poesias de amor por gustavo adolfo becquer

CARTA I

En mi anterior te dije que la poesía eras tú,
porque tú eres la más bella personificación
del sentimiento, y el verdadero espíritu de la
poesía de otro.
A propósito de esto, la palabra amor se deslizó
en mi pluma en uno de los párrafos de mi carta.

De aquel párrafo hice el último.
Nada más natural. Voy a decirte el porqué.
Existe una preocupación bastante generalizada,
aun entre las personas que se dedican a dar
formas a lo que piensan, que, a mi modo de ver,
es, sin parecerlo, una de las mayores.

Si hemos de dar crédito a los que de ella participan,
es una verdad tan innegable que se puede elevar
a la categoría de axioma el que nunca se vierte
la idea con tanta vida y precisión como en el momento
en que ésta se levanta semejante a un gas
desprendido y enardece la fantasía y hace vibrar
todas las fibrassensibles, cual si las tocase
alguna chispa eléctrica.

Yo no niego que suceda así.
Yo no niego nada;
pero, por lo que a mí toca, puedo asegurarte
que cuando siento no escribo.
Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro
misterioso, las impresiones que han dejado en él
su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hijas de la
sensación duermen allí agrupadas en el fondo de
mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo,
sereno y revestido, por decirlo así, de un poder
sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas
transparentes, que bullen con un zumbido extraño,
y cruzan otra vez por mis ojos como en una
visión luminosa y magnífica.

Entonces no siento ya con los nervios que se agitan,
con el pecho que se oprime, con la parte orgánica
natural que se conmueve al rudo choque de las
sensaciones producidas por la pasión y los afectos;
siento, sí, pero de una manera que puede llamarse
artificial; escribo como el que copia de una página
ya escrita; dibujo como el pintor que reproduce
el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde
entre la bruma de los horizontes.

Todo el mundo siente.
Sólo a algunos seres les es dado el guardar como
un tesoro la memoria viva de lo que han sentido.
Yo creo que éstos son los poetas.
Es más: creo que únicamente por esto lo son.

Efectivamente, es más grande, es más hermoso,
figurarse el genio ebrio de sensaciones y de
inspiración, trazando a grandes rasgos, temblorosa
la mano con la ira, llenos aún los ojos de lágrimas
o profundamente conmovidos por la piedad esas
tiradas de poesía que más tarde son la admiración
del mundo; pero, ¿qué quieres?, no siempre
la verdad es lo más sublime.

¿Te acuerdas?
No hace mucho que te lo dije
a propósito de una cuestión parecida.

Cuando un poeta te pinte en magníficos
versos su amor, duda.
Cuando te lo dé a conocer en prosa, y mala, cree.

Hay una parte mecánica, pequeña y material en
todas las obras del hombre, que la primitiva,
la verdadera inspiración desdeña en sus ardientes
momentos de arrebato.

Sin saber cómo, me he distraído del asunto.
Como quiera que lo he hecho para darte una
satisfacción, espero que tu amor propio sabrá
disculparme. ¿Qué mejor intermedio que éste
para con una mujer?

No te enojes.
Es uno de los muchos puntos de contacto que
tenéis con los poetas, o que éstos tienen
con vosotras.

Sé, porque lo sé, aun cuando tú no me lo has dicho,
que te quejas de mí, porque al hablar del amor detuve
mi pluma y terminé mi primera carta como enojado
de la tarea.

Sin duda, ¿a qué negarlo?,
pensaste que esta fecunda idea se esterilizó
en mi mente por falta de sentimiento.
Ya te he demostrado tu error.

Al estamparla, un mundo de ideas confusas
y sin nombre se elevaron en tropel en mi cerebro
y pasaron volteando alrededor de mi frente, como
una fantástica ronda de visiones quiméricas.
Un vértigo nubló mis ojos.

¡Escribir! ¡Oh!
Si yo pudiera haber escrito entonces,
no me cambiaría por el primer poeta del mundo.

