Les dejo un relato de cuatro amigos viajando en camioneta (de apodo "la maguita" por sudamerica. Para más cuentos y relatoswww.te-fuiste.com.ar

Amanece un dia nuevo en la maguita, la noche fue fría y varias veces nos levantamos para abrigarnos un poco. Seguimos en la estación de servicio de la Quiaca a solo 200 metros de Villazón, el primer pueblo boliviano del otro lado de la frontera. Nos preparamos rápidamente y vamos camino a cruzar hacia Bolivia y despedirnos de nuestro país por un largo tiempo.
La frontera con Bolivia en la Quiaca es una frontera tranquila por la que pasan miles de peatones y vehículos diariamente. Tenemos todos los documentos al día tanto los nuestros como los de la camioneta asi que nada raro podría pasar. Solo estamos preocupados por algunos alimentos que tenemos y porque no todos los vidrios de la maguita estan grabados con el número de patente. La parte Argentina, tanto migraciones como aduana, la realizamos rápidamente. Del lado boliviano todo es un poco mas lento, una sola señora hace el papel de agente de migraciones, aduana y gendarmería. El trámite nos lleva alrededor de 2 horas, pero a ninguno de los 4 nos importa el tiempo pérdido ya que estamos del otro lado del Pilcomayo con todas nuestras pertenencias y sobre todo con la maguita.
Crónicas de un viaje por Bolivia.
Ya en Bolivia, estacionamos la camioneta y recorremos un rato Villazón antes de ir a Potosí donde pensamos hacer noche. Las calles cercanas a la frontera sufren de gran alteración. Son alrededor de 10 manzanas repletas de pequeños negocios de rubros muy variados. DVD's, cámaras, cacerolas, medias, galletitas, cualquier cosa se puede encontrar si uno anda con tiempo y ganas para recorrer. Por nuestra parte solo compramos algunas galletitas dulces y seguimos camino hasta Potosí.
Después de recorrer tan solo 10 km nos topamos con la primera estación de peaje y control del ejército. Pagamos 10 bolivianos en el peaje y un miembro del ejercito nos obliga a pagarle otros 10 bolivianos. Con el gusto amargo de haber dado esos 10 pesos bolivianos sin saber en concepto de que, seguimos viaje.
Por fin viajamos dentro del territorio boliviano libremente. La ruta cuenta con un pavimento que se lo nota nuevo aunque su señalización no es muy buena. Los primeros km son tranquilos de largas subidas y largas bajadas. Cada tanto la ruta pasa por el medio de un pequeño pueblo donde somos observados como bichos raros. Esos pueblos donde las paredes de las casas son de adobe o no tienen ningun tipo de terminación y donde se comercia en las veredas, son moneda corriente en toda Bolivia. Nenes que juegan muy cerca de la ruta y mujeres cargadas hasta casi no poder caminar son partes tambien de un paisaje que va tomando altura y color a medida que avanzamos rumbo a Potosí. A solo 100 km de Potosí el camino se torna un poco más complicado. La camioneta se esfuerza para enfrentrar las fuertes subidas y se relaja montaña abajo en la extensas bajadas, como quien descansa después de mucho trabajar.
Llegamos a la ciudad de Potosí de noche. A los 4090 metros de altura sobre el nivel del mar en que se encuentra la ciudad, se puede ver un gran alboroto en calles que no siguen ningún patrón determinado. Es jueves santo y la gente disfruta de su noche libre. Toda la ciudad está iluminada por luces tenues amarillas. Nos cuesta transitar las angostas calles que desbordan de gente. Apenas logramos estacionar la camioneta una pareja con su hijo menor, se paran enfrente de la maguita impresionados. Nos presentamos, charlamos un rato y nos dan algunas recomendaciones, sobre todo nos dicen donde podemos comer ya que son casi las 10 de la noche y no comimos nada en todo el día. Nos sentamos en una pizzeria que esta trasmitiendo un partido de fútbol situada a 50 metros de la casa de la moneda. Estamos muy alertas con el tema de la comida ya que sabemos de diferentes viajeros que sufrieron intoxicaciones debido al agua o algún alimento ingerido.
Despúes de comer realizamos la búsquedad de un lugar para sentarnos con nuestras computadoras, aunque esta vez no tenemos éxito. Volvemos a la maguita y nos dormimos rápidamente.
Otro dia que amanece claro, parece que las nubes no llegan a esta altura. Tenemos que cambiar plata ya que los pocos pesos bolivianos que habíamos cambiado en la frontera se fueron en peajes y en la cena de la noche anterior. Recorremos los diferentes mercados que se encuentran cerca de la zona colonial. La oferta es mucha y de lo más variada. Conseguimos cambiar nuestros pesos argentinos en un puestito a buen precio y seguimos camino por las pequeñas calles alborotadas. En cada balcón, en cada reja, en cada casa se puede apreciar el auge que vivió la ciudad en la época de la colonia . Cada dos o tres cuadras se ve una inmensa iglesia en la que los españoles no escatimaron en lo más mínimo. De ese auge ya queda poco, por estos dias un nene que limpia vidrios en el semáforo o la señora que pide monedas en las escalinatas de esa inmensa iglesia muestran la realidad actual que vive la ciudad.
