La enfermedad mas cruel del mundo

La enfermedad mas cruel del mundo

La enfermedad, el hambre y la desnutrición, son el brazo ejecutor de la pobreza[

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'Cada cañón que construimos, cada barco de guerra que se bota, cada cohete que lanzamos, no es otra cosa que un robo a aquellos que están hambrientos'
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En mis dias de no hacer nada, me encontre una pagina que habla del hambre en el mundo, me conmovio mucho y por eso la comparto con ustedes !
El hambre en el mundo
Jean Ziegler, “El hambre en el mundo explicada a mi hijo”

Si la distribución de alimentos en la Tierra fuera justa, habría comida suficiente para todo el mundo.
La FAO (Food and Agricultural Organization, la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas, evalúa en
su último informe en más de treinta millones el número de personas muertas de hambre en 1999 y, para el mismo período, en
más de ochocientos veintiocho millones los seres atenazados por la desnutrición grave y permanente.
Son hombres, mujeres y niños que, debido a la falta de alimentos, padecen lesiones con frecuencia irreversibles. O bien mueren
en un plazo más o menos breve, o vegetan en un estado de deficiencia grave – ceguera, raquitismo, desarrollo deficiente de la
capacidad cerebral, etc.-.
Nuestra Tierra podría alimentar por lo menos al doble de la población mundial actual. Alimentar quiere decir procurar a cada
hombre, mujer y niño una ración equivalente a dos mil cuatrocientas o dos mil setecientas calorías diarías, dado que las
necesidades alimentarias varían según los individuos, en función del trabajo que realizan y de las zonas climáticas donde viven.
Si la distribución de alimentos en la Tierra fuera justa, habría comida suficiente para todo el mundo.
Según la FAO, podemos distinguir entre “hambruna estructural” y “hambruna coyuntural”. Ésta última está provocada por el
derrumbe brutal, imprevisto, y a muy corto plazo de toda la infraestructura económica y social de una sociedad. Como por
ejemplo, la devastación y destrucción de campos, caminos y pozos a causa de una sequía o un huracán; o como consecuencia de
una guerra, donde se incendian las casas, la gente se echa a los caminos, se acaba con los mercados, saltan los puentes.
Súbitamente, deja de haber alimento, y millones de personas se ven en la indigencia de la noche a la mañana. Si la ayuda
internacional no llega muy rápido, mueren.
Al contrario de lo que pudiera pensarse, no es tan fácil combatir la “hambruna coyuntural”. No basta con llevar la cantidad
suficiente de alimentos a las personas necesitadas lo más rápido posible. Administrar una ayuda de emergencia requiere un
personal especializado y bien preparado.
Un trozo de pan o un puñado de arroz para un hombre, una mujer o un niño que padece hambre pueden ser mortales. El
organismo de una persona hambrienta puede estar muy dañado, debilitado y alterado. Se necesitan sueros y alimentos
específicos. A veces el aparato digestivo es demasiado débil y hay que administrar líquidos nutritivos por vía intravenosa.
La ayuda de emergencia es más que enviar contenedores de alimentos, es una operación logística y médica complicada y
delicada.
La “hambruna estructural”, en cambio, corresponde a la falta permanente de alimentos, a la ausencia persisitente de una
alimentación adecuada.
Se debe al subdesarrollo general de la economía de una país, a la insuficiencia de sus fuerzas de producción y de sus
infraestructuras y a la extrema pobreza de la mayoría de sus habitantes. La gente muere muy lentamente a causa del gran
número de enfermedades que les asolan, de la falta de vitaminas o del kwashiorkor.
Es mucho más difícil de delimitar, porque no se manifiesta por esas procesiones de seres famélicos en busca de un poco de
alimento, ni por los inmensos campos de acogida, o las largas filas de mujeres esqueléticas que llevan en los brazos a sus hijos
con cabezas de ancianos.
La “hambruna estructural” es responsable de la desgracia que afecta a centenares de miles de niños que, en Africa, en Asia, en
América Latina se vuelven ciegos por falta de vitamina A.
Es la causante de la muerte anual por parto de quinientas mil mujeres africanas, cuyo cuerpo debilitado no resiste la menor infección. Se manifiesta asimismo por multitud de enfermedades, de epidemias desconocidas o erradicadas desde hace mucho
tiempo en Europa.