Mas... entonces lo pensé y ahora lo digo.
Si yo siento lo que siento, para hacer lo que hago,
¿qué gigante océano de luz y de inspiración
no se agitaría en la mente de esos hombres
que han escrito lo que a todos nos admira?

Si tú supieras cómo las ideas más grandes se
empequeñecen al encerrarse en el círculo de hierro
la palabra; si tú supieras qué diáfanas, qué ligeras,
qué impalpables son las gasas de oro que trotan
en la imaginación al envolver esas misteriosas
figuras que crea y de las que sólo acertamos
a reproducir el descarnado esqueleto; si tú
supieras cuán imperceptible es el hilo de luz
que ata entre sí los pensamientos más
absurdos que nadan en el caos:
si tú supieras...
Pero, ¿qué digo?
Tú lo sabes, tú debes saberlo.

¿No has soñado nunca?
Al despertar, ¿te ha sido alguna vez posible referir,
con toda su inexplicable vaguedad y poesía,
lo que has soñado?

El espíritu tiene una manera de sentir
y comprender especial, misteriosa, porque
él es un arcano; inmensa, porque él es infinito;
divina, porque su esencia es santa.

¿Cómo la palabra, cómo un idioma grosero y mezquino,
insuficiente a veces para expresar las necesidades de la
materia, podrá servir de digno intérprete entre dos almas?

Imposible.

Sin embargo, yo procuraré apuntar, como de pasada,
algunas de las mil ideas que me agitaron durante
aquel sueño magnífico, en que vi al amor,
envolviendo a la Humanidad como en un fluido
de fuego, pasar de un siglo en otro, sosteniendo
la incomprensible atracción de los espíritus,
atracción semejante a la de los astros, y
revelándose al mundo exterior por medio de la
poesía, único idioma que acierta a balbucear
algunas de las frases de su inmenso poema.

Pero, ¿lo ves?
Ya quizá ni tú me entiendes ni yo sé lo que me digo.
Hablemos como se habla.
Procedamos con orden.
¡El orden! ¡Lo detesto,
y, sin embargo, es tan preciso para todo!...

La poesía es el sentimiento;
pero el sentimiento no es más que un efecto,
y todos los efectos proceden de una causa
más o menos conocida.
¿Cuál lo será?
¿Cuál podrá serlo de este divino arranque de
entusiasmo, de esta vaga y melancólica aspiración
del alma, que se traduce al lenguaje de los hombres
por medio de sus más suaves armonías sino el amor?

Sí; el amor es el manantial perenne de toda poesía,
el origen fecundo de todo lo grande,
el principio eterno de todo lo bello;
y digo el amor porque la religión,
nuestra religión sobre todo,
es un de todo lo grande,
el principio eterno de todo lo bello;
y digo el amor porque la religión,
nuestra religión
sobre todo, es un amor también,
es el amor más puro, más hermoso,
el único infinito que se conoce,
y sólo a estos dos astros
de la inteligencia

El amor es la causa del sentimiento;
pero... ¿qué es el amor?
Ya lo ves:
el espacio me falta, el asunto es grande,
y... ¿te sonríes?...
¿Crees que voy a darte una excusa fútil para
interrumpir mi carta en este sitio?

No; ya no recurriré a los fenómenos del mío para
disculparme de no hablar del amor.
Te lo confesaré ingenuamente: tengo miedo.

Algunos días, sólo algunos, y te lo juro,
te hablaré del amor,
a riesgo de escribir un millón de disparates.

-¿Por qué tiemblas? -dirás sin duda-.
¿No hablan de él a cada paso gentes
que ni aún lo conocen?
¿Por qué no has de hablar tú, tú que dices
que lo sientes?

¡Ay! Acaso por lo mismo que ignoran lo que es,
se atreven a definirlo.

¿Vuelves a sonreírte?...
Créeme: la vida está llena de estos absurdos.