Por la tarde dedicimos hacer la excursión a la mina del cerro Rico que tan famosa hizo a Potosí. Luego de vestirnos con la ropa adecuada subimos al cerro que se encuentra a unos 4600 metros sobre el nivel del mar. La montaña que para el antiguo imperio Inca era sagrada y que dió a la corona española por más de 300 años plata y otros metales, hoy en dia es explotada por diferentes cooperativas bolivianas que extraen lo poco que queda. Actualmente se extrae lo que los españoles desechaban. Una mezcla de plata de poca calidad, niquel, estaño y zinc se saca de la montaña que mira a una ciudad desordenada que yace a sus pies. Nos metemos dentro de este enorme hormiguero por un pequeño huequito. A veces entramos parados, a veces agachados y a veces nos tenemos que tirar cuerpo a tierra. Es escalofriánte moverse por estos pequeños túneles subterráneos que se llevaron mas de 8 millones de vidas indígenas. Visitamos al Tío, el Dios y Diablo dentro de la mina al que los mineros piden por su seguridad y produccíon y ofrecen alcohol, tabaco y coca.
Luego de una larga recorrida salimos por el mismo hueco que entramos, un nene que juega cerca del agujero le pide al guía propina, como si fuera un canon por usar su mina. Indudablemente la excursión valió la pena y fue la mejor manera de adentrarse en el mundo minero que rodea a Potosí.
Volvemos a la ciudad que esta vez se ve encapotada por un cielo gris que esta dejando caer sus primeras gotas. Luego de preguntar en varios lugares conseguimos bañarnos en una casa antigua que actualmente actúa de hostal por solo 30 bolivianos los cuatro. Las habitaciones que miran al patio central, las aberturas y el hall de entrada no disimulan los años que tiene el edificio. Hablamos un rato con la administradora actual del hostal que nos cuentas diferentes historias de Potosí, de esta casa y de todo Bolivia. Se puede notar como se le empañan los ojos al contarnos del exterminio aborigen y la bronca de una herida aún no cerrada cuando nos habla de Chile y como el país vecino les arrebato su salida al oceáno Pacífico. Terminada la lección de vida y la clase de historia, vamos al centro a comer en la misma pizzería que la noche anterior y volvemos a descansar a la maguita.
Otra vez el día amanece soleado y fresco. Los planes para este día son visitar la casa de la moneda, hacer unas ultimas compras en el mercado central e ir para Uyuni intentando llegar antes del anochecer. Llegamos para la primer visita al museo. Recorremos las diferentes salas del museo mientras una guía explica con pasión todo acerca de Potosí, en su etapa prehispanica, colonial y republicana. La visita al museo es una buena manera de conocer historia de Bolivia y de esta ciudad.
A la hora del mediodía estamos nuevamente en la zona de los mercados. Personalmente los mercados me parecen llamativos y merecen una recorrida exhaustiva ya que en ellos se puede apreciar el verdadero movimiento que tiene la ciudad fuera de lo turístico. El mercado central de Potosí ofrece de todo, desde frutas hasta celulares, desde carne hasta productos de limpieza. Pasillos angostos donde la carne esta colgada al calor del día y donde no es díficil perderse lo conforman. Por nuestra parte, compramos algunas verduras y frutas y vamos en busca de la maguita para volver a la ruta, son las 3 de la tarde y 200 km de montaña nos separan de Uyuni, nuestro próximo destino.
La ruta, con su pista asfaltica en perfecto estado, bordea ríos y montañas y nos permite apreciar las bellezas del altiplano en el que se encuentra Bolivia. Llegamos a Uyuni con el sol cayendo delante nuestro. El pueblo se encuentra a 3700 metros de altura en una planicie y el ruido del turismo, sobre todo europeo, se puede sentir en sus calles. La noche es fría asi que caminamos un rato por el centro, comemos, nos conectamos y volvemos a la camioneta a descansar.
