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Asfixia

Mi hermano Enrique murio el pasado 27 de Abril, y ya hurgando en su computadora he encontrado una serie de relatos, los cuales quiero compartir con todos ustedes. Saludos.



Mi amigo Fernando se preocupa cuando me ve encender un cigarrillo (en otras palabras; se preocupa cada 15 minutos! Ja ja ja). Me dice:

-Eso que estás haciendo, en realidad, es un suicidio L-E-N-T-O!-.

El tiene razón; pero yo soy un suicida sin prisa, así que ...La lentitud, me viene bien.

-Algún día te faltara el aire, tus pulmones se llenaran de liquido, y tendrás una muerte horrible, en medio de la desesperación y la asfixia!-.

Espero que no sea un buen profeta, y que mi muerte sea un poco mas civilizada; como un sincope azul, o ser atrapado por el cangrejo de hierro.

Pero algo me dice que volveré a la asfixia.

La muerte por asfixia es odiosa: Y me siento autorizado para hablar de ello, ya que he ¨cuasi muerto¨ tres veces, de esa manera.

Puedo compartir esas vivencias con los futuros ahogados, esperando que sean pocos, y que tengan la suerte de salir de ese inconveniente, para poder discutir al respecto frente a un café colombiano, y un cigarro Montecristo (!).

La primera muerte por asfixia, no cuenta -para mi-, ya que ocurrió al nacer. Fui uno de esos fetos que se las arreglan para enrollar en torno de su cuello el Cordón umbilical, y el ahorcamiento los mata.

Cuando el feto muere, la vida de la madre está en grave peligro, y deben extraer el feto lo mas pronto posible. En mi caso; cuando llego el médico de cabecera, la cesárea de emergencia ya había ocurrido. El Doc preguntó:

-Donde esta el niño?

-El feto ya estaba muerto doctor-.

-No puede ser!-.

-Afortunadamente, la Sra Barranco va a estar bien-.

El médico se acercó a mi madre, y la observó un momento. Después se volvió al cirujano a cargo de la operación:

-Donde esta el cuerpo del niño?-.

-El cadáver, está en la bandeja-. Le dijo el cirujano, señalando con el dedo hacia el rincón del quirófano.

Rodríguez Ordóñez fue por el cadáver, y lo revisó. Un pequeño cuerpo azulado y viscoso, de un feto al que aun le faltaban poco menos dos meses para nacer.

Le extrajo la mucosidad de la nariz y la garganta. Le dio múltiples nalgadas, cada vez con mas fuerza ...Nada.

-Enfermera!- dijo en voz alta, -cache al niño!- le grito, lanzándole el cadáver a una asombrada enfermera.

El feto fue lanzado por los aires y ¨cachado¨ por ambos, en una especie de juego de pelota. Un juego decisivo.

Revisaron el cuerpo, pero no había ningún signo de vida.

-No hay manera, doctor-, le dijo la enfermera.

Rodríguez Ordóñez era un medico romántico, uno de esos forajidos de blanco, que se aferraban a jugar a los dados contra el destino: El luchaba con todos sus recursos para arrebatarle a la muerte su presa.

Ahora siento que defendía la vida con tanto ahínco, por que algo dentro de él, moría con cada derrota, en ese duelo personal que tenía con la muerte: Era un humanista, en el sentido más profundo de la palabra.

La muerte para él, era como una Diosa; hermosa, poderosa, y malvada: La amaba, y la odiaba al mismo tiempo.

Y había dedicado su vida a engañarla, a combatirla; como un solitario perro pastor, que se enfrenta al lobo a mitad de la noche y le arrebata la oveja herida. Y luego regresa, sin buscar aplausos, ni reconocimientos de ningún tipo.

Pero en sus ojos brillaba una luz, un destello de esperanza, por haber vuelto ileso, por haber logrado traer de regreso la pequeña flama de vida, que la suerte había confiado en sus manos; después de haberlo apostarlo todo, en ese estrecho espacio que separa la vida y la muerte.

