Check the new version here

Popular channels

A qué responde el fenómeno Pigna



A qué responde el fenómeno Pigna

Por PABLO POZZI (Docente de la Carrera de Historia en de la Fac. de Filosofía y Letras de la UBA y Fac. de Filosofía y Humanidades de la UNC. )


En relación al éxito del programa de Pigna "Algo habrán hecho por la historia Argentina", como también con respecto a sus libros Los mitos de la historia argentina, creo que hay que considerar varias cosas distintas. Una es la búsqueda de respuestas a la situación actual de crisis y falta de futuro de muchos sectores de la población. Estos sectores buscan en la historia una respuesta y también experiencia para tratar de salir de los problemas que nos aquejan. Otra es que los argentinos (y realmente la población en todo el mundo) siempre han tenido un gran interés por la historia nacional. Esto se puede ver en la cantidad de publicaciones de divulgación histórica, novelas, e inclusive en la discusión cotidiana. Basta decir ¿porqué la Argentina no es un gran país? Y más de uno va a responder cosas tipo "por que echamos a los ingleses durante las invasiones". La respuesta es superficial y muchas veces revela desconocimiento, pero también demuestra una inquietud de buscar en nuestro pasado las causas de la decadencia argentina.



En este sentido siempre hubo "Pignas". Antes de éste estuvo Lanata, que fue después de Anguita y Caparros, que sucedieron a Félix Luna. En una época eran José María Rosa y Abelardo Ramos. Lo notable es que ninguno de éstos sería reconocido hoy como historiadores por la profesión, sino más bien como divulgadores o periodistas. Es más, recuerdo una vez que cuando salía de la Argentina, en el formulario se preguntaba la "profesión". Yo puse "historiador". El de inmigraciones lo mira y me dice: "No. Usted es profesor de Historia. Historiador es Félix Luna". Para muchos de mis colegas Luna era un "empresario de la historia". Que a nivel popular se reconozca a toda una serie de gente como historiadores, y que la profesión no lo haga, es por demás revelador.



El problema con los historiadores académicos es muy complejo. Por un lado la historia es imprescindible tanto para establecer la hegemonía de la clase dominante como para gestar una oposición y alternativa revolucionaria. Muchos historiadores profesionales de hoy fueron militantes de la izquierda o del peronismo combativo en la década de 1966-1976. El problema es que la lección que derivaron de esa experiencia fue que los habían reprimido por haberse "metido en política". Como tales se intentaron acomodar al poder y se ofrecieron para articular un nuevo discurso histórico que reconstruyera una hegemonía en crisis. Así se acercaron al calor alfonsinista. El problema es que no gestaron tal discurso. Un discurso hegemónico debe intentar cooptar las demandas de los sectores oprimidos e incorporarlas a la explicación histórica que ofrece la burguesía. Pero su propuesta fue reescribir la historia planteando una infinidad de temas que ellos creían que podría reforzar lo que entendían como la democracia y la ciudadanía. Pero los problemas de la sociedad argentina eran otros. En medio del desempleo, de la corrupción, de la destrucción de las conquistas sociales, los historiadores estudiamos la democracia, los partidos políticos y cosas similares. Tras un supuesto objetivismo no se intentó explicar nada de lo que pasaba hoy. Así, por ejemplo, no se investigaron cuestiones como la guerrilla, el movimiento obrero, las formas de organización popular, o inclusive el por qué había golpes de Estado en la Argentina. Es notable que esto sí lo hicieron historiadores extranjeros como Potash, Rouquié o Daniel James, todos best seller en su momento. Lo que resultó fue una historia anodina, que muchos sienten aburrida y que es realmente irrelevante a la vida de la gente común. La profesión se volcó hacia adentro, escribiendo para los historiadores y no para la sociedad en general. A esto hay que agregar el hecho de que tanto Alfonsín como Menem hicieron disponibles cuantiosos fondos en becas, subsidios a la investigación, etc. Los historiadores se dedicaron a captar estos fondos haciendo proyectos que fueran aprobados y por ende no debían enemistarse con ningún posible jurado. El resultado fueron investigaciones anodinas, hechas correctamente pero de escasa relevancia.