A la mañana la camioneta amanece en el medio de una feria que se esta empezando a armar, es domingo y diferentes puestos se instalan en la avenida principal del pueblo. Nos acercamos a la zona donde se ofrecen las excursiones al salar, la mayor atracción de Uyuni que se encuentra a unos km del pueblo. La excursión que venden las diferentes agencias dura alrededor de 6 hs, cuenta con una visita al cementerio de trenes, a un pueblo que vende artesanías hechas en sal y a una parte grande del salar. Empiezan ofrenciendonos todo por 200 bolivianos, pero finalmente lo conseguimos pagar 120 cada uno. Salimos a las diez y media en una 4x4 que conduce Bladimir, nuestro conductor boliviano. Luego de las fotos en el cementerio de trenes, arrancamos para el salar. A medida que vamos recorriendo km otra cosa no se deja ver más que ese blanco que cega los ojos. La palabra "inmensidad" queda chica y cualquier metáfora que se me pueda ocurrir no va a alcanzar para describir lo indescriptible. Paramos en diferentes lugares donde nos sacamos un gran número de fotos. Luego de almorzar en una isla que se encuentra en el medio del desierto de sal, volvemos a la ciudad cerca de las 5 de la tarde. La feria sigue abierta, aunque muchos de los puestos ya han empezado a cerrar. Después de recorrer los puestos abiertos, nos bañamos en un baño publico por 10 bolivianos. Estos baños públicos se encuentran en todos los pueblos de bolivia, aunque su limpieza es poca a nosotros muchas veces nos resultan de gran utilidad. Ya limpios, damos una recorrida por el pueblo nuevamente antes de irnos. La calles son anchas y llenas de polvo. En todos sus rincones se ve la conmoción que dejó el Rally Dakar que pasó el enero pasado. Calcomonías en todos los autos y casas y hasta una estatua tapando el antiguo monumento del pueblo así lo hacen notar. A unas cuadras de la zona preparada para el turismo europeo, puestos callejeros de comida, en la que solo vemos trabajar mujeres, también forman parte del pueblo. Volvemos a dormir a la camioneta ya que al día siguiente pensamos a salir para La Paz.
viajes
Al otro día no tan temprano salimos para La Paz, tenemos que regresar por el camino que nos trajo de Potosí y luego empalmar con la ruta que va a Oruro. De Oruro tenemos otros 200 km hasta La Paz. Viajamos tranquilos por el camino que hicimos 2 días atrás. La ruta está en perfectas condiciones, así que pasado al mediodía estamos nuevamente en Potosí para cargar combustible. Otra ruta de asfalto nuevo nos lleva hasta Oruro. El camino no baja de los 3500 metros sobre el nivel del mar y deja apreciar en todo su recorrido la magnitud del altiplano en el que se encuentra gran parte de Bolivia. Se nos hizo tarde, asi que no vamos a poder cumplir nuestros planes y nos vamos a tener que contentar con hacer noche en Oruro.
A la mañana siguiente nos levantamos, damos una vuelta corta por la ciudad y seguimos camino rumbo a La Paz. El camino que nos lleva hasta la capital boliviana está en construcción asi que tardamos un poco más de lo pensado en llegar. Pasada la tarde estamos entrando en la ciudad. Descendemos a través de una autopista en forma de caracol que nos lleva dentro del pozo donde se encuentra. Rodeada de montañas plagadas de casas en todos sus rincones, la ciudad nos recibe caótica. Moverse por la ciudad veloz con la maguita no es simple y varias veces quedamos encerrados entre el tránsito sin saber por donde salir. Encontramos después de un largo rato de dar vueltas, una pequeña callecita donde pasaremos la noche.
El día siguiente lo usamos para recorrer un poco de La Paz. Encontramos una ciudad colorida, de veredas no tan cuidadas, llena de vendedores ambulantes y pequeñas ferias. A pesar de los 3900 metros sobre el nivel del mar que se encuentra, la ciudad lleva un ritmo veloz. Decidimos más tarde hacer una recorrida por los museos municipales. Por pocos bolivianos se puede tener una pequeña lección de historia y aprender un poco de la cultura paceña y boliviana recorriendo 4 museos. Las subidas y bajadas que nos encontramos en la recorrida, nos dejan extenuados así que luego de mover la camioneta a un lugar mas tranquilo, nos dormimos rápidamente.
Amanecemos frente a la plaza de uno de los barrios "bien" de La Paz donde no se ven chicos pidiendo monedas ni lustradores de zapatos y si casas lujosas de rejas altas con sus respectivas garitas de seguridad. Autos caros se pasean por una avenida ancha que cuenta con diferentes tiendas de prestigiosas marcas. Muy distinto a la parte alta de la ciudad donde estamos advertidos de movernos con cautela.