El no quería darse por vencido: No esta vez.

-No; no le voy a entregar a mi amigo un hijo muerto- murmuró.

Mi padre estaba en la sala contigua, esperando desde la madrugada; tenso, envuelto en su nube de humo, y nadando en su lago de café negro.

-Hágase a un lado!- le dijo a la enfermera; y jugó su última carta.

Tomó al feto por los tobillos y lo hizo girar en el aire, como en uno de esos juegos de feria, donde la gente es centrifugada por un largo brazo mecánico.

El feto expulsó chorros de sangre, flema y liquido, que salpicaron las paredes.

El médico se detuvo, y volvió a darle nalgadas.

-Lo oyó?- dijo, -Creo que respiró!-.

La enfermera se acercó. -No oigo nada, doctor...-

-Sííí! Esta respirando!- exclamó. -Rápido! Oxigeno! Incubadoraaa!-.

Rodríguez Ordóñez acercó su cara a la cabeza del feto:

-Vas a vivir! ...Vas a vivir cabroncito!-. Se secó el sudor de la frente. -Uuufff! ...Por poco te me vas!-.

El cirujano se aproximo al médico, y señaló al feto.

-Los pulmones todavía no están bien desarrollados. El aire le está quemando los alveolos ...el feto se quema por dentro; va a morir-.

-No morirá! Desarrollará sus pulmones, y todo lo demás, en la incubadora! Además; ya no es un feto: es un bebe!

No morí; pero tardé mucho tiempo en desarrollar lo que faltaba.

No era como mis hermanos; ellos eran seres humanos de primera. Yo en cambio, ni siquiera había nacido de mi madre; sino de una maquina. Una criatura defectuosa, viva, pero solo por la voluntad indomable del hombre de blanco.

Para mí, esa historia era solo una alegoría, un cuento dramático. El único cuasi-recuerdo de eso, que llegaba a mi mente, era la sensación interminable de asfixia, y las imágenes borrosas de un mundo visto a través de un cristal empañado.

Toda la vida tuve dolores extraños. Algunos órganos dentro de mi, se quejaban.

Desde adolescente, me habitué a entrar rápidamente al baño, o a alguna habitación vacía, para evitar que me vieran doblado de dolor. Me habían hecho exámenes de todo, y no había nada malo conmigo. Solo que a veces, esos dolores exóticos me clavaban su navaja en el vientre.

Siempre tuve pecas, y me sentía mal, por que los demás niños me miraban con asombro.

Le preguntaba a mi madre por que yo tenía pecas y mis hermanos no. Ella me abrazaba, y me explicaba que las pecas, hacían a los niños verse más guapos!

Nunca le creí lo de las pecas y la belleza, pero no importaba; en esos momentos, sentía que ella se tomaba la molestia de contarme todas esas mentiras por que, en realidad; si me quería; igual que a todos.

Así que cuando sentía que ya iban demasiados cintarazos, y muy pocos besos, la chantajeaba emocionalmente, señalañdo mi cara, y diciéndole: ¨Mamá; todavía tengo las pecas¨.

17 años después de aquel día en el quirófano; Rodríguez Ordóñez me encontró una vez, en el parque de rectoría, fumando cigarros Lucky Strike.

-Ándale cabroncito! ...Fuma! ...Fuma hasta que te mueras cabroncito!-.

El médico me dio un buen susto, y casi me trago el cigarrillo! Quedó atorado en mi garganta, y me bloqueó la tráquea. El inclinó mi cuerpo y dio fuertes palmadas en mi espalda. Luego presionó mi abdomen con fuerza.

-Escupe! Escúpelo!-

No pude expulsarlo, y él metió sus dedos hasta el fondo de mi garganta y lo saco. Recuerdo su cara de alivio, y su sonrisa, a través de mis ojos llenos de lágrimas.

