el Policlínico fue donde me sentí más médico que nunca”.

¿Quiénes fueron los médicos que mejor recuerda, los que más influyeron en usted?

“Favaloro, antes que nadie. Favaloro fue y sigue siendo mi ídolo. Con el grupo Honra que integro tuvimos la gran satisfacción de emplazar un busto de Favaloro en la rambla de 51 entre 14 y 15, al costado de la Catedral”.

Usted defendió siempre la corriente humanista en la medicina.

“Si, en esto puedo decir que integro el grupo de quienes fuimos educados por Bernardo Manzino, que no sólo era excelente médico sino que tenía una visión humana integral sobre la profesión. Pero no puedo dejar de mencionar a Héctor Caíno, a Rodolfo Di Salvo, al cirujano Scafatti, entre tantos otros”.

Usted ha dicho que la medicina ha cambiado, que se ha vuelto más técnica. ¿Cuáles serían las causas?

“Hay una conjunción de causas. A mí me gusta hablar de que ahora hay intrusos en la medicina. Esos intrusos serían cuatro: en primer lugar los economistas de la salud; luego, algunos abogados, que han colocado a los médicos en la frontera de la mala praxis; el tercer factor podría ser el tratamiento sensacionalista que hacen algunos medios sobre la cuestión médica y el cuarto factor que incide son los parientes del enfermo, el entorno nutrido muchas veces por gente que adquiere conocimientos básicos en Internet y que pretenden después monitorear la actividad del profesional. Todo esto ha terminado por despersonalizar la actividad médica. Hoy los profesionales le dicen a sus pacientes, muchas veces, “no me hizo la resonancia..”, y ese es todo el dictamen. El médico tendría que tener una presencia más continua junto al paciente y el paciente debiera verlo más de lo que normalmente lo ve. De esta manera se ha roto el pacto médico”.

La enfermedad cardiológica ¿es la que más ha crecido en los últimos tiempos? Y si fuera así, ¿a qué obedecería ese fenómeno?

“Desde la década del 60 se vivió un aumento notable de la enfermedad coronaria. De allí que también fuera notable el progreso científico que se experimentó. De todos modos, puede hablarse de que existió una verdadera epidemia coronaria. Los motivos son conocidos, la alimentación, el estrés, el tabaco, la hipertensión arterial no controlada, las dislipemias. Pero creo que ahora la enfermedad que se viene van a ser las enfermedades del cerebro, las patologías cerebrales. Hay que prepararse porque aquí estará el mayor desafío médico”.

Uno de sus pacientes más famosos fue Ricardo Balbín.

“Así es. Yo había sido compañero de facultad y muy amigo de su hijo Osvaldo, que luego fue electo intendente de Salliqueló al restaurarse la democracia en 1983”.

¿Qué es lo que podría destacar como característica sobresaliente de Balbín?

“Fundamentalmente, su dignidad. Lo traté mucho y nunca lo vi perder la línea ni salirse de los principios que él postulaba como hombre público. La imagen pública que se tenía de él era la misma que su imagen privada. En sus charlas yo terminé por calificarlo como un liberal político, no un liberal económico. Y siempre ponía el acento en el valor de la proporcionalidad democrática y en el respeto a la articulación entre la mayoría y las minorías. Ese reloj de pie, antiguo, que usted ve sobre aquella mesa me lo regaló Balbín”.

Ahora usted está empezando a volcar más atención en la historia argentina. ¿escribirá algo?

“Por ahora, escribo para mí. Sabe, pese a sentirme muy platense, me queda mucho del hombre del interior que fui. Soy fanático de la provincia de Buenos Aires. Hay mucha historia y muy valiosa en la Provincia. Creo además que la gran historia bonaerense la escribió el inmigrante, que a esa parte de la Argentina la formó la inmigración. La cultura indígena no aportó casi nada en nuestra Provincia”.

¿Cuál es la opinión sobre La Plata que tiene cualquier hombre del interior?

“Me duele lo que voy a decirle, pero la Provincia está como decapitada. Decapitada porque La Plata no se decide a asumir su rol de capitalidad. Todas las provincias tienen una capital fuerte, pero a La Plata le falta esa fortaleza”.

¿Cómo pudo hacer usted para acompañar siempre a sus pacientes para visitarlos aunque estuvieran en otro hospital? ¿De dónde sacaba tiempo?

“El sacrificio todos estos años lo hizo mi esposa. Ella llevó la casa, se ocupó de todo. Sólo así pude cumplir con mi papel de médico”.

¿Qué es lo que corregiría de su vida profesional y personal?

“De mi vida personal, muy poco. De la actividad médica, nada”.

¿Como docente, qué sintió y que siente ahora?

“La docencia fue una pasión que no se apaga, un gran fervor. Pero también uno a veces se siente agobiado por un panorama educativo que parece apagado. Y yo digo que sin educación, no hay movilidad social”.

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La misión esencial del médico es estar cerca de los enferm
Vive desde hace 40 años en una casa cercana a la vieja cancha de Estudiantes en el Bosque, aún cuando se declara hincha de Independiente. Casado con María Elena Dillon, tuvieron tres hijos: Ricardo Martín; Julia Elena, que vive en Mendoza y María Mercedes. En la casa sobran motivos gauchos, cuadros, libros y regalos, regalos de los pacientes. Hay una cómoda de algo más de un metro de alto con siete cajones: cada uno de los cajones tiene adentro... ¿cuántos?...cuarenta cuchillos criollos, esos que sirven para los asados. Más de doscientos cuchillos. Allí en la planta alta sigue leyendo y trabajando el cardiólogo, llenando fichas no sólo para sus libros de historia sino para un ensayo médico que podría llegar a ser rico en anécdotas, jugoso, casi polémico, según cuenta sonriendo: “se va a llamar Los parientes del enfermo”.

que anden saludables
danuschi