Partimos cerca del mediodía hacia Coroico a 120 km de donde nos encontramos. Otra ruta en buen estado nos lleva por este camino de montaña. Un lago artificial y algunas montañas nevadas de fondo hacen que este paisaje no tenga nada que envidiarle a uno de la patagonia. La ruta toma altura y luego empieza a bajar hasta llegar hasta los 1000 metros sobre el nivel del mar. Ahora nos encontramos frente a un paisaje selvático muy diferente a todos los anteriores que vimos. Una última cuesta de adoquines de 10 km nos lleva hasta el centro de Coroico, que se jacta de ser el primer pueblo turístico de Bolivia. Otra vez estacionamos frente a la plaza principal donde todavía hay bastante movimiento local y se encuentra rodeada por un destacamento policial, la catedral y un par de bares. Nos sentamos en un comedor local donde comemos por solo 12 bolivianos. A esta altura nuestros prejuicios acerca de la comida ya fueron dejados de lado y comemos de forma variada la comida regional. Luego de cenar, volvemos a la maguita a descansar.
amigos
Los siguientes 2 días los pasamos en Coroico. La pequeña ciudad se encuentra en las Yungas bolivianas, sobre un paisaje totalmente fértil y verde. En las calles se puede comprar banana, cafe, mandarina, coca y muchos otros productos que se cultivan en la zona. Destinamos un día a caminar dentro de la ciudad y afuera entre la selva en busca de algunos paisajes que nos recomendaron. Al otro día nos subimos a un mini-bus local junto a otras 12 personas, para visitar una comunidad afroboliviana que se encuentra en un pueblo llamado Chijchipa a 20 km de Coroico. El pueblo se encuentra de fiesta. La plaza esta colmada de lugareños, la televisión y hasta el ministro de educación de Bolivia ha llegado a anunciar nuevas mejoras. Somos los únicos turistas y bastante identificables en la muchedumbre negra. Nos convidan una bebida típica a la que la llaman "Tumba Negro" y un plato abundante de comida. Cuando el encuentro empieza a finalizar decidimos volver a Coroico.
Al día siguiente partimos de la ciudad que nos despide verde y radiante. Estamos a 1500 metros sobre el nivel del mar y tenemos que volver a subir mas de 3000 para llegar hasta Tiwuanacu, nuestro próximo destino. Luego de viajar casi todo el día, atravesar La Paz, caótica aunque sea domingo, llegamos a Tiwuanacu. El paisaje verde y fértil quedo atrás, también asi el clima humedo y pesado, todo vuelve a hacer árido, seco y polvoriento. Nos recibe un pueblo oscuro y desierto, donde pasaremos la noche. Al otro día averiguamos para visitar las atracciones arqueológicas que hay cerca del pueblo, motivo principal por el que llegamos hasta aquí. Luego de averiguar en la boletería, nos dimos cuenta que el precio de la entrada es mayor que nuestro ínteres, por lo cual decidimos no hacer la excursión y salir directamente para Copacabana, nuestro último destino boliviano antes de pasar a Perú.
Llegamos a Copacabana después del mediodía. La pequeña ciudad parece estar a orillas de un inmenso mar en el que montañas nevadas fondean el hermoso paisaje. En realidad no se trata de un mar, sino del lago Titicaca, el lago navegable mas alto del mundo que divide y baña las costas de Perú y Bolivia. El atardecer empieza a caer, el sol busca su lugar en el fondo del lago mientras nosotros buscamos un lugar donde pasar la noche. En las orillas del mismo lago encontramos un camping donde hacer base unos días antes de cruzar la frontera. Solamente usamos la cocina, la electricidad, internet y los baños del camping, la maguita no entra por el pequeño arco de entrada, asi que dormimos frente a la puerta que mira al lago. La noche es fría, solo el ruido de olas que chocan sobre la costa se puede percibir.
Los días siguientes descansamos en la puerta del camping, solo nos acercamos al centro de Copacabana para aprovisionarnos de comida. Los atardeceres conforman la parte mas pintoresca del día y todos son diferentes. El sol cae lentamente sobre la parte del lago que mira a Perú. Mientras alguna parte de la circunferencia del sol esta todavía sobre el horizonte genera un reflejo sobre el agua tan potente que no permite mirar en esa dirección. Una vez descendido totalmente, el agua pierde gradualmente el color cristalino que tuvo durante todo el día, hasta quedar totalmente negra solamente iluminada por el reflejo de la luna.
Unos de los días decidimos ir a visitar la famosa Isla Del Sol que se encuentra frente a la costa norte de la ciudad. Por 25 bolivianos tomamos uno de los botes que cruza el lago. La pequeña isla solo tiene unas pocas familias habitando en ella y es explotada mayormente con fines turísticos. Los chanchos hacen de perros y caminan libremente por las calles en el pequeño poblado que muestra en cualquiera de sus bordes paisajes alucinantes. La maguita queda en tierra firme mientras que nosotros recorremos la isla lejos de los autos y las construcciones de Copacabana.
Nuestros últimos diás en Bolivia los gastamos mirando los atardecer sobre el lago, tomando la energía necesaria para cruzar hacía Perú, organizando el interior de la camioneta. Una lenta despedida a un país que nos recibió y acogió de manera inmejorable, superando ampliamente nuestras expectativas, sorprendiendonos con sus paisajes naturales y su diversidad cultural. Hay un gusto semi amargo al tener que irnos. En el fondo sabemos que volveremos, aunque quizá no los cuatro juntos, en algún otro tiempo.