Me quitó los cigarrillos; se sentó junto a mi, en el césped, y puso su brazo sobre mi hombro.

-Yo compré tu boleto a esta vida, cabroncito-, me dijo riendo. -Y ahora, hasta fumas! ¨...Me lleva la chingada¨-, dijo pensativo, y encendió uno de mis cigarrillos Lucky Strike.

-Vaya! Estos son cigarros para hombre!- dijo, -Muy buenos!-.

Se puso de pie, y revolvió mi cabello con su mano; metió la cajetilla en su bolsillo, y se alejo fumando.

A los ocho años, mi ídolo era Batman. Quería ser como él (igual que todos).

Admiraba verlo saltar en el aire, verlo lanzarse en picada, y varios pisos debajo, girar y caer de pie, como un gato alado.

Muchos niños tuvimos accidentes imitando a Batman.

El mío fue memorable, por que se me ocurrió saltar desde el techo de la casa, y zambullirme en un tanque de agua clorada que mi padre tenía en el patio.

Mi idea, era girar en el agua una vez dentro del tanque, y salir por mi propio pie ....Pero las cosas no salieron así:

Trepé al techo y contemplé el tanque allá abajo. Retrocedí unos pasos y corrí hacia el borde, cogí impulso, y salté:

Atiné a caer en el agua, pero desafortunadamente, mi cuerpo era más pesado de lo que había imaginado, y golpee con fuerza el fondo del tanque con la cabeza. El golpe me dejó aturdido. El aire escapó de mis pulmones y tragué un poco de agua. Traté de no respirar, pero fue imposible.

El agua inundó mis pulmones, y mi cuerpo se sacudió violentamente. Como si me estuviera dando un ataque epiléptico.

El cloro en el agua quemó mis ojos, la boca y la garganta.

La altura del tanque era mayor que yo, así que me hundí como una roca, y quedé en el fondo, convulsionándome, mirando allá arriba, la superficie del agua, como un espejo ondulante.

Sentía el pecho en llamas, debido a la quemadura del cloro, pero noté que finalmente mi cuerpo entró en reposo. Ya no se sacudía. Llegó una especie de calma serena y asfixiante, en la que veía reflejos de colores en el agua.

Me estaba ahogando y no podía moverme, solo contemplar la belleza colorida y transparente; sintiendo como si una mano de piedra, apretara mi garganta. Todo era terriblemente bello y cristalino.

No sé cuánto tiempo pasó, hasta que vi la cara de mi hermano aparecer allá arriba. El (con sus 9 años), trataba de decirme que saliera del agua. Hacia señas con la mano, y estiraba su brazo para que yo lo tomara, pero yo ya no podía mover un dedo; mucho menos levantar el brazo.

Su mano abierta quedo a un metro de distancia por encima de mí. Era imposible.

El se fue, y me quedé solo: Viendo el cielo azul a través de las ondas de colores. Dejé de sentir el cuerpo, y solo era como estar siendo arrastrado, deslizándome lentamente hacia la fría oscuridad, hacia una noche llena de destellos dorados, hermosa y horrible al mismo tiempo.

Todo pareció quedar atrás; Batman, el patio, la casa, mi vida de niño, y mis deseos. Todo se alejaba rápidamente, hasta ser un punto de luz, que se perdía en ese cielo obscuro. Como una pequeña mariposa nocturna, con alas doradas y cabeza aterciopelada, desapareciendo en la inmensidad del cosmos.

Lo siguiente que pude sentir fue una especie de gran conmoción: Una explosión de colores en el agua, y una sombra enorme que caía sobre mi. En medio del estrepito, el agua saltaba en todas direcciones y los colores estallaban como fuegos artificiales.

La sombra enorme se acercó, y era el rostro de mi padre: Se había lanzado de cabeza en el tanque! Vi su cara horrorizada al verme en el fondo, y vagamente sentí que me elevaba en sus brazos.

Tuve un dolor espantoso al salir del agua.