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Por ejemplo, el Kwashiorkor, que es la destrucción lenta del cuerpo, especialmente del de los niños, cuyo desarrollo se paraliza.
El pelo se vuelve rojizo, hasta caerse; el vientre se hincha; los dientes se desencajan y caen. El niño o adolescente mueren
lentamente.
Otro de los males es la miseria que roe a tantos hombres en el Tercer Mundo. En los extrarradios de las grandes ciudades del sur
de Asia, de África, del Perú, del Brasil, se pueden encontrar montañas de inmundicias. Son los desechos de los ricos de las
ciudades.
Al amanecer, los pobres y los hambrientos invaden esos montículos, trepando por sus flancos. Escarban en las inmundicias con
picos acerados. Si encuentran un trozo de carne, un cadáver de animal, restos de pan, verdura medio podrida o fruta
estropeada, los meten en una bolsa que llevan con ellos.
Estos residuos son para sus familias, que viven en los arrabales, y les permiten una subsistencia incierta; pero su consumo,
lógicamente, no es bueno para el organismo. La lombrices se desarrollan en el vientre y producen todo tipo de enfermedades, a
menudo mortales.
En todo el Tercer Mundo, los detritus de los ricos alimentan si puede decirse así, a millones de pobres en miles de extrarradios.
Supervivencia precaria, con la miseria en primer plano.
Lo más triste es que la raiz de la hambruna en nuestro mundo está en los intereses económicos y políticos de las grandes
potencias, que pueden serlo a base de dejar en la miseria a tantos millones de seres humanos.
(Extractos de libro de Jean Ziegler,“El hambre en el mundo explicada a mi hijo”, de Muchnik Editores)
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Ocho razones sobre el hambre mundial
01. La incompetencia o corrupción de los Gobiernos de los países más pobres
El ejemplo más caricaturesco lo da Guinea Ecuatorial, donde el presidente y su familia se han beneficiado con una extravagancia faraónica del descubrimiento de grandes yacimientos petrolíferos sin pensar ni un segundo en el 90% de la población que sufre hambre y abandono. Mientras el hijo del presidente ocupa suites en los hoteles más lujosos de Los Ángeles y París, y derrocha dinero comprando trajes en Rodeo Drive y la Rue Faubourg Saint Honoré, los ingresos medios de los habitantes que no son familia o amigos del presidente permanecen por debajo de un euro al día.

En Angola, donde no sólo hay petróleo sino una extensa riqueza mineral, una larguísima guerra civil terminó hace dos años, pero los gastos militares no han disminuido: siguen acaparando un 30% del presupuesto gubernamental. En Nicaragua, donde la mitad de la población vive en condiciones de pobreza extrema, el 85% de la deuda externa ha sido condonada en los dos últimos años, pero todavía no hay señal de que haya subido el presupuesto, por ejemplo, para la educación. La prueba más contundente de lo devastadores que son los Gobiernos malos con políticas ineptas se ve en el hecho de que las dos hambrunas más grandes del siglo XX ocurrieron en Ucrania, en tiempos de Stalin, y en China, en tiempos de Mao. (“¡Ideologías que despueblan el mundo!”, se lamenta el personaje Herzog, del novelista Saul Bellow).

Ni Stalin ni Mao perdieron el poder como consecuencia de los millones de personas que murieron entonces. Ni siquiera vieron su poder diluido. Lo mismo ocurre hoy en muchos de los países donde la gente come mucho menos de lo que podría si los Gobiernos se interesaran más por su bienestar. El hambre, incluso a nivel masivo, no conlleva un coste político. Quizá un dictador africano considere sensato abastecer de alimentos a la población urbana, al menos de la capital, con la única intención de mantener el orden público. Pero si los habitantes de las zonas rurales más aisladas sufren malnutrición, ¿qué importa?

Por eso el premio Nobel Amartya Sen, economista hindú de la Universidad de Oxford, argumenta en su libro Desarrollo y libertad que existe un vínculo muy claro entre tiranía y hambre, democracia y prosperidad. En las democracias, escribe Sen, no hay hambruna. “Los gobernantes autoritarios, que pocas veces pasan hambre (u otras calamidades económicas), no tienen el incentivo para tomar el tipo de medidas necesarias para que las hambrunas se prevengan”.

En las democracias, en cambio, los Gobiernos sí tienen un fuerte incentivo para mostrarse responsables ante las necesidades más elementales del electorado: si no lo son, la próxima vez que la gente vote es probable que pierdan el poder.

