Los jóvenes preguntan...

¿Cómo puedo dejar de lastimarme a propósito?
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“No podía controlar la angustia. Pero un día descubrí algo que sí podía controlar: el dolor físico.” Jennifer, de 20 años.*

“Cada vez que me enfadaba, en vez de llorar, me hacía cortes. Luego me sentía mejor.” Jessica, de 17 años.

“Llevo unas dos semanas sin lastimarme. Es mucho tiempo en mi caso, pero creo que nunca lograré dejarlo por completo.”—Jael, de 16 años.

JENNIFER, Jessica y Jael no se conocen, pero tienen mucho en común. Las tres sufren una intensa angustia y las tres la afrontan del mismo modo: todas buscan alivio temporal provocándose lesiones a propósito.#

Por raro que parezca, la autolesión —que abarca los cortes y la automutilación— es bastante común entre los adolescentes y adultos jóvenes. El periódico canadiense National Post comenta que este hábito “aterroriza a los padres, desconcierta a los orientadores y pone a prueba a los médicos”, y además “amenaza con convertirse en una de las peores adicciones conocidas por la medicina”. ¿Estás tú o algún conocido tuyo esclavizado a esta práctica? Si así es, ¿puedes hacer algo?

Antes de nada, trata de determinar qué te impulsa a lastimarte. Recuerda que cortarte no es una simple muestra de nerviosismo. Por lo general, es una táctica para sobrellevar algún tipo de tensión. La persona que se hace daño a sí misma intenta calmar el dolor emocional causándose dolor físico. Así pues, pregúntate: “¿Qué pretendo al hacerme daño? ¿En qué estoy pensando cuando siento el impulso de cortarme?”. Es posible que cierta situación en tu vida —tal vez relacionada con tu familia o con tus amigos— te esté angustiando.

Claro, hacerse un autoexamen semejante exige mucho valor de tu parte, pero el esfuerzo bien vale la pena. Este suele ser el primer paso para abandonar esa práctica. Con todo, se necesita más que solo averiguar las raíces del problema.

Cuéntaselo a alguien
Si ya has caído presa de este hábito, sería recomendable que se lo contaras a un amigo maduro en quien confíes. Cierto proverbio bíblico dice: “Las preocupaciones no dejan a la gente ser feliz, pero las palabras de aliento le traen alegría” (Proverbios 12:25, La Palabra de Dios para todos). Si le confías tu problema a otra persona, tendrás la posibilidad de oír las palabras consoladoras y amables que necesitas (Proverbios 25:11).

Ahora bien, ¿con quién deberías hablar? Conviene que elijas a alguien mayor que tú, que sea sensato, maduro y compasivo. Afortunadamente, los cristianos cuentan con los ancianos de su congregación que son “como escondite contra el viento y escondrijo contra la tempestad de lluvia, como corrientes de agua en país árido, como la sombra de un peñasco pesado en una tierra agotada” (Isaías 32:2).

Claro está, tal vez te asuste la idea de contarle tu secreto a otra persona. Quizás te pase como a Sara, quien admite: “Al principio me costó confiarle mi problema a alguien. Pensaba que si las personas descubrían cómo era realmente, se alejarían de mí con odio y desprecio”. Pero cuando lo hizo, comprobó por sí misma lo ciertas que son las palabras de Proverbios 18:24: “Existe un amigo más apegado que un hermano”. Sara cuenta: “Los compañeros cristianos maduros con los que hablé nunca me reprocharon nada, dijera lo que les dijera de mi costumbre de lastimarme adrede. En vez de eso, me ofrecían recomendaciones prácticas. Utilizaban la Biblia para razonar conmigo y me consolaban cuando me sentía desanimada y despreciable”.


Nunca subestimes el valor de la oración ni de confiarle tu problema a un ser querido
¿Por qué no le confiesas a alguien que tienes esa costumbre? Si crees que no podrías contárselo a nadie personalmente, intenta hacerlo por carta o por teléfono. Este paso puede suponer un adelanto hacia tu recuperación. Jennifer reconoce lo siguiente: “Lo que más me ayudó fue saber que tenía a alguien que se preocupaba por mí y a quien podía acudir cuando veía todo negro”.%

La importancia de la oración
Laura se hallaba en un punto muerto. Por un lado, se daba cuenta de que necesitaba la ayuda de Dios. Pero por otro, creía que él no se la daría hasta que ella dejara de lastimarse a propósito. ¿Cómo salió de esta situación? Algo importante que la ayudó fue meditar en el texto de 1 Crónicas 29:17, donde se llama a Jehová Dios el “examinador del corazón”. “En el fondo del corazón, yo quería dejar de cortarme, y Jehová lo sabía”, relata Laura. “Cuando empecé a orar pidiéndole ayuda, el resultado fue extraordinario. Poco a poco fui cobrando fuerzas.”