Tendió mi cuerpo sobre el césped y me palmeaba con fuerza la espalda.

Lo oía jadear, y su voz desesperada, que decía: No! No! Noo!...

Quería decirle que no se preocupara, que yo estaba bien, que parara de golpear mi espalda. Pero una ola de agua quemante salió de mi pecho e inundo mi garganta.

Me salió una especie de chillido burbujeante de la boca. Y mi padre me alzó como a una pluma. Me llevaba corriendo en sus brazos.

El era un rosacruz (no sé de qué grado), así que creía en Dios, y lo oía decir ¨Gracias! Gracias! ...Gracias!¨

Me imagino que le hablaba a su dios. Pero no supe mas, por que perdí el conocimiento.

El despertar fue terrible; tuve consciencia de que estábamos en el consultorio de Rodríguez Ordóñez. El manipulaba mi cuerpo de un lado al otro, y sacó por la fuerza una gran cantidad de agua de mis pulmones.

Me dolía todo, sentía un cansancio profundo, los ojos se me cerraban, y quería dormir para evitar el dolor, pero él no me dejaba.

-No te duermas! Mírame! Mírame!- me ordenaba. Me abría la boca, observaba dentro, y me encandilaba con su linterna puesta directamente en mis ojos. Movía mi cabeza de lado a lado. Me abofeteaba -Mírame!-.

Finalmente pareció quedar satisfecho, y encaró a mi padre:

-Lo hiciste muy bien Manuel. Ya pasó- le dijo, y mi padre se dejo caer en el sillón.

-La bestia está bien ahora- dijo. -Ya se salvó de esta!-.

Escuché el llanto de alivio de mi mamá, y traté de abrir los ojos para verla, pero no pude.

-Vuelve a saltar al tanque!- Me dijo mi padre furioso, al otro día. -Anda; vuelve a intentarlo, y te voy a surtir a cintarazos, hasta por las orejas!-.

Ya no salté: Solo me zambullí una noche, sin que él lo supiera, para recuperar una moneda.

Toqué el fondo, y con los ojos cerrados traté de encontrarla, pero no pude, así que abrí los ojos y el cloro entró de nuevo, e hizo arder mis ojos otra vez.

Recogí la moneda, y en el fondo pulido vi mi reflejo: Otro Enrique en la oscuridad.

Se me acababa el aire, y tuve que subir. El otro Enrique se alejó hacia la profundidad, y conforme yo subía, el se perdía en la negrura.

Escalé la pared del tanque, alcé la vista a las estrellas, y entonces tuve miedo.

No sabía por que, pero tenía la sensación de que iba a descubrir algo malo: Algo siniestro, como cuando uno se encierra en el closet, escondiéndose de un fantasma de cuento infantil, solo para descubrir que el fantasma nos esperaba ahí dentro, escondido; esperando el momento en que le ponemos el seguro a la cerradura.

Tiempo después, se aclaró en mi mente la razón de mi temor: Era una idea, solo una idea macabra: En el fondo, estaba el otro Enrique; asfixiándose por siempre. Esperándome. Y supe que algún día nos encontraríamos de nuevo.

Hay un tipo de gente que padece lo que llamaríamos una atracción fatal: Les atrae irresistiblemente pararse en la cornisa de un edificio, poner los pies en la orilla de un precipicio, y sentir el viento. Ver allá abajo el fondo erizado de rocas y dejarse arrastrar por el vértigo.

Balancearse en la orilla, disfrutando una especie de placer insane, silencioso, y calladamente mortal.

Cuando era adolescente padecí esa especie de síndrome psicológico, pero por fortuna, no acabé en el fondo de alguna cañada, o aterrizando sobre la banqueta, después de un vuelo de 5 pisos.

