Llega fin d año y aparecen los recuerdos, por eso q este cuento habla un poco d las cosas q HACEN a un hombre.
Espero q les guste...

—¡Hijo vamos! ¡Dale papá! Vamos adentro… ¡¡¡Hijo!!!
—Aa ta. Uuu… gá gu. ¡¡¡Aghhrr!!!
—¡Dale mi amor! Vení. Chancho, podés pararte. ¡No no! ¡Ay Dios mio! Le tenes que dar besos al espej0o… Ta todo sucio. ¡jajaja! ¡Qué lindo que soy!, ¿no?. Aaaa… bueno, dale.
—Aaa bu. Áaaa. Mm.
—Bueno, ¡vamos!
—¡¡¡Áááááááá!!!

Y lo tuve que agarrar así de una porque no paraba de mirarse al espejo y darse besos. No habla, pero se quiere un montón. Y cómo tenía cosas frías en la bolsa tampoco era cosa de quedarse sentado esperando que este pibe se canse de idolatrarse.
Y lo alcé y lo metí adentro. Miraba los botones, gritaba y cada vez que aparecía la luz por entre la rendija de la puerta exclamaba no se que cosa, porque, bueno, no habla. Hace ruidos. Así todo se hace entender a la perfección. Yo lo paré porque los brazos no me daban más, entre las tres bolsas y los casi 11 kilos de este pequeño, mi espalda pedía auxilio. Lo paré, decía, y lo miré. Y pensaba, pucha, ya va más de un año, nunca lo imaginé así. Ni en los mejores sueños. O sea, te imaginas como puede ser, de cara, sus risas y alguna otra cosa, pero que te sorprenda todos los días con cosas inesperadas y que todas ellas, todas, absolutamente todas, sean para alegrarte o sacarte una sonrisa menos. Hasta cuando se enoja (o nos enojamos) te hace sonreir. Y lo miraba, y el se movía, gesticulaba, con su dedo indice tocaba el piso y hacía dibujos.
Y cómo lo amo pensaba. Puede ser que lo quiera tanto. Pensaba, decía. Pensaba y quería explicarme como cuantificar el amor que le tengo. Y no encuentro manera. Le pregunté una vez a mi mujer, amor graficame cuánto lo queres, no hay manera me respondió. Al ser único y tan grande no hay punto de comparación. No existe en el mundo algo que sirva de medida para darle cuerpo y visibilidad al amor que uno siente por su hijo. Y este seguía en el piso tocando y diciendo áaa. Y lo miraba, lo pensaba y después me di cuenta de que no es sólo el. Es también mi esposa, su madre. Y me acordaba de las veces que se queja porque no le da bola y yo le digo, es hombre y vos sos la mamá, todavía no tenés una idea de lo que te va a necesitar. Porque claro, todo hombre es mamero. Para cualquiera de nosotros nuestra madre es intocable, pero ella es mujer y no siente ese amor que tiene un varón para con su madre. Porque simplemente, es mujer. El varón ve a su mamá y ve su vida. Y recuerda todo lo que hace -e hizo- por uno y se le llena el pecho de orgullo, se infla y se cree mil. Y con razón. La madre es la madre. No se discute. Nunca.
La mujer es más independiente y más sabia y no necesita tanto a su madre como un niño. Porque el puede que hoy no le de mucha bola -mentira salvaje por cierto-, ahora bien, dentro de unos años, sóla se dará cuenta. Va a ser un gran momento. Me gusta que no lo sepa. Áaa tu, dijo el. Como metiendose en mi cabeza y afirmando mi pensamiento.
Y pensaba, decía, pensaba. Somos tres y esto que miro a la altura de mis rodillas es gracias a ella. Yo no paro (¿se menciona así?), yo no me embarazo. Y si tengo lo tengo es por ella. Y por mí también, sólo que mi aporte es de otro tipo. La base, lo fundamental (él) viene gracias a ella. Y entonces veía que tampoco podía graficar el amor que le tengo a ella, me costaba tanto como el otro. ¿Cómo hago? No hay manera, pensé. También se le mezcla ser madre en lugar de esposa, y que bien se siente. Recordaba como fuimos creciendo y me sentía contento. Lindo.Y este me miraba, como queriendo mi aprobación ante cada dibujito imaginario que hacía con el dedo. Yo me enamoraba más.
Y es difícil, porque a mi mujer le digo te amo y me entiende. Le puedo hacer algún lindo regalo y puede -puede, ¡no! tiene, porque no se olviden, son mujeres, siempre pueden salir por otra puerta- que entienda que es mi manera de expresarle el amor y agradecimiento que le tengo. Pero a el no puedo. Yo le digo te amo y el otro me encaja un derechazo en la cabeza porque piensa que estoy jugando. O le digo que hermoso que estás y mira para abajo para agarrar lo primero que ve. Y después, claro está, me lo tira a la altura de la cien. Y es complicado y lindo a su vez. Y pensaba, que felíz que me hacen. Ya a esa altura eran dos, no uno. O mejor, formaban uno. No hay perspectiva de futuro sin ese combo. No exite posibilidad.
Y seguía haciendo piruetas y tiraba palabras sueltas. Me miraba. ¡Cómo te quiero! le decía. Cómo se frenó el andar, mi miró de nuevo, pero esta vez diferente fue su expresión.

—¡Vamos hijo, llegamos!.
—Tá… Uuu. Uuuu.
—Dale papucho, vamos que mamá ya nos abrió. ¿Dale?
—Gu oo. Oo.
—Bueno, dale.

Y lo agarré nomás. Tampoco era cosa de que se quede a vivir en el ascensor.

Para más; www.cuentosconfutbol.com.ar