En el día de los padres:los padres pródigos

Los padres pródigos.
La parábola del hijo pródigo que contó Jesús es muy conocida. Esta narración se encuentra en La Biblia, el evangelio de Lucas, capítulo 15:11-32.
En esta narración Jesús cuenta la experiencia de un joven que abandonó la casa paterna después de reclamar su herencia y cómo partió a unas tierras lejanas, en donde dilapidó todo lo que le había dado su papá en fiestas y malas compañías. Cuando se vio en la calle, pidió trabajar apacentando puercos (la ocupación más deshonrosa para un judío, tal vez), y aún así pasaba hambre, deseando comer las algarrobas que comían los puercos.
Arrepentido de su mal proceder, decidió retornar al hogar, en donde su padre lo recibió y lo perdonó y lo restituyó a la posición de hijo nuevamente.
Bueno, hasta aquí la parábola. En mi país, Costa Rica, se celebra el día de los padres en este mes, el domingo 20, precisamente. A raíz de eta celebración, siento la necesidad de compartir una reflexión sobre aquellos padres que no serán felicitados, no se les brindará regalos ni comidas ni halagos. Me refiero a los padres pródigos. Desgraciadamente abundan. Largos años de historia en una cultura machista, en donde expresar sentimientos, ser infiel, comprometerse en adicciones, libertinaje, tener hijos, como decimos por aquí “regados”, o sea, fuera del matrimonio, han generado esta clase de padres que andan por allí, y muchas veces solos, enfermos y olvidados. Estos comportamientos autodestructivos y causantes de tanto sufrimiento, tanto para ellos como para los que desgraciadamente les tocó compartir sus vidas en algún momento, son vistos como cualidades de macho, y en la juventud de estos pobres hombres llegaron a ser casi una obligación.
Ellos se lo ganaron, me dirán muchos y en esto estamos de acuerdo. La Biblia, la Palabra de Dios, nos dicta esta clara y tremenda sentencia: “No os engañéis, Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.”.Gálatas 6:7-8. Cualquier persona que pase de los 50 años de edad, (como en mi caso), ha tenido la oportunidad de comprobar el cumplimiento de esta sentencia, más tarde o más temprano, que sigue a los actos de todo ser humano. Esto es conocido como: “La ley de causa y efecto.” Es ineludible y nos alcanza aún en la eternidad.
Trabajé muchos años en hospitales del servicio público, y aunque pude observar a muchas mujeres ancianas olvidadas por sus hijos, por los motivos que fuera, el abandono de los ancianos masculinos era realmente una epidemia. Porque detrás de ese hombre viejo y enfermo, que muchas veces ni se acordaba de su nombre, se escondía un pasado de violencia, abandono, irresponsabilidad, dureza emocional y muchos tipos de maltrato. Y ya ni sus hijos, ni otros familiares, querían para nada ocuparse de ellos.
En presencia de un anciano de éstos, de mirada perdida y sumamente necesitado, hablaba yo con sus dos hijos. Se llama Filadelfo y fue un hombre temible, borracho y violento con sus esposa y sus hijos. En este momento, convertido por el tiempo inexorable en un viejito enfermo y solo, que no quebraba un plato, no encontrábamos que hacer con él. Sus dos hijos me contaban las terribles experiencias de su niñez, argumentando así las razones por las cuales no querían llevarlo a sus casas. Y tenían razón. Sí que la tenían. ¿Quién podía obligarlos a dar más? Lloraban recordando a su madre, ya fallecida, su hambre, su frío, su miedo y su dolor, causadas por el comportamiento de su propio padre.
Saben, ese día, con palabras que convertí en propias, salidas de lo más profundo de mi alma, les invité a ofrecer el regalo del perdón. Ese perdón era el único remedio para dejar atrás tanto sufrimiento. Era la única manera de cambiar esa cosecha maldita, tanto de sus vidas como en las de sus descendientes.
Se fueron a casa prometiendo pensarlo. Días después aparecieron, sonrientes, con una maleta con ropa y zapatos para vestir al anciano padre y llevarlo a casa para cuidarlo.
Ese día, esos hijos le dieron la bienvenida a su padre pródigo. Y también hicieron una fiesta, como el padre de la parábola, como nuestro Padre Eterno Yahweh lo hace cada vez que un pecador arrepentido vuelve a su Reino espiritual.
A todos aquellos padres que se fueron y no volvieron nunca más. A los que nos hirieron, nos lastimaron, nos golpearon o humillaron. A los que languidecen en las cárceles. A los alcohólicos, adictos a drogas, mujeriegos, irresponsables. Vivos o muertos, lejanos o próximos. Al mío, ya fallecido, que reunió muchas de las características descritas anteriormente. A todos esos padres a los que nadie felicita ni regala nada, a todos ellos quiero hacerles llegar el regalo el perdón, quiero decirles que los comprendo, que sé que tenían un corazón roto, un alma oscurecida, que la cultura machista les podó las más hermosas ramas de su espíritu.
También quiero felicitarlos en este día de los padres, porque tuvieron la oportunidad de compartir con El Creador Eterno, Yahweh Dios, la creación de nueva vida. Él es el verdadero Padre y los espera también para darles el lugar perdido, por medio de la sangre de su hijo Jesucristo.
Y a ustedes, hijos lastimados como yo, también les comparto ese regalo de la paz, el amor, la seguridad que nos brindan los brazos de nuestro Creador. Siembren bueno, para que la cosecha sea buena también, y muy abundante.
Lucialfa
Ministerio Menorah.

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