Lo único que me quedó de eso, es mi fascinación con el agua: Nada es más hermoso para mí que el mar; una combinación de belleza y peligro. Nunca he sabido nadar, y sin embargo, mi deseo por el océano, me ha hecho entrar en todos los mares que he conocido, e incluso, bucear con aqualung, bajando y subiendo por una cuerda a 7 metros de profundidad.

A los 12 años, no recordaba haber visto nunca el mar. Así que cuando mi padre me llevó a San Felipe, y me mostró la inmensidad azul, quedé asombrado: En ese instante le temí, pero también lo amé, por que era lo más hermoso que había visto, y fui consciente de que iba a amarlo toda mi vida.

Papá reía, y trataba de hacerme recordar las playas que había visto cuando era un bebé de brazos. Pero yo estaba ausente de su plática. Estaba hipnotizado por la belleza.

Corrió conmigo, y metimos los pies y las manos en el agua. Lanzamos los zapatos y las camisas a la orilla, y entramos en el oleaje.

Estaba en la orilla de una sedosa sabana azul, inconmensurable, que cobijaba a millones de seres de fantasía en sus profundidades, seres pequeñitos, fosforescentes, tan bellos y delicados como una crisálida, una libélula marina. Y seres gigantescos y monstruosos, mortales y terribles: Los demonios de lo profundo.

También me di cuenta de que, en el fondo de mi emoción embelesada, estaba el sentimiento de que esa inmensidad iba a atraparme; que un día iba a entrar en ella, y no volvería a salir.

Pero, mentalmente acepté esa idea, y me dejé llevar por la emoción; por que la muerte latente, no podía detener mi amor por el.

Me volví el amante del mar: Todos los días iba a verlo, escapando de casa antes del amanecer. Caminaba, corría, y saltaba en la arena, extendiendo los brazos hacia el sol naciente. Y regresaba a escondidas; bañado de agua y luz.

Pero mi reflejo me esperaba bajo las olas, en una noche bellísima:

El mar en la noche sin luna, era un abismo negro. Miles de pececitos fosforescentes jugaban en la marea que se aleja. Las estrellas, tenían un brillo diferente en la noche eterna del espacio.

Tuve un mal presentimiento; pero lo deseché, llevado por la belleza y la sensualidad de las olas de terciopelo.

El mar era como la mujer de mis sueños: Hermosa, aterciopelada y misteriosa. La hechicera que atrapaba la luz de la luna en sus cabellos, la sirena que canta en la oscuridad.

Yo estaba exaltado esa noche por que había tenido ¨sexo¨ con una chica turista; la hija de una joven hippie de San Francisco: Pongo sexo entre comillas, por que en realidad no sabíamos como era la cosa, y solo nos limitamos a abrazarnos desnudos en la playa, y frotar nuestros cuerpos, uno contra el otro. A ella tampoco le molestaban mis pecas; tomaba mi cara con sus manos, reía y me besaba. Yo la besaba como había visto hacer en las películas, y no sentía nada en particular: Solo era la sensación de que quería besarla siempre, y no soltarla nunca. Estar ahí solamente. Así; sin fin.

Entré en el agua y floté boca arriba, contemplando el firmamento hipnótico. Perdí la noción del tiempo y el espacio.

En un momento, no supe si estaba flotando en el agua, o si me encontraba contemplando el cosmos desde arriba, flotando entre las nubes, mirando hacia abajo el océano de estrellas.

No me di cuenta de cuánto me había alejado de la orilla. La marea me había llevado lejos, mar adentro. Cuando me puse de pie, no había fondo: De la belleza, pasé al pánico en un segundo. La corriente me arrastraba y ya casi no distinguía las luces del malecón.

No sabía nadar: Solo flotaba como una hoja a merced de las olas. Me maldije a mí mismo, por ser tan estúpido.

La situación no tenía remedio. Así que tenía que tomar una decisión. Una decisión urgente; por que a cada minuto, la corriente me alejaba más de la costa.