Enfilamos la camioneta y nuestros corazones hacia Perú en busca de nuevas aventuras y nuevas historias. Amanece un dia nuevo en la maguita, la noche fue fría y varias veces nos levantamos para abrigarnos un poco. Seguimos en la estación de servicio de la Quiaca a solo 200 metros de Villazón, el primer pueblo boliviano del otro lado de la frontera. Nos preparamos rápidamente y vamos camino a cruzar hacia Bolivia y despedirnos de nuestro país por un largo tiempo.
La frontera con Bolivia en la Quiaca es una frontera tranquila por la que pasan miles de peatones y vehículos diariamente. Tenemos todos los documentos al día tanto los nuestros como los de la camioneta asi que nada raro podría pasar. Solo estamos preocupados por algunos alimentos que tenemos y porque no todos los vidrios de la maguita estan grabados con el número de patente. La parte Argentina, tanto migraciones como aduana, la realizamos rápidamente. Del lado boliviano todo es un poco mas lento, una sola señora hace el papel de agente de migraciones, aduana y gendarmería. El trámite nos lleva alrededor de 2 horas, pero a ninguno de los 4 nos importa el tiempo pérdido ya que estamos del otro lado del Pilcomayo con todas nuestras pertenencias y sobre todo con la maguita.
Ya en Bolivia, estacionamos la camioneta y recorremos un rato Villazón antes de ir a Potosí donde pensamos hacer noche. Las calles cercanas a la frontera sufren de gran alteración. Son alrededor de 10 manzanas repletas de pequeños negocios de rubros muy variados. DVD's, cámaras, cacerolas, medias, galletitas, cualquier cosa se puede encontrar si uno anda con tiempo y ganas para recorrer. Por nuestra parte solo compramos algunas galletitas dulces y seguimos camino hasta Potosí.
Después de recorrer tan solo 10 km nos topamos con la primera estación de peaje y control del ejército. Pagamos 10 bolivianos en el peaje y un miembro del ejercito nos obliga a pagarle otros 10 bolivianos. Con el gusto amargo de haber dado esos 10 pesos bolivianos sin saber en concepto de que, seguimos viaje.
Por fin viajamos dentro del territorio boliviano libremente. La ruta cuenta con un pavimento que se lo nota nuevo aunque su señalización no es muy buena. Los primeros km son tranquilos de largas subidas y largas bajadas. Cada tanto la ruta pasa por el medio de un pequeño pueblo donde somos observados como bichos raros. Esos pueblos donde las paredes de las casas son de adobe o no tienen ningun tipo de terminación y donde se comercia en las veredas, son moneda corriente en toda Bolivia. Nenes que juegan muy cerca de la ruta y mujeres cargadas hasta casi no poder caminar son partes tambien de un paisaje que va tomando altura y color a medida que avanzamos rumbo a Potosí. A solo 100 km de Potosí el camino se torna un poco más complicado. La camioneta se esfuerza para enfrentrar las fuertes subidas y se relaja montaña abajo en la extensas bajadas, como quien descansa después de mucho trabajar.
Llegamos a la ciudad de Potosí de noche. A los 4090 metros de altura sobre el nivel del mar en que se encuentra la ciudad, se puede ver un gran alboroto en calles que no siguen ningún patrón determinado. Es jueves santo y la gente disfruta de su noche libre. Toda la ciudad está iluminada por luces tenues amarillas. Nos cuesta transitar las angostas calles que desbordan de gente. Apenas logramos estacionar la camioneta una pareja con su hijo menor, se paran enfrente de la maguita impresionados. Nos presentamos, charlamos un rato y nos dan algunas recomendaciones, sobre todo nos dicen donde podemos comer ya que son casi las 10 de la noche y no comimos nada en todo el día. Nos sentamos en una pizzeria que esta trasmitiendo un partido de fútbol situada a 50 metros de la casa de la moneda. Estamos muy alertas con el tema de la comida ya que sabemos de diferentes viajeros que sufrieron intoxicaciones debido al agua o algún alimento ingerido.
Despúes de comer realizamos la búsquedad de un lugar para sentarnos con nuestras computadoras, aunque esta vez no tenemos éxito. Volvemos a la maguita y nos dormimos rápidamente.
Otro dia que amanece claro, parece que las nubes no llegan a esta altura. Tenemos que cambiar plata ya que los pocos pesos bolivianos que habíamos cambiado en la frontera se fueron en peajes y en la cena de la noche anterior. Recorremos los diferentes mercados que se encuentran cerca de la zona colonial. La oferta es mucha y de lo más variada. Conseguimos cambiar nuestros pesos argentinos en un puestito a buen precio y seguimos camino por las pequeñas calles alborotadas. En cada balcón, en cada reja, en cada casa se puede apreciar el auge que vivió la ciudad en la época de la colonia . Cada dos o tres cuadras se ve una inmensa iglesia en la que los españoles no escatimaron en lo más mínimo. De ese auge ya queda poco, por estos dias un nene que limpia vidrios en el semáforo o la señora que pide monedas en las escalinatas de esa inmensa iglesia muestran la realidad actual que vive la ciudad.
