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[Exposición] Fragmentos de una historia macabra

Todo es relativo, lo han dicho grandes hombres, incluso la propia historia lo es. La Historia, así con mayúscula, no es más que una pretensión de verdad estabilizada en base al poder y la violencia de los que vencieron, una interpretación, una perspectiva más en las millones que cruzan el vasto mundo social y natural.

Lo que intento a continuación es una historia, de esas con minúscula, que pretende ser una interpretación factible de los hechos, reconstruida a partir de fragmentos de información que tengo a mano, una versión posible de lo que pudo ocurrir.


Hasta hace poco surcaban juntos los cielos de Santiago, con sus plumas jóvenes y sus gritos estridentes llamándose y jugando, aprendiendo a ser y a vivir como chimangos en la gran ciudad. Eran hasta hace poco tres hermanos, que algunos podrán recordar de esta imagen.






Pero algo se quebró en la unidad familiar, es difícil aventurar alguna hipótesis con tan poca información, pero podría pensarse en una rencilla por la punta de aquel pino, símbolo indiscutible del poder en la localidad (en el mundo de los pájaros, al igual que en el de los hombres, el poder seduce, moviliza y corrompe) o simplemente el hambre, la más brutal de las necesidades. El poder me aburre o me repugna, o ambas, así que prefiero quedarme con el hambre para continuar la historia. Como dice el dicho “Más discurre un hambriento que cien letrados” y dos de los hermanos complotaron, mientras el tercero volaba despreocupado por las cercanías.







Avanzó el caluroso día con lentitud y sin novedades, cuando de pronto un agudo grito quebró el pesado silencio de la tarde. Sobre un tejado cercano uno de los hermanos, con una notoria herida en el pecho reclama airadamente apuntando su mirada a la casa de enfrente.






Primero no logro entender que pasa, pero el joven continúa gritando y después de seguir su mirada con atención puedo verlo. El otro hermano, camuflado entre las plantas desgarra en silencio el cuerpo de otro animal, con su afilado pico y sus potentes garras, rodeado de hojas que casualmente (o no) parecen ir tomando el color de la carne.







De a poco se va revelando el cadáver a medida que el chimango devora con avidez el preciado alimento. La cena ocasional no es un ratón, si no otro pájaro y de tamaño considerable, pues su pata apenas entra en el pico del joven carroñero que echa para adentro todo lo que encuentra, sin discriminar la carne de otras partes del cuerpo.






La última foto revela además que no sólo el hermano excluido esta herido, el que come también tiene el pecho lastimado, aunque su herida parece de menor gravedad, indicándolo como el vencedor indiscutido de la disputa. El otro sigue gritando desde el techo contiguo, pero sus reclamos son descartados con un ademán que parece exclamar con autoridad ¡Basta!






El festín sigue sin que todavía se develara la macabra procedencia del cadáver, hasta que de pronto de entre la masa indiferenciada de carne el chimango levanta con su pico una forma conocida, demasiado conocida, la semejanza es tal que aquello que levanta podría ser su propio pico.







Ahora comprendo los gritos, las heridas, la conversación a solas, el horror… fragmentos, pedazos sueltos que apuntan en una terrible dirección, canibalismo familiar. Los dos hermanos parecen comprender las consecuencias devastadoras de su terrible acto, ofuscados, avergonzados, retraídos cada uno a su conciencia, jamás podrán superar la distancia que se ha generado entre ellos y desde ahora y para siempre… la desconfianza.



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