CARTA II

¿Qué es el amor?
A pesar del tiempo transcurrido creo que debes
acordarte de lo que te voy a referir.
La fecha en que aconteció, aunque no la
consigne la Historia, será siempre
una fecha memorable para nosotros.

Nuestro conocimiento sólo databa de algunos meses;
era verano y nos hallábamos en Cádiz.
El rigor de la estación no nos permitía pasear sino
al amanecer o durante la noche.
Un día..., digo mal, no día aún: la dudosa claridad
del crepúsculo de la mañana teñía de un vago azul
el cielo, la luna se desvanecía en el ocaso, envuelta
en una bruma violada, y lejos, muy lejos, en la
distante lontananza del mar, las nubes se coloraban
de amarillo y rojo, cuando la brisa, precursora de la
luz, levantándose del Océano, fresca e impregnada
en el marino perfume de las olas, acarició, al pasar,
nuestras frentes.

La Naturaleza comenzaba entonces a salir de su
letargo con un sordo murmullo. Todo a nuestro
alrededor estaba en suspenso y como aguardando
una señal misteriosa para prorrumpir en el gigante
himno de alegría de la creación que despierta.

Nosotros, desde lo alto de la fortísima muralla que
ciñe y defiende la ciudad, y a cuyos pies se rompen
las olas con un gemido, contemplábamos con avidez
el solemne espectáculo que se ofrecía a nuestros
ojos. Los dos guardábamos un silencio profundo,
y, no obstante, los dos pensábamos una misma cosa.

Tú formulaste mi pensamiento al decirme:

¿Qué es el sol?

En aquel momento, el astro, cuyo disco comenzaba a chispear en el límite del horizonte, rompió el seno de
los mares. Sus rayos se tendieron rapidísimos sobre
su inmensa llanura; el cielo, las aguas y la tierra se
inundaron de claridad, y todo resplandeció como si
un océano de luz se hubiese volcado sobre el mundo.

En las crestas de las olas, en los ribetes de las
nubes, en los muros de la ciudad, en el vapor
de la mañana, sobre nuestras cabezas, a nuestros
pies, en todas partes, ardía la pura lumbre del
astro y flotaba una atmósfera luminosa y
transparente, en la que nadaban encendidos
los átomos del aire.

Tus palabras resonaban aún en mi oído.-

¿Qué es el sol? me habías preguntado.

-Eso -respondí, señalándote su disco, que
volteaba oscuro y franjado de fuego en mitad de
aquella diáfana atmósfera de oro; y tu pupila y tu
alma se llenaron de luz, y en la indescriptible
expresión de tu rostro conocí que lo habías
comprendido.

Yo ignoraba la definición científica con que pude
responder a tu pregunta; pero, de todos modos,
en aquel instante solemne estoy seguro de que
no te hubiera satisfecho.

¡Definiciones! Sobre nada se han dado tantas
como sobre las cosas indefinibles. La razón es
muy sencilla: ninguna de ellas satisface,
ninguna es exacta, por lo cual cada cual se cree
con derecho para formular la suya.

¿Qué es el amor?
Con esa frase concluí mi carta de ayer, y con ella
he comenzado la de hoy. Nada me sería más fácil
que resolver, con el apoyo de una autoridad esta
cuestión que yo mismo me propuse al decirte que
es la fuente del sentimiento. Llenos están los libros
de definiciones sobre este punto. Las hay en griego
y en árabe, en chino y en latín, en copto y en ruso...
¿qué sé yo?, en todas las lenguas, muertas o vivas,
sabias o ignorantes, que se conocen. Yo he leído
algunas y me he hecho traducir otras. Después de
conocerlas casi todas, he puesto la mano sobre mi
corazón, he consultado mis sentimientos y no he
podido menos de repetir con Hamlet:
¡Palabras, palabras, palabras!