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02. La poca fe de los grandes países capitalistas en el libre mercado
Al menos a la hora de comerciar con productos agrícolas. Uno de los grandes escándalos a nivel mundial, uno que todos reconocen pero pocos de los que podrían hacer algo al respecto abordan con la necesaria seriedad, es el de los subsidios que los agricultores de Estados Unidos y Europa reciben de sus Gobiernos. Las reglas del comercio internacional son tan injustas que si los mismos principios se aplicaran en un partido de fútbol se provocarían disturbios.

Es como si el arbitro en un Francia-Burkina Faso hubiese sido pagado por los franceses para asegurarles que todos los goles del equipo africano serían anulados, y, por si acaso, la mitad de los rivales expulsados antes de acabar el primer tiempo. El Gobierno del presidente Bush gasta 4.000 millones de dólares al año en subsidios para sus productores agrícolas. Lo que esto significa, en la práctica, es que, por ejemplo, los productores de algodón en Senegal van a la bancarrota. Los estadounidenses inundan el mercado y expulsan a los senegaleses de él.

Lo que es casi peor, inundan los propios países productores de algodón -o maíz o azúcar- con materia prima barata, lo que hace que los agricultores locales no puedan ni siquiera competir con los productos importados. La imagen del obeso ciudadano de Iowa, Estado agrícola por excelencia, contrastada con la del esquelético etíope, retrata a la perfección esta gran injusticia global. Los europeos son igual de culpables.

Hacen exactamente lo mismo con otros productos; una de las razones por las cuales algunos africanos, huyendo del hambre, se suben a pateras en Marruecos y (si tienen suerte) llegan a las costas españolas, generando problemas que proceden, al menos en parte, de la desleal competencia de la que son cómplices España y el resto

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03. Las guerras y la inseguridad en general
Los peores casos de hambruna en África en los últimos años se han dado en tiempos de guerra. El frágil equilibrio que permite que, aunque la gente pase hambre, sobreviva, se rompe y ocurre lo que ahora en Sudán y hace 20 años en Etiopía. Las guerras desplazan a la gente de sus tierras ancestrales, destruyen la infraestructura alimentaria, bloquean el acceso físico a comida de otras partes y dejan secuelas -por ejemplo, la muerte de individuos que saben cultivar la tierra- de las que las comunidades afectadas tardan años en recuperarse.

En Afganistán, el volumen de minas antipersonas enterradas en los varios conflictos militares que se han llevado a cabo desde 1979 ha hecho que más de la mitad de la tierra agrícola no pueda ser cultivada. Los europeos que recuerdan la Segunda Guerra Mundial, o la Guerra Civil española, entienden la ecuación guerra = malnutrición. Para un joven español o francés, hoy en día es casi inimaginable.
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04. Dan pescado cuando hay hambruna, pero no enseñan a pescar cuando no la hay
Los países ricos responden bien cuando ocurre una catástrofe, pero lo que no han sabido hacer es ayudar a que se evite, o crear las condiciones para que los problemas del hambre endémica desaparezcan. O al menos no con el empeño necesario.

Un buen ejemplo lo da Etiopía, uno de los países del mundo donde más hambre hay. En 1984, el cantante irlandés Bob Geldof reunió a algunos de los mejores artistas musicales de la época y grabó una canción para recaudar fondos para las víctimas de la terrible hambruna etíope de aquel año. La iniciativa se llamó Band Aid y logró recaudar mucho dinero. Hoy, Geldof, Bono y unos 40 artistas más han hecho lo mismo, en este caso para las víctimas de Darfur, en Sudán.

El problema es que en los 20 años que han pasado desde aquel gran despertar de la conciencia internacional que Band Aid representó los problemas de Etiopía son los mismos. No hay hambruna hoy, al nivel de 1984, pero hambre permanente sí. En un contexto en el que la ayuda internacional a los países pobres se ha ido reduciendo, Etiopía ha recibido lo que un alto funcionario de la ONU calificó como cantidades “lamentables” del exterior.

En un año bueno, cuando las cosechas rinden a tope, entre dos y tres millones de personas de Etiopía necesitan comida del Programa Mundial de Alimentos u otros organismos internacionales. En un año malo, el número asciende hasta una cantidad entre 12 y 15 millones.

