Bueno Hoy Les voy a contar la historia mas triste del mundo que la lei en una pagina hace un tiempo

(sugiero se la acompañe de un solo de violín o violinchelo interpretado por el oriental Yo-Yo Ma, preferentemente, “I ´ve could have done more” de la banda sonora de “La Lista de Schindler”, compuesta por el bestial John Williams)

Hola, mi nombre es Juan, tengo siete años y sufro del “Mal de Juan”, una enfermedad de comportamiento desconocido a la cual se le ha puesto mi nombre, quizá para homenajearme, quizá para quitar de mi mente la idea de que he venido a este mundo a morir sufriendo horribles dolores, y a nada más. Si escribo estas líneas es porque quiero que alguien, vos, quien encuentre mis papeles, pueda contar mi historia.

Mis padres murieron violentamente, cuando en mi primer visita al zoológico una jaula doble se abrió y dejó en libertad a Muenki y Cumaribo, los dos violentos mandriles machos recién traídos desde Surinam. Los mandriles se los comieron vivos, según me contaron luego los testigos, pero yo no lo recuerdo. Dicen que grité mucho. Papá y Mamá fueron para los mandriles y los bebés mandriles una fuente de proteínas, pero eso no importa. No quiero afligirte con detalles innecesarios acerca de mis desgracias, que son casi iguales a las de cualquier otro niño. Bueno, aunque a decir verdad, no todos los niños se acuestan pensando en que tal vez jamás despierten. No se preocupen, no tengo miedo.

Recuerdo los primeros días en el orfanato, cuando la vida parecía no ser tan mala. Teníamos un gato y un perro, llamados Corbata y Lobito, respectivamente. ¡Cuanto lloré cuando Lobito se comió a Corbata! No, vos no podrías imaginarlo. Sólo te diré que mi dolor fue semejante al que sentí seis minutos después, cuando mi querido Lobito murió atragantado con mi mano izquierda, la mano que quise usar para liberar a Corbata de su lúgubre destino. Pobre Corbata... me miraba como diciendo: “Sacá la mano, Juan, porque voy a morir atragantado con ella y luego deberán amputártela”. Y tenía razón, pero bueno, uno no puede saberlo todo... por algo Dios nos dio dos manos, ¿no?

Cuando el orfanato se incendió, en el día en que festejábamos mi quinto cumpleaños, me creí morir de tristeza. Resultó que no era tristeza, sino una terrible infección. Creo que fue mi mejor amiga Laurita quien me la contagió sin proponérselo, cuando me regaló su osito de peluche. Es tan vivo su recuerdo, que casi puedo oir sus últimas palabras: “Salvá a mi osito, Juan, y alejate de las llamas. Te quiero mucho”. Si, eso fue lo que me dijo...

La infección no fue lo peor. Después de todo, por aquél entonces todavía podía caminar usando mis piernitas. ¿Podés creerlo? Acababan de avisarme que pronto me darían el alta médica; yo descansaba boca abajo sobre mi cama en mi habitación, cuando se desprendió el ventilador de techo y me golpeó en la base de la columna. Quise pedir auxilio, pero la infección había acabado con mis cuerdas vocales hacía ya varias semanas, por lo que tuve que esperar a que la enfermera llegase, a los veinte minutos.

Mi cerebrito debe haber dicho: “Si Juan no puede hablar, ¿para que quiere escuchar?”, porque no había pasado un día desde el incidente del ventilador, cuando dejé de escuchar para siempre. Uno de los doctores que me atendían llevaba una pizarra consigo todo el tiempo, y me escribía muchas explicaciones, diciendo que mi susto me había dejado un poco maltrecho, pero que no debía asustarme, que pronto me recuperaría... era un gran hombre ese doctor; lloré muchísimo cuando lo encontré muerto en el baño, junto a su pizarra en la que había escrito: “Juan, si no puedo curar a un niñito tan lindo como vos ¿Para que quiero seguir? No puedo regresar a casa otra vez y decirle a mi esposa y a mis seis hijos que papá no sabe ayudar a los pequeños valientes”. Era un hombre inteligente el doctor, se ahorcó en el baño que habían acondicionado especialmente para mí, para que la enfermera no tuviese que darme la cruel noticia.

Sin poder ya hablar, escuchar ni caminar, pasé los últimos siete meses de mi vida en una camilla hecha a mi medida, desde la cual escribo estas líneas. Obviamente, no estoy usando una lapicera, porque yo era zurdo y el perro, bueno... tengo una computadora que me dejó en herencia mi doctor. Oh, Dios...me duele mucho mi mano, y cada vez que toco una tecla mi cuerpo se estremece, pero esta historia merece ser contada...

Fue hace una semana que mi enfermedad se hizo presente con sus primeros síntomas: diarrea constante, catarro, sudores fríos y picazón en todo el cuerpo. Los medicamentos me fueron suspendidos, debido a que solo conseguían empeorar mi estado, que era y sigue siendo un misterio para la ciencia. A veces me duele un poco la cabeza, pero los pronósticos dicen que mi cabeza dolerá hasta el final, ya que el cerebro es el último órgano en ser afectado por el mal de Juan..

Llegaron las Pascuas, y se fueron... ¡Como me gustaría poder comer aunque sea un poquito de chocolate! Es una lástima que sea yo alérgico al chocolate, ¿no? Es casi tan triste como el hecho de que el dinero que mis padres me dejaron en su seguro de vida me fue arrebatado por mi tío, un jugador profesional de cartas. El tío Leo nunca apareció antes de que me llevaran al orfanato, pero no es del todo malo, (al fin y al cabo, peor es estar solo) y viene de vez en cuando a visitarme al hospital, pero a veces me lastima, en especial cuando viene enojado tras haber perdido “nuestro dinero”, como él lo llama, y me hace abrir la boca y apaga sus cigarrillos en mi lengua (dice que así me fortalezco). Yo igual lo quiero, o de lo contrario no le daría las moneditas que me regalan las enfermeras. La macana es que me dan pocas moneditas, y el tío juega muy rápido, y nunca tengo suficientes moneditas.

Disculpame los errores de ortografía, es muy difícil tipear con una sola mano sangrante y un solo ojo... ¡Ah! Lo del ojo, es cierto, me olvidaba de contar lo de mi ojo derecho. Bueno, basta con decir que en esa época todavía no me acostumbraba a tener un garfio, pero Dios me dio dos ojitos por alguna razón, ¿no?

No se tu nombre, ni voy a pedírtelo, pero voy a necesitar que me hagas un favor: quiero que cuentes esta historia a todos tus contactos. Mi nombre es Juan (mi apellido no importa) , y para cuando leas estas líneas, ya me habré convertido en un angelito, como dicen las enfermeras cuando lloran a escondidas (yo las veo porque me recuerdan a mamá cuando papá quería irse de casa) y el cura que viene a visitarme cada noche antes de dormir (a ese hombre sí que le gusta rezar por mí!). No sé si mamá, papá y el doctor estarán esperándome en el Cielo, pero me gustaría que así fuese. Muchas gracias, desde ya, por haberme leído. Te llevaré en mi corazón por siempre, pese a que no te he conocido... ¿Quién sabe?, si las cosas hubiesen sido distintas, podríamos haber sido amigos.

Hasta siempre, y no me olvides (prometo esperarte y agradecértelo personalmente en el Cielo, desde mi nube).

- Juan -

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