Me hice a la idea de que tenía que aprender a nadar ahí mismo. Y que tenía que hacerlo tan bien, como para cubrir la larga distancia que me separaba de la playa remota. Era consciente de que nadar contra la corriente, era absurdo, pero si no lo intentaba, podría acabar en mar abierto, sin esperanzas de nada.

De manera que; aspiré todo el aire que pude, y me eché a nadar. Batiendo los brazos y las piernas lo mas rápido y fuerte que podía.

Naturalmente, mis fuerzas se agotaron en unos minutos: Cada vez movía brazos y piernas con mas lentitud, despacio, mas despacio, y mas despacio...

Al fin, el cansancio me detuvo.

Haciendo un esfuerzo, alcé un poco la cabeza del agua, y vi que no había avanzado nada: Si acaso, la costa parecía un poco mas lejana que antes.

Comencé a hundirme: Contuve la respiración uno o dos minutos (quien sabe). Al final, no conseguí subir a la superficie y aspiré agua. Mi cuerpo comenzó a convulsionarse, y ya sabía lo que iba a pasar:

Otra vez, ese cansancio infinito, otra vez, esas ganas de dormir y alejarse del dolor; olvidarse del cuerpo que agoniza y sucumbe lleno de miedo, con la boca abierta, los ojos desorbitados, los dedos crispados como garras, el pecho en llamas, el agua salada que inunda las fosas nasales y quema la garganta: El horror.

Pero esta vez, no estaba mi hermano, ni mi padre, ni Rodríguez Ordóñez:

Solo estaba mi reflejo: El otro Enrique, en alguna parte, en un lugar oscuro, a varios metros por debajo de mi, seguramente estaba él… Esperando.

Llegó a mi mente la imagen de mi madre. Sentí que si yo no volvía, ella tendría siempre una pena en el corazón; como una astilla metida bajo la uña. Algo que no le permitiría volver a ver el mar con los mismos ojos. Sus ojos verdes, lo mirarían con odio: El rencor callado y homicida de la fiera salvaje, cuando matan a su cría.

Mi cerebro se apagaba; iba quedando a oscuras, como una fogata que se extingue en la arena. Pero, pensar en mi madre hizo reaccionar alguna conexión nerviosa olvidada en el fondo de mi cabeza. Una luz de alarma se encendió.

Mi cuerpo se activó con un chispazo de energía; mis brazos se movieron, agitándose violentamente, y mis piernas batieron el agua por última vez.

Era el último intento. Pero comprendí que era completamente inútil.

Me arrepentí sinceramente de haber entrado esa noche al agua: Mentalmente pedí perdón a mi madre, y renuncié a todo.

Me relajé, y para mi sorpresa; mi cuerpo comenzó a subir por si solo, lentamente.

Una lejana luz de esperanza llego a mi mente: Muy lejana, pero era suficiente para intentarlo todo de nuevo, por que no tenía nada mas.

¨No te muevas!¨, pensaba ¨No vayas a moverte!¨, ¨Deja que el cuerpo suba…¨.

Había que resistir la tentación de tratar de nadar hacia arriba, y no respirar mas agua. Era una lucha desesperante, por que el cuerpo no quería renunciar a respirar, y yo, en realidad, no quería quedarme ahí para siempre: No esa vez.

Tardé una eternidad en llegar a la superficie y sentir el aire en la cara. Aspiré lo mas que pude y en respuesta, una mescla de liquido y burbujas salió de mi boca.

Estuve tosiendo y expulsando agua dolorosamente un buen rato, pero estaba de nuevo en la superficie. Volvieron las esperanzas a mi cuerpo jodido.

La sensación de respirar era tan magnífica, que ya no me importó que la corriente me llevase, y acabar en mar abierto, no me preocupé mas por nada, excepto seguir respirando.

No sé cuánto tiempo pasó, tal vez minutos, u horas, pero escuché un zumbido en el agua, y vi luces que se acercaban.

