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[Exposición] X: Trieste, Pirán, y un pequeño incidente







X: Trieste, Pirán, y un pequeño incidente.


El viernes 31 de julio, luego de desayunar un café con leche que me terminó de despertar, con tostadas de manteca y dulce de frambuesa, además de ananá, kiwi y un poco de frutilla, nos fuimos de paseíto el día completo con el auto.











Afortunadamente, y ya era hora, el tiempo estaba empezando a cambiar. Asomaba el sol, bien tímido, pero se notaba que en las próximas horas iba a cobrar protagonismo. Se hacía desear y nos seducía poco a poco.


Salimos en nuestro Skoda rojo, rumbo a las cuevas de Postojna y Skojan, grandes cuevas subterráneas a una horita de Liubliana.











Play para ambientar.


Y acuérdense, si encuentran errores de ortografía o de sintaxis, avisen!


A los que vivan en Buenos Aires después los invito a tomar un café





Desafortunadamente, y por culpa mía si se quiere, tuvimos que volver a Liubliana. Estábamos a más de 25 kilómetros, cuando me di cuenta de que había llevado la cámara sin la batería;… eso es, me olvidé la batería cargando en la habitación... (un genio el pibe). Luego de fumarme el rosario de puteadas que me tiró mi viejo, lo logré convencer de volver… así que me dejó en la puerta, y volando como un tero subí a la habitación a buscar la condenada batería. Habíamos perdido cerca de 40 minutos, que serían cruciales más adelante.


En Eslovenia, estés donde estés, mirás por la ventana y ves verde. Debe ser uno de los países más verdes del mundo… es una cosa impresionante. La bandera de este país debería ser de color verde.


Luego de pasarnos de largo las cuevas, decidimos que primero iríamos a Trieste, en Italia, y a la vuelta de Pirán, lugar del que hablaré más adelante, pasaríamos por las cuevas, ya que quedan en el camino de vuelta a Liubliana.





“Benvenuti in Italia”, decía un cartel luego de pasar la frontera con dicho país. Ni policías, ni agentes aduaneros, ni sellos, ni papeles, nada; así es en Europa pasar de un país a otro en auto, al menos en los países adelantados. Una joyita. Llevamos los pasaportes al cohete… (uno nunca sabe igual).


Por fin, luego de una hora y media desde que habíamos salido (en realidad desde que habíamos vuelto a buscar la batería), llegamos a Trieste.











Trieste, a diferencia de la similitud que tiene con la palabra triste, es muy alegre. Fue muy importante durante el Imperio Romano, pero hoy es solamente un enclave turístico a orillas del Mar Adriático.











La Piazza de la Unitá, es el corazón de la ciudad. Está situada justo enfrente del mar, desde donde podíamos respirar ese néctar de la felicidad que es justamente el olor a mar. El cielo, estaba completamente despejado, no se asomaba ni la nube más valiente. El viento soplaba hermoso desde el mar, cálido pero no tanto; en su punto justo.


Luego de recorrer la ciudad costera con su canal y sus callecitas comerciales, como las cuevas cerraban a las 6 de la tarde, y ya eran las 3, cazamos el Skoda y nos pasamos otra vez a Eslovenia, esta vez rumbo a Pirán.





Cuarenta minutos separan Trieste de Pirán. Esta última, ya en Eslovenia, es una ciudad bilingüe, sus habitantes hablan tanto esloveno como italiano.











Tuvimos que dejar el Skoda estacionado en las afueras del casco histórico… no se permite la entrada de vehículos ya que toda la zona es peatonal. Nos dirigimos a los buses que te llevan desde el estacionamiento, en la costa, hacia el casco antiguo.











Pirán es una joyita en el Adriático. Con sus 44 km², tiene una torre y un castillo que ofrecen vistas que emocionan. Nosotros probamos con la torre, que con sus 149 escaloncitos de madera que uno piensa que se van a quebrar al pisar, no defraudó.











Que digo no defraudó… superó ampliamente las expectativas. Esos tejados anaranjados que convergen hacia el mar… la vista de la tranquila Plaza Tartini, el Castillo, y toda la península, hacen una de las mejores vistas del Adriático.























Cuando volvíamos hacia el auto, esta vez caminando, (eran siete cuadras), lo hicimos por la costa, y descubrimos que hasta tienen escaleritas que bajan hacia el mar… estos eslovenos no se pueden quejar, che. Lo tienen todo en un país ínfimo.

















Después de una hora manejando hasta las cuevas, llegamos a las 6 de la tarde. Miro a mi alrededor, y veo que la barrera del estacionamiento está baja…., ya empecé a pensar que algo andaba mal.


De repente se acerca un joven, alto, rubio, con ojos azules (como para variar…), y nos dice “i’m sorry, the caves are closed… the last entrance it’s at 6 pm, now it’s 6:15”.


Ahhh pero me re cag....


Si, toda la mala suerte. Si no me hubiese olvidado la batería de la cámara ahora verían las fotos de las cuevas que son Patrimonio de la Humanidad. Pero el destino es así, está escrito.


Lo que si pudimos ver es el Castillo de Predjama, a 10 kilómetros de ahí, (que de hecho eran mucho más que 10, te dicen 10 para que vayas…), es un castillo muy peculiar, metido en una montaña. Adentro no vale los 12 euros que te cobran… pero de afuera es único.











El castillo se encuentra en una ubicación espectacular, ante un precipicio de 123 metros. Aunque en realidad el castillo data de finales del siglo XVI, hubo ya una construcción en el mismo lugar desde el año 1202. En el año 1570 se construyó el castillo con la forma que conocemos hoy.











A todo esto se habían hecho las 7.30 de la tarde cuando estábamos volviendo a Liubliana, el sol se estaba preparando para irse a dormir. No queríamos llegar de noche, así que apuramos la vuelta.











De repente, todo el tránsito parado. Bárbaro, lo que faltaba.


¿Por qué no te mandás por la banquina viejo, que sino no llegamos más”?


¡Para qué!


Empezaron a llover bocinazos e insultos en esloveno, se ve que allá lo toman como un acto de lesa humanidad el violar una ley de tránsito, veíamos a los conductores de los otros autos y nos señalaban con el dedo diciendo “te voy a denunciar”, ponían cara de asco y de odio y nos insultaban, como si hubiésemos matado a alguien...


Está todo bien, te entiendo, vos también querés llegar rápido a tu casa, ¡pero embromate querido si no rompés un poco las reglas!


(o al menos eso es lo que pensaría un argentino en Eslovenia luego de estar todo el día girando, con ganas de llegar al hotel, bañarse y ponerse a escribir estas líneas...)


Lo más cómico del asunto fue que un auto se metió en la banquina solo para impedirnos el paso. Después, como un maniático, cuando el tránsito se liberó, se nos puso a hacer zigzag delante nuestro para expresar su descontento. Yo no podía parar de reírme...!


Lección del día: No trates de hacerte el vivo fuera de tu país, la gente es muy distinta.


Todos los días se aprende algo nuevo





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