Por eso he creído más oportuno recordarte
una escena pasada que tiene alguna analogía
con nuestra situación presente, y decirte ahora
como entonces:

-¿Quieres saber lo que es el amor?
Recógete dentro de ti misma, y si es verdad lo
que abrigas en tu alma, siéntelo y lo comprenderás,
pero no me lo preguntes.

Yo sólo te podré decir que él es la suprema ley del
universo; ley misteriosa por la que todo se gobierna
y rige, desde el átomo inanimado hasta la criatura
racional; que de él parte y a él convergen, como
a un centro de irresistible atracción, todas nuestras
ideas y acciones; que está, aunque oculto, en el
fondo de toda cosa y efecto de una primera causa:
Dios es, a su vez, origen de esos mil pensamientos
desconocidos, que todos ellos son poesía verdadera
y espontánea que la mujer no sabe formular, pero
que siente y comprende mejor que nosotros.

Sí. Que poesía es, y no otra cosa, esa aspiración
melancólica y vaga que agita tu espíritu con el
deseo de una perfección imposible.

Poesía, esas lágrimas involuntarias que tiemblan
un instante en tus párpados, se desprenden en
silencio, ruedan y se evaporan como un perfume.

Poesía, el gozo improviso que ilumina tus
facciones con una sonrisa suave, y cuya oculta
causa ignoras dónde está.

Poesía son, por último, todos esos fenómenos
inexplicables que modifican el alma de la mujer
cuando despierta al sentimiento y la pasión.

¡Dulces palabras que brotáis del corazón,
asomáis al labio y morís sin resonar apenas,
mientras que el rubor enciende las mejillas!
¡Murmullos extraños de la noche, que imitáis
los pasos del amante que se espera!
¡Gemidos del viento, que fingís una voz querida
que nos llama entre las sombras!
¡Imágenes confusas, que pasáis cantando una
canción sin ritmo ni palabras, que sólo percibe
y entiende el espíritu! ¡Febriles exaltaciones de
la pasión, que dais colores y formas a las ideas
más abstractas! ¡Presentimientos incomprensibles,
que ilumináis como un relámpago nuestro porvenir!
¡Espacios sin límites, que os abrís ante los ojos del
alma, ávida de inmensidad, y la arrastráis a vuestro
seno, y la saciáis de infinito! ¡Sonrisas, lágrimas,
suspiros y deseos, que formáis el misterioso
cortejo del amor! ¡Vosotros sois la poesía, la
verdadera poesía que puede encontrar un eco,
producir una sensación o despertar una idea!

Y todo este tesoro inagotable de sentimiento,
todo este animado poema de esperanzas y de
abnegaciones, de sueños y de tristezas, de alegrías
y lágrimas, donde cada sensación es una estrofa,
y cada pasión, un canto, todo está contenido
en vuestro corazón de mujer.

Un escritor francés ha dicho, juzgando a un músico
ya célebre, el autor de Tannhauser: Es un hombre
de talento, que hace todo lo posible por disimularlo,
pero que a veces no lo puede conseguir y, a su
pesar, lo demuestra.

Respecto a la poesía de vuestras almas,
puede decirse lo mismo.

Pero, ¡qué!,
¿frunces el ceño y arrojas la carta?...
¡Bah! No te incomodes...
Sabes de una vez y para siempre que, tal como
os manifestáis, yo creo, y conmigo lo creen todos,
que las mujeres son la poesía del mundo.


CARTA III

El amor es poesía; la religión es amor.
Dos cosas semejantes a una
tercera son iguales entre sí.

He aquí un axioma que debía ahorrarme el
trabajo de escribir una nueva carta.
Sin embargo, yo mismo conozco que esta
conclusión matemática, que en efecto lo parece,
así puede ser una verdad como un sofisma.

La lógica sabe fraguar razonamientos inatacables
que, a pesar de todo, no convencen.
¡Con tanta facilidad se sacan deducciones
precisas de una base falsa!