Por la tarde dedicimos hacer la excursión a la mina del cerro Rico que tan famosa hizo a Potosí. Luego de vestirnos con la ropa adecuada subimos al cerro que se encuentra a unos 4600 metros sobre el nivel del mar. La montaña que para el antiguo imperio Inca era sagrada y que dió a la corona española por más de 300 años plata y otros metales, hoy en dia es explotada por diferentes cooperativas bolivianas que extraen lo poco que queda. Actualmente se extrae lo que los españoles desechaban. Una mezcla de plata de poca calidad, niquel, estaño y zinc se saca de la montaña que mira a una ciudad desordenada que yace a sus pies. Nos metemos dentro de este enorme hormiguero por un pequeño huequito. A veces entramos parados, a veces agachados y a veces nos tenemos que tirar cuerpo a tierra. Es escalofriánte moverse por estos pequeños túneles subterráneos que se llevaron mas de 8 millones de vidas indígenas. Visitamos al Tío, el Dios y Diablo dentro de la mina al que los mineros piden por su seguridad y produccíon y ofrecen alcohol, tabaco y coca.
Luego de una larga recorrida salimos por el mismo hueco que entramos, un nene que juega cerca del agujero le pide al guía propina, como si fuera un canon por usar su mina. Indudablemente la excursión valió la pena y fue la mejor manera de adentrarse en el mundo minero que rodea a Potosí.
Volvemos a la ciudad que esta vez se ve encapotada por un cielo gris que esta dejando caer sus primeras gotas. Luego de preguntar en varios lugares conseguimos bañarnos en una casa antigua que actualmente actúa de hostal por solo 30 bolivianos los cuatro. Las habitaciones que miran al patio central, las aberturas y el hall de entrada no disimulan los años que tiene el edificio. Hablamos un rato con la administradora actual del hostal que nos cuentas diferentes historias de Potosí, de esta casa y de todo Bolivia. Se puede notar como se le empañan los ojos al contarnos del exterminio aborigen y la bronca de una herida aún no cerrada cuando nos habla de Chile y como el país vecino les arrebato su salida al oceáno Pacífico. Terminada la lección de vida y la clase de historia, vamos al centro a comer en la misma pizzería que la noche anterior y volvemos a descansar a la maguita.
Otra vez el día amanece soleado y fresco. Los planes para este día son visitar la casa de la moneda, hacer unas ultimas compras en el mercado central e ir para Uyuni intentando llegar antes del anochecer. Llegamos para la primer visita al museo. Recorremos las diferentes salas del museo mientras una guía explica con pasión todo acerca de Potosí, en su etapa prehispanica, colonial y republicana. La visita al museo es una buena manera de conocer historia de Bolivia y de esta ciudad.
A la hora del mediodía estamos nuevamente en la zona de los mercados. Personalmente los mercados me parecen llamativos y merecen una recorrida exhaustiva ya que en ellos se puede apreciar el verdadero movimiento que tiene la ciudad fuera de lo turístico. El mercado central de Potosí ofrece de todo, desde frutas hasta celulares, desde carne hasta productos de limpieza. Pasillos angostos donde la carne esta colgada al calor del día y donde no es díficil perderse lo conforman. Por nuestra parte, compramos algunas verduras y frutas y vamos en busca de la maguita para volver a la ruta, son las 3 de la tarde y 200 km de montaña nos separan de Uyuni, nuestro próximo destino.
La ruta, con su pista asfaltica en perfecto estado, bordea ríos y montañas y nos permite apreciar las bellezas del altiplano en el que se encuentra Bolivia. Llegamos a Uyuni con el sol cayendo delante nuestro. El pueblo se encuentra a 3700 metros de altura en una planicie y el ruido del turismo, sobre todo europeo, se puede sentir en sus calles. La noche es fría asi que caminamos un rato por el centro, comemos, nos conectamos y volvemos a la camioneta a descansar.