Quise gritar, pero solo salían débiles graznidos de mi garganta, y me conformé con agitar los brazos y golpear el agua lo mas fuerte que podía.

Las primeras lanchas pasaron de largo, como sombras: Eran los pescadores furtivos. Lanchas ilegales que capturaban camarones para el mercado negro. Pilotadas por pescadores que no pertenecían a ninguna cooperativa oficial.

Navegaban en la oscuridad, sin luces, excepto una linterna ancha y sombría, que apuntaban hacia el agua, para atraer a los camarones.

Pescaban lo que podían, y regresaban antes del amanecer. Esos eran los camarones estupendos y baratos que aparecían en las hieleras de los vendedores de mariscos, y también acababan vendidos en la calle, por kilo, a los turistas.

Una lancha venía directo a mi: Me alegré y me asusté al mismo tiempo por que, si no me veía, podía atropellarme, y hacerme picadillo con sus hélices.

Pero antes de llegar a mi, el lanchero disminuyó la velocidad, y me apunto con la linterna.

Agité los brazos desesperadamente, y volví a intentar un grito, pero solo salió un ruido gorgoteante. Vi la silueta del hombre incorporarse en la lancha, luego tomó un garrote y lo elevó por encima de su cabeza, mientras la lancha se acercaba.

Alcé las manos para protegerme del golpe. El motor se apagó. La lancha se detuvo junto a mi, y la luz me cegó. Abría la boca, tratando de decirle ¨Espera!¨ ¨Espera!¨

Durante unos largos momentos, no ocurrió nada. Solo estábamos ahí, el en su lancha, con el garrote en alto, y yo en el agua. Luego oí la voz alterada del hombre:

-Ay cabrón!- exclamó. -No es un pejcao!-.

-Es un ahogado?- preguntó otra voz.

No soy un ahogado! –Pensé-, no soy un ahogado! Quería decirles que todavía no me ahogaba, pero cada vez que abría la boca, esta se llenaba de espuma que me impedía hablar.

-Agárralo! Ta vivo! Agárralo!-.

Dos manos poderosas se posaron sobre mi; una de ellas me agarró por el cabello y la otra por el brazo.

El hombre resopló, bufó, y dio un gran tirón que me sacó del agua. Mi cuerpo quedo doblado sobre la borda de la lancha, mi cara aterrizó en un montón de camarones, todavía vivos, y el agua salada salía de mi interior como un lento arrollo.

-Te caíste del barco?- me preguntaban. -Te caíste del barco, amigo?-.

No podía hablar, solo gesticulaba y hacia señas con las manos. Uno de ellos tomó mis manos, y las revisó.

-No-, dijo. -No es un pejcaor, no se cayó del barco-.

Pusieron la linterna directamente frente a mi cara.

-A la chingada! Es un chamaco!-.

-Plebe cabrón! Que chingaos estás haciendo aquí!-.

Al escuchar su voz, lo reconocí; el hombre corpulento del garrote era el ¨Nobody¨. Un hombre de mar, con grandes habilidades, pero sin empleo. El típico mil usos, que se ofrecía a hacer todo, por unas monedas.

Nunca supe como se llamaba. Pero era un hombre marcado: Por alguna razón desconocida, no le daban empleo en ninguna cooperativa pesquera. Los otros pescadores lo expulsaban del muelle y del estero, y se veía limitado a ofrecer sus servicios en la calle, y aventurarse en la pesca fantasma.

Le apodaban Nobody (Don Nadie). Claro que los que no sabíamos ingles, ni el significado de ¨Nobody¨, convertíamos la expresión en barbarismo, y le decíamos Nabary.

Así que le apunté con el dedo y como pude, le dije ¨Nabary¨.

-Qué?-. El acercó su oreja a mi boca.

-...Na ...bary-. Dije tosiendo.

Volvió a ponerme la linterna en la cara.

-Ya sé quién eres tú!- dijo asombrado. -Eres el hijo de Barranco!-.