En cambio, la convicción íntima suele persuadir,
aunque en el método del raciocinio reine el mayor
desorden. ¡Tan irresistible es el acento de la fe!

La religión es amor y, porque es amor, es poesía.

He aquí el tema que me he propuesto desenvolver hoy.

Al tratar un asunto tan grande en tan corto espacio
y con tan escasa ciencia como la de que yo dispongo,
sólo me anima una esperanza. Si para persuadir
basta creer, yo siento lo que escribo.

Hace ya mucho tiempo -yo no te conocía y con
esto excuso el decir que aún no había amado-,
sentí en mi interior un fenómeno inexplicable.
Sentí, no diré un vacío, porque sobre ser vulgar,
no es ésta la frase propia; sentí en mi alma y en
todo mi ser como una plenitud de vida, como un
desbordamiento de actividad moral que, no
encontrando objeto en qué emplearse, se elevaba
en forma de ensueños y fantasías, ensueños y
fantasías en los cuales buscaba en vano la expansión,
estando como estaban dentro de mí mismo.

Tapa y coloca al fuego un vaso con un líquido
cualquiera. El vapor, con un ronco hervidero,
se desprende del fondo, y sube, y pugna por salir,
y vuelve a caer deshecho en menudas gotas, y
torna a elevarse, y torna a deshacerse, hasta que
al cabo estalla comprimido y quiebra la cárcel que lo
detiene. Éste es el secreto de la muerte prematura y
misteriosa de algunas mujeres y de algunos poetas,
arpas que se rompen sin que nadie haya arrancado
una melodía de sus cuerdas de oro. Ésta es la
verdad de la situación de mi espíritu, cuando
aconteció lo que voy a referirte.

Estaba en Toledo, la ciudad sombría y melancólica
por excelencia. Allí cada lugar recuerda una historia,
cada piedra un siglo, cada monumento una civilización;
historias, siglos y civilizaciones que han pasado y
cuyos actores tal vez son ahora el polvo oscuro
que arrastra el viento en remolinos, al silbar en sus
estrechas y tortuosas calles. Sin embargo, por un
contraste maravilloso, allí donde todo parece muerto,
donde no se ven más que ruinas, donde sólo se
tropieza con rotas columnas y destrozados capiteles,
mudos sarcasmos de la loca aspiración del hombre a
perpetuarse, diríase que el alma, sobrecogida de
terror y sedienta de inmortalidad, busca algo eterno
en donde refugiarse, y como el náufrago que se ase
de una tabla, se tranquiliza al recordar su origen.

Un día entré en el antiguo convento de San Juan
de los Reyes. Me senté en una de las piedras de su
ruinoso claustro y me puse a dibujar. El cuadro que
se ofrecía a mis ojos era magnífico. Largas hileras de
pilares que sustentan una bóveda cruzada de mil
y mil crestones caprichosos; anchas ojivas caladas,
como los encajes de un rostrillo; ricos doseletes de
granito con caireles de yedra que suben por entre
las labores, como afrentando a las naturales;
ligeras creaciones del cincel que parecen han de
agitarse al soplo del viento; estatuas vestidas de
luengos paños que flotan, como al andar; caprichos
fantásticos, gnomos, hipogrifos, dragones y reptiles
sin número que ya asoman por cima de un capitel,
ya corren por las cornisas, se enroscan en las
columnas, o trepan babeando por el tronco de las
guirnaldas de trébol; galerías que se prolongan y
que se pierden, árboles que inclinan sus ramas sobre
una fuente, flores risueñas, pájaros bulliciosos
formando contraste con las tristes ruinas y las
calladas naves, y por último, el cielo, un pedazo
de cielo azul que se ve más allá de las crestas de
pizarra de los miradores a través de los calados
de un rosetón.