A la mañana la camioneta amanece en el medio de una feria que se esta empezando a armar, es domingo y diferentes puestos se instalan en la avenida principal del pueblo. Nos acercamos a la zona donde se ofrecen las excursiones al salar, la mayor atracción de Uyuni que se encuentra a unos km del pueblo. La excursión que venden las diferentes agencias dura alrededor de 6 hs, cuenta con una visita al cementerio de trenes, a un pueblo que vende artesanías hechas en sal y a una parte grande del salar. Empiezan ofrenciendonos todo por 200 bolivianos, pero finalmente lo conseguimos pagar 120 cada uno. Salimos a las diez y media en una 4x4 que conduce Bladimir, nuestro conductor boliviano. Luego de las fotos en el cementerio de trenes, arrancamos para el salar. A medida que vamos recorriendo km otra cosa no se deja ver más que ese blanco que cega los ojos. La palabra "inmensidad" queda chica y cualquier metáfora que se me pueda ocurrir no va a alcanzar para describir lo indescriptible. Paramos en diferentes lugares donde nos sacamos un gran número de fotos. Luego de almorzar en una isla que se encuentra en el medio del desierto de sal, volvemos a la ciudad cerca de las 5 de la tarde. La feria sigue abierta, aunque muchos de los puestos ya han empezado a cerrar. Después de recorrer los puestos abiertos, nos bañamos en un baño publico por 10 bolivianos. Estos baños públicos se encuentran en todos los pueblos de bolivia, aunque su limpieza es poca a nosotros muchas veces nos resultan de gran utilidad. Ya limpios, damos una recorrida por el pueblo nuevamente antes de irnos. La calles son anchas y llenas de polvo. En todos sus rincones se ve la conmoción que dejó el Rally Dakar que pasó el enero pasado. Calcomonías en todos los autos y casas y hasta una estatua tapando el antiguo monumento del pueblo así lo hacen notar. A unas cuadras de la zona preparada para el turismo europeo, puestos callejeros de comida, en la que solo vemos trabajar mujeres, también forman parte del pueblo. Volvemos a dormir a la camioneta ya que al día siguiente pensamos a salir para La Paz.
Al otro día no tan temprano salimos para La Paz, tenemos que regresar por el camino que nos trajo de Potosí y luego empalmar con la ruta que va a Oruro. De Oruro tenemos otros 200 km hasta La Paz. Viajamos tranquilos por el camino que hicimos 2 días atrás. La ruta está en perfectas condiciones, así que pasado al mediodía estamos nuevamente en Potosí para cargar combustible. Otra ruta de asfalto nuevo nos lleva hasta Oruro. El camino no baja de los 3500 metros sobre el nivel del mar y deja apreciar en todo su recorrido la magnitud del altiplano en el que se encuentra gran parte de Bolivia. Se nos hizo tarde, asi que no vamos a poder cumplir nuestros planes y nos vamos a tener que contentar con hacer noche en Oruro.
A la mañana siguiente nos levantamos, damos una vuelta corta por la ciudad y seguimos camino rumbo a La Paz. El camino que nos lleva hasta la capital boliviana está en construcción asi que tardamos un poco más de lo pensado en llegar. Pasada la tarde estamos entrando en la ciudad. Descendemos a través de una autopista en forma de caracol que nos lleva dentro del pozo donde se encuentra. Rodeada de montañas plagadas de casas en todos sus rincones, la ciudad nos recibe caótica. Moverse por la ciudad veloz con la maguita no es simple y varias veces quedamos encerrados entre el tránsito sin saber por donde salir. Encontramos después de un largo rato de dar vueltas, una pequeña callecita donde pasaremos la noche.
El día siguiente lo usamos para recorrer un poco de La Paz. Encontramos una ciudad colorida, de veredas no tan cuidadas, llena de vendedores ambulantes y pequeñas ferias. A pesar de los 3900 metros sobre el nivel del mar que se encuentra, la ciudad lleva un ritmo veloz. Decidimos más tarde hacer una recorrida por los museos municipales. Por pocos bolivianos se puede tener una pequeña lección de historia y aprender un poco de la cultura paceña y boliviana recorriendo 4 museos. Las subidas y bajadas que nos encontramos en la recorrida, nos dejan extenuados así que luego de mover la camioneta a un lugar mas tranquilo, nos dormimos rápidamente.
Amanecemos frente a la plaza de uno de los barrios "bien" de La Paz donde no se ven chicos pidiendo monedas ni lustradores de zapatos y si casas lujosas de rejas altas con sus respectivas garitas de seguridad. Autos caros se pasean por una avenida ancha que cuenta con diferentes tiendas de prestigiosas marcas. Muy distinto a la parte alta de la ciudad donde estamos advertidos de movernos con cautela.
Partimos cerca del mediodía hacia Coroico a 120 km de donde nos encontramos. Otra ruta en buen estado nos lleva por este camino de montaña. Un lago artificial y algunas montañas nevadas de fondo hacen que este paisaje no tenga nada que envidiarle a uno de la patagonia. La ruta toma altura y luego empieza a bajar hasta llegar hasta los 1000 metros sobre el nivel del mar. Ahora nos encontramos frente a un paisaje selvático muy diferente a todos los anteriores que vimos. Una última cuesta de adoquines de 10 km nos lleva hasta el centro de Coroico, que se jacta de ser el primer pueblo turístico de Bolivia. Otra vez estacionamos frente a la plaza principal donde todavía hay bastante movimiento local y se encuentra rodeada por un destacamento policial, la catedral y un par de bares. Nos sentamos en un comedor local donde comemos por solo 12 bolivianos. A esta altura nuestros prejuicios acerca de la comida ya fueron dejados de lado y comemos de forma variada la comida regional. Luego de cenar, volvemos a la maguita a descansar.