El problema es que: 1. Salvo brotes como Band Aid cada 20 años, los habitantes de los países ricos no se interesan lo suficiente como para presionar a sus Gobiernos para que inviertan más en ayuda a los pobres del mundo que en nuevos submarinos. 2. Mientras se reacciona de manera ágil y eficaz y contundente (sin escatimar las inversiones), a la hora de las grandes crisis, tipo Darfur, existe poco afán por el trabajo lento, gradual, poco glamuroso (lejos de las cámaras de la CNN) que se requiere para ir paulatinamente ganando terreno al hambre, y previniendo así las grandes hambrunas antes de que ocurran
.
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05. Hay amores que matan y gente que se acomoda a la supervivencia
Aunque la ayuda internacional es insuficiente, a veces es demasiado. Se crea un problema de dependencia que hace que comunidades enteras pierdan la costumbre de alimentarse a sí mismas. En Ruanda, un país muy pobre que ha recibido mucha ayuda alimentaria desde el genocidio de 1994, una ministra del Gobierno se quejaba, en una conversación hace un año, de que su gente, o mucha de ella, había perdido la costumbre de trabajar; de cultivar sus tierras.

Siempre habían vivido en un nivel de subsistencia, pero ahora la subsistencia no procedía de su propio trabajo, sino del camión semanal de reparto de comida. Incapaces de concebir -y esto tiene todo que ver con la falta de educación- una ambición más elevada que la mera supervivencia (lo cual desesperaba a la ministra, una mujer que había estudiado en el extranjero), habían dejado de preocuparse por desarrollar la economía local.

Vivían la vida casi de animales de zoológico. No muy digna, quizá, pero despreocupada, tranquila. Un ejemplo alternativo, pero que conduce a la misma conclusión, es el de aquellos angoleños que vivían en zonas rurales tan remotas durante la guerra que jamás recibieron ayuda. Hoy, que el país recibe menos ayuda que en aquellos tiempos de crisis, son ellos -los que no se acostumbraron a tener sus necesidades básicas satisfechas por gente caída del cielo- los que mejor se han adaptado, los que saben organizar sus vidas de manera productiva, responsable y eficaz. “Cuando tiene que hacerlo”, como comentó Ignasi Carreras, de Intermón Oxfam, “la gente se espabila”.

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06. Las enfermedades
La malaria, el sida y la tuberculosis causan hambre. No es sólo que el hambre cause enfermedad. Porque cuanto más enfermo de malaria esté un señor en Mozambique que vive en una zona rural, menos posibilidades tendrá para trabajar en el campo y dar de comer a su familia, y alimentarse a sí mismo. Con lo cual se crea un círculo vicioso enfermedad-hambre-más enfermedad-más hambre. Así se va hundiendo una familia, una comunidad, un país.

No sólo se ve afectada la cantidad de comida a ingerir, sino también la calidad. La proporción de carbohidratos respecto a las proteínas aumenta en la dieta cuanta más pobreza hay. (La Dieta Atkins, la que permite consumir todas las proteínas que uno quiera con tal de no tocar los carbohidratos, definitivamente no es para gente pobre, ni siquiera en EE UU). Lo cual a su vez supone una deficiencia de los micronutrientes de los que se derivan el hierro, el zinc, el yodo y las vitaminas. Se podrá sobrevivir sin las cantidades de estos micronutrientes consideradas básicas en Occidente, pero no se puede llevar una vida sana. La vulnerabilidad es extrema.

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07. El determinismo geográfico
El clima y otras fuerzas ineludibles de la naturaleza pueden influir de manera decisiva en los hábitos alimenticios de la gente. Los países donde hay hambre son los países calientes de la Tierra, los que están situados entre las latitudes de los trópicos. Estos países son, por un lado, más vulnerables a sequías o inundaciones -a la violencia meteorológica- que los países del norte. Pero, por otro lado, existe la paradoja de que, en términos históricos, son países más fértiles que los fríos; están menos a la merced de los cambios bruscos estacionales.

Una persona que no tiene ingreso alguno va a poder sobrevivir por su cuenta en la selva del Congo, va a poder encontrar comida en los árboles con más facilidad que una persona sin ingresos en los bosques de Finlandia. En tiempos prehistóricos, vivir en el Congo en vez de en Finlandia era una ventaja. Lo que ocurre, como cuenta Jared Diamond en su libro sobre la evolución de las civilizaciones Armas, gérmenes y acero, es que los humanos que habitan los países más fríos e inhóspitos se ven obligados a buscar formas de conservar la comida para el invierno, de planificar para el futuro.

Por ejemplo, antes de la refrigeración, utilizando la sal. Esta necesidad de conservar hizo que la relación con la comida se volviera más sofisticada en los países del norte que en los del ecuador o el sur.

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08. La caridad comienza en casa
La solución al problema del hambre es muy sencilla de identificar y muy difícil de llevar a cabo: el desarrollo. A no ser que sea especialmente incapaz o tenga muy mala suerte, la gente que vive en Norteamérica, Europa o Japón no pasa hambre. No está mal nutrida. Y vive hasta los 75 años y más.