En tu álbum tienes mi dibujo; una reproducción
pálida, imperfecta, ligerísima, de aquel lugar, pero
que no obstante puede darte una idea de su
melancólica hermosura. No ensayaré, pues,
describírtela con palabras, inútiles tantas veces.

Sentado, como te dije, en una de las rotas piedras,
trabajé en él toda la mañana, torné a emprender
mi tarea a la tarde, y permanecí absorto en mi
ocupación hasta que comenzó a faltar la luz.
Entonces, dejando a un lado el lápiz y la cartera,
tendí una mirada por el fondo de las solitarias
galerías y me abandoné a mis pensamientos.

El sol había desaparecido. Sólo turbaban el alto
silencio de aquellas ruinas el monótono rumor del
agua de la fuente, el trémulo murmullo del viento
que suspiraba en los claustros, y el temeroso y
confuso rumor de las hojas de los árboles que
parecían hablar entre sí en voz baja.

Mis deseos comenzaron a hervir y a levantarse
en vapor de fantasías.
Busqué a mi lado una mujer, una persona a
quien comunicar mis sensaciones. Estaba solo.
Entonces me acordé de esta verdad que había
leído en no sé qué autor:
«La soledad es muy hermosa... cuando se tiene
junto a alguien a quien decírselo».

No había aún concluido de repetir esta frase
célebre, cuando me pareció ver levantarse a mi
lado y de entre las sombras una figura ideal,
cubierta con una túnica flotante y ceñida la frente
de una aureola. Era una de las estatuas del
claustro derruido, una escultura que, arrancada
de su pedestal y arrimada al muro en que me había
recostado, yacía allí, cubierta de polvo y medio
escondida entre el follaje, junto a la rota losa de un
sepulcro y el capitel de una columna. Más allá, a lo
lejos y veladas por las penumbras y la oscuridad de
las extensas bóvedas, se distinguían confusa me
pareció ver levantarse a mi lado y de entre las
sombras una figura ideal, cubierta con una túnica
flotante y ceñida la frente de una aureola.


He aquí, exclamé, un mundo de piedra: fantasmas
inanimados de otros seres que han existido y cuya
memoria legó a las épocas venideras un siglo de
entusiasmo y de fe. Vírgenes solitarias, austeros
cenobitas, mártires esforzados que, como yo,
vivieron sin amores ni placeres; que, como yo,
arrastraron una existencia oscura y miserable,
solos con sus pensamientos y el ardiente corazón
inerte bajo el sayal, como un cadáver en su
sepulcro. Volví a fijarme en aquellas facciones
angulosas y expresivas; volví a examinar aquellas
figuras secas, altas, espirituales y serenas, y
proseguí diciendo: «¿Es posible que hayáis vivido
sin pasiones, ni temor, ni esperanzas, ni deseos?
¿Quién ha recogido las emanaciones de amor que,
como un aroma, se desprenderían de vuestras almas?
¿Quién ha saciado la sed de ternura que abrasaría
vuestros pechos en la juventud? ¿Qué espacios sin
límites se abrieron a los ojos de vuestros espíritus,
ávidos de inmensidad, al despertarse al
sentimiento...?» La noche había cerrado poco
a poco. A la dudosa claridad del crepúsculo había
sustituido una luz tibia y azul; la luz de la luna que,
velada un instante por los oscuros chapiteles de la
torre, bañó en aquel momento con un rayo plateado
los pilares de la desierta galería.

Entonces reparé que todas aquellas figuras, cuyas
largas sombras se proyectaban en los muros y en el
pavimento, cuyas flotantes ropas parecían moverse,
en cuyas demacradas facciones brillaba una expresión
de indescriptible, santo y sereno gozo, tenían sus
pupilas sin luz, vueltas al cielo, como si el escultor
quisiera semejar que sus miradas
se perdían en el infinito buscando a Dios.

A Dios, foco eterno y ardiente de hermosura,
al que se vuelve con los ojos, como a un polo
de amor, el sentimiento de la tierra.



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