El salmista David, quien no tuvo una vida fácil, escribió: “Arroja tu carga sobre Jehová mismo, y él mismo te sustentará” (Salmo 55:22). En efecto, Jehová no solo sabe lo que estás sufriendo, sino que, además, “se interesa por [ti]” (1 Pedro 5:7). Si tu propio corazón te condena, recuerda que Dios es “mayor que corazón y conoce todas las cosas”. En efecto, él comprende por qué te lastimas y por qué te cuesta tanto abandonar esa costumbre (1 Juan 3:19, 20). Pero si te acercas a él en oración y te esfuerzas por dejar de hacerlo, verás como él cumple la siguiente promesa: “Verdaderamente te ayudaré” (Isaías 41:10).

¿Y si sufres una recaída? ¿Significa que has fracasado por completo? ¡Claro que no! Proverbios 24:16 dice: “Puede que el justo caiga hasta siete veces, y ciertamente se levantará”. Aludiendo a este versículo bíblico, Laura admite: “Recaí más de siete veces, pero no me di por vencida”. En su opinión, la persistencia es fundamental. Lo mismo piensa Karen: “Aprendí a ver cada recaída como un pequeño retroceso temporal y no como un fracaso. También comprendí que tenía que comenzar de nuevo tantas veces como fuera necesario”.


CÓMO AYUDAR A QUIENES SE AUTOLESIONAN
¿Cómo puedes ayudar a un familiar o a un amigo con este problema? Es probable que esa persona necesite alguien a quien confiarse, así que puedes escucharla con atención. Procura ser “un compañero verdadero [...] nacido para cuando hay angustia” (Proverbios 17:17). Claro, es posible que tu primer impulso sea el de asustarte y exigirle que deje esa práctica de inmediato. Pero haciendo eso lo único que probablemente conseguirás es que se aleje de ti. Por otra parte, se necesita algo más que decirle que abandone esa costumbre. Habrá que buscar el modo de ayudarle a aprender otras formas de afrontar sus problemas (Proverbios 16:23). También tomará tiempo, así que ten paciencia. Como dice la Biblia, sé “lento en cuanto a hablar, lento en cuanto a ira” (Santiago 1:19).

Si eres joven, no creas que puedes ayudar a esa persona tú solo. Recuerda que este trastorno puede ser indicio de otro mucho más grave que necesite tratamiento. Además, tal práctica pone en peligro la vida de la persona, por mucho que no pretenda suicidarse. Por tanto, deberías animarla a que le cuente su problema a un adulto maduro que se preocupe por ella.
A veces se necesita otro tipo de ayuda
Jesús reconoció que “los que se hallan mal” ciertamente “necesitan médico” (Marcos 2:17). En muchos casos, tal vez haya que recurrir a un profesional competente para determinar si la práctica de autoagredirse esconde otro tipo de trastorno, y entonces recetar un tratamiento.^ Jennifer decidió recibir este tipo de ayuda para complementar el apoyo amoroso de los superintendentes, o ancianos, cristianos. “Es cierto que los ancianos no son médicos, pero han sido muy comprensivos —explica—. De vez en cuando todavía me entran muchas ganas de hacerme daño, pero he podido dominarme con la ayuda de Jehová y de la congregación, y con las técnicas que he aprendido para sobrellevar la tensión.”**

Ten la seguridad de que puedes aprender a sobrellevar los problemas de formas más productivas que lastimándote. Haz la misma petición que el salmista: “Fija mis propios pasos sólidamente en tu dicho, y no se enseñoree dominantemente de mí ninguna clase de cosa perjudicial” (Salmo 119:133). Cuando consigas librarte de las garras de esa práctica, sin duda te sentirás satisfecho de ti mismo y recuperarás tu amor propio.

PARA PENSAR
■Cuando te sientas afligido, ¿qué puedes hacer en vez de lastimarte?
■¿A quién deberías contarle tu costumbre de hacerte daño a propósito?

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* Se han cambiado algunos nombres.

# Encontrarás más información sobre este problema —en qué consiste y cuáles son las causas— en el artículo “Los jóvenes preguntan... ¿Por qué me lastimo a propósito?”, del número de enero de 2006 de ¡Despertad!

% Una forma de aprender a explicar lo que sientes es escribiéndolo de vez en cuando. Los escritores de los salmos bíblicos fueron hombres de intensos sentimientos que supieron expresar con palabras su remordimiento, ira, frustración y tristeza. Tú mismo puedes comprobarlo leyendo los Salmos 6, 13, 42, 55 y 69, entre otros.

^ A veces la autoagresión es consecuencia de enfermedades como la depresión o algún trastorno de tipo bipolar, obsesivo compulsivo o alimentario. ¡Despertad! no recomienda ningún tratamiento en particular. Es responsabilidad de cada cristiano asegurarse de que su elección armonice con los principios bíblicos

** En anteriores números de esta revista se han publicado artículos sobre otros trastornos ocultos tras la autolesión. A modo de ejemplo, puedes examinar series como “Los trastornos del estado de ánimo” (8 de enero de 2004), “Ayuda para los adolescentes deprimidos” (8 de septiembre de 2001) y “¿Qué hay detrás de los trastornos alimentarios?” (22 de enero de 1999), así como el artículo “Los jóvenes preguntan... ¿Qué puedo hacer si uno de mis padres es alcohólico?” (8 de agosto de 1992).
Publicado en ¡Despertad! de febrero de 2006