Los siguientes 2 días los pasamos en Coroico. La pequeña ciudad se encuentra en las Yungas bolivianas, sobre un paisaje totalmente fértil y verde. En las calles se puede comprar banana, cafe, mandarina, coca y muchos otros productos que se cultivan en la zona. Destinamos un día a caminar dentro de la ciudad y afuera entre la selva en busca de algunos paisajes que nos recomendaron. Al otro día nos subimos a un mini-bus local junto a otras 12 personas, para visitar una comunidad afroboliviana que se encuentra en un pueblo llamado Chijchipa a 20 km de Coroico. El pueblo se encuentra de fiesta. La plaza esta colmada de lugareños, la televisión y hasta el ministro de educación de Bolivia ha llegado a anunciar nuevas mejoras. Somos los únicos turistas y bastante identificables en la muchedumbre negra. Nos convidan una bebida típica a la que la llaman "Tumba Negro" y un plato abundante de comida. Cuando el encuentro empieza a finalizar decidimos volver a Coroico.
Al día siguiente partimos de la ciudad que nos despide verde y radiante. Estamos a 1500 metros sobre el nivel del mar y tenemos que volver a subir mas de 3000 para llegar hasta Tiwuanacu, nuestro próximo destino. Luego de viajar casi todo el día, atravesar La Paz, caótica aunque sea domingo, llegamos a Tiwuanacu. El paisaje verde y fértil quedo atrás, también asi el clima humedo y pesado, todo vuelve a hacer árido, seco y polvoriento. Nos recibe un pueblo oscuro y desierto, donde pasaremos la noche. Al otro día averiguamos para visitar las atracciones arqueológicas que hay cerca del pueblo, motivo principal por el que llegamos hasta aquí. Luego de averiguar en la boletería, nos dimos cuenta que el precio de la entrada es mayor que nuestro ínteres, por lo cual decidimos no hacer la excursión y salir directamente para Copacabana, nuestro último destino boliviano antes de pasar a Perú.
Llegamos a Copacabana después del mediodía. La pequeña ciudad parece estar a orillas de un inmenso mar en el que montañas nevadas fondean el hermoso paisaje. En realidad no se trata de un mar, sino del lago Titicaca, el lago navegable mas alto del mundo que divide y baña las costas de Perú y Bolivia. El atardecer empieza a caer, el sol busca su lugar en el fondo del lago mientras nosotros buscamos un lugar donde pasar la noche. En las orillas del mismo lago encontramos un camping donde hacer base unos días antes de cruzar la frontera. Solamente usamos la cocina, la electricidad, internet y los baños del camping, la maguita no entra por el pequeño arco de entrada, asi que dormimos frente a la puerta que mira al lago. La noche es fría, solo el ruido de olas que chocan sobre la costa se puede percibir.
Los días siguientes descansamos en la puerta del camping, solo nos acercamos al centro de Copacabana para aprovisionarnos de comida. Los atardeceres conforman la parte mas pintoresca del día y todos son diferentes. El sol cae lentamente sobre la parte del lago que mira a Perú. Mientras alguna parte de la circunferencia del sol esta todavía sobre el horizonte genera un reflejo sobre el agua tan potente que no permite mirar en esa dirección. Una vez descendido totalmente, el agua pierde gradualmente el color cristalino que tuvo durante todo el día, hasta quedar totalmente negra solamente iluminada por el reflejo de la luna.
Unos de los días decidimos ir a visitar la famosa Isla Del Sol que se encuentra frente a la costa norte de la ciudad. Por 25 bolivianos tomamos uno de los botes que cruza el lago. La pequeña isla solo tiene unas pocas familias habitando en ella y es explotada mayormente con fines turísticos. Los chanchos hacen de perros y caminan libremente por las calles en el pequeño poblado que muestra en cualquiera de sus bordes paisajes alucinantes. La maguita queda en tierra firme mientras que nosotros recorremos la isla lejos de los autos y las construcciones de Copacabana.
Nuestros últimos diás en Bolivia los gastamos mirando los atardecer sobre el lago, tomando la energía necesaria para cruzar hacía Perú, organizando el interior de la camioneta. Una lenta despedida a un país que nos recibió y acogió de manera inmejorable, superando ampliamente nuestras expectativas, sorprendiendonos con sus paisajes naturales y su diversidad cultural. Hay un gusto semi amargo al tener que irnos. En el fondo sabemos que volveremos, aunque quizá no los cuatro juntos, en algún otro tiempo.
Enfilamos la camioneta y nuestros corazones hacia Perú en busca de nuevas aventuras y nuevas historias.