A esto debemos sumarle que la argentina es una sociedad con una profunda crisis orgánica. Por ende, lejos de apuntar a analizar la historia como un elemento para explicar y resolver los problemas del hoy (aún los de burguesía), la profesión se convirtió en un negocio. En este sentido no le sirve ni siquiera a la clase dominante. Lo que sí le sirve es que ha vaciado de contenido y cooptado a importantes sectores intelectuales quitándole un elemento fundamental a la gestación de alternativas populares y obreras.



En este sentido se comprende más el éxito de Pigna. Su visión es profundamente desmovilizadora de la participación popular pero entronca con sentires de la gente. O sea, para él la historia argentina es una de grandes hombres (y muy pocas o ninguna mujer) que eran buenos y honestos, pero que fueron siempre boicoteados o imposibilitados de actuar por los corruptos que los rodean. Así el problema es conseguir un líder bueno y apoyarlo en contra de la corrupción generalizada que está enquistada en los grupos de poder. Como muchos se sienten impotentes frente a la situación actual, y sienten que la corrupción (entendida no sólo como económica sino también de ideas) entonces el discurso de Pigna parece algo razonable y de sentido común. Realmente es algo funcional a la burguesía y emerge ante la carencia de ideas de los historiadores para articular un discurso hegemónico. Y no es accidente que Pigna emerja cuando también hay una reactivación de la movilización obrera y popular: es una propuesta histórica que dice básicamente que no hay nada que la gente común pueda hacer y que la única alternativa es apoyar a uno de los "grandes hombres" en contra de la corrupción. Digamos, Kirchner sería ese gran hombre.



Con respecto a la vinculación entre una producción historiográfica que aporte a una explicación profunda del pasado y su difusión de manera comprensible para las amplias masas, creo que la clase obrera necesita de sus intelectuales y por ende de sus historiadores. Lo que necesita son trabajos serios, bien investigados y científicos para de ahí poder elaborar políticas basadas en lo mejor del conocimiento. La buena difusión ha tenido un trabajo serio y profesional previo. No se trata de ser populachero sino de ver cómo cuestiones y temas complejos se pueden expresar en forma accesible. Cuando esto ocurre encontramos que las grandes masas tienen interés y utilizan lo que hacemos. Lo que pasa es que es muy difícil hacerlo. Es más fácil expresar las cosas en jerigonza o escudarse detrás de definiciones teóricas complicadas que tratar de hacer accesible algo complejo. Esto es aún más complicado si nos damos cuenta que la cultura intelectual de los argentinos dice que el ser humano inteligente es el pedante que habla en raro: se dice periplo en vez de viaje. Sin embargo, tenemos ejemplos múltiples de buena historia, accesible: Juan Alvarez y Saldías a principios del siglo XX, Milcíades Peña, Duhalde y Ortega Peña o Rodolfo Puiggrós; y entre los extranjeros E.P. Thompson, Eric Hobsbawm, Pierre Vilar, Howard Zinn y tantos, tantos otros.



Hay toda una serie de historiadores, tanto en la academia como fuera de ella, que han desarrollado una visión crítica del pasado. Los trabajos de Eduardo Azcuy Ameghino y de Gabriela Gresores sobre el siglo XIX son un buen ejemplo de eso, o Ernesto Salas sobre la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, o el de Alejandro Schneider sobre la clase obrera entre 1955 y 1973. Cada uno desde su perspectiva histórica e ideológica ha desarrollado una historia crítica, bien investigada y relevante al día de hoy. El problema sigue siendo de difusión, por un lado, y por otro de que nos articulemos en una discusión o proyecto historiográfico que permita avanzar no individualmente sino colectivamente. También está el problema de ganarse el pan. Tanto la profesión como el Estado (y por ende la burguesía) no ven con buenos ojos este tipo de investigación histórica, por lo que tanto las posibilidades de tener recursos para investigar, como el de sobrevivir profesionalmente, el de publicar, o el de tener la posibilidad de formar nuevos historiadores, es muy difícil. ¿Qué campos están menos explorados? Realmente está todo por hacerse y en este sentido el problema no es tanto de campos sino más bien de perspectivas de medios.

0
0
0
0
0No comments yet
      GIF
      New