Mi padre, era el jefe de Hacienda en San Felipe. Y detestaba a los pescadores fantasmas por que, según él, eran desleales al país, al no pagar impuestos... Mi padre, y sus ideas de un patriotismo fuera de la realidad!

Mientras el defendía el pago de los impuestos federales en San Felipe, su admirado Presidente (López Portillo), despilfarraba el equivalente a su salario anual, en una noche de baraja.

El Nabary y su colega, me llevaron a una enramada (palapa) en la playa, y se aseguraron de que no me quedara agua en los pulmones, tomándome de los tobillos y haciéndome colgar cabeza abajo un buen rato.

Después me dieron una coca-cola, y me hicieron jurar que no le diría a papá (y a nadie), lo que había sucedido.

Acordamos que la historia era; que yo me había caído y golpeado en la playa, y me estaba ahogando; entonces ellos me vieron, y me rescataron en la orilla: No había ninguna lancha furtiva, ni pescadores fantasmas, y yo nunca me había alejado de la playa.

Cuando mi madre me mandaba al estero, a comprar peces para el almuerzo, a veces me topaba con el Navary. El me agarraba del brazo y frotaba mi cabeza con la mano, revolviendo mi cabello. Lo hacía, según el, para que yo le contagiara un poco de mi suerte.

-Plebe cabrón-, me decía. -Que pinchi suerte!-.

Se alejaba cargando al hombro un atado de peces. Luego, volteaba y me guiñaba un ojo.

A pesar del susto; visitaba al mar, más a menudo que la escuela! Así que reprobé el año.

Mi padre me regañó y me pegó: Después, me mandó a Mexicali, a vivir con mis tías, para que, estando lejos, me arrepintiese de mis pecados, o algo así!.

No tenía dinero; así que robé un bello caracol de una tienda de curiosidades. Lo escondí en mi maleta y me lo llevé.

Por la noches, abría la ventana de mi recamara, apagaba la luz, y ponía el caracol en mi oído.

Me encontraba lejos; pero escuchaba la voz del mar, y soñaba con las bellas criaturas fosforescentes, que jugaban yendo y viniendo con las olas.

San Felipe, está lleno de historias (pueblo chico, infierno grande), algunas son falsas y otras crudamente reales.

Hay pescadores fantasmas, camarones indocumentados, vendedores de espejos (mariguana), hombres que por las noches se visten de mujeres. Y mujeres que visten un bikini, y salen entre las sombras, hermosas y perfumadas, rumbo a algún oscuro bar, atestado de rudos pescadores, tostados por el sol, húmedos de sudor, cerveza, y agua salada.

Los hombres de mar son como los gatos: Siempre vuelven a sus viejas playas, a sus veredas de arena y sal. Vuelven; por que su sangre, su furia, su amor y su semen, se han vertido en las olas.

No nací en la costa, ni poseo la fuerza, la tenacidad, la resistencia, y la valentía para ser uno de ellos: Mas bien soy un intruso; como esas personas que se cuelan a una fiesta entrando por la ventana, o por la puerta trasera. Lo hacen, por que saben muy bien, que jamás serán invitados.

Así es mi historia de amor con el mar, como el que se enamora de la mujer que no debe, la que no le puede corresponder; amor malnacido, sin final feliz.

Pero desafortunadamente, aun no había aprendido la lección: Y otro mar; a miles de kilómetros de casa, me enseñó que era hora de pagar el boleto a esta vida, que el hombre de blanco había comprado para mi, tantos años atrás.

Allá también me esperaba mi reflejo, en el fondo, asfixiándose, con los brazos extendidos, para atraparme cuando me estuviera muriendo, y mis ojos contemplasen la inmensidad azul por última vez.

Nota:

Creo que este relato ya es demasiado extenso; así que me ahorraré (y te ahorraré) tiempo, dejando para después, el cuento de la tercera vez que me ahogué.

E. Barranco

Mexicali, Abril del 2015
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