La esfera fue visible durante casi 80 horas, desde el 9 al 12 de marzo, y cuando desapareció dejó tras de sí una serie de llamaradas solares que no se calmaron hasta casi seis horas después. La fuente de esas espectaculares imágenes no dejaba duda sobre su autenticidad: habían sido obtenidas, ni más ni menos, que por el Observatorio de Dinámica Solar (SDO) de la NASA.


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No pasó mucho tiempo para que diversas teorías comenzaran a aparecer, en las redes se hablaba de un gigantesco OVNI que tomaba energía del Sol, algunas otras, un poco más científicas, proponían que la gigantesca esfera se trataba de un agujero negro que empezaba a consumir al enorme astro, lo cierto es que la NASA no hizo público ningún comunicado al respecto.

Y no es de extrañarse, ya que para los estudiosos del Sol el fenómeno es plenamente conocido, según lo publica el sitio abc.es, se trata de una especie de hueco transitorio en el plasma solar, que se conecta a la superficie por medio de un vórtice de filamentos y que, además, suele estar asociado a una eyección de masa coronal (CME), esas nubes ardientes de materia que el Sol expulsa en periodos de actividad máxima y que, cuando llegan a la Tierra, pueden provocar averías en los satélites y en los sistemas eléctricos y de comunicaciones.

Los agujeros coronales también se pueden producir poco antes de una tormenta solar y, cuando se forman en el borde de la corona, son perfectamente visibles, ya que su perfil destaca contra el fondo negro del espacio.