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[Exposición] XIX: Bosnia y Herzegovina







XIX: Excursión a Bosnia y Herzegovina


El último día del viaje fuimos a conocer la ciudad de Mostar, en Bosnia y Herzegovina.


Avisé en el hotel para que nos despertaran a las 7 de la mañana, ya que nos pasaban a buscar a las 8.


Me desperté de casualidad a eso de las 6.50, vislumbrando luz en la habitación. Las cortinas no bloqueaban bien el sol, así que un poco molesto, me levanté a tratar de cerrarlas; no logrando mi objetivo, me fui preparando para ir a desayunar. La llamada de recepción nunca llegó... poca seriedad en el hotel, no sé qué hubiese pasado si no me despertaba… supongo que me iba a perder el desayuno.


Bajé a desayunar, me puse crema solar, agarré la Canon, teléfono, auriculares, y bajé puntual al lobby. Había un rubio que nos estaba esperando para llevarnos con una minivan negra hacia el bus que nos llevaría hacia Mostar. Hicimos el cambio de transportes, y nos subimos a un bus súper moderno y cómodo, en el que ya había turistas adentro.


En el camino, bordeando el mar, se pudieron ver varias de las islas que están cerca de Dubrovnik; Croacia es un país que tiene más de 700 islas repartidas por el mar adriático… y solo una minoría de ellas están habitadas.


Mientras nos adentrábamos tierra adentro, habiendo dejado de bordear el mar, comenzaron a aparecer a ambos lados de la ruta los viñedos croatas: varios kilómetros de vid y vid, me trajo el recuerdo de mi viaje a Mendoza.


Luego de parar para estirar las piernas e ir al baño en un pueblito llamado Neum, continuamos nuestro camino hacia la concurrida frontera de Bosnia y Herzegovina con Croacia, Mostar estaba a 75 kilómetros de allí.


Al llegar a la frontera no se pueden imaginar la cantidad de autos que había en la fila… habremos hecho cerca de 3 km por el carril preferencial de buses (solo los autos hacen la fila común), y todavía veíamos vehículos parados; los desgraciados habrán estado como mínimo 2 horas esperando en la frontera.


A nosotros, como íbamos en un bus turístico, sólo nos tomó 20 minutos. Mientras esperaba aburrido adentro del bus, noté que una libélula se fue a posar justo en la antena de la minivan que estaba estacionada al lado… se quedó un rato largo, y no paraba de mover las patas.


En el asiento de al lado, un rubio con la camiseta de la selección española leía un libro con las hojas ya amarillentas, se ve que tenía unos cuantos años; divisé las letras rusas, así que probablemente era de esos pagos. Usaba de separador un billete de dos dólares, lo cual me sorprendió muchísimo porque casi no se encuentran.


A mi me tocó sentarme con una española, lo cual no me gustó nada porque me encanta hablar el inglés cuando viajo, y le tuve que hablar en español. Ella era de Madrid y había ido 9 días a Dubrovnik, quería relajarse en la playa. Me contó que hace poco estuvo en Kazakhstan por trabajo… “es la nada misma, nunca vayas”.


Afuera, los oficiales de la frontera revisaban los pasaportes apresuradamente con una mano, mientras sujetaban sus cigarrillos con la otra. Adentro, algunos suertudos dormían.
Motor en marcha y a seguir. ¡Ya estábamos oficialmente en un país nuevo!












Play para ambientar.


Y acuérdense, si encuentran errores de ortografía o de sintaxis, avisen.


















En el camino paramos en un pueblo llamado Pocitelj; aproveché para hacer dos cosas, primero ir al baño, y segundo probar el café bosnio: es parecido al café turco, pero con la diferencia que el azúcar se le agrega después de cocinado el café, no antes. El azúcar lo agrega el bebedor a gusto, hay que mezclar con cuidado porque abajo está la borra; estaba muy bueno.











Mientras nos acercábamos a Mostar, pasamos por más viñedos. La guía, una muchacha bien delgada, rubia y con anteojos de sol marrones, nos explicó que el sueldo mínimo en Bosnia y Herzegovina es de 200 euros. Si, 200 euros, casi como en África; Bosnia es un país muy pobre, además fue el país más afectado en las guerras Yugoslavas, y los gobiernos que hubo desde entonces no ayudaron mucho que digamos. Además, la tasa de desempleo es del 40%.


Otra cosa que me sorprendió escuchar es que en el país no hay una lengua oficial… se habla croata, serbio y bosnio, ya que el país es una mezcla de culturas. Más adelante van a entender el porqué de esto. La parte norte del país vendría a ser Bosnia, y la parte sur, Herzegovina.


Llegamos por fin a Mostar, luego de cuatro horas de viaje. Confieso que se me pasaron volando, las distintas paradas ayudaron a partir el viajecito y así se sintió menos.