En África viven 20 o 30 años menos. Ignasi Carreras está en el negocio de ayudar a los hambrientos, pero él lo tiene claro: regalar comida no es, a mediano o largo plazo, la solución. “Lo más importante es que la gente sepa cómo ganarse la vida, que se valga por sí misma”, dice. El hambre es sencillamente la pobreza llevada a su máxima expresión. Con lo cual, lógicamente, hay que combatir la pobreza, hay que dar a la gente los medios y las condiciones para que puedan enriquecerse. Esto supone, primero, abordar los siete problemas anteriores mencionados en este artículo, sin excluir una cooperación internacional justa, responsable y enfocada con sensatez.

Pero ante todo, según lo entienden Carreras y -entre muchos más- el Nobel Amartya Sen, hay que procurar crear sociedades democráticas en el sentido más amplio y profundo de la palabra. Esto no implica tanto la celebración de elecciones como la creación del conjunto de factores -Estado de derecho, medios libres de comunicación- que llevan a la creación de una sociedad civil cuyos valores son más duraderos que los de cualquier Gobierno o partido político. El hambre no es un problema de malas cosechas o de falta de tierra. (En Japón comen mejor que en Argentina).

Es un problema con origen humano. Obedece a malas decisiones de determinadas personas, especialmente de las clases gobernantes. Cuanto más responsable y preparada sea la gente en el poder, y cuanto más generosa la gente en los países cuyos problemas de supervivencia elemental están resueltos, menos hambre habrá en el mundo. El problema es que todo esto, como demuestra la historia de la especie, es mucho pedir.

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info: www.intermonoxfam.org y www.comercioconjusticia.com.
Periodista Digital de España

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14 comentarios - La enfermedad mas cruel del mundo

@hudone
Te felicito por es post.
@Bajo_Fondo
Yo diria que la mas cruel es el cancer, pero si vos decis que es esta...
@papin123
y cual es la enfermedad mas cruel¿? la pobreza no es una enfermedad capo
@sergiocarp
El hambre no es una enfermedad la ptqtp, es una necesidad
@papin123
ffaaccuuu dijo:si alguien queire una cuenta para L. O. C. K. E. R. Z. mandenme un MP con mail y les envio una invitacion, perdon x el spam no me queda otra


si queres una flor de poronga para tu maceta mandame un mp hijo d puta me teinen las bolas llenas con *** la puta madre que te pario
@Dime93
papin123 dijo:
ffaaccuuu dijo:si alguien queire una cuenta para L. O. C. K. E. R. Z. mandenme un MP con mail y les envio una invitacion, perdon x el spam no me queda otra


si queres una flor de poronga para tu maceta mandame un mp hijo d puta me teinen las bolas llenas con *** la puta madre que te pario


si tiene rason mongol de mierda , no ves qe estan hablando de la pobresa y vos pelotudaso qeres tu play 3 pedorra
@papin123
kaliman_azul dijo:«La indiferencia es una enfermedad casi más grave que la depresión» de eso da entender en el post se quiere curar el sida, el cancer cuando lo mas basico no se ha podido erradicar por que ? por la La indiferencia de las personas y aca mismo tienes un ejemplo hablando nosotros de cosas serias y tristes y nuestro amigo SPAM
La indiferencia es una enfermedad casi más grave que la depresión. Consiste en una especie de neutralidad frente a la vida, es una enfermedad del alma muy grave y requiere de un zarandeo de alguien desde fuera. Decían los clásicos: Levántate rápido. Lo más importante es tener un programa de vida personal con cuatro grandes temas: amor, trabajo, cultura y construir la propia personalidad, que ha de ser fuerte. Esos cuatro grandes temas son como una vacuna frente a la adversidad.




quote=papin123]y cual es la enfermedad mas cruel¿? la pobreza no es una enfermedad capo
[/quote]


aaahhh, ok
@pilogallo
pero la desnutricion si, y no solo en Africa sino aca mismo, mis pacientitos llegan super desnutidos
@pilogallo
Claro, y la homosexualidad tambien es una enfermedad [/sarcasmo]
y q tiene q ver? no se compara, una es una decision y otra es una inmposicion GIL
@Strato_cuervo +2
pilogallo dijo:[sarcasmo] Claro, y la homosexualidad tambien es una enfermedad [/sarcasmo]
y q tiene q ver? no se compara, una es una decision y otra es una inmposicion GIL

la homosexualidad no es una decision