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ARDE TU VIDA



Será un día como éste, que parecen los gritos de niños felices saliendo del colegio los cantos de los chacales al amanecer.
De una vez por todas vendrá en el ascensor la noticia que dará un lengüetazo en tu puerta.
Cada uno se irá yendo a su manera, escabulléndose el que tiene deudas y no quiere dar explicaciones, obligándonos a visitar su cama el que nos quiere cobrar; llorando el que nunca tuvo ganas de estar pero ahora no tiene ganas de irse; roto el que se te cayó de las manos.
No será tan malo cuando los gusanos se coman mi sexo y nadie se ponga celoso. Cuando las cenizas del cerebro se deshagan y nuestras palabras sean olvidadas para siempre. Cuando las manos que acariciaron mis rasgos deshechos se laven de mis fantasmas.
¿Quién, cómo, dónde estuvieron conmigo, si estuve siempre aguantando la respiración para no ahogarme? ¿Qué fue ser feliz sino librarnos los unos de los otros?
Casi todo fue un gran esfuerzo. Poner corbatas sobre las verrugas.
Soy un ciego, condúceme como un cisne. Los ojos son este pozo de todos. Los puentes. Tráeme los aviones, las callecitas desconocidas que me conceden el olvido; hazme llorar en un ferryboat. Una carta desde Montevideo. Los puentes, por favor, los puentes. Y aquel diario en Usuahia. Una hermosa cita: encontrarnos sin saberlo, una cita fantasma.
El sol concentra la potencia de su ardor en el punto más apasionante de nuestra vida y desde allí nos incendia. Te sucederá como a todos los soles: nunca se apagan como dóciles cigarrillos en el cenicero, estallan como dinamita. Esa dinamita es el fuego que nos quema, que espanta a los vampiros del tiempo. Las llamas del fuego son tormentas iluminando la noche de tu dolor. Porque duelen esas penumbras que nos distancian. ¿Qué veo de ti sino la estela de tus actos, y qué recojo de tus actos sino la cenizas de tu presencia?
Nunca fue luz, sino fuego. Se queman las pesadillas que los argumentos de los guionistas escribieron con sangre sobre la piel de tus sueños. Se queman los teatros con sus calles y cocinas, sus muebles de utilería, sus paredes de decorado; se queman los aparatos del sonidista, las filmadoras colocadas en los ojos de la luz para fotografiar el horror del abismo, los micrófonos escondidos en el corazón del universo para transmitir a todos los hogares del mundo las agonías del misterio.
Apaga las transmisiones. Vístete y sal. Arroja las llaves y sigue.
Caminemos juntos por el fuego de los últimos días. El pozo de los ojos se ha secado y los dioses cansados nos abandonan. Caminemos o corramos por sobre las colinas de esa risa que se hunde en el infierno.
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