Mostar es la quinta ciudad más poblada del país, y se encuentra en Herzegovina, al sur. Recibe el nombre de su famoso puente, el Stari Most ('Puente Viejo'), el mismo fue destruido por unidades del Consejo Croata de Defensa durante la guerra de Bosnia, en el año 1993.











El "Puente Viejo" de Mostar, es un puente de unión entre dos culturas: Los croatas católicos y los musulmanes. Antes de la guerra, Mostar era una ciudad en la que la convivencia entre las diferentes culturas y religiones era posible. Al comienzo del conflicto, croatas y musulmanes se aliaron para expulsar a los serbios, pero una vez conseguido este objetivo, se declaró una nueva lucha entre musulmanes y croatas por tomar el poder de la ciudad.


Nueve años después de la finalización del conflicto, el 23 de julio de 2004 se reinauguró el puente, tras un arduo trabajo de reconstrucción. El puente es un símbolo de paz, un puente entre culturas, en las que todavía existe tensión pero con el paso del tiempo (algunas generaciones) y el deseo de vivir con tranquilidad, se volverá a convivir en paz. El Puente fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Más de 2000 habitantes de la ciudad murieron durante las guerras, y más de 5000 casas fueron destruidas.


El puente mide 20 metros de alto. Los más valientes saltan al río verdoso que se encuentra debajo del puente, con 6 metros de profundidad. Resulta arriesgado hacerlo, ya que en el río hay rocas y además la temperatura del mismo roza los 10 centígrados, con lo cual la diferencia de temperatura entre el puente (40 grados en verano), y el río, puede desestabilizar el organismo. Se hacen varios concursos de salto al año, en el que saltadores de todo el mundo van a competir a Mostar.











Entramos en una mezquita para sentir la esencia musulmana del país. Desde afuera, el azan se hizo escuchar resonando en toda la ciudad: “allahu akbar”… “allahu akbar”…

















En Mostar sobran los turistas; están todos agolpados entre el puente y la calle comercial de la ciudad. En ella podemos encontrar múltiples souvenirs, desde imanes para la heladera, artesanías, libros, y hasta lapiceras con forma de balas… (un poco irónico, ¿no?)


Sobran los edificios con agujeros de balas dispersados por la ciudad, atestiguando en todo momento el desastre cometido en aquellos años. Algunos permanecen así para que no se olvide lo sucedido, todavía no sanaron las heridas. Otros, simplemente necesitan ser reparados pero el gobierno hace la vista gorda y la plata desaparece.


¿Les suena?

















Luego de un merecido almuerzo consistente en comida turca (dolma, sarma, içli köfte y arroz pilaf, seguido de un baklava con un café bosnio), nos estaban esperando en el bus a las 15:30 para el regreso a Dubrovnik, así que le metimos pata y llegamos al punto de encuentro tres minutos tarde. Para mi sorpresa, éramos los últimos, ya estaban todos en el bus, y nos estaban esperando a nosotros.


Nos informaron que en la frontera había una cola de tres horas… así que fuimos por otro camino, para evitar esa frontera y entrar por otra, pero para eso teníamos que atravesar la parte este de Bosnia, en donde los caminos eran… un poco peores digamos, no era para tanto. Dimos nuestro consentimiento, y partimos hacia Dubrovnik.


El camino de vuelta siempre se me hace más largo… no soy de esos que se queda dormido en cualquier lugar; de hecho es muy difícil que pueda dormir durante el día. Tengo que estar absolutamente cansado, mentalmente y físicamente. Aun así, prefiero hacer otras cosas… mirar por la ventana, escuchar música… siento que dormir durante el día es perder el tiempo.


Por lo visto las dos japonesas que cabeceaban en el asiento de al lado no pensaban igual que yo. Madre e hija estaban apolillando como si hubiesen trasnochado, ambas tenían la cabeza girada para la izquierda. La nenita, que dormía con anteojos y todo, se despertó por unos segundos; tenía todo el cachete izquierdo cubierto de baba.


Puse un poco de música en mis oídos para pasar el rato, mirando esos paisajes desconocidos y filosofando un poco sobre la vida; lo que es la libertad, ¿no?... estaba escuchando System of A Down y se me cruzó por la cabeza el tema del genocidio de mis ancestros, los armenios. Pensar que hace 100 años, 1,5 millones de armenios, sacando el hecho de que fueron masacrados, los obligaron a caminar cientos y cientos de kilómetros sin agua ni comida; les sacaron la LIBERTAD.


Y yo estaba ahí, en un micro, mirando por la ventana, en un país que en la más remota vida pensé que iba a estar, y esos caminos desconocidos me hicieron sentir tan… ¡tan libre!


Donde uno quiera, puede estar. No hay nada más preciado que la libertad. Hay que detenerse un momento a pensar en eso y a valorarla como se debe.





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